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MISTERIO.....TV.ONLINE;PELICULAS DE TODO LOS GENEROS,FUTBOL TODAS LAS LIGAS,DIBUJOS ANIMADOS GRAN VARIEDAD,DOCUMENTALES,SERIES TV,LIBROS PARA LEERLO COMO TODA LA SAGA DE CREPUSCULO,TIERRA DE VAMPIROS Y MUCHAS COSAS MAS......

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LIBRO TIERRA DE VAMPIROS(capitulo 32º,33º Y 34º)

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                                                                 TREINTA Y DOS

LIBRO 7
El envío

 

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Treinta y dos

E.: Uau, qué miedo. Justo en medio de nuestra conversación el disco duro se colapso, o eso creí. Luego oí correr a alguien y me di cuenta de que las luces se habían apagado. El silencio era profundo. Todos esos recuerdos volvieron a mí, ya sabes a qué me refiero, a ese horrible día de septiembre. Yo estaba en un estado de pánico, pero tú me llevaste de puerta en puerta, arrancando a todo el mundo que conocías de teléfonos, pantallas de ordenador, monitores de vídeo. Diste órdenes, trasladaste a la gente a las escaleras, recogiste a Ian, recogiste a Julia, me recogiste a mí. Nos llevaste hasta las salidas de emergencia. Fue impresionante. Hasta que estuvimos fuera no pareciste darte cuenta de la naturaleza de la situación; hasta entonces no te cubriste el rostro con las manos, y fue cuando tuvimos que correr, ¿te acuerdas? Bueno, ahora tú y Ian os habéis ¡do, y cuando se apagaron las luces, ese momento me vino a la cabeza de repente. Fue como viajar en el tiempo. Pero fue solamente un apagón, gracias a dios. Muy rápidamente, los pasillos se enfriaron. Los jefes del edificio tienen tendencia a poner la calefacción al mínimo para ahorrar dinero, así que la temperatura bajó en picado. Se veía caer la nieve detrás de las ventanas, como una antigua pantalla en blanco, y escondía el Hudson. Las luces se apagaron en todas partes y tu voz, tus palabras, también lo hicieron.

«Vamos, Stimson.»

Alguien me vio. Yo me quedé un rato más mirando la pantalla. «Deja que se marchen —pensé—. Deja que disuelvan como fantasmas en la anarquía general.» Yo no quería dejarte. Acababas de darme los últimos detalles de tus cajas con las pruebas. Antes de salir corriendo, cosa que hice —perdóname—, cogí el teléfono, que todavía funcionaba, y llamé a mensajería para averiguar los detalles del envío. Sabía que debía tener una respuesta para ti. Si te digo la verdad, dada tu nueva confianza en mí, temía decepcionarte. Pero no había nada que hacer. Salí.

En cualquier caso, el resultado final de este denso mensaje es el siguiente. El terror del momento me aclaró un poco la cabeza y tengo unas cuantas preguntas sobre el envío. Tengo un montón de preguntas, de hecho, y no puedo creer que no te las haya hecho antes. Así que hazme saber que estás bien, que todavía estás conmigo y que podemos hablar. Tuyo, el Super Stim.

Stimson, siento enterarme de tu miedo durante el apagón. Ese día horrible permanece en todos nosotros. Nos persigue, nos impulsa. No te dé vergüenza decirlo. Yo, por mi parte, no creo que demos la importancia suficiente a ese día, no creo que tengamos lo bastante en cuenta a los muertos. Creo que nos hemos vuelto insensibles a su inmenso poder. Pronto llegará el día, espero, en que pueda darte valor en la oscuridad y susurrarte al oído para consolarte y calmarte en tus terrores nocturnos. Estás realizando un trabajo fantástico, por supuesto, y lo hemos hablado todo, y estás lleno de expectativas, igual que lo estoy yo, pero debes esperar unas cuantas horas más y hacer unas cuantas cosas más por mí, y entonces todo estará en su sitio y yo responderé a todas las preguntas que tengas. Pero tengo que ser honesta contigo en una cosa; por la forma en que me has escrito tu último mensaje, tengo la sensación de que ha habido un malentendido. Me has hecho promesas importantes y, como seguramente recuerdas, soy una mujer que espera que las promesas sean cumplidas, especialmente ahora. Yo responderé a tus preguntas, pero esas preguntas no deben impedir que cumplas tus obligaciones. ¿Hemos llegado a un buen entendimiento? E.

E: Tienes que comprenderlo. Estoy solo ante estas preguntas. Todos los demás creen que has muerto. Todos los demás te ponen en el mismo lugar que a Ian. Han seguido adelante, y las aguas se han cerrado sobre ti. ¿Por qué he sido yo la excepción?, ¿qué he hecho para merecer esta gracia? ¿De verdad es necesario que te encubras tanto?, ¿es posible que una historia merezca un sacrificio tal? Me hago estas preguntas a mí mismo, pero tu evidente convicción es suficiente. Estoy convencido. Y a pesar de ello, la duda me corroe. Las cosas han cambiado desde que te fuiste. Este lugar siempre ha sido un maldito campo del horror, un festín lovecraftiano de monstruosidades y, de alguna forma, está empeorando. Esos editores todavía están enfermos, por ejemplo, aquellos de quienes te he hablado, y nadie, ningún médico, parece capaz de diagnosticar sus enfermedades. ¿Quieres saber una cosa todavía más inquietante? Remschneider suele venir y se me queda mirando minutos enteros, y me parece que oigo su voz en mi cabeza, y juraría que él lo sabe, E., lo sabe y está esperando a que yo pronuncie en voz alta las palabras que tengo en la cabeza. Remschneider me mira desde esas cuencas hundidas —lo digo en serio, el tipo tiene un aspecto horrible— y me sale con incongruencias sobre la atrocidad. Treblinka, Lubyanka, Robben Island, Wounded Knee, Bad Axe, Meca, Medina, Masada, ni siquiera son oraciones enteras, solamente nombres o frases. Es como esa canción en que Johnny Cash canta nombres de ciudades, «He estado en Reno, Chicago», cómo se llama, He estado en todas partes. Lo que todavía resulta más extraño e insoportable es que cuando Remschneider está a punto de decir algo, me parece que sé lo que va a decir, es como si yo tuviera el mismo pensamiento en la cabeza esperando a ser articulado pero todavía no lo suficiente maduro para que mis labios puedan pronunciarlo. Como el otro día, esa frase que me vino a la cabeza, una cadena de sílabas, como «Ore-Ida-Door-Sewer-Gland». Hubiera podido ser una sandez, pero no me lo parecía. Entonces levanté la vista y casi me caigo de la silla del sobresalto. Ahí estaba Remschneider, en las sombras, con su larga barba de loco y los ojos encendidos, y su sucia boca pronunció esas mismas sílabas: «Ore-Ida-Dur-Sir-Glan». Parecía un zombi. Se fue arrastrando los pies y yo intenté encontrar las palabras en el Google escribiéndolas fonéticamente. El buscador me auspició. ¿Qué quiere decir «Oreida Dorselan»? Al cabo de un rato lo conseguí. Oradour-sur-Glane, segunda guerra mundial, un pueblo francés que los alemanes bombardearon en represalia. Otra atrocidad.

Hay una cosa más, una cosa muy triste e inquietante, aunque para ti no es una preocupación real. Cuando volvimos a la oficina después del apagón, ayer, todos estábamos conmocionados. Uno de los editores, Clete Varney, un hombre mayor que no se había puesto enfermo jamás, fue encontrado muerto en su oficina; una escena horrorosa. Se había cortado las venas, pero no había abandonado la silla. Se encontraba de cara a la pantalla del ordenador cuando Julia Barnes le encontró. Yo saqué la cabeza antes de que los polis llegaran. Alguien había girado la silla. Los ojos de Varney estaban completamente abiertos, y había sangre por todas partes. Pensé en Remschneider, la oficina de Remschneider es la de al lado. Tenía la puerta cerrada.

De todas maneras, espero que no tengas ninguna duda. Soy tuyo. Me has dado un objetivo. ¿Sabes que he perdido el interés en las películas? Ahora solamente pienso en ti. Nuestro proyecto se ha convertido en la única película, y yo soy el único espectador, esperando en la oscuridad de la sala a que la pantalla se ilumine. ¿Hemos llegado a un buen acuerdo, tal y como has dicho tú, tan extrañamente? Tu buen soldado, el Super Stim.

Stimson, estoy un poco inquieta por si alguien que no conoce mi misión pudiera estar leyendo nuestros correos electrónicos. ¿Estás absolutamente seguro de que esto es privado?

E., nada es absoluto, pero he camuflado tu pista muy bien. He enviado tus correos electrónicos a mi cuenta de correo personal y luego me la he reenviado, para que parezca que me estoy enviando correo electrónico a mí mismo de un lugar a otro. Si alguien pregunta, que no lo harán, simplemente diré que estoy mandando documentos y archivos de vídeo a casa por motivos de trabajo. ¿Te parece bien?

Stimson, c'est par fait. ¿Más favores antes de que nos encontremos? En primer lugar, háblame de la situación de mis pruebas, por favor. Me tranquilizaría saber que esas pertenencias están seguras.

E., quería decírtelo. He traído tus «pertenencias» desde el otro lado de la calle sin hacer ningún alboroto, tal y como sé que lo hubieras querido. Quizá no ha sido la mejor de las ideas el mandarlo a nombre de Austen Trotta —eso ha llamado la atención— pero lo hecho, hecho está, y él no tiene ni idea de que le han enviado esas tres cajas. Miggison sospecha un poco pero ¿a quién le importa? No es nadie. No quiero ser poco modesto, pero ha sido una hábil hazaña. La mañana del apagón oí que Claude Miggison se quejaba a Bob Rogers acerca de una terrible llamada desde mensajería relacionada con Austen Trotta, y como sabía de qué se trataba, me interpuse lo antes posible, antes de que Miggison pudiera contactar con Austen y liar las cosas. Puedes imaginarte la cobardía de alivio que mostró su rostro. Siempre he dicho que Miggison era un silenciador humano, pero su amo siempre lo ha tenido en el bolsillo, y si es posible, debería quedarse ahí. Le dije que sabía lo del envío y que yo me encargaría de ello. El hombre se sintió agradecido. El día después del apagón, llamé a mensajería y les chillé y les grité como si yo fuera uno de los matones, y ellos me aseguraron que todo estaba bien, que el envío era muy grande y que querían saber cuándo y dónde debían depositar las cajas. Incluso ofrecieron mandarlas a casa de Austen, cosa que impedí, gracias a dios; me aproveché del sobrecogimiento que sentían ante el tamaño del volumen y dejé claro que era demasiado grande para ser subido a la planta veinte en horas de trabajo. No te rías, pero sugerí que esas cajas tenían que llegar tarde, por la noche, bajo mi supervisión, para que los delicados ritmos de la oficina no se vieran alterados, y los de transporte picaron. Las cajas eran demasiado grandes para utilizar el ascensor normal así que, alrededor de medianoche, tres chicos fornidos del centro de la cadena las subieron a la planta veinte por el montacargas. Me dieron pena. Se les hincharon los ojos a causa del esfuerzo y de los nervios. Estaban asustados. Uno de ellos juraba haber oído que algo se movía dentro de las cajas. Me preguntó si Austen coleccionaba pájaros u otros animales, y tuve que esforzarme en desviar su atención diciéndole que esas cajas en realidad no pertenecían a Trotta, sino que pertenecían al programa y que estaban destinadas a un episodio relacionado con las actividades en África de un gobierno europeo, unas actividades secretas; en consecuencia, el contenido de esas cajas estaba restringido a unas cuantas personas. Esos chicos no son neurocirujanos, así que no me fue muy difícil convencerles, y además deseaban marcharse de la planta lo antes posible —resulta que, entre las filas de la emisora, existe una superstición sobre nuestro lugar de trabajo—. Transportaron las cajas sobre unas grúas hasta el único lugar de la planta donde podían pasar desapercibidas, una especie de zona muerta entre las suites de los productores y la zona de edición, ese pasillo trasero mal iluminado. ¿Sabes dónde quiero decir? En el callejón del magreo, como lo llaman los veteranos. Allí están tus cajas. El pasillo es ancho, y no hay nada más. Creo que lo llamaban «el callejón del magreo» porque en los pícaros viejos tiempos los corresponsales se aprovechaban de la mala iluminación y de su ubicación aislada para abordar a sus ayudantes femeninas, pero el cuerpo legal ha conseguido que esas tradiciones sean obsoletas, así que no tiene que haber ningún problema. Tus «pertenencias» están seguras. Y ahora, ¿puedo preguntarte, en calidad de devoto y completamente fiable asistente, de esclavo que se dirige a su ama, de qué estamos hablando exactamente? Si te soy sincero, cuando los chicos de mensajería salieron corriendo, acerqué el oído a una de las cajas y, no estoy del todo seguro, pero me pareció oír algo, como si algo rascara o royera. ¿Es posible que hayan entrado ratas en las cajas?

Stimson, es el momento de encontrarnos. Estoy aquí, en la ciudad. Basta de correos electrónicos. ¿Qué te parece?

E., ¡estoy radiante de alegría!

Stimson, lo siento, pero tengo una última petición, la más difícil y dolorosa de todas. Después de ello, podremos empezar a trabajar de verdad para nuestro proyecto, pero esta última cosa debe ser eliminada de la lista.

E., dime cuál es.

Stimson, invita a mi contrayente a que vaya a la planta veinte.

E., ¿estás hablando de Robert, tu prometido?

Sí.

E., ¿Puedo preguntarte por qué?

Stimson, debo ver a Robert. Es posible que esto te duela, y por ello te pido disculpas. Nunca he mantenido en secreto que la nuestra es una relación de trabajo solamente. De todas formas, si me lo traes a mí, te sentirás felizmente sorprendido del resultado.

E., con todos los respetos, pero ¿no puedes llevar este asunto particular tú misma? Si no te molesta que te lo diga, me parece una violación de esta «relación de trabajo» el hecho de que me hagas contactar con el otro hombre de tu vida.

Stimson, conozco a ese hombre. Requiere que se le maneje de forma especial en circunstancias muy variadas. Debes pedirle que venga a verte a la planta veinte más o menos a la misma hora a la que has acordado la entrega de las cajas. Considera a Robert como la última entrega. Llévale al pasillo trasero, y yo estaré esperando para comunicarle las noticias sobre nuestro futuro. Te estoy pidiendo esto con una absoluta consciencia de mi debilidad. Soy una mujer y no puedo soportar la tensión de hacer esto sola. Necesito tu ayuda, Stimson. ¿Lo comprendes? Antes de que nosotros podamos continuar codo con codo, este asunto debe finalizar.

Pero, Evangeline, ¿qué voy a decirle? Me siento muy incómodo.

E., ¿dónde estás? Por favor, no dejes de hablar conmigo. Por favor no te me lleves tu voz. Ha sido un día duro, y la nada me ha llenado la mente, un vacío me arrastra. Es como si hubiera perdido la memoria, los sentidos, el deseo. Los productores me ordenan a gritos que vaya a buscar sus cintas, pero no sé a qué se refieren. ¿Qué son sus cintas? Me quedo inmóvil ante esta pantalla. Oigo los sonidos del pasillo trasero. Haré todo lo que quieras.

Stimson, he corrido riesgos innombrables. ¿Sabes lo que es entrar en este país sin alertar a mi familia de mi regreso? ¿Tienes idea de qué insondables rutas he tenido que recorrer? Estoy preparada para abrirme a ti, para compartir los frutos de mi labor, y a pesar de ello me niegas la oportunidad de finalizar la última de mis obligaciones. ¿Por qué debería ofrecerte mis favores? Hay otros hombres jóvenes que se sentirían felices de soportar mi carga.

E., no funciona. Le llamé al trabajo y le dio un ataque. Me amenazó con emplear la violencia y dijo que llamaría al FBI. Estoy muerto de miedo. Tuve que contarle una mentira enorme porque si no, no hubiera podido cumplir una petición tan descabellada; tuve que decirle que iba a conocer a alguien que sabía algo de ti, que era posible que estuvieras viva. Le dije que el informante vino por canales muy discretos relacionados con unos antiguos contactos con el espionaje comunista; unas redes muertas de los antiguos países del Bloque del Este. Sonaba totalmente falso, pero está desesperado, gracias a dios. Y es un repostero. Me siento muy mal. No lo comprendo, esto será una gran conmoción para él. Pero ya entiendo que tú tienes tus formas de proceder. Hemos quedado esta noche a las dos, después de la entrega de las cajas porque Menard, el guarda de seguridad, no hace un descanso hasta esa hora. Yo también estaré allí. ¿Estás segura de esto? ¿Es ésta la forma adecuada? ¿Es esto lo correcto?

Stimson, tranquilízate. Vete al cine. Nos vemos esta noche.

E., ¡mierda!, noticias extrañas y alarmantes. ¿Puedes aclarármelas? ¡No te lo pediría si no fueran tan extraordinarias! Existe el rumor, que acabo de conocer por Julia Barnes, y que lo supo directamente por Austen Trotta, de que te han encontrado, de que estás viva, de que te estás recuperando de algún trauma desconocido en un monasterio al norte de Rumania. Ella tenía dudas al respecto, se sentía un tanto aturdida ante esa posibilidad. Todo este asunto ha salido muy caro. Yo sonreí, por supuesto, porque sabía que no podía ser verdad, sabía que debía de tratarse de otra persona. Y cuando Julia me dijo: «Jesús, Stim, se te ve muy mal», me di cuenta de que debía de estar gastándome una broma, que intentaba hacerme sentir como un pobre infeliz. Entonces le di la espalda, un exquisito momento de victoria. Y a pesar de ello, debo preguntarte: ¿es posible? ¿De verdad vas a venir a verme esta noche? No serías tan perversa, ¿verdad? No me mentirías sobre algo así, no me mentirías en nada. ¿Lo harías, Evangeline?


LIBRO 8
La resurrección y la vida

                                                                    TREINTA Y TRES

1 de febrero.

Diario terapéutico

Desde Rumania ha llegado el rumor de que han encontrado a una chica. No es un rumor corroborado, pero es algo más que una habladuría. Estoy hecho una ruina, he vuelto a fumar, he vuelto a beber una botella de vino diaria. Si lo que dicen es cierto, no quiero pensar en cómo debe de encontrarse. Va a hacer de mí un judío practicante. Volaría hasta Bucarest esta noche si no fuera por el draconiano mandato de su padre. Al comunicar la noticia por correo electrónico, insistió en la orden de que nadie de La hora tenía que involucrarse, y declaró de forma contundente que su hija nunca volvería a trabajar para el programa. Me pregunto qué pensará ella del tema.

Si el rumor es cierto, yo debería ir, a pesar de su padre. ¿O debería quedarme? ¿Querrá verme? Con tal de sacarme de encima este peso, daría cualquier cosa, haría cualquier cosa. Pero desprecio esa loca esperanza; las falsas expectativas nunca acaban bien, suelen ser una especie de suicidio de la mente. No debería pensar esto. La necesidad de un rescate me acobarda. Un funcionario del gobierno rumano, que hace meses que se encuentra trabajando en el caso, ha informado al viejo Harker de que han encontrado a una mujer que concuerda someramente con la descripción de Evangeline en una clínica anexa a un monasterio en la región de Bucovina, al norte del país, uno de esos famosos monasterios pintados, según nos dice él; al parecer, ella no puede recordar gran cosa de sí misma, no tiene ninguna identificación y no desea abandonar el lugar bajo ninguna circunstancia. Es cualquier cosa menos una certeza, y si estas otras noticias, esta terrible coincidencia, no se hubieran dado, yo tendría una mayor serenidad, pero no es así como va a ser la vida para mí. No existirá la posibilidad de descansar en el glorioso otoño del retiro. Existirá una subida hasta la cresta del volcán y, luego, una larga caída. Empédocles en la emisora.

Recibí una llamada de Rogers preguntándome si sabía algo acerca de unas cajas que había en el pasillo trasero y que estaban dirigidas a mí. Le dije que no, y empezó a especular acerca de un complot. Afirmaba que las cajas habían sido colocadas allí por la emisora, y que de hecho eran aparatos de audio que estaban conectados con la planta entera. Pero se negó a hacer que las sacaran de allí porque, según dijo, no iba a destinar ni un penique de su presupuesto a un equipo enemigo, ni siquiera para hacer que lo desmonten. Ha indicado a la cadena que tiene conocimiento de ello y además, añade, como si tuviera una importancia secundaria, que también sabe del complot que existe para matar al prometido en la planta veinte, el prometido de Evangeline, que ha intentado suicidarse cortándose las venas en dos macabros intentos en una semana. Gracias a dios, no tuvo éxito. Menard Griffiths le encontró aquí, en la planta veinte, en la antigua oficina de Evangeline, y había perdido tanta sangre que estaba casi muerto. Rogers dice que es otro elemento de la campaña de la emisora, aunque está de acuerdo en que es uno muy extremo.

Francamente, me he quedado sin palabras ante estas noticias. Además, soy extremadamente aprensivo; en Vietnam me mantuve alejado de los hospitales militares. Pero tengo que volver a ello. Tengo que ver a este chico, como expiación. Debo hacerlo. Casi desearía que la mujer de Rumania fuera la doble de Evangeline, porque, si fuera ella, ¿cómo diablos va a manejar esta evolución de las cosas? ¿Quién la va a consolar? Si le queda la más mínima inteligencia, se culpará a sí misma.

¿Qué ha sido lo que ha poseído a este chico para que quisiera quitarse la vida precisamente en este momento de respiro? Y ¿por qué aquí? Es muy molesto, y es tan extraño que resulta sospechoso. Pero soy un ser humano viejo, cansado y atormentado por la rabia, lleno de sospecha e indignación. Nada de este mundo me da luz ya. La oscuridad cae como una lluvia.

3 de febrero

Prince vino a molestarme. Quería información. Es un adulador torpe en persona, igual que lo es en pantalla, pero yo tengo la ventaja de que no he estado nunca sometido a una investigación federal, ni tampoco me he sentido nunca impresionado por su celebridad. A pesar de ello, consiguió provocarme.

Fingió iniciar el turno de preguntas, como si hubiéramos estado manteniendo una conversación, cosa que no habíamos hecho.

—Lo que no me has dicho es que la han encontrado. ¿Correcto?

—Te encuentras en medio de un diálogo, por lo que veo. ¿Puedo añadirme?

Cruzó las manos sobre su pecho, hizo una mueca y se acercó más a mí.

—La han encontrado, ¿verdad?

—¿A quién?

—Lo sabes muy bien.

—¿A Amelia Earhart?

Bufó con aire petulante.

—Vete a la mierda, capullo marchito y canceroso.

Me reí de él, pero no se marchó.

A menudo, la gente me pregunta si Edward Prince me cae bien y siempre respondo que ésa no es la cuestión: deberían preguntar si Edward Prince le cae bien a alguien en cualquier lugar del mundo. Él es el rostro de nuestra emisora para millones de personas, no hay duda, y a pesar de ello es un ser disparatado. ¿Por qué la gente no lo comprende? No aparece ante las cámaras con mayor frecuencia que cualquiera de nosotros, pero su rostro se ha vuelto imborrable a base de atraer la atención de maneras que yo nunca podría aprobar; a base de exhibir sus traumas personales y sus fracasos ante la audiencia. Ese hombre se muestra repugnantemente cándido, pero su candor sólo aparece ante la cámara. Resulta difícil imaginarle confesándose ante su espejo, o ante un cura. Eso no tiene ningún incentivo. Su dios está allí fuera, al otro lado de la pantalla, y necesita alimento. ¿Me cae bien? El hecho de haberle mirado a la cara hace unos minutos, una cara más avejentada que la mía, aunque mucho más estudiada y cuidada, hace que sea fácil ofrecer la esperada respuesta. Desde luego que no.

Después de su divertido aprieto, redobló sus esfuerzos.

—Me refiero a Evangeline Harker. ¿La han encontrado?

Decírselo a Prince es como contárselo al mundo entero; así de simple. Ese hombre no tiene la mínima vida interior necesaria para vencer la tentación de hacer pública cualquier cosa. Me enfrenté a él.

—Levantarás la liebre, Ed.

Adoptó una expresión dolida y jubilosa a la vez porque sabía que eso era un precedente a la rendición:

—Nunca.

Si se lo decía a Prince, la historia acabaría en la portada del Post de la mañana. Por la tarde, todo el mundo de la televisión lo sabría. Y si Evangeline no aparecía, este maldito asunto habría vuelto a cobrar vida justo cuando habíamos llegado a unas aguas tranquilas, justo cuando parecía que la gente había empezado a olvidarlo. Y eso sin tener en cuenta el asunto del prometido, a quien Prince, por alguna razón, había pasado por alto.

Adoptó una actitud taimada y triunfante: se inclinó sobre mi escritorio con un gesto que tenía una cualidad lasciva.

—Cuéntame lo que sabes y yo también te contaré algo importante.

Había triunfado: mi debilidad se postró ante él, como siempre. Él se enteraba de todos los rumores; siempre lo había hecho. Contra lo que me quedaba de sentido común, se lo conté todo. Sonrió de oreja a oreja y yo tuve esa extraña sensación que era frecuente en mis intercambios con él: los pensamientos de ese hombre habían recorrido unos caminos muy distintos y mucho más limitados de lo que yo había imaginado. Le brillaron los ojos como pompas de jabón.

—Mi secreto es mayor —ronroneó.

Eso era lo que siempre me había resultado simpático, aunque sin gustarme, de Edward Prince. Ese hombre es ingenuo como un niño en lo que se refiere a sus miedos y esperanzas. No es un tipo astuto, como tantos en nuestro campo, y su ensimismamiento puede resultar tan encantador como el de un niño interesado por primera vez en su propia sombra. Esa chica le importaba un pimiento, solamente quería estar enterado: no era frialdad ni indiferencia. Prince se sentía como si estuviera sentado al lado de la única fuente de luz, en medio de una gran oscuridad, y abandonar ese pequeño fuego no sería solamente un acto gratuito, sería fatal.

—Escucharé tu secreto —le dije—, pero sólo con una condición.

—Dime cuál.

—No vas a pronunciar ni una palabra sobre el asunto Harker hasta que recibamos la confirmación. Si esto se sabe, y la historia es falsa, ya sabes qué sucederá.

Me dirigió una mirada de seriedad moral:

—Se nos irá todo al carajo.

—Nos entendemos. ¿Cuál es tu enorme secreto? Espero que no sea un perfil de Cloris Leachman.

—Qué más quisieras. —Su falsa gravedad estalló en una briosa artimaña—. Querido amigo, he descargado al padrino de Europa del Este.

En la vida no sucede a menudo que la verdad estalle en la mente con la fuerza de un amanecer. Habitualmente, si es que puedo afirmar haber tenido alguna comprensión de algo, suele ser como tomarse una píldora al final de una larga noche en vela, como quedar bajo el efecto de una droga que me dejara sin sentido. Tengo unas costumbres demasiado arraigadas, unas opiniones demasiado arraigadas, mi carácter es así desde la infancia, cuando mi madre, antes de que me fuera al colegio, me decía que pasara un buen día y yo le replicaba que ella no tenía ni idea de qué día iba a pasar. Pero en ese momento lo vi: el enorme armazón de un plan, y me dejó absolutamente aterrorizado.

—¿Qué has dicho?

—Ya me has oído. El padrino de Europa del Este. Eso es a lo que llamamos la historia.

En ese mismo instante supe que Evangeline Harker había sobrevivido. La encontraríamos con vida. Y, según su estado de salud, que debía de ser nefasto, al final volvería a su oficina y descubriría que el motivo inicial de su viaje había sido entrevistado por la personalidad más respetada del periodismo televisivo. ¿Qué significaba eso? Seguramente la sangre dejó de llegarme a la cabeza.

—¿Estás celoso, viejo judío?

—¿Está aquí ese hombre?—tartamudeé.

—¿Quién?

—El de tu entrevista.

Prince se sentó en el sofá y apoyó el codo en un montón de absurdos periódicos del otro lado del Atlántico.

—Sé lo que estás pensando, Trotta, y ya puedes olvidarlo. Él no tiene nada que ver con tu lío, y puedo demostrarlo. No hay manera de que me hagas descarrilar, por mucho que lo desees.

No había tiempo para una desagradable competición entre dos don nadies.

—¿Cuál es su apellido, Ed?¿No será Torgu?

Prince realizó un gesto concesivo con la cabeza.

—Contactó conmigo personalmente... —Hizo una pausa y se quedó mirando las manchas de nicotina de la alfombra—. A través de un intermediario.

—¿Qué intermediario?

Prince se encogió de hombros.

—¿Necesitas saberlo?

—Vale, vale. ¿Cómo llegó hasta ti ese intermediario?

En ese momento Prince se plantó. Sabía que eso no conducía a nada bueno. Sabía que todo eso olía a podrido, pero no le importaba. Hacía muchos años que su dios le había devorado el corazón.

—Respóndeme, por favor —le pedí.

—Era un contacto personal. Alguien de la oficina que tiene conexiones con el antiguo bloque soviético. —Levantó la barbilla en un gesto de desafío—. Y debo añadir que el contexto de mi discusión con ese caballero fue la decepción. Una grave decepción.

—¿Qué diablos quiere decir eso?

—Te lo voy a decir: tu chica no se presentó nunca. Él estuvo esperando a que llegara un productor de La hora en el momento acordado y se le ofendió, la verdad sea dicha.

—Mierda, Prince, ¿no te parece mínimamente sospechoso todo esto? ¿El momento en que sucede? ¿Las circunstancias? Venga ya, eres un periodista, o lo eras. ¿No te parece más que extraño que el presunto padrino de Europa del Este se presente aquí y se ofrezca a realizar una entrevista meses después de que desapareciera la chica a quien mandamos para que iniciara los contactos previos? ¿No te parece plausible que puedas ser víctima de un engaño llevado a cabo por alguien que conoce lo suficiente nuestra situación como para hacerte quedar como un imbécil?

Prince me miró largamente con expresión de pesar. Lo había pillado. Me supo mal por él, pero tenía que hacerlo.

—Por dios. ¿A cuántos padrinos del hampa conoces que se ofrezcan a realizar entrevistas? Si no me falla la memoria, eso sólo sucede tras unos barrotes de prisión.

Prince superó ese momento de duda y se puso en pie.

—He conocido a ese hombre. Es el verdadero. Es real. —Chasqueó los dedos—. Más real que tú.

Esa confesión me hizo sentir un escalofrío.

—Le has conocido.

—Sí.

—¿Dónde?

—Aquí.

—¿Ha estado en las oficinas?¿Y no has alertado a nadie?

Prince negó con la cabeza.

—Pero ¿estás desvariando? ¿Alertar a quién? ¿A Menard Griffiths? ¿Hay alguien más? Tengo una historia tremenda, Austen, y te doy por avisado.

—¿Cuándo se produjo el encuentro?

Prince se puso las manos en los bolsillos.

—Tarde.

—Eres un fanfarrón idiota... ¡Él debe de saber algo de Evangeline!

Prince se dirigió hacia la puerta con paso decidido.

—Por supuesto, me echas toda la mierda encima. Lo has hecho durante treinta años, ¿por qué ibas a dejar de hacerlo ahora? Pero, mi querido Trotta, deberías saber que nuestro hombre ha sido investigado y ha pasado la prueba. Tiene petróleo, armas, opio y prostitución. Y si estás interesado en cuáles serán sus futuras actividades, predigo que irá a prisión como consecuencia inmediata de la entrevista. Lo desea. Es el lugar más seguro para él.

Estas noticias no me aplacaron en absoluto. Pero adopté un tono más solícito.

—Una pregunta más, si me lo permites.

Prince se volvió dándome la espalda para ocultar su herido sentimiento de triunfo.

—¿Quién hizo el trabajo de campo?

—¿Cómo?

—Quiero decir que quién investigó a ese tipo.

Prince adoptó un gesto indiferente.

—¿Qué quién le investigó?

—Venga, Ed. Quién verificó su identidad y esas cosas.

—Creo que fue Stimson Beevers.

—¿Esa es tu póliza de seguro? ¿Ese trepa insignificante?

—No, Austen, gracias. Te agradezco profundamente la reacción más despiadada que yo haya recibido nunca ante el anuncio de buenas noticias.

Yo necesitaba saber un último detalle.

—¿Cuándo tendrá lugar la entrevista?

Entrecerró los ojos con una expresión de rabioso desafío.

—Ni lo intentes.

A pesar de tener cerca de noventa años, Prince se alejó con paso ágil y movimientos propios de un oficial en un baile de los Habsburgo. Un pinchazo de dolor recorrió mi espalda y retrocedí hasta sentarme en mi silla, que rodó hasta chocar con una estantería. Peach corrió hacia mí con expresión de alarma, pero yo la eché y cerré las cortinas. Ahora escribo estas notas tan deprisa como puedo. Esto ya no es un diario terapéutico: es un diario de guerra.

3 de febrero,

al final del día

El ADN concuerda. Es nuestra chica, pero ha perdido la cabeza. Harker no quiere dar más información, así que tengo a un contacto del Departamento de Estado trabajando de mi parte para obtener noticias de la embajada en Bucarest. Dice que todavía no hay ninguna prueba de que ella recuerde su nombre ni de que nunca vaya a recordarlo. Insinúa que sabe algo más, pero no me lo quiere decir por teléfono. Dice que es posible que la línea esté pinchada. Le dije que esos días ya habían pasado, y él dijo que también lo creía pero que se trataba de otra cosa. Le pregunté a bocajarro que qué diablos le había sucedido a Evangeline y lo único que dijo fue: «No lo sabemos».

4 de febrero,

tres de la madrugada

He tenido la más terrible de las pesadillas. Necesito una sesión con usted, doctor. Usted me dice que escriba los sueños por la mañana para recordarlos, pero ¿cómo podría olvidar éste? De todas maneras, voy a escribirlo; es mejor que no dormir durante las próximas seis horas. Había tres partes en el sueño. En la primera, me despertaba en una cuneta a primera hora de la mañana, estaba mojado y me llevaba las manos al cuerpo; cuando las apartaba, las tenía llenas de sangre. Me daba cuenta de que me habían disparado. Levantaba la vista y, justo en ese momento, un cuerpo me caía encima y todo se volvía oscuro. En la segunda parte, yo era el hombre que caía encima del tipo que estaba en la cuneta. Delante de mí había una nube de humo y yo caía hacia atrás, ligero como una pluma, encima del otro hombre. En la última, de repente me encontraba mirando a este hombre, que caía de espaldas justo delante de mí; y notaba las manos calientes; había un olor a pólvora y yo miraba hacia abajo, y en mis manos había una pistola, y una voz detrás de mí gritó: «¡Nochmal!». Me daba cuenta de que era la voz de un oficial alemán vestido con un uniforme gris a quien yo reconocía y respetaba. Me di vuelta: una fila de hombres llenaron mi campo de visión y vi que eran judíos desnudos, y, antes de poder pensar en nada, volví a apretar el gatillo y los judíos salieron volando hacia atrás como pájaros. Y entonces desperté y cuando miré hacia abajo vi que me estaba agarrando la polla, vieja y dura, con las dos manos.

Dios me ayude. Dios y mis antepasados, perdonadme.

4 de febrero,

cinco y cuarto de la madrugada

Ahora lo veo. Fue Prince quien provocó esa pesadilla. Tuvimos una conversación insólita poco después de la gran entrevista. No tenía pensado hablar con él en absoluto, a decir verdad. Me tropecé con él en el pasillo trasero. Todo el asunto parece cosa del destino.

Me tropecé con Prince porque había vuelto a la cabina de sonido para hacer unas grabaciones, donde, previamente, había tenido una experiencia inquietante.

Uno de mis productores más antiguos, Radney Plasskin, me pidió que grabara unas cuantas frases sobre la historia de la medicina micronesia, lo cual no es uno de sus magníficos logros sino más bien un material de segunda, diría yo. Unos días antes habíamos grabado el cuerpo principal de la pieza, pero hacía falta una toma adicional de picante narrativo para darle, por lo menos, el aspecto de ser una historia de investigación.

Plasskin se había convertido en un hombre blando, calvo y de formas redondeadas, en un habitante de los anchos pasillos de las tiendas de comestibles de las zonas residenciales, pero antes, en los tiempos en que fue contratado, sus investigaciones provocaban sesiones en el Congreso. A pesar de ello, y para ser justo con él, mi problema no era la historia.

En la cabina de sonido me sobrevino el agotamiento y noté que me sumía en el letargo. Tuve que parar. Junté las manos, cerré los ojos y me incliné hacia delante, apoyándome en el podio. Plasskin y el ingeniero de sonido me miraban desde el otro lado del cristal de la cabina, y noté su enojo ante ese retraso. Pero necesitaban mi voz, y no tenían otra opción que esperar. Al cabo de unos segundos, terminé las frases y miré por el cristal para confirmar que Plasskin tenía lo que quería, pero sus ojos enrojecidos me miraban muy abiertos, como si yo acabara de leer una sarta de tonterías en voz alta. Salí de la cabina y descubrí el motivo de esa expresión desalentadora: el ingeniero de sonido tenía un problema técnico. Una distorsión había empezado a afectar todas las grabaciones de la planta, incluida la mía, la que acababa de grabar, y a pesar de que no tenía ni remotas ganas de meterme en una conversación acerca de las misteriosas facetas de nuestro trabajo, cometí el error de prestar atención al tema. Le pregunté si quería que lo grabara otra vez y el hombre se encogió de hombros, miró a Plasskin y dijo que no serviría de una mierda, que había habido problemas, por lo menos, durante las últimas veinticuatro horas.

—Tu grabación no sirve, a no ser que podamos limpiarla durante la mezcla.

—¿Qué coño pasa? —exigí, un poco encolerizado por haber sido informado del problema después de haberme esforzado en decir esas frases.

El ingeniero se encogió de hombros y me ofreció una respuesta que detesto:

—En veinte años de televisión, nunca había visto ni oído nada como esto.

Plasskin alzó los ojos al cielo. Se había desplazado desde Washington para acabar encontrándose con esa confusión. Le pedí al técnico que me volviera a pasar la grabación, él recorrió con los dedos la amplia mesa de sonido y que me parta un rayo si digo que no oí nada. Me puse furioso. Le pregunté por qué no podía borrarlo, sin más, y él se puso chulo.

—¿Tú también lo oyes? Entonces no soy yo solo.

—Claro que lo oigo.

—Parece como si alguien estuviera susurrando —dijo Plasskin, con expresión sorprendida.

—Gracias. —Entonces el técnico reveló que ese problema era conocido en las altas esferas—: Bob Rogers afirma que es una acción de guerra. ¿Vosotros lo creéis? Afirma que es un sabotaje de la emisora y me dice que lo ignore y que lo esquive todo lo que pueda. La cadena está esperando que se dé por vencido, y él no lo hará. Sería una pena que el programa se hundiera con él, ¿verdad?

—¿Quieres decir que Bob no quiere que se haga nada al respecto? —le pregunté.

—Quiere que el problema acabe siendo tan grande que ponga a la cadena en una situación incómoda.

—Entonces es que ha perdido la cabeza de verdad —le dije—, y nosotros tenemos un problema.

El ingeniero me dijo que esa distorsión era audible en todas las grabaciones que se habían realizado ese último día y que, por mucho que lo había intentado, no podía eliminarlo del sistema. Sin que Rogers lo supiera, habían venido unos técnicos de audio del centro de la cadena y también se habían visto incapaces.

No se trataba solamente del problema evidente de emitir las piezas con el sonido lleno de parásitos, sino que se trataba de la misma interferencia. No puedo sacármela de la cabeza. Era como si una voz enterrada en la misma cinta cantara una canción pegadiza justo por debajo de la frecuencia auditiva. Pero no era posible que fuera una voz. No podía ser una grabación; las cintas vírgenes nos llegan en blanco. Incluso aunque apareciera una tanda de cintas usadas, el problema se detectaría de inmediato y se desecharían. Pero el ingeniero ya lo había hecho: había juntado todas las cintas de la misma tanda y había hecho otro pedido, pero se encontró con el mismo problema. No era la cinta: era el sistema. Algo había penetrado en el sistema.

Tengo esa distorsión metida en la cabeza ahora mismo, y la tenía metida en la cabeza en ese momento en que abandonaba la cabina, justo antes de tropezarme con Prince. También hubo algo extraño en eso, en cómo me tropecé con él. Al salir de la cabina, tenía la intención de ir hacia la izquierda, en dirección a mi oficina, para echarme una siesta, pero, en ese momento, al otro extremo del vestíbulo principal, vi a Bob Rogers saliendo del bar y caminando directamente hacia mí, como si tuviera algo en mente. Sólo necesité eso. Salí disparado hacia la derecha, pasé por delante de los lavabos —el lugar habitual para las emboscadas de Rogers— y me metí en el callejón del magreo. Giré la esquina un poco demasiado deprisa y, tambaleándome para recuperar el equilibrio, me encontré delante de Prince. Dejé escapar un indigno chillido de sorpresa, pero Prince no se movió. Casi no pareció darse cuenta de mi presencia y ése fue el primer detalle inquietante de nuestro encuentro.

Se encontraba solo al lado de una enorme caja de madera y tenía la vista clavada en unas letras grabadas a uno de los lados de la misma. Podría haber estado dormido, aunque tenía los ojos abiertos. Le di unos golpecitos en el hombro y le dije:

—Disculpa, amigo, tengo que pasar.

Entonces habló:

—Son tuyas.

El tono de voz fue desacostumbrado: grave y ominoso. Además, yo no tenía ni idea de qué quería decir. Prince es treinta centímetros más alto que yo y acostumbra a encorvarse hacia los demás cuando se acerca a ellos, así que no me sorprendió que se cerniera sobre mí, acentuando mi pequeñez. Me miró directamente a los ojos y me sentí consternado. Tenía los iris surcados de hilillos rojos. «Dios —pensé—, o bien ha realizado la mejor entrevista de toda su carrera o acaba de tener un encuentro que lo ha aterrorizado de muerte.»

—Te las ha mandado a ti —dijo en ese mismo tono de voz, completamente impropio de él.

—¿Quién?

Prince no lo aclaró. Entonces vi por primera vez los objetos a los que se refería, los vi de verdad, y no tenían nada especial. Siempre había alguien que amontonaba basura en el callejón del magreo. El pasillo tenía mala reputación, como si fuera la única calle desierta de una ciudad en otro tiempo próspera, y se utilizaba como una especie de cubo de basura para objetos que todavía no habían llegado a ser desechados por completo. Cualquier cosa que hubieran dejado allí tenía garantizada la más absoluta falta de interés y responsabilidad por parte de todos.

—¿Te encuentras bien, Ed?

—Ese hijo de puta me ha hecho una oferta —dijo.

Todavía oigo esas palabras: se vuelven más inquietantes a cada minuto que pasa.

—¿Qué oferta? —le pregunté, pero no obtuve ninguna respuesta.

Sería una mentira rotunda decir que mi pensamiento inmediato tuvo que ver con su seguridad. Me tomé unos momentos para que calara en mí algo de lo que acababa de darme cuenta: era evidente que su tan cacareada entrevista había quedado reducida a cenizas. La justicia había prevalecido en diversos frentes. Uno nunca debe pavonearse de una entrevista, según mi punto de vista, pero si es una costumbre muy arraigada que no se puede cambiar, debe ser disciplinada: solamente puede hacerse cuando la entrevista se ha grabado y se ha visionado. Sólo entonces, ante el monitor, uno ve lo que hay y si es bueno. Prince tenía una filosofía diferente: él siempre vendía la piel del oso antes de cazarlo. Esta vez el oso no se había dejado cazar, o eso parecía. La perspectiva de enterarme de algo más me mantuvo allí. Quizá Bob Rogers estuviera detrás de la esquina, escuchando. Le di un pequeño tirón de manga a Prince, di un paso hacia atrás y miré en dirección al bar. Rogers había desaparecido. Sólo estaba allí el ingeniero de sonido, apoyado en la pared, al lado de la puerta de la sala de sonido, esperando a que llegara el siguiente escuadrón de «manitas» para intentar reparar los problemas. Yo oía las voces de la cinta susurrarme en la cabeza.

—¿Qué te dijo, Ed?

Prince apoyó las dos manos encima de una de las cajas.

—La revelación.

Me cogió por sorpresa; sonaba muy positivo.

—Entonces ¿todo fue bien?

—Oh, sí.

—¿Y por qué estás aquí detrás, tan alicaído?

—Mi corazón es puro deseo, Trotta. Mi corazón es puro deseo y yo ni siquiera lo sabía.

Debe saberse que, aunque sea en el sentido más presuntuoso y desagradable, nosotros, los interlocutores, somos los únicos que colmamos los deseos del corazón. Se los colmamos a las estrellas de cine que quieren dar el último paso hacia la inmortalidad; se los colmamos a los injustamente condenados que se encuentran en el corredor de la muerte, ansiando el indulto; se los colmamos a los esposos de las mujeres muertas a manos de sus propios médicos; a los padres que lamentan la muerte de sus hijos a manos de unos asesinos que se encuentran en libertad. También ofrecemos la oportunidad de tener un destino más relevante a los políticos que todavía se encuentran en la crisálida. Nosotros, por nosotros mismos, no somos nada, pero lo ofrecemos todo, y eso nunca, nunca, bajo ninguna circunstancia, funciona al revés. Los protagonistas de nuestras historias solamente nos aseguran una parte de la audiencia. Nos hacen subir sus índices. Quizá, si tenemos un día afortunado, uno de ellos nos ofrece una respuesta que permanecerá con nosotros para el resto de nuestros días. Solamente en el más extraño de los casos uno de ellos puede convertirse en un amigo. Pero todo esto son rarezas y, según mi punto de vista, peligros de primer orden. La simplicidad de nuestro objetivo ha sido nuestra salvación: lo ofrecemos todo, pero no recibimos nada a cambio. Pero Prince había invertido el motor.

—Vete a casa —le dije—. No estás bien.

—Al contrario. Eres tú quien está mortalmente enfermo.

No dijo nada más. Dejé allí a Prince para que otro le encontrara.

12 de febrero

Las buenas noticias cambian mucho las cosas. Me siento mejor de lo que me he sentido en muchos días. Tenemos a nuestra Evangeline. Está viva. No se encuentra muy bien, pero no es posible tenerlo todo. Está siendo atendida por unas monjas, según mi contacto del Departamento de Estado, quien me ha dicho que se encuentra en un convento —resulta que no es un monasterio, y no hay ninguna clínica—, en un convento remoto que se encuentra a 480 kilómetros de Bucarest después de transitar una carretera de dos carriles llena de agujeros, ubicado en un impresionante valle que parece pertenecer a otra época, una depresión en el terreno en el límite de la cordillera este de los Cárpatos. Es extraño, evidentemente, dado que su último paradero se encontraba a 320 kilómetros hacia el sureste, al otro lado de los Cárpatos, cerca de una ciudad situada en la ladera norte de los Alpes transilvanos. Nadie sabe cómo ha llegado tan lejos, aunque las hermanas del convento juran que debió de viajar a pie, dado el estado en que se encontraba cuando llegó a sus puertas.

No dice nada, pero come copos de avena cada día y se toma una o dos copas de vino moldavo. Su padre la está esperando al otro lado de las puertas del convento para llevarla a casa; duerme en una granja adyacente a sus muros. Por primera vez en muchos meses me siento optimista, una sensación ligeramente exótica.

14 de febrero

Un día de San Valentín horrible. Fui a ver al prometido de Evangeline, que se encuentra en la unidad de cuidados intensivos de la clínica Monte Sinaí. Casi puedo imaginar cómo es su repostería, más deudora de la tradición francesa que de la centro europea, más afrutada, mucho menos cremosa y azucarada, aunque hago excepciones con la calidad. Se recupera despacio, pero su familia insiste en que vaya a visitarlo en cuanto recupere el conocimiento. Me han pedido que esté allí para darle las noticias sobre Evangeline. Yo dudé, por supuesto. El hecho de que Evangeline haya sobrevivido levantará los ánimos de ese chico dentro de un tiempo, pero a corto plazo, a causa del desastroso estado en que se encuentra —es un suicida frustrado a punto de tomar conciencia de su acto desesperado— no hay forma de saber cómo reaccionará. Los sentimientos de culpa y de rechazo pueden dar lugar a giros insospechados. En cuanto entré en la habitación, supe que vivía un momento espantoso. En primer lugar, ese chico se había convertido en un espectro. Le habían atado los brazos a los hombros, la piel tenía un tono azulado pálido y las ojeras debajo de los ojos acentuaban su estado ruinoso. La última vez que le había visto tenía un aspecto de estrella de cine, pero desde entonces se había hundido hasta un punto que rozaba la muerte. Me vino la idea de que, en verdad, había muerto y lo habían devuelto a la vida por medios nauseabundos. Un olor a muerte impregnaba la habitación. Su familia estaba alrededor de la cama, vigilando el suero, colocando bien las almohadas; se mordían las uñas. Había algo en esa escena que me hizo recordar a Edward Prince.

Sus padres levantaron la mirada, presas de la aflicción, cuando entré en la habitación. Me expresaron con torpeza un innecesario agradecimiento por dedicarles mi tiempo y yo intenté tranquilizarles. Nunca me había resultado menos importante la fortuita fama de mi profesión. Me acerqué hasta la cama y puse una mano sobre una esquina de la sábana. Le expresé mi admiración por su cocina y mi dolor por lo que había pasado.

—¿Se lo han dicho ya?—pregunté.

Ellos negaron con la cabeza. Me di cuenta de que la belleza le venía por el lado femenino de la familia. Una sólida estrella de David colgaba del cuello de la madre.

Expresé una opinión:

—Es mejor esperar, diría yo.

—No —dijo la atractiva señora.

—¿Seguro que está en condiciones de saber las noticias?

El padre miró a la madre y ella habló por ambos.

—Tenemos miedo de que, si no se lo decimos, se nos vaya. —Y rompió en sollozos.

Así que no había otra alternativa: tenía que hacerse. Ese pensamiento me generó una desagradable sensación en el pecho. Esa gente se sentía despojada. Yo debía ser el fuerte. Su hijo parecía un caballero medieval afectado por una enfermedad, como una de esas figuras talladas en piedra de las catedrales alemanas. Casi me imaginaba una espada a su flanco y unas ranas saltando desde su abdomen.

La madre se serenó y volvió a hablar.

—Él nos habló con mucho afecto de usted y de la manera en que usted trataba a Evangeline. Nos dijo que la trataba con respeto, a diferencia de otros que conocía. Usted es su corresponsal favorito del programa, por cierto.

Se le quebró la voz. Se hizo evidente que quería que fuera yo quien diera la noticia.

—No lo sé.

—Por favor —dijo el padre. Al fin una palabra.

Palidecí ante esa responsabilidad. ¿Y si él lo recibía mal? ¿Y si entraba en estado de conmoción?

—Llamemos a una enfermera —sugerí.

Los padres se miraron el uno al otro y luego dirigieron la mirada hacia mí. Lo comprendí. La enfermera les había desaconsejado que lo hicieran, y probablemente lo mismo había hecho el médico. Me desplacé hacia un lado de la cama, alejándome de la puerta. La madre empujó una silla en mi dirección y me sentí casi como un rabino. Si hubiera visto una mínima expresión de duda, me habría sentido más seguro. Muy pocas veces en mi vida, excepto por las incontables decisiones instantáneas que he tomado al servicio de la cadena, me he visto en la obligación de actuar de forma tan rápida y decisiva en un asunto humano tan delicado. Supongo que el destino me ha ahorrado esa responsabilidad hasta que llegara el momento definitivo. Era como si ese hombre y esa mujer esperaran de mí que hiciera levantar a su hijo de entre los muertos. «Soy judío, como vosotros —quería decirles—. Yo no hago esas cosas. Lamentación, sí; resurrección, nunca.»

Me incliné hacia el chico, acerqué los labios a su oído derecho y le susurré:

—¿Robert?

Movió los labios, pero no emitió ningún sonido.

—Robert —repetí—. Tengo muy buenas noticias. Me gustaría que tuviéramos tiempo para que te prepararas para oírlas, pero tus padres están ansiosos de que las conozcas. ¿Estás preparado para oírlas, Robert?

Pensé que aunque sólo fueran unos cuantos segundos, quizá consiguiera prepararse para la conmoción. Volvió a mover los labios y me pareció que susurraba una o dos sílabas. Pero no se entendió nada.

—Está viva —dije.

El grito surgió como una prolongada erupción. Los padres se alarmaron. Las enfermeras acudieron corriendo a la habitación y empezaron a inspeccionar los tubos.

—Por dios, ¿qué ha pasado? —chilló la madre.

Yo me batí en una rápida retirada: salí casi corriendo del Monte Sinaí y llegué a una cafetería griega de Madison, donde me encuentro ahora, tembloroso, después de haber conseguido encender un cigarrillo con grandes dificultades y de que el capullo asesino de turcos que posee el local me haya amenazado con echarme, como si yo fuera un vagabundo sin techo. No me ha reconocido en absoluto. Ni yo me reconozco a mí mismo.

14 de febrero,

más tarde

«Todo bien, Trotta, todo bien.» Eso es lo que me he estado diciendo todo el día: todo está bien y va a seguir así.

Al menos eso parece. Hace unos momentos, ya en casa, justo cuando había apagado el televisor, los padres han llamado. Era la madre, llorando de alivio. Su hijo había estado emitiendo sonidos de forma intermitente durante toda la tarde y había aterrorizado a los demás pacientes, hasta tal punto que habían tenido que trasladarle a una zona vacía del pabellón de afecciones gastrointestinales. Esta información me ha sido comunicada con una alegría inexplicable, y luego he averiguado por qué. Después de que le administraran unos fuertes sedantes, se calmó pero mantuvo los ojos abiertos y tomó unos sorbos de sopa, así que la enfermera afirmó que habían avanzado un poco. La madre del chico me ha dicho que ha empezado a mover los labios y, aunque no ha podido distinguir las palabras, el médico dice que eso denota cierta actividad cerebral y que el cerebro de su hijo está, finalmente, reaccionando.

Le he preguntado si había sido capaz de comprender algo de lo que decía y ella me ha dicho que casi nada tenía sentido, pero que les ha parecido oír que pronunciaba nombres de lugares y que, por lo menos una vez, ha oído el nombre de una ciudad: Nankín.

 

 

LIBRO 9
El camino para salir del infierno

 

                                                              TREINTA Y CUATRO

Julia Barnes y Sally Benchborn se dieron cuenta del problema de inmediato, pero tenían otras preocupaciones. Era más de medianoche y un estado de ánimo irritado y pesimista se cernía sobre el proyecto; no en vano habían estado viendo la versión vigésimo séptima del perfil de un gurú de la salud que aconsejaba chocolate, a quien habían llegado a despreciar con todas las células de su cuerpo. Era un hombre esférico lleno de tópicos y ambas mujeres comprendieron con una frialdad cristalina que un minuto con él sería tolerable, pero que cualquier cosa más allá de eso resultaría una prueba insoportable. Preveían que al final del visionado se haría un silencio crítico. Se oiría el susurro de las hojas del guión en manos de Bob Rogers. Julia todavía conservaba heridas psicológicas del fracaso de su pieza sobre el actor británico y no podía pasar por lo mismo otra vez. No podía hundirse con otro barco.

Sally tuvo su habitual revelación filosófica de cuarto trimestre: ¿por qué todas las historias tenían que provocarle ese momento de disgusto consigo misma antes de convertirse en buenas? ¿Por qué se hacía eso a sí misma? Tenía un esposo rico en Westchester, podía dejar esa profesión y vivir feliz y en paz con sus tres hijos para el resto de su vida; podía volverse más activa en su grupo de las reconstrucciones bélicas. Pero la idea de desertar le provocaba mayores escalofríos que ese gurú de la salud.

Julia percibió la tormenta interna de su productora, y se intranquilizó. En eso había una trampa que le era conocida. Es su juventud Julia había soñado con la revolución, había practicado sexo en grupo y había llevado armas. Había sido uno de los miembros fundadores del Colectivo de Cine de Mujeres y una fugitiva de la justicia. Había escapado a la policía federal. Sus hijos no lo sabían, pero su esposo sí. Julia no echaba de menos esos tiempos; no era algo que se echase de menos. Pero cada vez que se encontraba acorralada en una habitación con otro productor que se autoinmolaba, deseaba volver a sentir el júbilo animal de esos tiempos, y cuando la nostalgia se volvía insoportable, tal y como le sucedía en esos momentos, se obligaba a tomar conciencia y a enfrentarse a los hechos: había que mostrar esa pieza a Bob Rogers esa misma semana. Se había acabado el darle vueltas.

La productora se sentó en el sofá destartalado que había detrás de Julia y le dijo que quería verlo todo otra vez, quería volver a ver el desarrollo encadenado de esas imágenes de desesperanza, las de ese hombre vestido con una pálida túnica verde que lucía una barba de rabino al lado de Sam Dambles, sudoroso e infeliz, mientras paseaban por un jardín lleno de lechugas polvorientas a las afueras de Lordsburg, Nuevo México.

—Estamos

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jodidas.

La productora cerró los ojos, rindiéndose ante lo que era inevitable, y en ese momento Julia oyó el ruido. Apareció en la última frase de la pieza, como un borboteo en la pista, pero pensó que debían de ser sus oídos, hechos polvo después de pasar quince horas encerrada en la sala de edición. Ignoró el borboteo y atacó el verdadero problema.

—¿Puedo ser sincera, Sally?

—Uf.

—Aquí el verdadero problema es por qué tenemos que escuchar a un gordo dándonos lecciones sobre nuestra salud.

La última imagen del gurú había quedado congelada en pantalla.

—Mira esas mejillas —dijo Sally.

Alargó la mano hasta un montón de guiones que había a su lado, sobre el sofá, y los tiró a la papelera con expresión satisfecha.

—Tienes razón. Vayámonos a casa y ya lo intentaremos otra vez mañana por la mañana. —Se puso los zapatos y bostezó—. Por cierto, ¿qué ha sido eso de la última pista?

Julia maldijo su suerte. Mentalmente, ya había salido de allí y se había metido en el coche.

—Nada —mintió.

—Vuelve a ponerlo.

Julia gimió para sus adentros. Ahora la productora se iba a obsesionar. Ese fallo se podía borrar durante la mezcla de sonido, pero Sally no querría esperar tanto. Julia se enfrentó a la triste perspectiva de pasar otra hora en esa planta. Se acercó a la mesa haciendo rodar la silla, clicó sobre el ratón y volvió a pasar la pista. Las palabras del corresponsal, escritas por Sally Benchborn, tronaron desde los altavoces: «Pero eso ya le parece bien a Peter Twonbly. Dice que no le gustaría que fuese de ninguna otra manera».

—¡Eso! —gritó Sally, asustando a Julia.

Julia volvió a pasarlo: «... que no le gustaría que fuese de ninguna otra manera».

—¿Es cosa mía o es que el problema va empeorando? —preguntó Sally—. ¿Puedes quitar eso? Es una de mis pocas buenas líneas.

«... de ninguna otra manera.»

Ahí estaba, casi inaudible al oído humano, un molesto murmullo, como una voz que susurrara palabras extrañas en una lengua desconocida. En la sala de visionados nadie se daría cuenta, pero la productora tenía la última palabra, así que Julia hizo unos ajustes: limpió, sacó la pista y la puso en un documento nuevo, luego volvió a insertarla en la misma imagen y volvió a pasarla. Pero el ruido permanecía allí. De hecho, a oídos de Julia y aunque pareciera imposible, la distorsión se había hecho más fuerte, más clara.

«Pero eso ya le parece bien a Lubyanka. Dice que no le gustaría que fuese de ninguna otra manera.»

—Pero ¿qué coño...?

—Sí, sí, yo también lo he oído.

—¿Lubyanka?

Julia asintió con la cabeza. Rebobinó sólo el sonido y lo volvió a poner, esta vez sin imagen: «Pero eso ya le parece bien a Lubyanka. Dice que no le gustaría que fuese de ninguna otra manera.»

Ambas mujeres se miraron.

—¿Puede ser algún tipo de virus? —preguntó la productora en un tono suave.

Julia se impulsó con la silla hasta las estanterías y cogió la cinta de audio original; allí estaba, guardada en una caja marcada con la fecha y la hora. Había pasado la cinta antes de digitalizarla y el sonido estaba bien.

—Sígueme.

Con la cinta en la mano, se apresuró pasillo abajo, más allá de las puertas cerradas de las salas de los otros editores. Después del suicidio nadie caminaba despacio por la planta veinte. Se dirigió hacia el mostrador de seguridad con Sally siguiéndola de cerca. Menard Griffiths estaba sentado en su sitio y miraba la televisión mientras comía una muffuletta casera. La presencia de ambas mujeres le pilló desprevenido: se sobresaltó y unas lonchas de salami se le cayeron del pan.

—Me habéis asustado.

Julia se calmó. Se dio cuenta de que lo que había asustado al hombre había sido algo más que su presencia. Él había visto el cuerpo del editor muerto, y también había encontrado al prometido de Evangeline Harker. La planta veinte se había convertido en un lugar verdaderamente difícil.

—¿Puedes abrirnos unas puertas, Menard?

—Claro.

El hombre se puso en pie y se limpió las manos. Las llaves tintinearon entre sus dedos mientras dirigía la mirada pasillo abajo, por donde ellas habían venido.

—¿Qué sucede? —preguntó Sally.

—Me ha parecido ver algo.

—¿De verdad? —Julia se volvió para mirar en la dirección por donde habían venido. El pasillo estaba repleto de sombras que hubieran podido ser cuerpos. Emitió una exclamación de sobresalto e, inmediatamente, éstas desaparecieron, volvieron a ser sólo sombras.

Sally cruzó los brazos.

—¿Vamos allá?

—Sí, señora.

Menard era un hombre corpulento, de un metro ochenta y cuatro, por lo menos, tenía un rostro amable y unos ademanes tranquilos. Las condujo por el pasillo en dirección a la zona de edición. En el momento en que pasaban por el callejón del magreo, comprobó que le seguían y luego miró hacia la derecha, hacia la oscuridad de ese lugar.

—¿Hola? —llamó.

Julia imaginó que veía una cara pálida y de expresión cruel que se desvanecía inmediatamente. Se apresuró detrás de Menard. Se oía el aire del sistema de ventilación y también se oyó como el tictac de un reloj, o quizá fueran las uñas de una pequeña bestia sobre una superficie dura. Julia pensó en el editor, Clete Varney, sentado ante su escritorio mientras la sangre goteaba al suelo desde la silla. Recordó el agujero en el suelo de la puerta de al lado. En la oscuridad, vio la silueta de tres o cuatro cajas enormes. Había visto esas cajas antes, hacía días que estaban allí. Bob Rogers hizo correr la voz de que pertenecían a la cadena y de que eran aparatos de audio que nadie debía tocar. Julia no se lo había creído, pero en ese momento se preguntó por primera vez qué debía de haber dentro.

Menard continuó con Julia pegada a sus espaldas. Sally se agarraba a la chaqueta de Julia.

—¿Has oído algo? —susurró Sally al oído de Julia.

—No.

Llegaron a la primera sala de edición.

—¿Ésta?

Julia asintió. Menard introdujo la llave en la cerradura, la puerta se abrió hacia dentro y las mujeres entraron. Sally encendió la luz mientras Julia encendía las máquinas. Ninguna de las dos se sentó: eso tenía que hacerse deprisa. Julia introdujo la cinta en el vídeo beta mientras el ordenador arrancaba. Encendió el audio y pasó la cinta para oír otra vez esa pista: «Pero eso ya le parece bien a Peter Twonbly. Dice que no le gustaría que fuera de ninguna otra manera».

Sally meneó la cabeza:

—¿Quién coño es Lubyanka?

—Lubyanka es una prisión soviética donde miles de personas fueron torturadas y asesinadas.

Julia volvió a digitalizar la cinta. Ahora no habría imagen, solamente audio. Antes de pasar la pista, Julia se dirigió a Sally:

—Si ahora oímos lo mismo que en la cinta no digitalizada, estaremos ante un problema concreto. Si oímos cualquier otra cosa, entonces nos enfrentamos a un problema de otro tipo. ¿Estás de acuerdo?

Sally asintió con la cabeza.

—Sí.

—¿Lo pongo?

—Ponlo.

Menard se encontraba apoyado en la puerta, pero no parecía escucharlas: tenía la atención puesta en alguna otra cosa. Julia manejó el ratón.

«A Lubyanka no le gustaría que fuese de ninguna otra manera.»

Sally susurró:

—La frase se ha acortado.

Julia volvió a ponerla:

—Ni siquiera es la voz de Sam, ¿verdad?

Sally se ajustó el chal sobre el cuerpo.

—Ajá.

El guarda de seguridad se había marchado un momento y, al volver, sacó la cabeza por la puerta y las dos mujeres se sobresaltaron.

—¿Menard, puedes abrirnos otra sala, por favor? —le pidió Julia,

—¿Sucede algo?

—Todavía no lo sabemos.

Las llevó a la habitación de al lado y luego a la siguiente. Pasaron de largo una de ellas, la del suicidio. Cuando llegaron a la última sala, Menard dijo:

—Debería volver a mi puesto.

—Otra más —dijeron ambas al unísono. Se dieron cuenta de que se encontraban ante la sala de Remschneider. Menard la abrió. Las paredes de la habitación estaban completamente desnudas y las estanterías, vacías. El lugar olía ligeramente mal. Julia no hizo caso de la voz interior que la urgía a irse inmediatamente de esa sala.

Realizó el mismo ritual otra vez: puso la cinta Beta en la máquina y escuchó la línea de texto original, que siempre era la misma: «Pero eso ya le parece bien a Peter Twonbly. Dice que no le gustaría que fuese de ninguna otra manera». Luego realizó la copia digital y la puso: «Lub, Lub, Lub, yanka, yanka, yanka...».

 



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