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Treinta y nueve
Robert insistió en que celebráramos una cena y yo pensé que era una idea sensata. Invitó a cuatro parejas: dos de sus mejores amigos y sus esposas y a dos de mis mejores amigas y a sus compañeros. Hacía meses que no les veía. Sacó la vajilla Lenox de su madre. Tres años antes había comprado vino en primeur en el sur de Francia y todavía no lo había abierto, se trataba de un burdeos que satisfacía su gusto por lo caro y lo absurdo y cuyo bouquet, se suponía, contenía trazas de grasa de cerdo. Insistió en abrir tres botellas. Hubo cigarros, arreglos florales primaverales de Simpsons y él preparó su especialidad: tarte aux HYPERLINK "http://pomm.es"pommes.
Llegaron los amigos. Al otro lado de las ventanas, esa noche de finales de abril era fría y nos hacía apreciar ese perfecto ambiente acogedor típico de Nueva York: gente sentada alrededor de una mesa en un apartamento del segundo piso del West Village. Pasamos la noche charlando.
Cuando íbamos por la tercera botella de vino, la esposa de uno de los amigos de Robert formuló una pregunta sorprendente. Ella formaba parte de un club de lectura cuya última elección había sido una biografía de la familia Gotti. Era evidente que no conocía las circunstancias relacionadas con sus anfitriones: nadie se las había explicado. Además, estaba un poco borracha.
—¿Habéis conocido alguna vez a alguien que haya sido asesinado? —preguntó, como si eso no fuera posible.
Robert levantó la vista hacia mí. Hacía muy poco que se había quitado las vendas de las muñecas. Apretó los labios y me miró pidiéndome paciencia.
—¿Has oído hablar del incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist? —le pregunté.
Ella negó con la cabeza.
—Sucedió no muy lejos de aquí, hacia el sur, en 1905. Ciento veintisiete personas murieron y yo siento como si las conociera a cada una de ellas. Me siento como si los hubiera visto quemarse vivos.
—Querida —interrumpió Robert.
—¿Eso cuenta? —le pregunté a esa imbécil.
Ella parpadeó, sorprendida. Tenía un trozo de pastel en el labio superior.
—Hay otra cosa que me atormenta un poco —continué—: ¿Conoces el tema ese del 11 de septiembre?
—Lo siento —dijo en tono suplicante—. He sido una idiota...
—Y eso fue solamente la punta del mismo iceberg que hundió al Ti tank...
—Evangeline —cortó Robert.
Me llenó la copa hasta el borde.
—Justo debajo de este edificio, debajo de los cimientos, en el lecho de roca, hay cinco nativos abenaki que fueron estrangulados mientras dormían después de haber ganado a las cartas. Estaban borrachos mientras los estrangularon. Tenían a sus mujeres río arriba. Uno de ellos había abrazado en secreto a Jesús como su señor y salvador, pero los asesinos no lo sabían. Quizás eso los hubiera detenido, no lo sé.
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó la imbécil con voz temblorosa.
Yo deseé cortarle el cuello.
Hacía dos semanas que Robert se había quitado las vendas. Estábamos a punto de meternos en la cama. Había sido la primera noche cálida de primavera y las ventanas estaban abiertas. La brisa se arremolinaba en nuestra habitación.
Robert había vuelto de la cocina de uno de los restaurantes y olía deliciosamente, como a carne asada. Se sentó en la cama vestido con su bata y se puso a leer los periódicos del día, tal y como hacía a menudo. Sin llamar la atención, fui al fondo del vestidor y saqué la caja de Ámsterdam. Me preguntaba si él se habría olvidado de ella. Era un buen chico judío, demasiado educado para volver a hablar de ese asunto, especialmente ahora con la nueva situación. Me metí en el baño y desenvolví la pieza más exótica, la que estaba hecha de cuero negro. Tenía unos agujeros en los puntos críticos que estaban cubiertos por unas pequeñas cortinitas de bolitas metálicas; me convertí en una casa cuyos puntos de entrada importantes se escondían tras unas cortinas de acero.
Me sentía hambrienta y, mientras me envolvía con las correas, me excité. Me gustaba lo que Robert había imaginado. Me cubrí con un albornoz.
Le llamé desde el lavabo.
—Enciende la luz y cierra las cortinas.
Aunque un poco sorprendido y vacilante, él hizo ambas cosas.
—Cierra los ojos —le dije.
Cuando entré en la habitación vi que había cruzado los brazos sobre el pecho y que tenía los ojos cerrados.
Me quité la bata.
—Ábrelos.
En ese momento tuvimos una gran oportunidad. Su rostro adoptó una expresión como de gratitud, como si yo hubiera cumplido una promesa que él hacía tiempo que se reprochaba haberme obligado a hacer. Pero no duró mucho: la oportunidad murió al instante. Su rostro adquirió la misma palidez que había tenido durante los primeros días después de mi vuelta. En ese instante supe que había cometido un error catastrófico, pero también supe otra cosa. Su rostro se puso rojo. Le temblaba la cabeza, casi de forma involuntaria. Apretaba con fuerza el periódico que tenía entre las manos.
—Quítate esa mierda.
La cálida brisa le revolvió el pelo. Las cicatrices de sus muñecas brillaron a la luz del día. Yo avancé hacia él.
Cuarenta y uno
Todo fue un preámbulo. Continué dando mis paseos, pero ya no recorría el barrio de Robert. Deambulaba más al sur y me acercaba cada vez más al agujero en el suelo. Comía palomas en la oscuridad. Una noche, mucho después de que anocheciera, llegué a la valla que rodeaba ese lugar y apreté el rostro contra el frío acero de la misma. No podía ver gran cosa allí abajo, pero noté el espacio que abarcaba. Nunca antes había ido a la zona cero. No había querido hacerlo. Dejé que la oscuridad de ese agujero me embargara hasta que cobró forma ante mis ojos. Me di cuenta de que no era una oscuridad vacía, en absoluto.
No había pasado mucho rato cuando me di cuenta de que había otra presencia allí. Yo me encontraba de pie a unos noventa metros de uno de los extremos del agujero, en una intersección entre dos calles. Otra valla se juntaba con la mía perpendicularmente y justo allí, a unos noventa metros o así de la calle adyacente, había alguien que también miraba hacia dentro. Éramos almas gemelas, pero yo tenía hambre. Estaba harta de palomas. Él o ella estaba de pie delante de la valla, era un punto más oscuro entre las sombras, una borrosa figura humana, pero no me importaba en absoluto su identidad. No me importaban ni la raza, ni la religión ni el sexo. Aceleré el paso. Recorrí el perímetro de la valla y llegué a la esquina de la calle. Observé los postes blancos de señalización en la penumbra: los nombres de las calles ya no tenían ningún sentido. Giré a la derecha y miré calle abajo hacia donde ésta terminaba en la autopista del West Side. Justo allí, en la esquina, se levantaba mi edificio. Cerca de mí, todavía, delante de la valla, había un ser humano de pie, un contenedor de carne y de sangre. Vi que un coche de la policía recorría despacio la calle en dirección a mí. Yo no tenía nada que temer, pero no quería que me vieran allí. Di un paso hacia atrás, hacia las sombras, justo en el momento en que enfocaban con las luces al otro visitante. Los rayos le recorrieron el cuerpo desde los pies hasta la cabeza, que era enorme.
Estuve a punto de gritar su nombre. Las luces mostraron el rostro, era él mismo, mirando hacia abajo, al agujero, imbuyéndose de esa visión del vacío igual que había hecho yo. Entonces, mientras el coche pasaba de largo, empezó a girarse hacia mí. Yo me alejé, tropezando, de la esquina. Empecé a correr hacia el sur, hacia la punta de la isla, y no miré hacia atrás hasta que hube llegado a las inquietas aguas del extremo del parque. Me quedé en Battery Park hasta el amanecer, esperando a que apareciera en cualquier momento.
LIBRO 11
La planta veinte
Señor: el Terror ha penetrado en este lugar. Vuestro terror, quiero decir, un tipo de terror que nadie, aquí, parece haber experimentado antes. Como sabe usted bien, estoy acostumbrado a la sensación de que los amos de este lugar estén por encima de estas emociones, que tienen tan mala reputación. El terror es cosa de siervos. Ni siquiera aquel día en que tuvimos que desalojar porque el cielo se nos caía encima, no recuerdo haber sentido verdadero pánico. Ahora, tras vuestra aparición, veo a esta gente tal y como son: unas marionetas en manos del miedo. Vaya una revelación. Personas que cobran unos sueldos de siete cifras se sobresaltan ante su propia sombra. Sus inferiores han empezado a sentirse enfermos de lo que llaman «la enfermedad mortificante». Ha habido otro «suicidio». Cuentan chistes malos acerca de problemas con el audio y cuando se encuentran en los lavabos, se preguntan los unos a los otros si los conductos de ventilación no han dicho nada. Y sin saberlo, han empezado a meter frases de vuestra canción de la misma forma en que los adolescentes del país utilizan el «como si»: igual que pancartas de bienvenida a unas ideas a punto de cobrar forma.
Yo tengo mi propio miedo, también, que debo manejar. Ése es el precio. Al ver que Edward Prince se ha encerrado en su oficina y ha corrido las cortinas, tengo miedo de que las cosas hayan llegado a un punto peligroso, de que gente de fuera se entere de que suceden cosas raras en el programa y vengan a destrozar nuestro proyecto. Prince es algo más que una simple celebridad de la televisión. Es un icono americano respaldado por tres generaciones de dólares del mundo de la empresa, y si se filtra la noticia a los periódicos de esta ciudad de que, de alguna manera, sufre una enfermedad mental o algo peor, que rechaza todo tratamiento y no habla con nadie, si una cosa así llega a la prensa local, eso se va a convertir en noticia nacional e internacional en cuestión de minutos, y recibiremos un tipo de visitas que a usted no le gustarían en absoluto.
Usted pensó en otra posibilidad, estoy seguro, y ha llegado a suceder. Lo diré sin rodeos: la mujer a quien usted imitó con tanta habilidad —y con buenas razones— en nuestro intercambio de correos electrónicos, Evangeline Harker, va a volver al trabajo. Recordará usted que hace unas cuantas semanas mencioné que existía esa posibilidad, a pesar de que en ese momento yo no disponía de fuentes fiables que respaldaran ese rumor. Ahora sí. Ella me lo contó todo durante una serie de mensajes de voz todavía más desesperados. Yo no los he respondido y no lo voy a hacer. Está desesperada por tener compañía humana. Insiste en volver a la planta veinte a pesar de todos los esfuerzos por disuadirla de ello. Se le ofreció un paquete de compensaciones extravagantemente generosas, pero ella no quiere ni hablar de ello. O, mejor dicho, lo aceptaría como un ascenso, pero no como un «soborno» para marcharse. Por alguna razón quiere recuperar su viejo trabajo. Pero Evangeline Harker detestaba su trabajo. Hubiera dado cualquier cosa por irse. Justo antes de que se marchara a Rumania, se había prometido y me dijo que ya daría noticias cuando se hubiera casado. Ese cambio debe de significar algo.
Me doy cuenta de que Austen Trotta, en particular, está complacido por la noticia. Quizá quiera acostarse con ella. Pero si se me permite especular al respecto, creo que se trata de otra cosa: más bien parece que Trotta sabe que todo ha cambiado en la planta veinte y que ese cambio tiene que ver con esta mujer y, para serle sincero, con usted. Usted nunca me ha dejado claro el alcance de la interacción que hubo entre usted y Evangeline Harker en su país. Percibo su incomodidad ante este asunto y me he resistido a la tentación de insistir en ello. Pero si ha habido algún momento adecuado para comunicar la verdad, es éste, para que yo pueda saberlo y resultar de alguna ayuda.
Trotta pasa mucha parte de su tiempo al teléfono, arrinconado en su habitación, dando la espalda a la puerta para que nadie le oiga. ¿Con quién habla?, me pregunto. ¿Con ella? ¿Qué le dice ella? ¿Está usted completamente seguro de que no se reunió con esta mujer en Rumania? Realizó usted una imitación de ella tan brillante para ganarse mi confianza que, por supuesto, no puedo evitar preguntármelo. Pero si no es así, vuelva a decirme cómo consiguió acceder a su cuenta de correo electrónico. Es importante saberlo, por ejemplo, por si se da la poco probable situación de que ella le vea, por si ella pudiera identificarle. Y si ella pudiera hacerlo, ¿qué tipo de ideas le cruzarían por la mente? ¿Es ella uno de los nuestros, en algún sentido? No es que esté siendo nacionalista, ni etnicista ni exclusivista, en este asunto, pero si supiera que ella ha oído su voz, yo me quedaría más tranquilo. Nada debe obstaculizar este último tramo del negocio. Stimson.
Stimson, usted ha oído sin escuchar. Ha mirado sin ver nada. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puedo hacerle comprender? Me atosiga a preguntas, preguntas, preguntas acerca de pequeñeces sin importancia. Lleva usted un libro de cuentas de nimiedades y, cada día, me asalta con ellas. Cuando habla usted de mi canción, ¿la comprende? ¿Comprende quién la canta? ¿A quién escucho yo? Permítame que se lo explique como a un niño que acaba de tomar conciencia de que existen unos antepasados muertos. Porque ésta es la respuesta a su pregunta: yo escucho a sus antepasados. ¿Sabe usted quiénes son? ¿Debo nombrarle a unos cuantos de ellos, a una pequeña parte, para que pueda usted reconocer sus rostros cuando vengan a por usted desde las sombras? ¿Conoce usted la ciudad romana de Tesalónica? En el siglo IV d.C, el emperador Teodosio masacró a siete mil ciudadanos en el hipódromo, los hizo cortar a trozos con cuchillos y hachas. Ochocientos años más tarde, los mercenarios sicilianos asesinaron a la misma cantidad de personas, y novecientos años después de eso, los invasores alemanes acabaron con siete veces esa cifra, cuarenta y cinco mil judíos que fueron esclavizados, deportados o asesinados. Levantaron el enorme cementerio de los judíos y obligaron a que los vivos suplicaran por los cuerpos de sus seres queridos. Y yo he hablado con todas esas personas en mi momento. ¿Lo comprende? ¿Se da cuenta? ¿No es eso suficiente? ¿Conoce usted el canal de Panamá, esa enorme tumba que se tragó a decenas de miles de jamaicanos que fueron transportados en tres trenes de la muerte desde un día de distancia desde sus chabolas hasta ese terreno de tumbas llamado Monkey Hill, un agujero que fue excavado por veinte de cada cien, por un tercio de ese ejército que cavó su propia tumba en el suelo? ¿Conoce usted sus nombres? ¿Ha visto sus rostros? ¿Ha escuchado usted sus historias? Yo sí, y usted lo hará. Están viniendo. Les tengo en mi corazón, y bebo y les oigo. ¿Sabe usted algo de los ocho millones de muertos en el Congo, del millón de armenios masacrados? En este último siglo, joven amigo, ciento ochenta y siete millones de personas han sido destruidas a manos de seres humanos, más que en los siglos previos de asesinatos, una décima parte de la población del mundo, y ha sucedido en todas partes. Para usted, ésta sea, quizás, una cifra asombrosa. Para mí es mucho más. Yo sé sus nombres y conozco sus rostros. He heredado ese don. Ellos vienen a mí, uno a uno, en una sucesión interminable, y su dolor no cesa. Su dolor me inunda, y debo escucharles. Y pronto, usted también escuchará. Usted y los demás, la raza entera, compartirán este peso insoportable conmigo.
Si no comprende usted esto, entonces permítame que responda, como usted, sin rodeos. Debo pedirle por última vez que no vuelva a hacerme esa pregunta acerca de esa mujer. Si Evangeline Harker vuelve y se convierte en un problema, ese problema será manejado igual que se han manejado los otros. Mientras tanto, usted tiene solamente una tarea, y sabe cuál es.
¿Tenemos ya una reunión con Von Trotta?
Señor: no la tenemos, de momento.
Esto es inaceptable.
Señor: lo estoy intentando.
Stimson: Seguro que sabe usted el poco significado que esta frase tiene para mí: «lo estoy intentando». No me importa que lo haya intentado. Intentarlo no es nada. Necesitamos a Von Trotta. El resto de esta gran variedad de vagos profesionales llegará a comprenderlo demasiado tarde. Solamente este hombre parece haber intuido algo que le inquieta hasta un punto que es apropiado para el asunto que tenemos entre manos. Pero si hablamos, estoy seguro de que su mente atormentada descansará. Cuando haya oído lo que usted ha oído, cuando conozca la verdad sobre las voces y las visiones de su mente, podrá traer a los demás. Se convertirá en un defensor. Me he dado cuenta de que, con muy pocas excepciones, mi voz es el mejor medio para ganar la opinión positiva de los demás. Von Trotta, de entre toda la gente, ese viejo sabio judío, hijo de viejos sabios judíos, escuchará y será dominado. Y yo sé exactamente cómo presentarle el tema. A pesar de todo, es cosa suya el abrir la posibilidad de que tengamos una conversación. Eso no lo puedo hacer yo.
Señor: No tenía ni idea de que tantas personas murieran por causa de los seres humanos en el siglo XX. Estoy asombrado. Lo comprendo. Me siento fortalecido por lo que me ha contado. Quiero oír lo que usted oye. Quiero compartir el peso. Me encargaré de que se celebre esa reunión, tal y como me ha pedido.
Diario de terapia de Austen Trotta
20 de mayo
Ya no puedo tomar decisiones. Casi no soy capaz de enlazar una idea detrás de otra: he perdido esa capacidad. En cuanto cierro los ojos, esas cosas innombrables vuelven a aparecer. Esta mañana he apaleado a mi perra casi hasta matarla. Pobrecita. No dejaba de gimotear pidiendo agua, así que fui hasta donde estaba y le clavé la bota en las costillas una y otra vez hasta que se calló. La criada me encontró acunando al animal y llamó al veterinario. Luego el veterinario me llamó y me dijo que había avisado a la Asociación Protectora de Animales y que lo que había sucedido era una atrocidad. Yo no podía decirles la verdad, que no le había dado patadas a un perro sino que se las había dado a un judío. En mi mente, yo di patadas a un judío que me había estado suplicando por el cuerpo de su esposa. Dios, dios, dios. Prince continúa llamándome por teléfono. Está en la oficina de al lado. No tiene ningún sentido. Él podría venir aquí, o yo podría ir allá, pero tiene las cortinas echadas y la puerta está cerrada, y si no sale, debe de ser por alguna razón y yo ya no quiero saber cuál es. Algo le ha ocurrido, ha sufrido alguna conmoción que no es capaz de explicar por sí mismo. No quiere hablar ni con los amigos íntimos ni con la familia; es un estado preocupante en un hombre que nunca se ha encontrado sin saber qué decir. Dice que solamente quiere hablar conmigo, y solamente por teléfono, pero cuando hablamos, todo es un sinsentido, nombres de lugares en los que ha estado o a los que le gustaría ir, todo eso mezclado con un intento de advertirme de algún oscuro destino. Aun así, sus tonterías parecen cernirse sobre mis pesadillas. Esta mañana empezó a hablar de Salónica, Salónica, Salónica, no se callaba ni un momento, y yo no le dije ni una palabra, pero ése es el mismo lugar donde yo le daba patadas al judío, el cementerio de Salónica. No me pregunte cómo lo sé, pero lo veo tan claro como veo el Hudson al otro lado de la ventana, tan claro como el hecho de que existe ese maldito cráter al lado de nuestro edificio. Y hablando del cráter, se me ha ocurrido pensar, aunque no se lo he dicho a nadie, que el desastre de septiembre se encuentra en las raíces de todo esto, que aquí en la planta veinte hemos empezado a experimentar una alucinación colectiva aplazada relacionada con el trauma de ese día. Después de todo, nuestro edificio fue casi destruido por la torre sur. Todo el mundo salió vivo, pero fue solamente cuestión de minutos. Estábamos muy cerca cuando se derrumbó, oímos el avión chocar contra el lateral del primer edificio, vimos los restos de la gente mientras corríamos fuera. Después de evacuar, no volvimos a este lugar durante dos años. Felizmente, nos quedamos en el bunker del centro de la emisora en la calle Hudson, y yo no quería volver aquí y así se lo dije a la empresa, y no era el único. Pero Bob Rogers y Edward Prince insistieron. Bob Rogers y Edward Prince no se dejarían amedrentar por los terroristas. No se dejarían espantar. Fueron Rogers y Prince, los bastardos, quienes quisieron volver aquí, a pesar de que este lugar era una colosal ruina abrasada, a pesar de que una mujer había muerto en el derrumbamiento, a pesar de que algunos cuerpos habían aterrizado sobre el tejado abuhardillado. ¡Qué locos! ¿Es extraño que Prince haya perdido la cabeza? Probablemente, la enfermedad empezó en cuanto nos trasladamos a este lugar. Ahora me doy cuenta. Todo fue mal a partir del momento en que volvimos aquí. El joven Ian murió. Evangeline tuvo esos problemas. Los aparatos técnicos se estropearon. Esa horrorosa mañana nos persigue, pero Prince no me deja que se lo explique y cada vez que le amenazo con llamar al médico, o a cualquiera, me dice que va a hacer algo drástico. Se refiere al suicidio, ¿debo creerle? Estoy confundido. Hace varios días que está allí metido, aunque sospecho que sale por la noche y a veces me parece oír otra voz al teléfono, pero no podría jurarlo.
Dejando a un lado las especulaciones sobre el 11 de septiembre, cada vez tengo una conciencia más profunda acerca de la naturaleza de este problema. No diré que lo comprendo, sería mentira. Pero tengo una serie de pistas a partir de las cuales empezar a trabajar, y todas ellas apuntan en dirección a ese hombre, Ion Torgu, a quien Prince afirma haber hecho una entrevista a pesar de que no ha sido visto y quien, según los registros del Departamento de Estado, no ha entrado en el país, o al menos no lo ha hecho legalmente. Esto tiene sentido. Si es una figura del hampa, no cruzaría la frontera del país con un pasaporte legal. Pero todavía no puedo imaginar cómo Prince ha conseguido que esta entrevista se realice. He mantenido discretas conversaciones con cada uno de sus productores y ninguno de ellos sabía nada de la entrevista. Por el contrario, se sintieron consternados de que su corresponsal no les hubiera ido con la historia a ninguno de ellos. Cuando mencioné que Stimson Beevers era su ayudante, o se rieron o soltaron una maldición.
Y, a pesar de todo, no puedo culpar a la entrevista de todo esto. Eso sucedió hace meses, y aunque observé en Prince un comportamiento extraño, éste desapareció durante un tiempo. Se fue a Rusia para realizar un reportaje y se reunió con un par de celebridades en la costa Oeste. La siguiente vez que le puse los ojos encima, que debió de ser en marzo, se le veía cansado y pensé que su estado mental había empeorado mucho durante el viaje. La vida puede desgastar a un hombre, y creo que ha agotado a Prince por completo. Pero nadie, incluyéndome a mí mismo, quiere decirle que su estado es terminal: su estado de ser humano vivo. Nadie quiere darle la mala noticia de que incluso las amadas figuras televisivas deben enfrentarse a un tiempo que se encuentra lejos de las cámaras.
Y a pesar de ello, aquí estoy, oscilando alocadamente en mis juicios, esperando otra de esas aterrorizantes y susurrantes llamadas telefónicas, pensando que no tiene nada que ver con su edad ni con su estado de salud mental.
Dios, el teléfono otra vez.
20 de mayo,
más tarde ese mismo día
He intentado transcribir la conversación, que fue delirante, y aquí está lo que he podido hacer.
—¿Austen?
—Sí, Edward.
—Gracias a dios que todavía estás aquí.
—¿Adónde podría haber ido?
Sigue un largo silencio.
—¿Hay alguien en la habitación contigo?
—Nadie.
—Gracias a dios. No deben oírnos.
Sigue otro silencio.
—¿Por qué no quieres salir, Ed?
—Es completamente imposible. Imposible.
—Sólo cinco minutos...
—Mierda, Trotta, ¿estás con él ahora?
—¿Con quién?
—Viejo y jodido judío. Lo sabía.
—¿Quién, Bob? Por dios...
Se hizo otro silencio, aunque no duró mucho.
—¿Te dije que vi a dieciocho hombres que volaron hechos pedazos a causa de un arma de 150 mm en Guadalcanal?
—Tú no has estado en Guadalcanal, Ed.
—Eso lo dices tú. Veo sus rostros. Oigo sus voces justo en este mismo instante.
Aquí yo me callé un momento, asaltado por una intuición.
—¿Los ves y los oyes de forma literal?
Él no respondió.
—Esto es muy importante, Ed, porque tú me dijiste que estuviste destinado en Hanford, Washington, durante todo tu período de guerra en calidad de ingeniero del Proyecto Manhattan.
—Era marine.
—No lo eras, Ed. Los rostros que ves, las voces que oyes, son mentira. Alguien te está haciendo ver esas cosas.
Tosió de una manera extraña, como si intentara disimular algo mucho más explosivo.
—Lo siguiente que me vas a decir es que no sobreviví al desastre de Indianápolis.
—No lo hiciste, Ed.
Colgó el teléfono con un golpe fuerte.
Ahora que pienso en esta conversación, en retrospectiva, tengo una sensación de certeza en la boca del estómago, en las tripas. Se trata de ese encuentro con el criminal. En esos momentos, él me dijo que ese hombre le había hecho una oferta, aunque no me dijo cuál. Me he pasado todas las noches en vela desde ese día preguntándome qué oferta podría ser. Lo admito: no estoy intrigado solamente a causa de Prince. También me lo pregunto por mí. ¿Qué puede tener este hombre para ofrecerle a Edward Prince? Y, más importante, ¿aceptó Prince? El corazón me dice que sí lo hizo, aunque es pura especulación y, por tanto, mal periodismo y, por tanto, una vergüenza moral. Y a pesar de todo, creo que Prince aceptó y que lo ha estado pagando desde ese momento. Pero ¿qué es lo que aceptó? Se lo pregunto una y otra vez, pero él no responde nunca. Ignora la cuestión. El teléfono otra vez.
21 de mayo,
nueve de la mañana
Es temprano y tengo la agenda del día muy ocupada, lo cual es bueno. Me he vuelto demasiado distraído por estos estrambóticos fenómenos locales. Al otro lado de la ventana, el sol brilla con fuerza sobre el Hudson. Ha llegado un tiempo cálido, extraño para la época en que estamos, que ha puesto a prueba los millones de aires acondicionados de la ciudad. Es agobiante, el cielo parece estar demasiado bajo. A pesar de todo, nuestras oficinas están frescas, por lo cual me siento agradecido, y sumidas en la penumbra, como si estuviéramos al fondo de unas rocas. La temporada está terminando; sólo quedan dos programas para acabar el año y la mitad de los segmentos de esos programas son repeticiones. Es un momento del ciclo muy agradable, especialmente porque he alcanzado mi cuota y mis productores ya han empezado a filmar las piezas para la próxima temporada. Puedo irme de vacaciones con el pleno convencimiento de que, después de agosto, a mi vuelta, me sumergiré en el trabajo del año siguiente como en una piscina, sin tener ni la más mínima sensación de intranquilidad ni de incomodidad. Y lo que todavía es mejor, empezaré la próxima temporada con un placer inesperado. Nuestra señora Harker va a volver hoy, o eso me han dicho, para retomar sus tareas. Ya ha reservado un viaje a Montana para primeros de junio, con el fin de reunirse con un par de posibles personajes para la historia de los neonazis en prisión, la primera como productora. Para sorpresa general, le he dado el trabajo de William Lockyear y he despedido a su sustituto temporal.
Si dejo a un lado a Prince, y unas cuantas extrañezas persistentes más —la enfermedad que parece haberse extendido por los editores, los suicidios, los problemas técnicos que no parece que se puedan reparar por mucho dinero que la cadena les destine—, puedo decir con honestidad que me siento mejor de lo que me he sentido en un año. El regreso de esa chica me ha renovado. Incluso mi dolor de espalda ha mejorado. Dentro de un mes estaré en el sur de Francia, y todo este año miserable parecerá, en retrospectiva, uno de esos anni horribili que se dan tan a menudo. Otro elemento de irritación. El chico Beevers ha obligado a Peach a que me obligue a mantener una conversación. Estoy seguro de que quiere hablar sobre el trabajo de productor asociado para trabajar con Evangeline, pero él no es de mi agrado. En primer lugar, me parece que las mujeres siempre son mejores productoras asociadas. Y en segundo lugar, ese chico tiene el frío aire del cine. Tengo la sensación de que ha mirado más celuloide en la oscuridad de lo que es adecuado y decente para un ser humano. A pesar de todo, para estar a la altura de este brillante nuevo día, le escucharé.
21 de mayo,
dos de la madrugada
Con cuánta rapidez las sombras engullen la luz del sol. Desearía no haber dejado entrar nunca a esa criatura en mi oficina. Y poco después de que se marchara, por supuesto, sonó el teléfono y era Prince otra vez, que tartamudeaba de forma más alterada que nunca al decirme que yo iba a traicionarle, que no debía traicionarle, que la oferta se la había hecho a él solamente y que si yo la aceptaba, él se lo tomaría como una afrenta personal. Esta vez fui yo quien le colgó.
Desearía que Evangeline llegara. Verla me restablecería el equilibrio. Nunca falla. Un día comimos juntos, no mucho después de su regreso de Rumania, y tenía un aspecto melancólico y escarmentado que yo no recordaba haberle visto. Pero allí estaba, delante de mí; una prueba de que los milagros pueden ocurrir. Incluso con la circunstancia de la enfermedad de su prometido, había conseguido sobrellevarlo, y mientras estábamos sentados en el Café Sabarsky y nos comíamos nuestra crema de salmón ahumado con alcaparras, me informó, con un eco de su vieja ingenuidad, de que la boda iba a celebrarse, por supuesto, pero que la fecha todavía no se había fijado.
Desde esa comida he visto dos veces a Evangeline, y ambas su proximidad ha tenido un efecto saludable en mí. Si no tuviera sentido común, definiría este sentimiento como amor; quizás es más parecido al que siente el padre por su hija. Hoy ella se ha retrasado por algún motivo y he tenido que enfrentarme yo solo con ese pesado mocoso de Beevers. Pero no debo ser desagradable. Ahora, todas las cosas suceden por una razón. Estamos atrapados en una pauta de catástrofes diseñada por alguien que nos desea mal. Bob Rogers cree que es la cadena, pero está equivocado. Esto va más allá de los chanchullos de la cadena, ésa es mi convicción. Las peroratas de Prince no son solamente inquietantes: representan el avance del plan del enemigo y deben contener alguna pista sobre la naturaleza de lo que está ocurriendo. Lo mismo parece con respecto a la conversación que acabo de mantener con Beevers. Y, al repasarla, empiezo a ver el primer esbozo de una cosa que me ha estado acosando desde que el prometido de Evangeline intentó suicidarse: Beevers no me cae bien, pero a pesar de ello le debo el haber iluminado un aspecto de mi inquietud. Se trata de los nombres. La enfermedad se contagia a través de los nombres. Pero me estoy adelantando.
Apareció ante mí a las once de la mañana. Yo levanté la mirada, exasperado, y vi que se encontraba allí, en la puerta, en un punto donde no estaba unos segundos antes. En ese preciso momento, Peach me informó de que Evangeline Harker iba a llegar tarde. Tenía que hacer una repentina visita al médico relacionada con su futuro esposo.
Menciono esto porque esta noticia provocó una transformación en mi visitante. Beevers se aceleró; ésta es la única palabra que encuentro para describirlo. Su habitual gesto de perezosa afectación intelectual —la barriga protuberante debajo de la camiseta, las rodillas prácticamente juntas en su tambaleo característico— adquirió un innegable aspecto de esqueleto humano. Esa babosa tiene huesos, después de todo.
—¿Qué puedo hacer por ti, joven?
Se sentó en mi sofá; hubiera podido quedarse de pie delante de mi escritorio con las manos juntas, pero en lugar de ello prefirió cruzar las piernas, como si tuviera pensado quedarse un rato. Esa decisión, junto con mi repentina sensación de que había un motivo añadido al del empleo, me despertó unos nuevos sentimientos de antipatía hacia él. Sacó el tema de Evangeline.
—Éramos buenos amigos, ya lo sabe.
—Me parece muy poco probable.
—Oh, los mejores. Ian, ella y yo éramos inseparables. Ian, por supuesto, ya no está con nosotros.
Yo rechacé esa broma como si devolviera una botella de vino en mal estado: sin comentarios.
Él estaba visiblemente incómodo. Yo esperé. No iba a aliviarle su sufrimiento. Finalmente, reunió el valor suficiente para hacer una pregunta muy extraña:
—¿Conoce usted, señor Trotta, la cifra de seres humanos que han muerto a manos de otros seres humanos durante este último siglo?
—No le sigo.
—Creo que sí me sigue.
No era una pregunta, en absoluto, sino una amenaza de parte del criminal a través de ese hombre.
—Decenas de millones, diría yo. ¿Por qué lo pregunta?
—Ciento ochenta y siete millones, para ser exactos.
—Es usted un estudiante de historia.
—Pronto.
—¿Es esto de lo que quería hablar?
—Tiene que ver. —Descruzó las piernas—. Una persona quiere tener una reunión con usted —dijo el productor asociado mientras se levantaba y cerraba la puerta de mi oficina.
Desde su escritorio, Peach me miraba con una expresión seria y dubitativa, como si Stimson Beevers pudiera explotar como una granada y hacernos pedazos a todos.
—¿Ah, sí?
—No necesito decir su nombre. Su colega se lo ha dicho. Quizás Evangeline Harker se lo haya dicho también.
—No tengo ni idea de qué está hablando.
Su sonrisa me alarmó de una forma que no puedo expresar con palabras. Constituía una pista física de lo impensable. Él siempre había sido un hombre pálido, de una palidez como el reflejo de la luna en un charco bajo un container de basura; era calvo a una edad demasiado temprana y tenía unos ojos que me parecían como de pez, alunados, inadecuados para la luz natural. Pero todo eso no eran más que unas características humanas normales provocadas por una herencia genética poco afortunada. Lo que me sorprendió durante nuestra conversación fue algo mucho menos habitual. De hecho, superficialmente, sus rasgos habían mejorado. Parecía más robusto, estar más alerta, menos afligido, pero al mirarle con detenimiento, vi los cambios. Para empezar, las venas de las sienes le sobresalían de una manera que yo no recordaba haber visto antes: se veían crestas y cantos en ellas, formaban mesetas. Los ojos, antes bulbosos, se veían hundidos e inyectados en sangre, como si hiciera semanas que no durmiera. Y lo más abyecto de todo, y menos explicable, era que sus dientes habían empezado a ennegrecerse. Al principio pensé en envenenamiento por plomo; una vez realicé una historia sobre unos problemas de contaminación de aguas en una ciudad de Maryland, y los hijos de los habitantes tenían los dientes veteados. Pero esto era mucho peor. El marfil de la boca se le había empezado a poner de un azul agrisado.
—No voy a abusar de su tiempo —me dijo—, pero me tomaré unos minutos para explicarle la situación. Mi superior le está pidiendo un único...
—Bob Rogers.
Él me dedicó una espantosa sonrisa agrisada.
—No, señor.
—¿Quién, entonces? Dime su nombre.
Los ojos diminutos se entrecerraron todavía más.
—No es el nombre lo que importa. Son los otros nombres, los nombres que él pronuncia, los nombres que usted ha oído.
Eso resultó descarado... y revelador.
—Continúa.
—Su colega del otro lado de la puerta se ha encontrado con mi amigo y está cosechando unos frutos que usted no puede ni imaginar.
Me reí de él.
—Te refieres a la locura, supongo. Aunque él ya cosechó ese fruto desde el nacimiento.
—Me gustaba su sentido del humor durante la década de los setenta y los ochenta, cuando el programa todavía tenía unas cifras de audiencia aceptables, pero veo en sus ojos que usted ha oído las noticias verdaderas. Ha oído la voz. Ahora hace meses que está susurrando en esta planta. Usted la ha oído y quiere oírla más. Y yo conozco al hombre que puede hacer que esto ocurra. Soy su agente.
Recordé un gesto arcaico que había sido, mucho tiempo atrás, característico de mi padre: él escupía al oír mencionar a ciertas personas; me vino a la cabeza el senador Burton K. Wheeler. Tuve ganas de escupir, pero hubiera parecido una marranada, así que me contuve.
—No me interesa —le dije.
Stimson Beevers se levantó del sofá.
—Todo se está preparando. Dentro de unos días se va a dar usted cuenta de que ha hecho una elección. Ha tenido la oportunidad de ser un beneficiario o de ser un vehículo. Ser un beneficiario significa ver el mundo por primera vez tal y como es. Pero usted ha hecho otra elección, la de ser un vehículo, y ser un vehículo es... bueno... convertirse en algo meramente funcional para nuestra visión.
Al final había empezado a darme lo que yo necesitaba: información sobre las intenciones de ese hombre.
—Su jefe —dije—, debe de ser un hombre muy seguro de sí mismo, para haber hecho lo que ha hecho.
—No tiene usted ni idea.
—La tengo, lo cierto es que sí la tengo. —Vi que el aplomo del chico empezaba a derrumbarse—. Tiene tanta confianza en sí mismo que me envía a la persona menos creíble de toda la planta como emisario a mi oficina, tanta confianza que dota a su emisario del poder de comunicar unas amenazas y unos insultos en su nombre sin siquiera permitir que ese nombre sea pronunciado. Esto es tener unos huevos importantes, ¿no te parece? ¿O es que es solamente el hombre más necio que ha caminado nunca por la Tierra? Uno de esos desdichado gigolós de Europa del Este, henchidos de pecho y mal vestidos. Francamente, me siento tentado a llamar a la policía y hacer que te arresten.
Un brillo de alarma destelló en esos ojos cenicientos.
—¿Qué les diría, señor Trotta? ¿Que está oyendo cosas? ¿Que sospecha de la presencia de un criminal pero que no tiene ninguna prueba de su existencia? No tiene nada, ¿no?
Descolgué el teléfono con un gesto brusco.
—Vamos a averiguarlo. —Marqué un número sin dejar de mirarle.
—Deténgase, por favor.
Yo bajé el auricular.
—Deprisa, ahora.
—Señor Trotta, ya lo he estropeado. Lo que quería decir es lo siguiente: el señor Torgu es un poderoso criminal internacional que quiere entregarse a las autoridades. Ha venido aquí a contar su historia porque varios gobiernos de Europa del Este han enviado a gente para que acaben con él, ya que sabe demasiadas cosas. Él intentó decir esto, y mucho más, a Edward Prince. Intentó explicarle que había trabajado como agente doble para nuestro bando durante la Guerra Fría y que por eso los servicios de inteligencia de los países del Pacto de Varsovia lo quieren muerto. Pero tiene miedo de acudir al gobierno de Estados Unidos a causa de su largo historial de actividades ilegales. La entrevista hubiera sido su manera de alargar la mano. Pero Prince está enfermo, evidentemente, y no es capaz de cumplir su tarea. Así que mi amigo quiere terminarla con usted. Lo único que le pide es que tengan una reunión.
Colgué el teléfono. Algunos elementos de esa historia tenían cierta plausibilidad.
—¿Y qué me dices de todas esas tonterías? ¿Beneficiaros y vehículos?
Él tragó saliva.
—Hace demasiado tiempo que trabajo para ese hombre aterrador y poco razonable, y eso cuesta un precio.
Le escruté detenidamente.
—¿Cómo llegaste a conocerle?
Él alargó la mano hasta el tirador de la puerta.
—Contactos.
—Otra mentira y telefonearé, y tu nuevo amigo tendrá que enfrentarse a las consecuencias. Quizá no le caigas tan bien como ahora. ¿O es que me confundo acerca de la calidez de vuestra relación?
En ese momento, por primera vez en el breve tiempo que hacía que nos conocíamos, vi algo que me hizo sentir pena por ese chico: que era solamente un chaval, que estaba asustado y que se había metido de lleno en algo que casi no comprendía.
—Lo crea o no —me dijo—, me metí en esto por amor, y luego ya fue demasiado tarde dar marcha atrás. Eso es lo único que puedo decirle.
No intenté comprender, pero eso parecía estar más cerca de la verdadera naturaleza de su relación con el tema. En cualquier caso, no era una mentira directa.
—¿Puedo decirle que tendremos una reunión? ¿Tarde, por la noche?
Yo negué con la cabeza.
—Nos encontraremos mañana. A plena luz del día.
Al haber alcanzado su objetivo, recobró la arrogancia.
—Él no tiene miedo de la luz. Está usted cometiendo un comprensible aunque obvio error. A mucha gente le pasa, y eso le enoja enormemente.
Mientras termino esta narración, me doy cuenta de que toda palabra con visos de plausibilidad salida de los labios de ese odioso cineasta contiene algo no verdadero. Me da una historia de espionaje sobre un criminal postsoviético que esconde una información más importante. Pero no me enfrento con un criminal normal, ni siquiera con uno extraordinario. La verdad de este asunto reside en otra cosa, en aspectos que, por accidente, él ha conseguido comunicar a pesar de su intento por ocultarlos. Todo este asunto tiene que ver con los nombres de lugares. ¿Cómo lo llamó él exactamente? La voz. Y la voz susurra nombres de lugares. Y yo conozco los nombres. Esa alimaña pronuncia nombres. Yo he estado oyendo esos nombres durante meses sin haber tenido el discernimiento necesario para hacer lo evidente: escribirlos.
21 de mayo,
más tarde
He aquí una lista parcial. No sé qué significa. No sé si me creo a mí mismo. Pero el instinto me dice que ese gánster trastornado utiliza los nombres de lugares para hacer algún tipo de daño a nuestro lugar de trabajo. Si tuviera que explicarlo, diría que son los restos de un alterado y menospreciado código de la Guerra Fría, una señal muerta que había pertenecido a un servicio de inteligencia remoto ya perecido que ha sido revivido para cumplir un oscuro propósito. Todo este asunto me hace recordar ese viejo chiste sobre unos mensajes subliminales, sobre unas palabras aparentemente pertenecientes al lenguaje común que tienen la intención de persuadir al oyente. Sí, tiene la pinta de un hilarante y exagerado truco de factura de Bloque del Este y, a pesar de ello, tiene algo que consigue deshacer e inquietar. ¿Es esto terrorismo? Si cierro los ojos y escucho con atención cada una de las sílabas, acabo teniendo una cadena de vocales y consonantes que no pueden, en apariencia, tener ninguna relación, pero pueden servir como marcadores de un discreto código. Algunas de ellas son nombres de lugares, si no me equivoco, y otras son más oscuras pero suenan vagamente familiares. Son, más o menos, las siguientes: Persépolis, Nicópolis, Atlantis, Cartago, Chicago, Meca, Hiroshima, Atlanta, Chickamauga, Silo, Lepanto, Constanza, Constantinopla, Kulikovo, Martwa Droga, Poltava, Varna, Mazamuri, Luapula, Salónica, Balaklava, Nagasaki, Hue, Somme, Mame, Tyre, Caporetto, Tuol Sleng, Shenyang, Gaoyao, Congo, Manchuria, Lhasa, Medina, Rúmbala, Nitra, Shanghai, Nankin, Nineveh, Ga-llipoli, Gomorra, Treblinka, Lubyanka, Kotlas-Vorkuta, Cayamarca, Khe-Sanh, Antietam, Blenheim, Dien Bien Phu. Algunos de éstos son lugares de la infamia. Otros son aproximados. Pero ¿por qué? Es el número treinta y ocho de la serie comprensible, Nankin, el que ofrece la primera posible pista del significado del código. El prometido de Evangeline debió de haber oído parte de esta secuencia, también. Debió de haber llegado a la planta veinte y oyó o vio algo, y ellos intentaron matarle, y él quiso decírselo a alguien, pero nadie podía comprenderlo. Intentó contárselo a su madre, ella me lo dijo. La despertó mientras dormía y pronunció una palabra, Nanking, aunque él nunca había estado allí. Prince debe de saberlo, también, el pobre tipo, pero le tienen aterrorizado mortalmente. Y ahora yo estoy asustado. Y no tengo ni idea de cómo continuar. Ese pesado mocoso tiene razón. ¿Qué puedo decirle a la policía? Aparte de recurrir al cuerpo de policía, no tengo ni idea de cómo responder a esta amenaza, aunque quizá sea una buena idea que me ausente durante unos días y me vaya al norte, o me encierre en una casa de campo. Estamos al final de la temporada, podría decir que estoy enfermo. Bajo ninguna circunstancia debo tener esa entrevista con el criminal. Bajo ninguna circunstancia debo encontrarme con ninguna otra persona hasta que tenga más información. A través de la ventana de cristal de mi oficina, veo a un editor, Remschneider, que camina sonámbulo; es uno de los enfermos. Ha oído la voz, no tengo ninguna duda. Está en su mente, al igual que en la mía, pero él ha sucumbido y ahora yo recuerdo una cosa, una conversación que mantuve el otoño pasado con una de nuestras editoras, Julia Barnes, y de repente me vuelve una idea, esa extraña conversación acerca de la herencia genética y sobre Transilvania del pasado otoño. Ella intentó decirme algo, y yo lo convertí en un chiste, y entonces esos editores se pusieron enfermos. Julia Barnes lo sabe. Me lo dicen las tripas. Lo sabe. O lo sabía. Si no se ha contagiado, es una aliada.
P.D. La agitación está a la orden del día. La cadena ahora ha decidido modificar el programa, quizás al notar nuestra vulnerabilidad. Bob Rogers ha convocado una reunión para el próximo lunes. Todos los productores y corresponsales, todo el mundo, debe volver a Nueva York para ser informados acerca del futuro de La hora. Es el fin de la temporada y, si no me equivoco, el fin del camino.
LIBRO 12
La alianza
Julia Barnes se había mantenido apartada, lo cual solamente era posible en esos días de final de temporada televisiva gracias a la ausencia del productor y a la dificultad de una historia a la otra orilla del Atlántico. Los días se alargaban al otro lado de la ventana de su dormitorio. A veces caminaba dos docenas de manzanas desde su apartamento de Chelsea siguiendo el curso del brillante Hudson, más allá del agujero en el suelo, hasta el edificio de la calle Oeste. Pudo pasar más tiempo con sus hijos y vio algunas películas. Esa agenda relajada la nutrió de cuerpo y mente y le hizo sentir, como le pasaba siempre en esa época del año, que existía una vida más allá de los muros de su trabajo. Su esposo, un cocinero aceptablemente bueno, preparaba platos propios de la estación. Veían a los viejos amigos. «Sí —pensaba cada mañana mientras daba el paseo al lado del río—, podré sobrevivir un año más.»
Pero algo se estaba acercando. Cada vez que entraba en el vestíbulo del edificio, mostraba la identificación de seguridad y llegaba al rellano de los ascensores, percibía una oscuridad renovada y se resistía a ella. Esa oscuridad le despertaba una sensación de inminente fatalidad, pero eso era lo de menos: su presión arterial se resentía, al igual que su sistema digestivo y su sistema nervioso. Los dolores de cabeza la asaltaban con una fuerza desconocida hasta entonces. Eso era puro estrés, porque a nivel físico estaba envejeciendo bien. Sí, quizá podía perder un poco de peso; por supuesto, podía comer más pescado y hacer más ejercicio; podía acumular esos omega tres y elevar un poco el colesterol bueno. Por supuesto que por supuesto. Su médico se lo había dicho. Pero ésas eran preocupaciones normales en una mujer menopáusica. No había ningún síntoma físico real de decadencia, y a pesar de eso, dentro del edificio, notaba la presencia de ello, un deterioro creciente que ya había afectado a los demás.
Le gustaba alejarse siempre que era posible. Resultaba de gran ayuda el hecho de que pudiera irse del edificio a la hora de comer y tomarse una ensalada griega mientras se deleitaba al sol al lado de ese enorme espacio en construcción donde antes se habían levantado los edificios vecinos. La proximidad con esa horrible herida en el cemento la inquietaba mucho menos que el ambiente de la planta veinte. Los pensamientos sobre la moral, el tiempo, el terrorismo y la seguridad, la política y la fe dejaron de ser temas pesados; por el contrario, en comparación parecían temas saludables y apropiados para la meditación.
El día en que recibió la noticia de la gran reunión —convocada por Bob Rogers para anunciar su retiro y, en consecuencia, para dar paso a un cambio en la pirámide por primera vez en los treinta y cinco años de historia del programa (ése era el rumor)— ella pasó un rato especialmente largo en el espigón de Battery Park. Había rechazado la ensalada griega y, en su lugar, había pedido una hamburguesa con queso y patatas fritas que estaba disfrutando enormemente. La posibilidad de pasar un tiempo más o menos largo en el espigón dependía de la agenda. No podía empezar la pieza siguiente hasta que su productora, Sally, volviera de Japón, y eso no iba a suceder hasta la semana siguiente. La habían llamado antes de tiempo para la gran reunión. Todavía le quedaban tomas por rodar, pero no importaba; esa reunión iba a ser un hito histórico: el futuro del programa de noticias más importante de la televisión estaba en juego. Mientras tanto, el calor subió hasta unos niveles bárbaros, a más de 32 °C. En el centro de la ciudad la gente iba ligera de ropa y los aparatos de aire acondicionado zumbaban como trastos viejos en las ventanas.
Julia se quitó los zapatos y dejó los pies colgando sobre el agua. Los chicos en monopatín pasaban de un lado a otro y la risa de los niños la hacía sentir a gusto. Tiró una patata frita a una ardilla. Por mucho que intentaba apartar esas cosas de su imaginación, no podía. Era un hecho que una gran parte de los editores habían dejado de ir al trabajo. Ella ya no se quedaba en el edificio después de que el sol se hubiera puesto, pero cuando se aproximaba esa hora, notaba la presencia de sus colegas por todas partes y todos ellos eran como una versión de Remschneider, tenían los ojos muertos y helados, los cuerpos pesados, las cabezas llenas de unas insoportables transmisiones auditivas: los susurros de las cintas. Al principio ella se resistía a llamar a las puertas cerradas. No quería encontrarse con ningún otro cuerpo. Pero el silencio podía con ella. A principio de mes se había dedicado a llamar a las puertas del pasillo, pero no respondió nadie. Se quejó de ello a su jefe, pero éste meneó la cabeza y, sin ninguna convicción, respondió:
—Es la época del año. La mitad está de vacaciones.
Él también tenía los ojos muertos, o moribundos. Julia dejó de llamar a las puertas. Esperó a que llamaran a la suya. Su esposo decía que era un extraño resurgimiento de su vieja paranoia de la clandestinidad: los federales iban a aparecer por la noche con órdenes de registro. Sus hijos se reían de ella y decían que mamá había perdido la cabeza.
Pero no la había perdido. La ausencia de los editores no era la única prueba. Los productores también se mantenían apartados. Sabían que algo no funcionaba en la planta veinte. Sabían que los aparatos técnicos tenían fallos y que era necesario mandar las películas a gente subcontratada hasta que la cadena pudiera solucionar el problema. Y lo que era peor: los editores parecían estar enfermando, como si fueran frutos colgados de un árbol enfermo. Los productores sabían que ellos serían los siguientes en el turno, así que hicieron lo que cualquier persona en sus cabales haría: en lugar de pulir sus currículos e ir a cualquier otra parte en busca de trabajo, algo impensable dado que no había ningún otro lugar en el mundo de la televisión, se aseguraron de que sus historias les obligaran a estar de viaje continuamente.
Julia reflexionaba acerca del lujo y de la suerte que suponía tener movilidad. Los productores podían viajar por trabajo, podían moverse, eran libres. Los editores estaban atados a sus sillas, en las sombras, metidos en habitaciones. Eran esclavos.
—¿Puedo sentarme contigo?
Era Austen Trotta, vestido con un chaleco de color caqui y una camisa de cuadros de manga corta. Tenía una ensalada griega entre las manos, pero ella supo al instante que él no se le había acercado para socializar. Había venido a hablar de los problemas con ella. Ese rostro arrugado le pareció increíblemente amable, como el de Dios a un niño de cinco años. Dios no le había dado la espalda.
Él abrió la bandeja de plástico de la comida y se quedó mirando con expresión triste los trozos de queso feta y los filetes de anchoa.
—Te lo cambio.
Ella rio:
—No, gracias.
Julia se dio cuenta de que a él le resultaría difícil sentarse en el espigón, así que fue a sentarse a uno de los bancos.
—Quiero disculparme —dijo él.
—¿Por qué motivo?
—El pasado otoño intentaste decirme algo sobre esas cintas de Rumania y yo no quise escucharte.
Ella se había olvidado de eso, habían pasado muchas cosas desde entonces.
—¿Y lo sacas ahora, después de tanto tiempo? —preguntó.
Allí, sentada con él, se sintió menos sola de lo que se había sentido en meses. Sus ojos delataban que él también había oído y visto cosas extrañas y que no tenía a nadie a quién contárselo.
—Algo malo ha sucedido en la planta veinte. Algo terrible.
Ella asintió con la cabeza.
—Sí.
Él se lo contó todo. Ella ya lo sabía, en parte. Se había enterado, igual que todos los demás, de la inminente llegada de Evangeline Harker. Sabía, además, que Edward Prince había empezado a comportarse de forma extraña y que estaba encerrado en su oficina, pero no lo había atribuido a lo que sucedía en la zona de edición. Pero mientras Trotta le hablaba del encuentro con Stimson Beevers, sintió un escalofrío y un temor más profundo de lo que había sentido nunca.
—¿Alguien aparte de Prince ha visto a esa figura del hampa, Torgu? —preguntó ella.
—Debe de haber otros, sí. Se supone que Beevers. La cuestión es si yo debería verle.
Ella percibió la falta de decisión de Trotta. No se le había acercado simplemente para compartir las penas, sino que quería saber qué decisión tomar. Ella le contó todo lo que había visto y oído desde el otoño: los ruidos de las máquinas, la ausencia de los productores y de los editores en los pasillos, las palabras en los visionados, el contagio de la podredumbre.
—Necesito saber una cosa —dijo él.
Julia percibió un brillo de sospecha en su mirada; ella también albergaba las suyas.
—Vale.
—¿Sabes a qué me refiero cuando hablo de la voz?
Ella lo sabía.
—A los nombres.
—¿Quién más lo sabe? ¿Lo sabe alguien?
—Bob Rogers cree que lo sabe. Hace bastante tiempo que le dije que teníamos un problema, pero él me dijo que se trataba de la cadena, y que lo único que se podía hacer era parapetarse y resistir en silencio, como Martin Luther King. Dijo exactamente eso. La verdad es que fui a la cadena, pero a ellos no les importó en absoluto. Esos problemas jugaban a su favor en la cuestión de sacarse de encima a Rogers. Me dijeron que no me preocupara, que realizarían una investigación interna completa. Mientras tanto contratarían a editores externos para montar las piezas.
Julia se dio cuenta de que esas noticias acerca de la cadena interesaban profundamente a Austen. Él tenía sus sospechas.
—¿Cuánto tiempo se suponía que se necesitaría para llevar a cabo esa completa investigación interna?
—Indefinido.
—Lo suficiente para dejar que cavemos nuestra propia tumba. —No había tocado la ensalada—. Estamos dejados de la mano de dios.
Julia no veía otra alternativa:
—Tienes que reunirte con ese tipo, Austen. Reúnete con tus condiciones y hazte una idea más cabal de la amenaza que significa. Y, luego, plantéalo en la gran reunión de la semana que viene. Aclarémoslo todo, veamos qué más saben los demás. La unión hace la fuerza. ¿Sabes a qué me refiero?
Él le dirigió una mirada burlona.
—¿La unión hace la fuerza? ¿Contra esto? ¿De verdad lo crees?
—Sí. Si vas a la policía ahora, tú solo, ¿qué es lo que tienes? Ni siquiera la cadena te va a respaldar. Pero si vamos como una unidad, como los periodistas más respetados de la televisión, conseguiremos que nos escuchen. Mientras tanto, intentemos hacer que ese tipo salga a la luz. Si está en alguna parte de la planta, eso
Él tartamudeó:
—¿Puedo hacer una pregunta ridícula? ¿En completa confianza?
Ella asintió con la cabeza.
—Una vez insinuaste que nos encontrábamos ante algo... ni siquiera puedo nombrarlo. Con algo no del todo normal. ¿Comprendes a qué me refiero?
Julia se lo confirmó.
—Estaba equivocada. Esto no es una historia de fantasmas, Austen. Por primera vez me doy cuenta de ello. Quizá Rogers no esté tan equivocado. O quizá nos estemos enfrentando con alguien que quiere hacer daño al programa. Quizá no sea la cadena, sino alguien que tiene sus propios motivos. Mucha gente nos odia, Austen. Y si tienen acceso a la tecnología adecuada, cualquier cosa es posible. ¿Sabes qué quiero decir?
Trotta no parecía convencido y Julia intentó otra vía:
—De acuerdo. Digamos que estoy equivocada. ¿Tú crees que nos enfrentamos con algo sobrenatural?
Él negó con la cabeza, como distraído con algún pensamiento oscuro.
—Supongo que no.
Ella cambió de tema:
—¿En quién más podemos confiar?
Él la miró de reojo.
—En nadie —dijo—. No dejaré que me tomen por un idiota.
Julia pensó en Sally Benchborn, pero no estaba segura. Después del visionado de la pieza sobre ese gurú de la salud, Sally se había mantenido a distancia.
—¿Y Evangeline Harker?
Trotta rechazó la idea con un gesto vigoroso.
—No la metamos en esto.
Julia percibió cierta emoción: él sabía más de lo que estaba diciendo.
—Ella forma parte de esto, ¿verdad? Ella y su prometido. Tú me lo dijiste.
Trotta desvió la mirada hacia el agua. El calor se había hecho sofocante, incluso a pesar de la brisa.
—¿Existe alguna posibilidad de que Evangeline Harker sepa con qué nos estamos enfrentando?
Trotta se levantó del banco. Ella tuvo otro momento de revelación y siguió su intuición:
—Ese hombre a quien Prince entrevistó debe de tener algo que ver con Rumania, ¿verdad? Tenemos que hacer que ella intervenga en esto, Austen.
—No.
Julia no acababa de creerle.
—¿Te importa si se lo pregunto?
—Casi hice que la mataran una vez, cuando le pedí que fuera a Rumania. No voy a arriesgar su vida por segunda vez. Te estoy pidiendo un favor: no le digas ni una palabra. Te lo imploro.
Se levantó y le dedicó una extraña reverencia antes de alejarse hacia la sombra de los edificios que rodeaban Battery Park. Austen Trotta era de la vieja escuela: utilizaba palabras como «implorar». Él sabía cómo implorar. Pero ella se negaba a acatar esa noción de caballerosidad. Por primera vez empezaba a percibir la posibilidad de una cura a la dolencia que sufrían en la planta. Trotta también lo percibía, pero su conciencia no le permitía llevarla a cabo. Ella no tenía ese tipo de escrúpulos. Iba a encontrar a Evangeline Harker. Iba a descubrir la verdad de todo ese asunto y Evangeline Harker era la clave de ello.
Al día siguiente, Julia fue a la oficina casi corriendo: Evangeline tenía que volver al trabajo esa mañana, o eso era lo que le habían dicho. Además, había otras cosas que comentar con Austen. No habían hablado de los detalles del plan. De hecho, se daba cuenta de que Austen no había estado de acuerdo con nada. Julia fue a buscar a Peach, quien le informó de que Austen no iba a llegar hasta media mañana.
—¿Y Evangeline Harker? —preguntó Julia.
—Está por aquí.
—¿La has visto?
—Por supuesto —contestó Peach, como si esa mujer no hubiera desaparecido nunca.
Peach miró la pantalla de su ordenador y se metió un trozo de manzana frita en la boca. No respondía a nadie excepto a Austen. Aún así dijo:
—Mira en su oficina.
Evangeline Harker no estaba en su oficina. Julia preguntó a todas las personas con quienes se cruzó, pero nadie la había visto.
Miggison pareció ofendido: nadie se lo había dicho.
—¿Está viva?
Julia volvió a donde se encontraba Peach.
—¿De verdad que la has visto?
Peach se limpió el azúcar de los dedos con una servilleta.
—La he visto. Tiene buen aspecto, de haber descansado. No diría tanto del aspecto de su pelo. ¿Has mirado en los lavabos de señoras?
Julia se dirigió allí. Evangeline Harker acababa de salir, le dijo una voz desde detrás de una puerta cerrada. Julia siguió esa pista invisible. Llegó al final de uno de los pasillos centrales, hasta el cruce entre la entrada a la zona de edición y el callejón del magreo. Sacó la cabeza hacia las sombras que envolvían las cajas y vio algo.
—¿Evangeline?
Una extraña belleza apareció. Julia no estaba segura, al principio. Esa mujer parecía más alta, tenía un aire más remoto, y era más seria que Evangeline. Se dio cuenta de qué había querido decir Peach con lo del pelo. El cabello de Evangeline siempre había sido liso y ahora era rizado, pero no parecía una permanente de este mundo: los rizos le caían por los hombros en dirección a la cintura. Tenía una mirada más profunda; esos ojos que antes habían mostrado una voluntad alegre, como si cualquier otra cosa hubiera delatado vulnerabilidad, ahora encerraban un violento dolor en los iris. Esos ojos le obligaban a uno a apartar la mirada. Su sentido de la moda había cambiado drásticamente. Llevaba unos vaqueros azules, algo impensable antes, y una camiseta amarilla que revelaba sus pechos de una forma tan directa que Julia se preguntó si Evangeline quería exhibirlos. ¿Se los había levantado? Muchas mujeres neoyorquinas, bajo presión, buscaban refugio en el cirujano plástico, pero Evangeline nunca pareció ser de esa clase de mujeres. Sus mejillas mostraban un brillante color rojo natural. Y en voz baja y densa, dijo:
—Él está en la planta.