MISTERIO.....TV.ONLINE;PELICULAS DE TODO LOS GENEROS,FUTBOL TODAS LAS LIGAS,DIBUJOS ANIMADOS GRAN VARIEDAD,DOCUMENTALES,SERIES TV,LIBROS PARA LEERLO COMO TODA LA SAGA DE CREPUSCULO,TIERRA DE VAMPIROS Y MUCHAS COSAS MAS......

Julia se fue a casa. No durmió. Se quedó bajo el chorro de agua de la ducha durante una hora con la frente apoyada en las baldosas de la pared. No le dijo nada de lo que había sucedido a su esposo. Se metió en la cama al lado de un hombre que ya roncaba y tuvo la esperanza de que ese ruido acallaría la terrorífica palabra que se repetía en su cabeza, como una señal acústica en lo más profundo de su cerebro. Parecía el nombre de una mujer, parecía una lastimosa llamada de un amante a una mujer que se hubiera perdido siglos antes.
A la mañana siguiente, mientras tomaban café en el bar y antes de la reunión con Bob, Sally informó a Julia de que también había pasado una mala noche. Había recurrido a un juego de la infancia para ahuyentar esa palabra: «Cazador, cazador, mata a Lubyanka la feroz». No había funcionado; no había podido dormir ni un momento. Las dos decidieron hablar con Bob.
Julia lo tenía todo planeado:
—Tú te encargas de hablar. Tú eres la productora y él te adora.
—Y una mierda.
—No intentes explicarle nada. Nos iremos a la zona de edición y haremos que lo escuche.
Sally lo pensó un momento:
—¿Y si el problema ha desaparecido? Entonces pareceremos idiotas.
Julia se la quedó mirando.
—¿Quieres volver a escucharlo? ¿Para asegurarnos?
Sally negó con la cabeza. Alguien más entró en el bar y ellas se apresuraron a esconderse en el pasillo.
—Imagínate que nos cree. Entonces, ¿qué?
Julia se encogió de hombros.
—Que coja la baja, o que se vaya a buscar a un exorcista. No es nuestro problema.
—¿Crees en los exorcismos?
Julia no tenía una respuesta adecuada para eso.
—Soy católica.
—¿Todos los católicos creen en los exorcismos?
A Julia no le gustaba la dirección que estaba tomando la conversación. Dentro de pocos minutos iban a tener que entrar en la oficina del amo de su existencia y, de la forma más pragmática posible, tendrían que comunicarle un mensaje difícil. Bob Rogers no era un hombre de gran imaginación. Tenía una enorme habilidad para el negocio televisivo: sabía cómo manipular a la gente, sabía detectar los sinsentidos en una historia, sabía escribir frases y encontrar imágenes para la pantalla. En todos los aspectos del periodismo televisado se le podía considerar un genio, pero no tenía una preparación real para lo que Julia y Sally tenían que decirle.
—No podemos parecer unas excéntricas —advirtió Julia.
Sally la miró horrorizada.
—Eres tú quien ha hablado de exorcismos. Mira, creo que me lo he pensado mejor: quizá no tengamos que decir nada. Que sea otro quien descubra el problema y vaya a quejarse.
—¿Crees que ésa es una actitud responsable?
—¿Es responsable arriesgar el trabajo cuando una tiene niños pequeños? Bob recordará que nosotras fuimos las mismas que descubrimos a Remschneider. Lo sabes, ¿verdad?
Julia también empezó a pensárselo mejor.
—Entonces ¿qué le diremos cuando nos pregunte en qué consiste el problema y cómo lo hemos descubierto?
—Que creemos que es un virus.
—No sé, Sally...
—Yo sí. Voy a pedir un donut, ¿quieres algo?
—Tres.
Por una vez, Bob no llegó a la oficina antes de las diez. Las mujeres le pidieron a su ayudante que las avisara tan pronto como llegara. Julia acababa de terminarse el tercer donut cuando recibieron el aviso.
—¿Preparada?
Sally le dio un apretón en el brazo. Fueron a ver a Bob. Le encontraron sentado ante el escritorio de su oficina, enmarcado por el cielo y la vista de Nueva Jersey en la vasta pantalla natural que era la ventana.
El día había amanecido brillante y alegre sobre el Hudson y Julia tuvo una súbita sensación de arrepentimiento. Habían reaccionado de forma desmesurada por un absurdo problema técnico y podrían haber llamado —deberían haberlo hecho— a los de soporte técnico para que se encargaran de ello. Le entraron ganas de reírse de esa situación desgraciada en que se encontraban. Bob acabó de teclear algo en la consola, se volvió hacia ellas y les sonrió con una expresión un tanto confusa.
—¿Qué tal va esa pieza de medicina alternativa? Estoy impaciente por verla. Ya lo sabéis, me fascinan esas cosas. Y ese tipo tiene pruebas de que funciona de verdad, ¿no? ¡La equinácea cura los resfriados! ¡Es increíble!
—No exactamente, Bob.
—Pero es tremendo, ¿no?
—Completamente.
—Me va a encantar ese tipo, ¿verdad?
—Seguro.
—¡Fantástico!
Sally asintió con la cabeza y le dirigió una sonrisa lánguida. Julia esperó a que cambiara de tema.
—¿Cuándo podremos verla? —preguntó Bob, mirándolas con una expresión de perversa ansiedad. Se había dado cuenta de que ellas pensaban que esa pieza era una mierda. Lo sabía. Olía el miedo.
—Cuando tú quieras, Bob.
—Estoy listo.
—Vamos, pues.
Julia se vio obligada a interrumpir. Se aclaró la garganta.
—Hay un pequeño problema, Bob.
Una sombra le nubló la expresión del rostro, en clara imitación de una nube que acababa de tapar el sol al otro lado de la ventana.
—La verdad es que es un problema técnico, pero creemos que es serio, ¿verdad, Sally?
La productora dirigió a Julia esa sonrisa que la sacaba de quicio, como si se lavara las manos en todo ese asunto.
Bob Rogers se rio en sus narices, lo cual las sobresaltó.
—Lo sé todo acerca de vuestro pequeño problema. Es la cadena que está intentando joderme, ¿y sabéis lo que digo? —Levantó una mano y chasqueó los dedos—. Que les jodan a ellos. No hago caso. Adelante. Me encantaría ver esa pieza dentro de una hora.
Sally se levantó, se cubrió el hombro con uno de los extremos del chal y salió de la oficina a paso lento. Julia se quedó atrás un momento y dijo:
—Tienes razón.
Bob volvió a dirigir la atención a la pantalla del ordenador.
—Nos vemos dentro de una hora, nena.
Julia salió y fue al encuentro de Sally en el pasillo, ante la entrada del bar. A la productora le brillaban los ojos de furia.
—¡Lo sabía desde el principio! Ha sido una idea absurda ir a decírselo.
—Estás perdiendo los nervios.
Sally tenía la mirada baja.
—¿Y qué? Ya le has oído, le importa un comino. Ya lo pasé bastante mal cuando tuve a los mellizos. Si empiezo a decir que se oyen voces en la cinta, o lo que sea que oímos, tendrán otra razón para echarme. Bob le dirá a Sam que estoy atacada por las hormonas, y listo. ¿Por qué crees que Nina Vargtimmen no ha tenido hijos?
Se separaron. Una se dirigió hacia las soleadas vistas que ofrecían las salas de los productores y la otra se encaminó hacia las susurrantes sombras de la zona de edición.
La sala de visionado había sido comparada con la sala de mandos de la nave espacial Enterprise y con otros centros de mando ficticios. Ciertamente tenía un aire de seriedad, gracias en gran parte al enorme rectángulo plateado que brillaba sobre la pared del fondo de la habitación. Esa pantalla daba a ese espacio —y al programa— su razón de ser y, por tanto, se había convertido en el centro de todo lo que ocurría en la planta veinte. Delante de la pantalla se extendía una alfombra desierta que llegaba hasta la pieza más importante de mobiliario de la sala: una mesa con tres asientos y un teléfono. El asiento de en medio pertenecía a Bob Rogers desde hacía treinta y cinco años. A su derecha se sentaba Douglas Vass, su segundo de a bordo y gran defensor, además de entrenador intelectual, un periodista de mirada aguda que había sobrevivido a cincuenta años de excesos en el negocio de la televisión y que le buscaba las pulgas y le ganaba la mitad de las veces. Si Bob detestaba algo, solamente Vass podía desafiar su desdén. Si Bob se enamoraba, Vass estaba a su lado para destruir ese romance desaconsejable y para hacer lo que le viniera en gana con los restos. A la izquierda de Bob se sentaba un hombre mucho más joven a quien Julia llamaba «El vigilante de la oscuridad»; éste hablaba muy raramente durante los visionados, pero tomaba abundantes notas. Julia era de la opinión de que el Vigilante, también conocido como Crane, funcionaba como el matón de la emisora: guardaba en la memoria quién había caído, cómo y cuándo. Para cerrar ese grupo de jueces, había dos formidables mujeres de pelo gris suficientemente maduras para haber visto a cada uno de los hombres del programa hacerles cosas imperdonables a sus subordinadas femeninas y lo suficientemente listas para no haberles perdonado. Cuando parecía que las opiniones eran bienvenidas, ellas ofrecían las suyas. A ambas se las había oído decir: «Bob, estás equivocado», pero raramente pronunciaban esas palabras si Douglas Vass no las había dicho antes. Julia se encontraba sola, sentada en la sala de visionados a pocos minutos de que se cumpliera la hora, y pensaba en el ritual que iban a realizar mientras se preparaba para enfrentarse a ese horror. Julia no se imaginaba esa estancia como ninguna sala de mandos de una nave espacial futurista. Desde su posición, en un extremo de la sala, detrás de la silla de Bob Rogers, justo ante la pared de enfrente de la pantalla, la veía como una hábil actualización de las salas de vistas del siglo XVIII en las cuales un puñado de hombres y mujeres poderosos e influyentes decidían el destino de esclavos, criados desleales y nobles arruinados. Era un lugar donde se levantaba o se bajaba el pulgar, un lugar donde se podían oír y defender distintos argumentos, pero donde éstos nunca podían prevalecer por encima del juez. Si, finalmente, Bob decidía que una cosa era buena, entonces lo era. Si tenía un ataque de malicia y se negaba a prestar ningún apoyo, entonces eso mismo era malo.
A Julia le sudaba la mano con la que sujetaba la cinta. La introdujo en la máquina y realizó una búsqueda de la imagen. El gordo médico loco apareció en la pantalla de la habitación.
Se aseguró de que el sonido del principio de la cinta estuviera bien, comprobó los volúmenes, se metió un caramelo en la boca y esperó. Al cabo de un momento, el resto de miembros del equipo de Dambles llegó. Sally se sentó en una de las paredes laterales y se negó a mirar a Julia; se quedó con la vista fija en la pantalla. El indispensable chal había cobrado el estatus de talismán: daba poderes de invencibilidad. El corpulento productor asociado de Sally tenía en las manos una copia de la transcripción de la entrevista y estaba preparado para asumir la defensa, sin ilusión alguna de que fueran a marcarse un tanto. Dedicó una sonrisa mordaz a Julia mientras levantaba el dedo pulgar, lo cual a ella le pareció una muestra de humor negro.
Sam Dambles realizó su habitual entrada impecable vestido con un jersey de cuello de cisne, una gabardina de gamuza y unos vaqueros negros. El Porte Dambles, lo llamaban: caminar casi sin levantar los pies, trasladarse con un suave deslizamiento. Su serenidad alivió en parte los peores temores de Julia. No parecía posible que un extraño fallo informático pudiera existir en el mismo continuo de tiempo y espacio que ese hombre, quien defendía a su gente y a sus piezas con las mínimas palabras y cuyo rostro, enfrentado a una opinión necia (especialmente las que hacían referencia a la calidad de su trabajo), adquiría la cualidad del hierro. Por supuesto, el hecho de que Dambles creyera personalmente en el mérito de una historia resultaba de ayuda. En este caso en concreto no había pronunciado ni una palabra entusiasta, ni siquiera al realizar las entrevistas.
El Vigilante en la oscuridad apareció y pidió una copia del guión. El asociado de producción se la dio. Las mujeres, dos de las tres Parcas, tomaron asiento. Douglas Vass también se encontraba allí, encorvado, con sus tirantes y su corbata, y se preguntaba dónde diablos estaba Bob. Finalmente, el gran hombre entró como una tromba en la habitación:
—¡No puedo esperar! —exclamó. Ya estaba hojeando el guión—. Habéis estado trabajando en esto tanto tiempo, que sé que me va a dejar KO.
—Deja el guión —dijo Dambles—.Mira la pantalla.
Las luces se apagaron. El vídeo se encendió. Era la hora de la magia negra.
El gurú hacía yoga. El gurú comía chocolate. Bebía vino con setas. Hacía música frotando el borde de un cuenco de barro. Sus afirmaciones eran fabulosas: su medicina suscitaba interrogantes, los médicos tradicionales le vilipendiaban, él respondía a sus preocupaciones, los médicos tradicionales le acusaban de dar falsas esperanzas a los pacientes, él opinaba lo contrario. Ahora volvía a encontrarse en su pueblo natal, en Oklahoma. Julia lo miraba con la presión sanguínea cada vez más alta. Oía cómo Bob pasaba las páginas del guión, pero eso no era ningún signo catastrófico: siempre leía el guión mientras miraba la pieza. No se rio en ninguno de los momentos humorísticos, pero tampoco parecía especialmente incómodo. Pero el nerviosismo de Julia crecía por momentos: el problema empezaba durante los últimos segundos de la pieza y ella se preparó para mostrar alarma y sorpresa. Dambles y el gurú paseaban por el huerto de lechugas y mantenían la última conversación. El sol se ponía en las montañas distantes. México estaba ahí. Julia deseó poder introducirse en la película.
Se sabía la frase de memoria: «Pero eso ya le parece bien a Peter Twonbly. Dice que no le gustaría que fuese de ninguna otra manera».
El gordo se arrodilló sobre la tierra, entre sus lechugas, con una paleta en la mano. El crepúsculo amenazaba. Dambles ya se había ido y se encontraba recibiendo un masaje en el balneario de las afueras de Socorro. El cámara acercó el plano al rostro del hombre mientras éste trabajaba con las plantas. «Pero eso ya le parece bien a Peter Twonbly. Dice que no le gustaría que fuera de ninguna otra manera.»
«Gracias a dios», pensó Julia, dejando caer la cabeza sobre la mesa. Esperaba que las luces se encendieran, pero pasaron unos cuantos segundos y se dio cuenta de que no sucedía nada.
Levantó la vista. El rostro del gurú había quedado congelado en la pantalla. Sus ojos miraban hacia el suelo, la piel había perdido el tono rubicundo, la barba había adquirido un aspecto extraño, como si hubiera crecido en condiciones duras, en un campo de concentración. Julia hubiera jurado que la imagen estaba en blanco y negro. Estaba segura de haber oído la última frase. Nadie habló. Bob dejó el guión. Los jueces escuchaban una especie de interferencia que emitía la pantalla: un susurro, un quejido, un aullido, como si los lobos del norte de México estuvieran ahí, aullando en su lenguaje propio... «Lubyanka, Kolyma, Kotlas-Vorkuta...»
Se encendieron las luces. Los rostros se volvieron hacia Bob.
—Inquietante —dijo—. Dios mío.
Todos aplaudieron.
LIBRO 10
Isla de los muertos
Mi padre, el gran organizador, me llevó a casa el primer día de marzo, por la aduana del aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. Habíamos estado peleándonos continuamente en el avión: quería que fuera a casa, a Texas. Insistió. Exigió. Dijo que mi madre era frágil. Me llamó por mi apodo de infancia, Evvy; yo lo detestaba. Tenía ganas de chillar. Él no sabía nada, nunca sabría nada, y no era culpa suya. Yo no había mencionado ni a Torgu, ni a Clemmie ni a los hermanos. Un profundo y persistente misterio había penetrado en su vida: se había encontrado con una mujer de mirada salvaje cuya rabia era un pozo sin fondo, su hija recién llegada del infierno, y reaccionó mal. No podía culparle. Él creía que si podía llevarme de vuelta a Texas, sería capaz no sólo de trocar los malos efectos que Rumania había tenido en mí, sino también todo aquello en lo que yo me había convertido desde la universidad. Sería capaz de borrar Nueva York de mí, a Robert y el 11 de septiembre. No tenía ni idea de nada.
Yo casi esperaba que me preguntaran por Clemmie Spence en cuanto saliera del avión, pero, por supuesto, no sucedió nada parecido. Todos los obstáculos de la entrada al país habían sido eliminados. Me habían proporcionado un nuevo pasaporte temporal en Bucarest. En la aduana les habían informado de mi situación por adelantado y me sellaron el pasaporte con una sonrisa compasiva. Mi vida había sido envuelta en un silencio prearreglado: las personas adecuadas habían sido informadas y a nadie más le importaba.
Caminamos entre las cintas transportadoras de equipajes. Yo iba del brazo de mi padre y pensé que me encontraba de vuelta en un lugar que nunca había esperado volver a ver: Nueva York. Antes de salir de la zona de recogida de equipajes, mi padre y yo mantuvimos una última conversación sobre mi futuro inmediato. Insistió por última vez en que debía volver a Texas un tiempo para recuperarme, pero lo dijo con tono de resignación. Yo le dije que nunca me iría de Nueva York voluntariamente. Quería volver con Robert y, quizás, a mi trabajo. Él percibió la ferocidad en mis ojos, una ferocidad que se había instalado en ellos desde la noche del sueño, la noche en que todo se me hizo claro. No le había hablado a mi padre de esa noche, por supuesto, pero a la mañana siguiente mandé una nota al funcionario del gobierno rumano que me había visitado en la que le comunicaba que mi nombre era Evangeline Harker, que era, por supuesto, estadounidense, y que estaba preparada para abandonar el convento. Las hermanas de San Basilio mostraron un alivio evidente. Mientras nos alejábamos en coche, ellas se santiguaron y dieron las gracias a Dios en susurros por haberlas liberado. Era una sabia muestra de gratitud; unas cuantas noches más allí y podría haberlas masacrado a todas mientras dormían.
Yo no llevaba equipaje y parecía una miserable. Mi padre me empujaba hacia delante y yo me sentí como una hoja pegada a su abrigo. Se colocó en la cola de la aduana y se volvió hacia mí: me di cuenta de que quería decir algo. Durante el tiempo que habíamos pasado juntos no habíamos hablado mucho de los detalles de casa. Él no había mencionado a Robert, lo cual no era una sorpresa: nunca le había gustado que hubiera ningún hombre en mi vida. Antes del vuelo, en el aeropuerto de París donde habíamos hecho tránsito, yo le pregunté quién nos estaría esperando en el JFK y él contestó: «Tu madre y tu hermana».
—¿Y Robert?
—Él va por su cuenta.
—Pero ¿lo sabe?
Mi padre se encogió de hombros.
—Tu madre se encarga de todo eso. Yo ya tengo bastante con preocuparme con cómo acaba.
Le dije que quería utilizar su teléfono móvil para llamar a Robert.
—Es mejor que esperes —repuso, y supe que algo iba mal. ¿Cómo podría haber sido de otra manera? Yo había desaparecido, se me había dado por muerta durante meses y mi prometido había encontrado consuelo en alguna parte. No podía culparle. De hecho, me sentí aliviada por él. ¿Cómo hubiera podido ser su esposa y no contarle toda la verdad? Lloré, allí en la cola de la aduana, pero, en verdad, sabía que era lo mejor. Había temido el momento del encuentro con Robert. Había tenido un sueño en el cual empezábamos a hacer el amor y él me quitaba la ropa pieza por pieza hasta que yo me quedaba casi desnuda y, entonces, él veía las marcas de mi cuerpo y se echaba atrás. Por favor, que no se me interprete mal. Yo quería volver con él. Yo amaba a mi hombre. Pero no podía soportar pensar en ese momento, lo que yo sabía que era inevitable.
Salimos de la aduana a un gran vestíbulo en pendiente y a la primera persona que vi fue a Austen Trotta, que se encontraba al final de la rampa con un ramo de azafranes y rosas amarillas. No me veía: estaba mirando en otra dirección. Mi padre me sujetaba por el codo con la mano, y me dio un apretón. No le gustaba mucho esa situación, pero yo sentí una profunda gratitud; quizás Ian estaría allí también, y Stim.
Austen me vio, pero antes de que yo llegara hasta él, mi padre me desvió hacia mi madre y mi hermana, que nos abrazaron con una alegría y una tristeza irrefrenables. Lloraron y rieron. Nunca habían imaginado que yo podía tener un aspecto tan terrible. Mi padre se había acostumbrado a verme, y quizás había intentado describirles cuál era mi estado, pero nada podría haberlas preparado para ello. Mis brazos habían adelgazado, mis mejillas y mi barbilla tenían la protuberancia de los huesos. Llevaba el pelo revuelto y rizado, lo cual me recordaba lo que se decía de los muertos: que les continuaba creciendo el cabello en la tumba. Estaba más que pálida, y mis movimientos eran como los de una anciana de ochenta años, sólo podía dar un paso cada vez antes de detenerme. Pero estaba dispuesta a darme tiempo, y ya lo verían. Iba a recuperarme y me pondría más guapa que nunca. Cuando volviera al trabajo, volvería a parecer una persona. Mientras abrazaba a mi madre eché un vistazo al vestíbulo buscando a Robert. Sentí un pinchazo de dolor en el corazón que casi no pude soportar.
Austen nos interrumpió.
—Querida... —dijo, y nos abrazamos.
Vi el precio que mi desaparición le había supuesto: sus ojos percibieron mi horror. Nunca había visto llorar a ese hombre, pero los ojos se le llenaron de lágrimas y apartó la vista. Me puso las flores entre los brazos.
—¿Cómo está Ian? —pregunté, discretamente decepcionada de que mi mejor amigo del trabajo no hubiera venido.
Austen me abrazó otra vez y casi aplastó las flores. Temblaba. Inmediatamente supe que mi querido Ian se había ido también. Austen ni siquiera tuvo que decírmelo. «Todo está destruido», pensé. Unas ideas todavía más oscuras y violentas me vinieron a la cabeza. Las lágrimas me cayeron por las mejillas y mi padre se puso furioso.
—Un mal momento para decírselo —dijo en voz alta para que le oyéramos.
Austen saltó:
—¿Y cuándo hubiera sido un buen momento, según su opinión?
—¿Cómo fue? —pregunté, preparándome para oír las primeras noticias de Torgu—. ¿Dónde?
—Justo después de que te marcharas. Fue... vírico... creo. —Austen volvió a apartar la mirada.
Mi madre le dio las gracias por las flores y nos dirigimos hacia la calle, donde un coche nos estaba esperando. Austen le susurró algo a mi madre. Luego realizó una de sus características reverencias, un ligero saludo con la cabeza, y se marchó.
Mi madre se volvió hacia mí con un gesto abrupto:
—Yo querría saberlo —dijo.
—¿El qué?
—Tu padre está en contra, pero yo no estoy de acuerdo con él. Yo querría saberlo.
—Dímelo.
—Tu prometido ha intentado suicidarse.
Las flores se me cayeron y se esparcieron por el suelo, a mis pies.
TREINTA Y OCHO
Robert estaba vivo. Estaba en casa, esperándome. Un profundo temor me atenazó. También me asaltó la furia. Nada había terminado. Mis secretos me quemaban como heridas en carne viva.
En el coche, de camino al apartamento, mi madre me lo explicó con diplomacia. Él había ido a mi oficina y se había cortado las venas en un ataque de desesperación. El guarda de seguridad de la planta veinte, Menard Griffiths, le encontró a tiempo y le salvó la vida. La convalecencia había sido brutalmente difícil, pero había mejorado lo suficiente como para abandonar el hospital. Llevaba dos semanas fuera y se trasladaba con muletas, pero se negaba a permanecer en cama. Un coche de alquiler le llevaba de una cocina a otra, e incluso había empezado a reunirse con un arquitecto para planificar una panadería en Brooklyn. No había ido al aeropuerto a petición de mi madre. Ella había tenido miedo de que verle con las vendas y con las muletas hubiera sido demasiado para mí.
Me llevaron directamente a verle, tal y como habían planeado, y me dejaron allí. El abrió la puerta del apartamento con ojos encendidos. Yo me eché en sus brazos y él acercó los labios a mi oído, pero no dijimos ni una palabra. Había abierto una botella de vino y había preparado una quiche. En el equipo de música sonaba suavemente una melodía de Gershwin. Comimos y bebimos mientras el ruido de las sirenas llegaba desde la calle. Yo estaba hambrienta y me sentía débil. Él lavó los platos y luego nos acurrucamos en el sofá, todavía callados.
Al final, habló:
—Lo siento.
—Yo también.
—No parece real, ¿verdad? Nada.
Yo deseaba contárselo todo, deseaba liberarme de mi carga. Pero era imposible.
—Finjamos, por un momento, que nada de esto ha sucedido. Finjamos que acabas de pedirme la mano y que yo acabo de decir que sí.
Él me abrazó, y le oí un ligero sollozo de dolor. Una de las vendas tenía una mancha de sangre y me aparté de él. Me levanté del sofá.
—¿Qué pasa? —me preguntó—. No es nada.
Yo me cubrí los ojos con las manos en un intento por detener las lágrimas. Él alargó una mano hacia mí, pero yo negué con la cabeza. Corrí al lavabo y vomité la quiche y el vino. Él me pidió que saliera del baño, pero yo no quería. Pasaron unos minutos. Me miré en el espejo y me vi el rostro devastado: escupí unos insultos. «¡Zorra! —grité—. ¡Puta!»
Cuando salí, él estaba en el sofá y su rostro tenía una expresión dura. Había empezado a ver la verdad. Sentí su cuestionamiento en mi mente, con tanta fuerza y claridad como oía el incesante murmullo de los nombres de lugares. Torgu se encontraba allí, haciendo señales como un faro. Robert desconfiaba de mí, a pesar de que no podía saber por qué. Desconfiaba de que yo hubiera vuelto de verdad, y tenía razón. Todo eso era falso. Esa noche me quedé con él y nos besamos un poco, pero me di cuenta inmediatamente de que él no estaba de humor para nada más. Yo tampoco lo estaba. Dormimos vestidos en la cama. Me hizo unas cuantas preguntas delicadas acerca de qué me había pasado y notó mi incomodidad. Yo no pude responderle y él desistió. En el silencio que se hizo entre nosotros, con el ruido de la lluvia de primavera contra la ventana, yo oí el tictac del reloj de nuestro amor.
A la mañana siguiente tuvimos una breve conversación mientras él preparaba unas tortitas de limón con mermelada de frambuesa.
—Puedes quedarte conmigo un tiempo —dijo mientras trabajaba en la cocina—, si quieres.
Yo me estaba tomando el café.
—Gracias, pero no.
—Lo digo de verdad. Me gustaría. —Se apartó de la cocina—. Nos haría bien a ambos.
—No, Robert.
Mis palabras le hirieron, y yo me sentí mal. Él volvió a ocuparse de la comida.
—No voy a dejar que te alejes de mí —dijo.
—No, cariño. Sólo quiero decir que voy a necesitar un poco de tiempo.
Él asintió con la cabeza, de espaldas a mí.
—¿Cuánto tiempo? ¿Quieres decir una semana, un mes, un año? Me doy cuenta de que algo ha cambiado.
—¿Ah, sí?
—Eres una mujer distinta.
—¿Entonces por qué me quieres, si soy distinta?
Él revolvía la mermelada de frambuesa mientras les daba la vuelta a las tortitas.
—No voy a dejar que te alejes de mí —volvió a decir, como si hablara consigo mismo.
Yo volví a mi apartamento. Me pareció que era un museo dedicado a la chica que yo había sido una vez. La ropa de los armarios olía a otra persona. Mi madre había puesto flores frescas en la habitación y había llenado la nevera con comida sana. Yo la tiré toda. Al cabo de una semana, mis padres y mi hermana se marcharon de la ciudad y yo estuve sola otra vez.
Pasaron los días. Evité a mis amigos y los sitios que había frecuentado. Me parecían una insignificancia de la que me podía deshacer. Caminé por la ciudad buscando señales de Torgu. Me puse fuerte de nuevo. Fui a carnicerías y compré kilos de carne cruda. Austen me llamaba a menudo y me preguntaba por mi salud. ¿Ya estaba comiendo? ¿Hacía ejercicio? Al principio no sacó el tema del trabajo, pero cuando pasaron unos días mencionó que todo el mundo en la planta veinte se alegraría mucho de verme. Yo no le creí.
Llamé al número de Stim del trabajo, pero no contestó. Comí con Austen, pero éste no contestó a las preguntas que le hice sobre Stim.
Vinieron a verme unos miembros del cuerpo de policía, y me sometieron a unos amistosos interrogatorios. Debí de pasar la mayor parte del mes de marzo en una charla constante. Querían saber si había visto de verdad a Ion Torgu. ¿Había conseguido confirmar su identidad de forma oficial? Repasamos una y otra vez la descripción física. Yo me daba cuenta de su escepticismo. La mayoría de ellos no creía que yo me hubiera encontrado con el verdadero Torgu. Sus preguntas apuntaban a una teoría incipiente: yo había caído en las garras de una especie de sádico que había adoptado el papel adecuado para tenerme en su poder. Unos especialistas en salud mental afirmaron que yo había sufrido un trauma. Unos médicos me examinaron y concluyeron acertadamente que no había sido violada. No me creyeron cuando dije que él se encontraba aquí, en Nueva York; ni parpadearon. Nadie mencionó a Clementine Spence. Pensaban que todo ese asunto había sido un extraño entretenimiento.
—Él tenía la intención de venir aquí —les dije.
—Ya nos lo ha dicho.
—¿Han hecho algún intento de comprobarlo?
—¿Y cómo podríamos hacer eso, exactamente?
—Tienen una descripción. Tienen un nombre. ¿No pueden comprobar las listas de los vuelos al país durante los últimos tres o cuatro meses?
—Señorita Harker, ¿tiene idea de lo difícil que es eso?
Mis pesadillas empeoraron. Tomé somníferos, pero no resultaron de ninguna ayuda. Mis noches empezaron a parecerme un preámbulo. Oía las voces, los nombres de lugares, con tanta constancia como las bocinas de los coches en la calle. A veces caminaba por el West Village hasta las tres de la madrugada y nadie me importunaba. Me quedaba delante del apartamento de Robert, vigilando, como para protegerle de mi propia violencia. Iba al gimnasio. Salía a correr con un tiempo inclemente. Comía como un caballo: hamburguesas y filetes y entrañas.
Fui a la Biblioteca de Nueva York y consulté libros sobre vampiros. Me introduje en un laberinto de misterios, pero hice algunos descubrimientos también. Los libros más acertados hablaban de folclore y de temas médicos, nada de lo cual me importaba. Otros libros ahondaban en la oscuridad: crucifijos y espejos y agua corriente, murciélagos y lobos en noches de luna, una burla de la verdad una y otra vez. Torgu no me había mordido; sus dientes se descomponían. Él utilizaba un cuchillo y un cubo: sus métodos no tenían nada de sobrenatural. En todo caso, trabajaba con crudeza, como si acabara de salir de la Edad de Piedra. ¿No se suponía que los vampiros eran los asesinos más elegantes? Vi películas y encontré todavía más contradicciones: los vampiros no se reflejaban en los espejos y detestaban el ajo. Pero yo había visto a Torgu en el espejo del hotel. Torgu se reflejaba en los espejos y cocinaba pollo con ajo. ¿O era con romero? Los vampiros se escondían de la luz del día y detestaban los crucifijos. Yo no había visto a Torgu durante el día nunca, pero sabía que mostraba una clara afición a los símbolos e inscripciones religiosas. Él era muy viejo: me había hablado del funeral de su padre, la ofensa a los muertos, y en esos momentos me vino a la cabeza que estaba hablando de sucesos que habían ocurrido miles de años atrás. Descendía de una gente de la cual yo nunca había oído hablar. ¿Y qué era lo que Clemmie me había dicho? Dos millones de años de asesinatos en forma humana. ¿Qué significaba eso? ¿Era posible que fuera tan antiguo? Mi mente se rebelaba ante esa idea, pero algo de verdad había en ello. Y me vino a la cabeza otra verdad: la mordedura de Torgu eran sus palabras. Sus palabras tenían colmillos, penetraban mis oídos como el veneno, y aunque entraban por ese conducto, envenenaban la mente. Yo había oído los nombres y ahora deseaba sangre. Por tanto, ¿no era yo un vampiro? No me importaba la luz del sol. Era capaz de controlar mis apetitos, aunque el esfuerzo era enorme. Había entrado en las iglesias y no había sucedido nada. Los crucifijos asustaban a Drácula, pero sólo cuando se encontraban en manos de creyentes. Torgu había escupido al oír nombrar a Drácula. Yo había herido su dignidad con ese nombre, porque mencionarlo era envilecer el verdadero horror, porque ese personaje ficticio era una mentira sobre lo fundamental de la especie. Pensé en Drácula durante todo ese tiempo. Drácula era un chiste.
Todo eso era un preámbulo. Me interesé por la historia. Quería saber todo lo que fuera posible sobre el pasado sangriento de la ciudad de Nueva York. Ansiaba conocer los cementerios improvisados que se encontraban bajo las piedras, los lugares donde se había enterrado a los esclavos azotados y a los piratas desmembrados, donde habían caído las víctimas de la batalla de Brooklyn, donde habían sido profanados en su muerte por las tropas británicas. Quería saber más cosas sobre criminales y mafias, sobre cuchillos y armas de fuego. Robert y yo empezamos a salir otra vez y, poco a poco, intenté mostrarle mi nuevo yo. Durante nuestros paseos por el centro de la ciudad, le guiaba hasta una calle en concreto y le contaba alguna historia sobre algún horrible suceso, y él me suplicaba que parara. Me decía que dejara de leer esos libros sobre atrocidades. Lloraba.
Todo eso era un preámbulo; el resto, distracciones. A mediados de abril nos fuimos a vivir juntos. Fue una concesión por mi parte. Mantuve mi apartamento gracias a la ayuda de mi padre, pero Robert se negó a aceptar una negativa como respuesta.
Un día, mientras hacía paquetes en mi casa, llamaron a la puerta. Al abrir me encontré con un hombre de pelo muy corto vestido con un traje barato.
—Siento interrumpirla, señorita —dijo.
Era más bajo que yo, tenía la piel oscura y se le notaba cierto acento, pero mostraba la autoridad de un policía. Yo dudé un momento en abrir la puerta del todo.
—No se preocupe —me dijo.
Le permití entrar y él se presentó como Rení. Trabajaba para la Interpol, pero no había venido con carácter oficial. Un amigo suyo de París le había pedido que se pasara por mi apartamento para saludarme y para hacerme unas cuantas preguntas acerca de un caso que se encontraba en un atolladero.
Rechazó el café que le ofrecí y nos sentamos.
—¿Conoce a esta mujer? —preguntó mientras me acercaba una fotografía de Clementine Spence por encima de la mesa de café. Estaba un poco movida y se veían unas montañas de fondo. Yo pensé que se la habían hecho en Cachemira. La mano me tembló un poco al coger la foto y el visitante se dio cuenta.
—Clemmie Spence —dije.
—Sí.
—Viajamos juntas por Rumania. Antes de... todo.
—Comprendo. Mis colegas me han mandado un informe sobre su trabajo. ¿Me permite? —Sacó un montón de documentos de su abrigo—. Unos cuantos detalles serán de mucha ayuda.
Yo dejé la foto en la mesa.
—¿La han encontrado?
Él dejó los documentos encima de la mesa y clavó sus ojos en los míos. Sin pronunciar ni una palabra, me estaba haciendo una pregunta.
—¿Se encuentra en dificultades?
Él se aclaró la garganta. A mí me empezaron a temblar los brazos, como si la habitación se hubiera enfriado de repente. A Robert no le gustaría saber que ese hombre estaba allí. Mi padre se hubiera encolerizado. Yo deseé contárselo todo, pero no sabía por dónde empezar.
—He pasado por una época muy difícil —le dije—. Siento no poder controlar mis emociones.
—Lo comprendo, señorita, pero esta mujer de la foto está muerta. Su cuerpo fue encontrado debajo de un colchón en un hotel de Rumania no muy lejos de donde la encontraron a usted. ¿Es posible que la viera usted allí? ¿Otra vez? ¿En algún sitio?
Yo intenté contárselo. Intenté pronunciar las palabras, pero se me atragantaron. Una emoción que no podía definir me desbordó, monté en cólera, sentí vergüenza y terror por todo. «Todo es un preámbulo», quería decirle. Él se alarmó, se dio cuenta de que esa visita improvisada de parte de su amigo había sido un error de estrategia. Si se sabía que había llevado a cabo una interrogación fuera de programa, a cuenta de otra persona, tendría que pagar un precio muy caro. Ningún amigo se merecía asumir tantos problemas por su causa. Incluso en el estado en que me encontraba, me di cuenta de qué le sucedía. Cuando volví a levantar la vista, se había marchado. Ni siquiera se había molestado en dejarme su tarjeta.