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LIBRO TIERRA DE VAMPIROS(capitulo 31º)


                                                      TREINTA Y UNO

Miré el cuerpo destrozado de Clementine a través de los barrotes y lloré. Intenté pedir perdón una y otra vez, pero no parecía que le importara. Mis sollozos resonaban en el túnel de piedra antigua y me parecían lo bastante fuertes para sacudir el claustro hasta los cimientos, pero al cabo de un rato murieron en mi pecho y el suave silencio de la nieve recobró sus dominios. Clemmie esperó, como si mi emoción fuera una formalidad que debiera soportar. Mientras me secaba los ojos, tuve la sensación de que ella consideraba que ese episodio era incómodo, aunque eso no fue una reacción manifiesta por su parte; no había nada manifiesto de Clementine ya. Todo lo referente a ella reposaba enterrado bajo el manto de muerte. Estaba más blanca que la nieve a sus pies, unas sombras cenicientas le cerraban los ojos, los labios estaban flácidos y se veían azules, y esa horrible herida en el cuello ya no sangraba ni mostraba más señales del trauma que las obvias. Envuelta en esas pieles de lobo, parecía haber emergido de una tumba antigua, y esto me pareció horrorosamente apropiado. Clementine Spence siempre había tenido algo primario, arcaico.

—¿Por qué has venido? —le pregunté, por fin.

—No hay mucho tiempo —murmuró.

—Tengo miedo de irme —dije.

—No tienes nada que temer. Él se ha marchado.

Esas palabras deberían haber sido un alivio. Quedaron colgando en el aire helado como una amenaza. Las sombras del bosque se alargaban detrás de ella.

—Tú eres la única que puede destruirle —dijo—. Eres la única que sabe.

—¿Qué es él, Clemmie? ¿Qué es lo que has averiguado por fin?

Un suspiro se le escapó de los labios. Estaba siendo extraordinariamente paciente conmigo, teniendo en cuenta que yo la había asesinado.

—Sólo sé lo que ellos dicen.

—¿Ellos?

Hizo un gesto en dirección al bosque. Las sombras de los bosques se habían alargado otra vez, y entonces me di cuenta de que se habían separado por completo de los árboles. Los árboles se habían vuelto como ella, y se desplazaban hacia la entrada del claustro, en dirección a mí.

—Oh, Dios.

—No tengas miedo.

—No comprendo.

Ella se acercó un poco más, hasta que la nariz le sobresalió entre los barrotes. Abrió los labios azules y fláccidos.

—Sangre.

—No.

—Tú quieres lo que él quiere: ver a los muertos, invocar a los muertos. Nosotros lo sabemos. Nosotros lo queremos, también —me dijo.

Yo negué con la cabeza.

—Yo no quiero eso. No quiero nada de eso. Pero las voces no abandonan mi cabeza. Y el conocimiento, lo que sé. Las tumbas del otro lado de los muros.

Clemmie asintió.

—Sólo es el principio. Hay tumbas que queman con un fuego brillante, asesinatos espectaculares que reclaman reconocimiento, pero también existen los evidentes. Los turcos, los dacios, los judíos. Cuanto más lejos vas, más cosas ves y mayor es la inmensidad. La tierra es un campo amasado de muertos. Un gran libro de masacres. Nosotros lo vemos también, pero cuando uno está dentro, la carga es distinta.

Yo oía lo que decía, pero no podía captar el significado.

—¿Sois fantasmas?

La nieve caía en copos más grandes. El ejército de sombras se apiñó alrededor de ella, y se levantó un quejido de la multitud. En ese momento pude ver unos rostros poco definidos, despedazados, arrancados, deshechos; el rostro perdido de un sipahi, uno de los caballeros decapitados que llevaba la cabeza en la mano.

—No hay ningún fantasma —dijo Clemmie—. Es otra cosa.

—Es la tierra —interrumpió el sipahi.

—La tierra —dijo Clemmie— tiene un alma, y el alma respira, y su respiración sopla a través de nosotros de tal forma que somos como burbujas levantadas hacia el aire de este mundo. Eso es lo que dicen algunos de nosotros.

—¿Estás diciendo que estáis en el infierno?

Sus manos agarraron los barrotes.

—El infierno —suspiró— es donde tú vives. —Apretó las manos alrededor de los barrotes—. No hay tiempo. Pregúntate a ti misma qué es lo que está sucediendo dentro de ti. Mira las marcas de tu cuerpo. Dime lo que ves.

Yo sabía qué quería decir. Eran esos pájaros por la noche, los sueños y los susurros. Era el llanto cada vez que la hermana Agathe me bañaba.

—Es como si los muros que separan las cosas se hubieran adelgazado.

—Sí.

—Hay vidas distintas que se pueden vivir, que todos nosotros podemos haber vivido, otros pasillos que corren paralelos a los nuestros, y. lo único que tenemos que hacer es alargar la mano y ya estamos en ese otro pasillo, o en el que se encuentra al lado de éste. Creemos que somos una cosa, pero en otra vida somos asesinos.

Mantuvo los ojos fijos en los míos. Se lamió los labios. Yo sentí un escalofrío.

—Quiero decir —continué— que no se trata de otra dimensión. Está aquí a mi lado, y sé que yo ya he atravesado uno de esos muros, y lo hacemos todo el rato, ¿verdad? Atravesé un muro invisible y me convertí en tu amante. Atravesé otro, y te quité la vida. Pero podría no haberlo hecho. Es como una calle tras otra tras otra en una ciudad enorme y desierta.

Ella susurró.

—La ciudad no está desierta.

—¿Qué es Torgu? Dímelo.

—Dos millones de años de asesinatos en forma humana.

Las sombras que tenía a su alrededor habían empezado a alejarse hacia el bosque. Yo no les había proporcionado sangre. No tenía nada para ellas, y ellas no iban a decirme nada más.

—Él trae la sangre, y nosotros le contamos nuestros secretos.

—Cuéntamelo todo, Clementine.

—Ya sabes lo que tienes que hacer antes de que te lo cuente. No tengas miedo. Ya lo has hecho una vez.

Me di cuenta de qué quería.

—Pero estas mujeres me han dado cobijo.

Sus manos soltaron los barrotes.

—¿Qué me importa eso? —Empezó a retirarse—. Bebe y, a través de ti, yo beberé, y cuando haya bebido, te lo contaré todo. Yo soy solamente una, pero somos muchos. Nunca encontrarías la sangre suficiente para compartirla con todos los de este valle.

—Tú no viniste para ayudarme, ¿verdad?

Los susurros me pillaron por sorpresa, una repentina corriente de palabras que salía de entre las piedras, a mis pies, como el estallido de una risa burlona. «Otumba, Tabasco, Queretaro, Olinto.»

Conseguí terminar de formular una idea con dificultad.

—Tú querías que yo bebiera.

«Kosovo, Micenas, Tannenberg, lass.»

La nieve unía el cielo

y la tierra en una tristeza infinita. Clementine Spence se había ido.

  

LIBRO 6
Un día en la vida

 

 

Adenda a la primera parte del texto
encontrado entre los papeles personales de
James O'Malley, post mortem

Aquí nos encontramos con una drástica interrupción en la documentación disponible. Como la mayoría de lectores sabrá, un fuego destruyó los pisos superiores del edificio de la calle Oeste, y fue sólo por pura suerte que tres cajas de material relacionado con estos asuntos se salvaran, gracias a que se encontraban cerca de un baño que se inundó. Calculo que, por lo menos, dos cajas más, que o bien estaban guardadas en otra parte o que simplemente fueron engullidas por las últimas llamas, se perdieron. Quizá los lectores de este documento decidan pasar por alto esta enmienda del texto, pero yo la necesito para rellenar los espacios en blanco de mi propia comprensión. En lugar de forjar mis propias especulaciones sobre esta laguna de seis meses, tengo la esperanza de salvar el vacío gracias a nociones obtenidas a través de una investigación realizada en nombre de la claridad de pruebas. Las pruebas documentales se terminan a finales de enero, así que de alguna manera debo dar cuenta de los meses perdidos.

Describiré el mundo de La hora en ese momento antes de que cayera la noche. A excepción de Edward Saxby, la mayoría de ustedes no deben de haber experimentado el medio informativo televisado en su momento álgido, mucho antes de la pérdida de audiencia y de los ingresos en publicidad derivados, antes de la cadena de escándalos que desmoralizó y, finalmente, acabó con el espíritu emprendedor del trabajo. Como bien saben aquellos que conocen nuestra historia, hubo un tiempo en que las noticias de televisión presidían la imaginación del estadounidense serio y bien informado con una autoridad casi papal. Yo, como antiguo presentador veterano del periodismo televisado (y, no de forma casual, empleado durante un tiempo en La hora como productor de Austen Trotta, antes del cese de mi contrato en términos de mutua y no manifestada hostilidad) fui testigo presencial de ese glorioso momento. Por este motivo, me encuentro en una posición única para arrojar luz sobre la rutina diaria del negocio, cuando La hora todavía funcionaba como lo que era, la mayor máquina jamás construida para la emisión de la realidad a un público próspero, curioso y educado.

Elijo un día que tiene cierta importancia en nuestra historia, el 16 de enero, setenta y dos horas antes de que las pruebas documentales retomen el asunto. El día que voy a describir podría haber sido cualquier jornada de las tres últimas décadas en cuanto a la rutina. He elegido este día en concreto porque, mientras La hora emprendía sus asuntos ese 16 de enero en medio de una nevada que batió récords históricos —y que fue una posible causa del parón eléctrico de ese día—, los problemas se hicieron más acuciantes. Esto lo sabemos, en parte, por los registros que se han guardado fuera del piso veinte, albaranes de envíos por aire, esas cosas. Pero confieso haber realizado ciertas conjeturas.

Ustedes querrán saber cómo estaban las cosas en esa fecha, casi tres meses después de la desaparición de Evangeline Harker. Sobre la misma, había unas cuantas pistas: unos testigos de un hotel de Bucarest recordaban que la señorita Harker se había marchado en compañía de otra mujer, registrada como cliente con el nombre de Clementine Spence. Resultó que la señorita Spence también estaba en paradero desconocido, pero dada la ausencia de amistades cercanas y de familia, su desaparición había pasado desapercibida. Preguntas realizadas en el hotel de Brasov revelaron que la señorita Harker se había marchado, poco después de llegar, en compañía de un hombre mayor que ella, presumiblemente relacionado con el posible sujeto de la entrevista. La señorita Spence no constaba como cliente del hotel de Brasov, y no se había sabido nada acerca de su paradero después de su partida de Bucarest.

Estos detalles constituían toda la desagradable información que se tenía y no ayudaban a avanzar mucho en la investigación. Los viajes a Rumania que había realizado un detective privado en compañía del desolado prometido de la señorita Harker, de su padre y de un funcionario del Departamento de Justicia —como favor especial al señor Harker— no habían conducido a ninguna parte. Las preguntas realizadas desde el Departamento de Estado demostraron ser fútiles. No apareció ningún cadáver en ninguna morgue, y nadie informó de ningún crimen. En vano, el señor Harker presentó una denuncia contra la cadena, el programa y el corresponsal Austen Trotta por negligencia criminal, pero no había un caso real. Buscar localizaciones era el trabajo de un productor asociado, independientemente del peligro que entrañara.

Hubo algunos intentos de ampliar la investigación para que ésta incluyera ciertos extraños sucesos que ocurrieron en el piso veinte del edificio de la calle Oeste, pero no se pudo establecer ninguna relación sustancial entre la desaparición de Evangeline Harker y la llegada a las oficinas de La hora de las cintas de vídeo y de audio desde Rumania. Éstas fueron puestas fuera de circulación, y se aplicaron normas nuevas en la digitalización de material de procedencia poco fiable, si bien ese tipo de fenómenos ocurría muy raramente. Los editores involucrados en el primer incidente fueron censurados, pero su estado físico y mental, que nunca se estabilizó del todo, pareció castigo suficiente. Los tres hombres se quejaban de insomnio, de tener sueños espantosos y de sufrir una enfermedad mortificante que ningún doctor fue capaz de diagnosticar. Los colegas de esos hombres menearon la cabeza y se preguntaron si podía tratarse de un chanchullo para conseguir una baja médica o si se trataba de alguna desgracia más oscura. Se supo que el fundador y productor ejecutivo del programa, Bob Rogers, había considerado la hipótesis de una conspiración de la cadena para terminar con La hora desde dentro, saboteando los aparatos técnicos y asustando a los empleados. A día de hoy, no ha aparecido ninguna prueba de una conspiración tal a pesar de que algunos artículos en prensa han expresado lo contrario.

Finalmente, para completar esta visión general diré que todo el asunto fue investigado por una comisión inspectora de la cadena, y que tras ésta, los ejecutivos, con el beneplácito de los accionistas de la empresa, decidieron que la antigua autonomía de La hora era un peligroso anacronismo. En el futuro, las historias del otro lado del Atlántico que no tuvieran un claro valor informativo serían sometidas a un escrutinio especial. Se alentarían las noticias de actualidad y los perfiles de celebridades.

Un plan de transición de la cadena que había estado gestándose durante meses floreció entre los ejecutivos de más alto nivel y se decidió, a la luz de las circunstancias, que el mismo Rogers debía asumir la responsabilidad del asunto Harker y dimitir en una fecha indeterminada. A Austen Trotta, quien, al fin y al cabo, tenía incluso una responsabilidad mayor en la desaparición, se le invitaría, a la finalización del contrato, a que pensara en la jubilación. Es de suponer que se corrió la voz hasta las dependencias del piso veinte. Ciertamente, rumores poco fundados llegaron a oídos de los competidores. Pero en la mañana del 16 de enero, toda esta información solamente era una galopante especulación, y el día empezó igual que todos los días laborables, con un equipo de los mejores productores del negocio de los informativos esparcidos por el globo y por todo el país, buscando y filmando historias sobre personalidades que esperan su turno semanal para dirigirse a la nación con tranquila majestuosidad y espléndida satisfacción.

 

El trabajo empezó en el gris de antes del amanecer, entre la nieve, con la primera salida de la furgoneta de transporte en dirección al aeropuerto para recoger unas cintas que llegaban del otro lado del Atlántico. No se puede decir que el trabajo empezara a esa hora, porque en verdad no había terminado en ningún momento. En lejanas zonas horarias, entre la medianoche y las cinco de la madrugada de ese mismo día, productores y equipos de La hora se encontraban en cuatro puntos de longitud y latitud distintos: en un buque de carga vietnamita en las islas Spratly del mar de la China meridional; en el gran bazar de Lal Chowk, en la ciudad de Srinagar, Cachemira, en la India; en un helicóptero militar israelí que bajaba en picado por la costa del mar Muerto en Israel, girando hacia tierra para comprobar la existencia de fábricas de bombas para suicidas en los desiertos de Judea; y vagabundeando con cámaras ocultas por el Barrio Rojo de Ámsterdam, donde un sensato e inexperto joven con una sospechosa gorra de béisbol intentaba comprar un misil Stinger a un travestí surinamés que, posteriormente, le golpeó hasta dejarle sin sentido.

Fue un día difícil para todos. En el mar de la China meridional, el productor Raul Trofimovich soltó un taco al darse cuenta de que había gastado más de cien mil dólares en una historia sobre unas islas que no alcanzaban la superficie del agua. Como sorpresa añadida, los únicos habitantes eran las tortugas, y unos helicópteros chinos les obligaron a entrar en aguas internacionales. En Israel, el corresponsal Dov Gelder recibió una dura reprimenda de la guapa piloto del helicóptero, una mujer que llevaba una pistola de servicio a un costado y que no recibió bien las insinuaciones sexuales del hombre que le doblaba la edad. En Cachemira, la inconformista productora Samantha Martin vestía con una chilaba y comía gushtaba mientras se felicitaba a sí misma por haber dado esquinazo al detestable guardaespaldas que el gobierno indio le había asignado, un hombre que, lo sabía, era un espía del servicio de inteligencia paquistaní. Y en un caro hotel de la Herrengracht en Ámsterdam, el hombre sensato, Jorg-Michael Manks, un alemán cuyo padre había sido uno de los cámaras de la cadena desde Vietnam, bebía Jágermeister para desayunar mientras mentía a un irritado productor y a un consternado corresponsal acerca del encuentro con el travesti surinamés. No se había realizado ninguna venta de misiles.

A pesar de estos contratiempos, habituales para los productores de La hora, los envíos de sus cintas llegaron sin contratiempos a la zona de mercancías del aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, donde el recadero del programa —a quien llamaremos Bill— llegó para recogerlas previa comunicación del envío por correo electrónico.

Conocí a este hombre en su residencia de las cataratas del Niágara. Era uno de los pocos empleados de la cadena que estaban dispuestos a hablar con franqueza y por voluntad propia de lo que habían visto. No tenía nada que perder: poco después de jugar su pequeño papel en el drama, Bill se jubiló. Pero, a su manera, esa mañana en la nieve, desempeñó un rol importante. Nunca se lo dije, pero es la innegable verdad. Había pagado el precio. Cuando me encontré con él, estaba deshecho y se sentía extraño; oía cosas en la casa durante la noche y tenía unas ideas irracionales sobre unos susurros que emanaban desde las cercanas cataratas.

Para realizar sus recados, Bill conducía un viejo modelo de furgoneta Econoline, un vehículo destartalado que enfrentaba las acumulaciones de nieve con cierta indiferencia. Recoger cintas era un trabajo fácil; Bill nunca se llevaba más de unas cuantas cajas cada viaje. Pero de vez en cuando, alguien mandaba un objeto de cierto tamaño: unas cajas de caviar o de vino, una escultura, una vez un mono que había muerto a causa de una peste. Para ese tipo de cargas, la furgoneta era idónea.

Esa mañana, Bill tenía los números de embarque de cuatro envíos de cintas procedentes de distintos puntos del globo: una caja con ocho cintas Beta tituladas «Spratly», enviadas vía DHL en un vuelo de Air France desde Saigón; dos cajas más con ocho cintas en cada una dentro de una maleta de metal procedente de los Países Bajos, tituladas «Las esclavas» y enviadas vía Sabena Air; y unos envíos más pequeños, de cinco cintas cada uno, tituladas «Cachemira» y «Fabricantes de bombas», el primero expedido por Air India y el segundo por Fed Ex con El Al desde Tel Aviv. Iba a ser una mañana larga, yendo de mostrador en mostrador en medio de la nieve. Todo resultaría más lento. Pero a Bill no le importaba. La mayoría de los productores todavía se encontraba al otro lado del Atlántico, no estaban esperando en la oficina la llegada de los materiales. Se tomaría su tiempo.

Fue primero a Sabena a recoger la carga holandesa. Estaba familiarizado con el funcionamiento de mercancías de Sabena desde hacía años, y conocía a todos los del turno de la mañana. Le invitaron a café y pastel de cerezas. Se quejó del tiempo y expresó su asombro por el hecho de que los aviones pudieran seguir aterrizando, pues la sustancia blanca se arremolinaba con densidad alrededor de los hangares. En mercancías de Sabena habían recibido la noticia de que el aeropuerto iba a cerrar en cuestión de horas. Bill firmó la recepción del envío y.se apresuró. Las maletas de metal venían en unos sacos de malla verde. Cargó con cuidado los sacos en la parte trasera de la furgoneta y, como tantas otras veces, pensó que el material que contenían no tenía ningún valor excepto para el programa, pero que ese valor era sagrado y, si uno la jodía, si se perdía o dañaba el material, habría consecuencias. Lo cierto es que tenía miedo de la gente del programa y nunca se comunicaba con ellos; dejaba que el chico de recepción se encargara de ello. Pero sabía que a algunos chóferes les habían arrancado la piel por algo tan nimio como una caja en el lugar equivocado. Bill se sentía orgulloso por el hecho de no haber llamado nunca la atención de ese ojo implacable.

Continuó su ruta. Los empleados de Air India eran muy educados y se mostraban extremadamente preocupados por que comprendiera su sistema. Le enseñaron la pantalla del ordenador, señalaron la mercancía y la localización. Le mostraron la documentación, le aseguraron que el albarán del avión concordaba con los documentos. Quisieron echar un vistazo a su número de embarque, sólo para asegurarse de que todo cuadraba; y así era. Bill aceptó una taza de chai y siguió su camino.

Las recogidas de Israel y de Saigón iban bien hasta que tuvo que hablar con la chica nueva.

—¿Y esa otra carga? —preguntó con un alegre acento de Queens.

—¿Qué otra carga, querida?

Ella se rio.

—La madre de todas. La gran carga. La que no va a quedarse en mi hangar ni un minuto más de lo necesario.

Ese momento fue escalofriante para Bill, igual que lo habría sido para cualquiera que se hubiera encontrado en su situación. En el negocio de los informativos, las anomalías significaban problemas. Podían costar, al instante, grandes cantidades de dinero. Vio la necesidad de empezar a componer en esos precisos momentos su propia versión de los sucesos. Bill sabía por experiencia que nadie envía objetos grandes sin anunciar con mucha antelación la llegada de los mismos. Las cintas podían llegar sin mucho alboroto; la gente se volvía descuidada. Pero nadie que hubiera pagado un envío grande se olvidaba de que lo había hecho.

—¿De qué estamos hablando?

La chica impertinente le dijo que de tres cajas de media tonelada, fácilmente.

—Por dios, ¿en serio?

Ella meneó la cabeza y le acompañó fuera, hasta el hangar, entre unas turbinas gigantes envueltas en plástico destinadas a una fábrica de chocolate de Pensilvania, o eso le dijo, y montones de abrigos de piel. Le señaló tres grandes cajas de madera, puestas una al lado de la otra. Eran de metro y medio de altura, por lo menos, y casi igual de anchas.

—Para usted. —Ella tenía unos dedos bonitos, según recordó él durante nuestra conversación en el apartamento en las cataratas del Niágara.

—Esto no es para mí, según mi gente.

—Bueno, pues será mejor que les dé las buenas noticias y haga algo, porque no van a quedarse aquí.

Ella le dirigió una mirada burlona que él no había olvidado. La joven también se daba cuenta de las dimensiones del lío.

Contactó por radio con el chico de recepción de la cadena y le preguntó si había recibido noticias de otro envío; éste le confirmó lo que se temía. Cuando Bill le contó que habían llegado unas enormes cajas sin documentación, la pausa al otro extremo de la radio le provocó un escalofrío. Todo el mundo comprendió.

De vuelta en la oficina de mercancías, preguntó:

—¿Hay algún nombre en el envío?

Ella lo consultó.

—Aquí está: Austen Trotta.

—Que me jodan —estalló él—. Trastos del demonio...

—Dígamelo a mí.

Él se encogió de hombros. Las cajas parecían pesadas y estaba solo.

—¿Tiene alguna idea de qué hay dentro? —preguntó.

Ella volvió a realizar una consulta.

—Aquí dice fragmentos arqueológicos, vaya usted a saber.

—¿Y en aduanas lo han dejado pasar?

Ella asintió.

—Si no, no estarían aquí.

Bill volvió a salir y fue hasta las cajas, que eran lo suficientemente grandes como para contener seres humanos.

—¡Señor! —volvió a exclamar.

—Amigo, va a necesitar un toro, me parece.

Bill dio una propina de cincuenta dólares que no se podía permitir al conductor del toro, y lo hizo para poder decir que había recogido las cajas y que las había dejado en la emisora. Pensó que, si pertenecían a Austen Trotta, antes o después alguien iría a buscarlas, y si él las dejaba aquí y sucedía algo, solamente con que una de esas cajas desapareciera le cortarían el cuello. «Fragmentos arqueológicos» le sonaba a dinero.

—¿De dónde vienen, dice? —preguntó.

Ella levantó una ceja, pensativa y le condujo dentro otra vez. Rumania, vía París.

 

Hacia las siete, de vuelta a las oficinas de La hora, el primero de sus trabajadores ya había aparecido, y el guarda de seguridad del turno de noche se había marchado. La noche anterior, una editora, Julia Barnes, se había quedado hasta la madrugada juntando imágenes para que se ajustaran con las palabras de una productora, Sally Benchborn, que también se había quedado realizando unos cambios de última hora en el guión junto a una productora asociada. Esta última, sentada a su lado en su oficina con vistas al agujero donde habían estado las Torres Gemelas, observaba el fluir de las luces del tráfico de la parte baja de la autopista del West Side; «una vista deprimente», pensó la productora asociada, refiriéndose en parte a su propia vida. Las últimas partes del guión se negaban a cuadrar. Hacia la una, ambas se sintieron agotadas y derrotadas por una única línea, una cosa que parecía inocua pero que debía ser precisa y clara. Por la mañana, nuestra mañana del 16 de enero, su corresponsal, Sam Dambles, el querido corresponsal negro del programa, iba a leer esas líneas en la cabina de sonido y no habría manera de volver atrás. Se hablaron con brusquedad, se disculparon la una con la otra y dieron por terminada la noche, dejando que Julia Barnes terminara sola de montar las imágenes, en medio del zumbido de la vacía planta veinte.

La señora Barnes llegó a casa a la una. Durmió inquieta y tuvo una terrible pesadilla en la cual ella fabricaba una bomba en el sótano de un edificio; se despertó justo antes de que ésta le explotara entre las manos. Estuvo de vuelta en la oficina a las ocho. Todavía era temprano, pero vio a tres personas además del guarda de seguridad. Una de ellas era Menard Griffiths, lo cual la tranquilizó; ya no le gustaba estar sola en la planta, a pesar de que sabía que sus miedos eran ridículos. El temible Miggison también estaba allí, examinando informes de gastos, supervisando el pase de cintas de vídeo en la sala, controlando el pase de cinta de audio al servicio de transcripción, enfundado como un cuchillo en su camisa almidonada, su pantalón de deporte planchado y su piel del color de los higos. Miggison repartía los encargos de edición, y sabía que ella iba a hacer pronto un visionado, lo cual significaba que, si éste iba bien, pronto iba a estar disponible para otro productor.

—¡Julia! —la llamó desde su oficina, cerca de recepción. Había intentado evitarle, pero él tenía una vista aguda. Julia se detuvo en la puerta de la oficina de Miggison—. Tienes un visionado hoy, ¿verdad? —El tipo no tenía las manos encima de la mesa, las tenía desagradablemente escondidas, pensó ella.

—No es oficial, pero es posible.

—Sólo te lo pregunto porque el nuevo productor de Austen ha estado preguntando por ti. Austen te quiere para su próxima historia.

Ella se encogió de hombros.

—Depende del visionado.

Julia se dio cuenta de que había algo más: Miggison tenía algo en la cabeza. En ese momento, él se puso en pie y le hizo una señal para que cerrara la puerta.

—Permíteme que te haga una pregunta —le dijo.

Ella nunca se había ganado, ni se había querido ganar, el estatus de confidente de Claude Miggison. Y había llegado a despreciar las sorpresas. Pero él podía hacerle daño, si quería, así que obedeció y cerró la puerta detrás de ella.

—Acabo de recibir la peor de las llamadas de mensajería.

La editora sintió una oleada de desdichado déjà vu.

—Lo cierto es que no es asunto mío, Claude.

—Es sólo una pregunta, ¿no puedes dedicarme un segundo, caramba?

Ella se sentó en una silla delante del escritorio.

—He recibido una llamada diciéndome que tienen tres cajas enormes que acaban de recoger del aeropuerto, dirigidas a Austen Trotta.

Julia sintió que emergía el viejo terror.

—¿Has llamado a Austen?

—No, leches, no he llamado a Austen. No es mi trabajo llamar a Austen. Les dije a los de mensajería que no sabía por qué me llamaban a mí. Nadie me ha contado nada acerca de eso.

—Pero ¿y si son cintas, Claude?

Al oír esas palabras, y con un crujido de los huesos de los codos, levantó los antebrazos en formación, tiesos como soldados, uno al lado del otro, y cerró los puños.

—Ese es el tema, Julia, ése es el tema: no son cintas, píllalo. Mensajería me ha dicho que el albarán califica el contenido como «fragmentos arqueológicos». Juntas, las cajas pesan más que todo el puto personal del programa.

Ella sintió los dedos helados otra vez. Eso no había sucedido en meses. Entrelazó los dedos y se los frotó.

—¿Por qué me lo cuentas? Yo no sé nada de eso.

Miggison cruzó los brazos y volvió a su asiento.

—Te lo cuento porque tú fuiste quien hizo sonar la alarma sobre el mal uso de esas cintas hace unos meses.

Julia se puso en pie; no estaba dispuesta a escuchar ni una palabra más. Su terapeuta la había avisado de que ciertos encuentros podían agudizarle el estrés y, por consiguiente, acortarle la vida. Abrió la puerta, despreciando a Miggison por su tendencia a dar malas noticias. Pero no pudo marcharse. Tenía que saberlo.

—¿Qué tienen que ver las cajas con las cintas, Claude? Sólo por curiosidad.

—Rumania.

—¿Qué pasa con Rumania?

Miggison esbozó una mueca, su expresión facial por defecto.

—Eso es lo que estoy intentando decirte. Esas malditas cajas vienen de Rumania, igual que las cintas.

—Llama a la policía ahora mismo. —La inesperada irritación dejó a Miggison boquiabierto—. No permitas que esas cajas entren en este edificio. Te lo digo en serio, Claude.

—Sal de aquí.

—No me digas «sal de aquí». Tú me lo has preguntado, y yo te respondo. Es absolutamente sospechoso. No hay manera de que Austen Trotta sepa nada sobre una tonelada de fragmentos arqueológicos enviados aquí desde Rumania. Llama a la policía ahora mismo. Diles que has recibido un envío sospechoso.

Miggison hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Lo único que sé es que Trotta es un coleccionista de arte, que nadie me ha dicho nada sobre esto, como siempre, y que no voy a hacer algo tan loco como llamar a la policía.

—Es tu cabeza la que peligra, entonces —soltó Julia, en un comentario incendiario.

—¡Y una mierda!

Nadie en La hora tenía una mejor comprensión de los límites exactos de la responsabilidad que Claude Miggison. Conocía, hasta el más mínimo matiz del detalle, lo que se esperaba de él y lo que no, y si alguien traspasaba las líneas, empezaba a dar señales de aviso inmediatamente. Repartía correos electrónicos a todo el mundo y montaba en cólera escupiendo adjetivos.

—A la mierda todo, a lo mejor llamo a Austen.

—Quizá deberías hacerlo.

—Quizá lo haga.

La editora le dejó en un estado de máxima alerta, aporreando el teclado del ordenador con los dedos y la oreja pegada al teléfono.

 

Hacia las nueve, la planta veinte bullía de vida. Los equipos habían entrado su material en el área de recepción y empezaban a prepararse para una entrevista en la llamada sala universal, donde tenían lugar la gran mayoría de afamados encuentros filmados de La hora, un espacio cuadrado, aséptico e insonorizado que podía ser convertido en una infinita variedad de locales, la mayoría de ellos oficinas, añadiendo sólo unos cuantos fondos y accesorios. Los mejores cámaras convertían en arte el hecho de transformar la sala universal en algo único cada vez. Otros, simplemente, esparcían las mismas lámparas, cuadros, libros y jarrones hasta que la habitación aparecía ante el objetivo de la cámara como una ficción razonablemente creíble.

Sería un error no reconocer los méritos de los equipos de La hora en esos momentos. Soportaban una presión y unas expectativas inhumanas, pero nunca se les permitía mucha libertad creativa. La hora esperaba de sus técnicos que comprendieran con absoluta precisión el estricto dogma del lugar: no se permitían iluminaciones complicadas ni movimientos de cámara; debía haber un encuadre específico para las entrevistas, y una calidad de luz muy especial. Si tuviera que encontrar la palabra exacta, creo que «elegancia» sería la que me vendría a la cabeza. Tenía que haber elegancia sin extravagancia. Bob Rogers despreciaba la extravagancia. Despreciaba los telones de fondo, los movimientos de cámara y la escenografía que llamaban demasiado la atención. Quería que el rostro y la voz del entrevistado existieran en el corazón de cada segmento, y si aparecía el más mínimo juego de manos en uno de sus visionados, se ponía iracundo. Despotricaba contra el productor e insistía en que el equipo que había filmado ese instante ofensivo recibiera un aviso. Nadie cometía el mismo error dos veces, y muy pocos lo cometían una sola vez. Todo el mundo conocía los límites. El adoctrinamiento se encontraba imbuido en las paredes; estaba hasta en la sopa, por decirlo así.

En esa mañana de enero, Bob llegó a la sala universal y sacó la cabeza por la puerta. El miembro de mayor edad del personal, Buddy Gomez, le saludó con un gesto de cabeza.

—Señor Rogers.

—Eh, Buddy. ¿Esto es por la entrevista de Dambles?

—Lo has pillado.

—Fantástico. Estoy impaciente por ver esa pieza.

Gomez le dirigió una sonrisa indulgente. Los dos hombres se conocían desde hacía tres décadas.

—Cuídate.

—Tú también, Bob.

Rogers continuó con sus ademanes enérgicos, Gomez meneó la cabeza. Era un hombre octogenario, y se podía pensar que debía de estar aburrido por todo el asunto: lo estaba. Pero el aburrimiento era el último problema de Gomez. Había empezado a oír cosas, nombres de lugares de Asia en los cuales había filmado, las tumbas, las ejecuciones, un incesante murmullo en el fondo de su cabeza, tan grave que había pensado en volarse la cabeza con una pistola militar robada a un soldado estadounidense tres décadas atrás.

Rogers no hubiera comprendido eso, ni tampoco el aburrimiento. Rogers se había construido una vida en la cual el aburrimiento y el pesar no eran ni remotamente posibles. Se puede decir que el aburrimiento aterrorizaba a Rogers más que la muerte, y si ésta le asustaba, el miedo residía en la perspectiva de una eternidad sin luces, cámara y acción. Ese espíritu era el motor de todas las cosas en el programa. Incluso a su avanzada edad, Rogers se movía a un ritmo que alarmaba y asombraba a los veinteañeros de los pasillos, que, en sus mejores días, no igualaban la ferocidad inherente y generosa del fundador del programa. Rogers hacía que esos hijos del baby boom parecieran octogenarios.

En ese 16 de enero cubierto por la nieve, Bob Rogers entró con paso enérgico en la planta veinte del edificio de la calle Oeste a las siete de la mañana, no mucho más tarde que Claude Miggison. Había caminado ochenta manzanas desde su edificio con portero en el Upper East Side y no mostraba ninguna irritación por el mal tiempo. Por el contrario, parecía revitalizado. Como era habitual en ese tipo de mañanas, le gustaba charlar con el abatido viejo Miggison sobre lo que había llegado, lo que se estaba esperando y lo que no habían recibido aún. Rogers se sentía unido a Miggison. Aunque no podían llamarse amigos, habían sostenido juntos esas paredes, habían visto cómo subían cabezas que luego eran decapitadas y caían en el olvido, habían visto cómo los niveles de audiencia despegaban y se hundían. Los escándalos, los desastres y los juicios por acoso sexual les habían rodeado. Habían conocido a la misma gente, habían estado en los mismos funerales, aunque raramente en las mismas bodas. En resumen, Miggison había estado con Rogers desde el principio y, en consecuencia, sus encuentros, por triviales que fueran, tenían ecos de antiguos recuerdos.

Esos recuerdos no generaban confianza. Durante la conversación de esa mañana, Miggison ocultó su consternación. «Todo va bien, Bob. Todo es fantástico. Justo según el calendario, justo en los tiempos, nada inusual», respondió a cada una de las preguntas mientras sazonaba cada palabra con una condescendencia tolerante. Apreciaba el lazo que Rogers tenía con él, y lo utilizaba confiadamente, pero al mismo tiempo desconfiaba de forma instintiva de ese hombre y sabía que si daba un mal paso, Rogers contemplaría cómo caía en las llamas con un desapego de técnico de laboratorio. Este conocimiento guió su decisión esa mañana. Miggison sabía que si involucraba a Rogers en el asunto de las cajas, si pronunciaba una palabra sobre Rumania o sobre unos fragmentos arqueológicos, la cosa cobraría vida propia y le pillaría de pleno. Sin esperar a conocer ni un solo detalle, Rogers llamaría a Trotta a casa y le gritaría que qué diablos hacía mandando sus propiedades personales a cargo de la compañía. Luego, Trotta llamaría a Miggison y le reprendería por destapar secretos. Era una existencia infernal la que se vivía en esa planta, y Miggison soñaba muchas veces con un barco en un horizonte dorado rumbo a unos cálidos cielos del sur. Igual que Trotta, se consideraba a sí mismo un artista.

Rogers abandonó la oficina de Miggison igual de ignorante.

 

Otra casta hizo su aparición alrededor de las nueve de la mañana: la más oprimida y a pesar de ello, la más esperanzada e inspiradora, la de los ayudantes de producción, quienes no tienen más poder que su propia resistencia, ambición y entusiasmo. No tenían que llevar el café a los demás, pero sus trabajos ofrecían compensaciones y satisfacciones similares. Llevaban las cintas, iban tras los arreglos de licencias, trabajaban los fines de semana, bajo ningún concepto podían negarse a satisfacer ninguna petición y, a ser posible, debían aceptar sus cargas con ligereza de espíritu y con alegría. La pesadumbre no se valoraba; los productores tenían unas esposas tristes con niños en casa y no necesitaban una actitud hostil por parte de las clases bajas. Y en general, los ayudantes de producción les satisfacían. Si un productor quería cinta en ese mismo minuto, el ayudante de producción debía abandonarlo todo y salir disparado. Si un asociado de producción necesitaba material de investigación de una librería local, el ayudante de producción se afanaba, hiciera sol o lloviera.

Stimson Beevers era la excepción en peligro de extinción. Vio a los productores cuando éstos llegaron al trabajo, alrededor de las diez de la mañana. Tenía conciencia del hecho de que los productores asociados echaban la mierda sobre gente como él, y sabía que estaba siendo explotado y maltratado por tipos que ganaban mucho más dinero y se esforzaban mucho menos. Lo sabía, le enojaba y esperaba. Él había estado en el congreso de Breadloaf y conocía a poetas que tenían libros publicados; después de la universidad, cuando vivía en París, había asistido a la retrospectiva de Robert Aldrich en el norte de Francia con unos intelectuales alemanes que conocían personalmente a Quentin Tarantino; durante los veranos, e incluso en algunas vacaciones de Navidad, no iba a la playa, sus amigos del mundo literario lo llevaban a un lugar en una colonia de escritura, o sus colegas del teatro le conseguían un trabajo en Williamstown; cuando tenía quince años ya conocía personalmente a casi todos los miembros de los Butthole Surfers. Según su criterio —y quién podría decir que estaba equivocado en un asunto tan subjetivo—, él era mil veces más guay que nadie a su alrededor, y se merecía cualquier recompensa que pudiera conseguir.

Durante medio año había estado llegando a la oficina después de Miggison (que siempre estaba husmeando) pero antes que los demás ayudantes de producción, aproximadamente a las ocho de la mañana. Compraba el café en la calle, entraba sigilosamente en la planta, saludaba rápidamente con la cabeza al guarda de seguridad y recorría el trayecto por rutas sinuosas, intentando mantenerse fuera de la vista de Miggison, hasta su cubículo. A las ocho de la mañana, nadie le importunaba con las cintas y podía mantener largas conversaciones con alguien a quien suponía su amiga, Evangeline Harker, que le había informado de que su trabajo había sido, de hecho, una infiltración a largo plazo en la mafia de Europa del Este, un esfuerzo que la conduciría a conseguir una de las más importantes historias del nuevo siglo. Ahora ya estaba hecho, e iba a volver a Nueva York. Él se había creído esa historia; había querido creérsela. Sus intercambios se habían producido en un silencio frenético. Él le había contado todo lo que ella había querido saber, ella le había escrito unas respuestas imperiosas. Él la había invitado a ir a su apartamento, a pesar de que tenía un compañero de piso, ella se había mostrado evasiva. Le había dicho que quería encontrarse con él en la oficina una noche, tarde, para evitar a los demás, para evitar preguntas acerca de su prometido. Le había dicho que las «pruebas» de la historia iban a llegar antes, por avión, y que él debía encargarse de ellas. Él le había dicho que de acuerdo. Tenía la voz en la cabeza, murmurando, y quería que ésta le llegara más hondo, hasta el corazón y las tripas. La había invitado a ir a verle tarde, por la noche, en la oficina, y allí le daría todo lo que ella deseara.

 

Es imposible decir en qué momento los ritmos en La hora pasan de ser ligeramente somnolientos a ser implacables. Ese momento de cambio químico es escurridizo, pero es inconfundible. Hacia las diez, casi todas las mañanas, los trabajadores han llegado, los editores han encendido los ordenadores, los productores han hojeado los periódicos y han tomado café y todos excepto uno de los corresponsales (que es el ave nocturna) o bien están fuera con una historia o han llegado para emprender la jornada. La plantilla de ejecutivos, los delegados de Bob, se filtran hasta sus oficinas para prepararse para los visionados. El primero de ellos empieza entre las diez y las once y, a partir de ese momento, otra atmósfera impera en el edificio. Los productores esperan a saber cómo lo han hecho sus colegas, preparados con unas frases de conmiseración; algunos se alegran si las noticias son malas, otros se sienten verdaderamente anonadados ante otra historia de destrucción que pronto les ocurrirá a ellos. La malevolencia sopla por los pasillos. Las páginas de los periódicos revolotean y susurran mientras todo el mundo pasta como un rebaño en busca de la siguiente historia en el trabajo impreso de otros. Se gritan obscenidades, se oye una voz de hombre, algunos levantan la mirada. Uno de los productores más histriónicos le está gritando a alguien que se encuentra al otro extremo del hilo telefónico: «¿Eres un niño? ¿O eres un pederasta? ¡No me creo ni una mierda de esto! ¡No me creo una mierda! ¿Ya hemos mandado al equipo y ahora cambias de idea? ¡Si eres un pederasta, me encargaré personalmente de que te echen de todas las ciudades de este país! ¿Estás seguro de que quieres cagarla conmigo?». Este tipo de situaciones no eran infrecuentes.

El primer visionado de la mañana corresponde nada menos que a Austen Trotta, quien, según la opinión de este humilde ex productor, es una de las personas con mayor talento que han trabajado nunca en la televisión de Estados Unidos, un maestro en el arte de los informativos. La estrella de Austen vuelve a estar en alza después del visionado y la emisión de una historia ampliamente aclamada, un «clásico» acerca de un condenado a muerte en Texas, conocido músico folk uigur acusado por China de terrorismo y condenado en Estados Unidos por el asesinato de dos personas en un intento fallido de robo a un banco. Un nuevo productor ha reemplazado al antiguo, y un nuevo productor asociado ha sustituido a Evangeline Harker. El pasado se aleja. Los problemas de espalda de Trotta mejoran.

En la sala de visionado, Bob Rogers recibe una copia del guión y lee la mitad antes de que se apaguen las luces. Es una historia acerca de un bailarín de striptease cristiano evangélico. Austen Trotta echa humo y cuando las luces se encienden y Rogers sugiere un minúsculo cambio, Trotta explota.

—¡Joder, Bob! ¡Ni siquiera has mirado la pieza!

Se trata de un viejo melodrama. Yo mismo lo presencié hace años. Rogers pelea un poco más por una cuestión de principios, Trotta espera a que esa formalidad termine. El corazón le rebosa de alegría; esta vez lo ha conseguido: la pieza se emitirá y conseguirá sus índices de audiencia. La indignación de Trotta remite y Rogers anuncia la buena noticia:

—Os lo tengo que decir. No creía que esta maldita cosa pudiera llegar a emitirse, pero, chicos, habéis hecho un trabajo fantástico. ¿Quién sabe? ¡A lo mejor Jesús ama a los bailarines de striptease!

Se siente un gran alivio. A la hora de comer, Trotta se toma una platija a la salsa de uvas en un restaurante local mientras cuenta historias divertidas sobre cómo sobrevivió a la cruzada de los antros de perdición, como lo llama él.

A pesar del tiempo, se realizan entrevistas en la sala universal con una persona que denuncia al Departamento de Salud y de Servicios, con tres pacientes de cáncer que han demandado a una cadena de hospitales con un solo abogado. Los equipos montan y desmontan, cambian luces, observan los rostros, miden los silencios. El tono de la habitación sube hasta lo requerido por los técnicos. Por los pasillos, los ayudantes de producción corren y se agachan; en sus manos, las cintas circulan como la sangre por toda la empresa. Los editores pulsan botones, borran, cortan, vuelven a cortar, una cacofonía laboral que asciende con un ruido estrambótico desde los oscuros pasillos traseros, los pitidos, exclamaciones, silbidos y sobresaltos se elevan en el aire cuando la voz humana es descompuesta por las máquinas, voces de una conversación entre dos personas que se transforman en una serie de fragmentos mutilados que se mezclan, se baten y se saltean hasta que la tensión estalla y el significado se fríe. No es una cuestión de falsificar los significados, es la habilidad de falsificar los mismos fragmentos para que el tedio de la interacción del Homo sapiens se disuelva gracias a un firme masaje y se vuelva tenso como el abdomen de un atleta. Es una cuestión de belleza, y la mayoría de fans de La hora no tiene ni idea. Los hum, los ah y las repeticiones desaparecen y nos convertimos en quienes deseamos ser. Perdemos nuestra torpeza y nos volvemos resueltos. Aniquilamos a nuestro antepasado el mono.

Pero la nieve continúa cayendo, y los trabajadores que viajan desde New Jersey, Connecticut y Westchester miran al cielo. Sus familias les esperan en casa, aplicadas. Productor, editor, corresponsal, ayudante: todos quieren irse. Ha pasado la hora de comer, pero todavía quedan dos visionados más, y otra entrevista, y tres cajas procedentes de Rumania que todavía tienen que ser entregadas desde el otro lado de la calle. Las tormentas vuelven a la gente un poco atolondrada, pero en el ambiente se respira más ansiedad de la habitual. Uno de los desgraciados editores, Remschneider, ha empezado a decir a sus vecinos que algo malo se avecina. No es una broma, dice, pensando en sus propias pesadillas. Julia Barnes lo oye y decide escapar de la oficina antes de que el hombre reviente. Ha oído rumores acerca de un cuarto editor que ha caído enfermo de esa mortificante enfermedad. Está en el ascensor pulsando un botón cuando se da el primer apagón en la ciudad. Una estación repetidora de Canadá sufre un cortocircuito, los ordenadores de la planta veinte mueren y por los pasillos corre un estremecimiento de terror, como si un invitado largamente esperado hubiera llegado por fin.



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