Overblog Todos los blogs Blogs principales Estilo de vida
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU

MISTERIO.....TV.ONLINE;PELICULAS DE TODO LOS GENEROS,FUTBOL TODAS LAS LIGAS,DIBUJOS ANIMADOS GRAN VARIEDAD,DOCUMENTALES,SERIES TV,LIBROS PARA LEERLO COMO TODA LA SAGA DE CREPUSCULO,TIERRA DE VAMPIROS Y MUCHAS COSAS MAS......

Publicidad

LIBRO TIERRA DE VAMPIROS(capitulo 27º,28º,29º Y 30º)

tierra-de-vampiros.jpg
                                                                 VEINTISIETE

Según mi recuerdo de aquel momento, sucedieron varias cosas a la vez. Me di cuenta de que el BMW que me resultaba familiar era el que yo había alquilado, lo cual suscitaba unas preguntas que no tuve tiempo de formular. Clemmie se asustó como si hubiera visto a un muerto. Yo no sabía cómo explicarme. ¿Qué podría haberle dicho? La dejé y me fui corriendo hasta el coche, que tenía abolladuras y manchas de barro, Dios sabía por qué. Ella, u otra persona, había aparcado el coche en medio de la carretera, pero el motor estaba encendido y el otro pasajero parecía un hombre, que ahora caminaba a unos noventa metros por la carretera delante de la luz de los faros y en dirección a un objeto que yo no podía ver. Lo observé mientras retrocedía hasta el punto en que se encontraban los rayos de luz de los faros. Puse la mano sobre la puerta del copiloto y sentí que el metal estaba caliente. Agarré la manecilla y abrí la puerta.

Clemmie pronunció un nombre en voz alta:

—¡¿Todd?! —Él no respondió. Ella gritó—: ¡Vuelve aquí!

Yo entré en el coche y cerré las puertas por dentro. Me di cuenta de que Clemmie se volvía hacia mí y me miraba, dándose cuenta de que me encontraba casi desnuda, todavía llevaba colgando su crucifijo y tenía el largo y desagradable cuchillo en la mano. Yo no tenía tiempo para prestar atención a su conmoción. Todavía estaba bajo los efectos de la mía.

Bajé la ventanilla.

—Tenemos que salir de aquí —dije—. Ahora. Por favor.

Miré en la dirección en que apuntaban los faros del coche y seguí su trayectoria hacia las sombras, entre las cuales su compañero, Todd, acababa de desaparecer. Ella se acercó a mí y miró hacia dentro del coche.

—En nombre de Dios, ¿qué...?

—¿Dios? —Pronuncié esa única palabra con una furia helada. Estaba hambrienta, exhausta y me dolía todo terriblemente. El pie empezaba a sangrarme otra vez. El alcohol, el ataque, la huida a campo través, todo eso había sido demasiado. Ella se dio cuenta. Lo dejó estar, asintiendo con la cabeza. Volvió a gritar el nombre:

—¡Todd!

Pero él no volvió. Busqué las llaves en el contacto y las encontré. No me sentía en condiciones de conducir, pero iba a hacerlo si ella no lo hacía. Pareció que Clemmie comprendía. Dio la vuelta hasta el lado del conductor y subió al coche. Cambió de marcha, aceleró, bajó la ventanilla y volvió a gritar su nombre.

—Es hombre muerto —dije yo.

—Vimos algo tirado en la carretera —explicó Clemmie—. Entonces, él salió del coche pero «eso» ya no estaba allí.

—Una emboscada.

Ella me dirigió una mirada desconfiada, como si yo fuera más temible que cualquier cosa que pudiera haber ahí fuera.

—Evangeline...

—Te he dicho que tu amigo está muerto. Vayámonos de aquí.

A la izquierda, a unos cuantos metros de la carretera, se encontraba el mausoleo, o lo que fuera. Un bosque de pinos empezaba pocos metros por detrás del edificio.

—Está ahí fuera —dije yo—. Le noto.

—¿Quién? ¿Tu hombre? ¿El tipo del hotel? ¿Ha sido él quien te ha hecho esto?

Entonces recordé que se habían encontrado, si es que ésa era la palabra. Me había parecido que se conocían. Ella esperaba una respuesta, pero no pude ofrecérsela. Estaba a punto de marearme.

—Clemmie —murmuré, apretando el puño en el mango del cuchillo.

Ella dijo:

—Si te refieres a él, no está ahí fuera. Se ha marchado. Le he visto esta noche en el hotel de Brasov. Un chófer lo llevó hacia el sur, a Bucarest. Por eso estoy aquí.

Yo la miré, aturdida, comprendiendo el significado de esas palabras.

—¿Bucarest? —Iba al aeropuerto internacional.

Antes de que ella pudiera responder, vi unas formas que emergían de entre los pinos. Uno de esos horribles brazos se metió por la ventanilla y agarró a Clemmie por el cabello.

—¡Jesús! —chilló.

Clemmie puso el coche en marcha y salimos disparadas. La mano desapareció. Recorrimos cuarenta y cinco metros y casi atropellamos a un hombre que debía de ser Todd y que había aparecido caminando en dirección a los faros del coche con las manos en la garganta y una sustancia oscura que le manchaba la parte delantera de la camisa de franela roja. Pareció que casi no nos veía. Clemmie apretó los frenos.

—Oh, Dios —la oí susurrar—. Oh, no. —Alargó la mano para que yo se la cogiera.

—Es demasiado tarde para él —dije—. Tienes que continuar, o nosotras seremos las siguientes.

La boca de Clemmie se había convertido en un agujero negro en su rostro; al cabo de un segundo, un sonido gutural de angustia emergió de su garganta. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron por la voluntad de vivir. Alargué el brazo por delante del cuerpo de Clemmie para subir la ventanilla. Los ojos de Todd brillaron con una última expresión de sorpresa. Tenía el cuello abierto. Convertirse en mártir de un sacrificio humano es una de esas cosas que nadie quiere para sí. Todd era un vehículo para comunicarse con los muertos. Las palabras de Torgu manaron de mi memoria, pero él se había marchado, según Clemmie, así que Todd era simplemente una víctima. Los hermanos griegos aparecieron ante la luz, a su lado. Esta vez eran tres. Los ojos oscuros y el pelo largo y negro parecían moverse en el aire. Rodearon a ese hombre con los brazos igual que lo habían hecho con el noruego. Clemmie emitió un lamento. Una gota de sangre manó de los labios de Todd y uno de los hermanos le empujó hacia la noche. Los otros dos me hicieron señas para que saliera del coche. Les amenacé con el cuchillo, lo vieron, y sonrieron. Conocían su función. Sacaron sus cuchillos, los filos se iluminaron con los faros del coche. Clemmie tomó una decisión: revolucionó el motor, puso una marcha y apretó el acelerador. La goma se quemó. Iba a atropellarles. Le clavé las uñas en el brazo.

—¡No va a funcionar!

Ella gritó:

—¡Quítame las manos de encima!

Los hermanos Vourkulaki cargaron contra el coche. Uno de ellos aterrizó sobre el capó, el otro aplastó la empuñadura del cuchillo contra mi ventanilla, rompiendo el cristal. Clemmie se precipitó contra la figura de un hombre que estaba agachado al lado de otra figura más oscura tumbada en el suelo: Todd.

—En tu nombre —murmuró—, pido perdón.

Cambió de marcha otra vez y pilló a la figura de lleno, que salió despedida hacia la oscuridad. La que se encontraba en el capó cayó rodando. Bajo las ruedas, oímos el desagradable golpe contra un cuerpo inanimado, la última profanación de su amigo. Frenó de golpe, el coche se tambaleó y ella dio marcha atrás inmediatamente. No iba a detenerse. Otro de los Vourkulaki se acercó a la ventanilla; sus labios dibujaban una mueca de rabia. Bajo las luces rojas traseras vi al tercero. «Tres —pensé—, no más.» Clemmie embistió con el parachoques trasero al que teníamos detrás, y oímos un fuerte gruñido. Aceleró el coche hacia delante y yo entreví un movimiento por el espejo retrovisor: los tres se precipitaban para perseguirnos con los rostros blancos como la luna invisible, los ojos negros, los cuchillos levantados como garras. Me pareció oír que elevaban un aullido hacia las estrellas. A los hermanos no se les podía matar con un BMW.



                                                   VEINTIOCHO

Cuando estuvimos lejos, Clemmie dijo:

—Por favor, cuéntame qué está pasando.

Las lágrimas le caían por el rostro. Respiraba con dificultad, se encontraba en un estado de pánico que iba en aumento.

—Todavía no —respondí—. Vayámonos de aquí, primero.

—¿Eran... son...? —No pudo terminar la frase, pero supe qué estaba preguntando.

—No sé qué son.

Giró el volante a la derecha para esquivar un tronco de abedul.

—Toma —dijo mientras alargaba el brazo hacia el asiento trasero y sacaba una mochila—. Ropa.

Casi lloré de gratitud. Busqué en la mochila y encontré un suéter de cuello alto y un pantalón tejano. Me desvestí allí mismo y ella me miró mientras yo metía los trozos de cortina y el sujetador en la mochila.

—¿Cómo estamos de gasolina?

—Mal.

Aceleró cuesta arriba, por debajo de unos altos árboles.

—Da igual. Alejémonos de aquí tanto como podamos —dije.

Ella asintió con la cabeza con un gesto que me pareció demasiado rápido. Su miedo parecía inundar el coche. Se agarraba al volante como si éste fuera la única rama en un despeñadero.

—Deberíamos encontrar una estación de esquí —dije mientras pasaba las manos por el tejano y el suéter y sentía, por primera vez, una conexión entre mis sentidos y algo que se parecía al mundo real. Tomé incluso mayor conciencia del estado en que ella me había encontrado. ¿Qué demonios debió de pensar?

Ella asintió con la cabeza.

—Nos pararemos allí para pasar la noche.

—No. Seguro que él espera eso. Tenemos que bajar de estas montañas.

—Ya te lo he dicho. Se ha marchado.

El coche tenía calefacción, pero yo tenía mucho frío en mi interior. Me rodeé el cuerpo con los brazos y sentí, de repente, una gran pesadez. Me di cuenta de que le decía:

—Por favor, no te detengas. —Me enrosqué un poco de costado—. Discúlpame.

—Estás disculpada —oí que respondía.

Me desperté. El coche se había detenido y vi las siluetas de unos edificios tipo chalet. Clemmie se había ido. La llamé con un grito. Su cabeza apareció por la ventanilla trasera del lado del conductor.

—Relájate. Estoy preguntando.

Estaba muy oscuro. Las estrellas habían desaparecido. Ella me dejó y caminó unos pasos en dirección a un hombre que llevaba un destrozado sombrero y un bastón en la mano izquierda. Parecía un pastor, y no creía que hablara ni una palabra de inglés.

Miré hacia atrás, hacia ese embrujo de bosques. Vi de dónde veníamos, una irregular carretera que serpenteaba desde unos valles envueltos en la noche, más allá de la estación de esquí. Los pálidos hermanos podían aparecer desde esa quietud en cualquier instante.

Me tomé el pulso de la muñeca; lo tenía desbocado. Recordé que tenía cacahuetes en el bolso; éste se encontraba a mis pies, y casi lo destrocé mientras los buscaba. Encontré la bolsa y la rompí, esparciendo los cacahuetes por todas partes. Los recogí del suelo y me los metí en la boca, tenía un hambre repugnante.

Clemmie volvió al coche y me vio. Apartó la mirada.

—No hay gasolineras abiertas a estas horas. Podemos quedarnos en uno de estos hoteles hasta la mañana para llenar el depósito, o podemos aventurarnos en la oscuridad, pero quizá nos quedemos sin gasolina en la carretera. Tú decides.

—Nos aventuramos.

Ella se despidió del pastor con la mano y nos marchamos. Cuando hubimos dejado atrás la estación de esquí, sentí que el miedo iba abandonándome de forma gradual, y que el suyo, también.

—Quince kilómetros para Brasov —dijo—. Quizá lleguemos.

Despierta y alerta, con un hambre rabiosa, empecé a pensar.

—¿Qué estás haciendo aquí arriba? —pregunté.

—Buscarte.

—¿Cómo? ¿Por qué? No me lo creo.

Me miró de reojo mientras conducía, con una expresión de profunda interrogación.

—¿Tienes idea de cuánto hace que has desaparecido?

Yo negué con la cabeza.

—¿Una semana?

—Tres. —Hizo una pausa para permitir que yo lo digiriera.

—Imposible —dije.

—Has perdido la noción del tiempo. La policía rumana ha estado batiendo estas colinas. Ha habido una investigación por parte del FBI y del Departamento de Estado. No puedes imaginarte el lío que has armado.

Intenté contar los días que sabía que habían transcurrido mientras estaba en la montaña. No hubo forma de que sumaran tres semanas.

Pero, por alguna razón, creía a Clemmie. Parecía que Torgu había aprisionado al tiempo allí arriba también.

—¿Cómo es posible que tú me hayas encontrado y que ellos no? —le pregunté.

—Yo sabía a quién y qué buscar.

La miré, confusa. No lo comprendía. Ella dirigió la mirada hacia el indicador de gasolina y, luego, a la carretera, que descendía en unas curvas amplias y suaves. Casi hubiera podido apagar el motor.

—¿Recuerdas esa noche en el hotel? —me preguntó.

Asentí con la cabeza.

—Justo en ese momento supe que tenías problemas. Sabía que ese hombre... ¿cómo se llamaba?

El nombre me resultó repugnante en los labios.

—Torgu.

—Supe que era algo malo. Y él sabía que yo lo sabía. ¿Te diste cuenta de cómo me miró?

Yo recordé ese momento.

—¿Por qué no me lo advertiste?

Se hizo un silencio y supe que había sido una pregunta tonta. Yo no la hubiera escuchado.

—Lo intenté, a mi manera —dijo. Y lo había hecho. Me había dado el crucifijo—. Lo siento. Me hubiera gustado hacerlo mejor.

El coche inició otro descenso, otro nivel en la montaña. Clemmie continuó explicándose con un tono de culpa en la voz.

—Esperé fuera a que te marcharas del hotel. Cuando subiste a su coche, yo me encontraba en un taxi a un bloque de distancia, y te seguimos todo lo que pudimos. —Sus palabras me evocaron recuerdos de esa noche, antes de que pasara nada—. Llegué hasta la estación de esquí. Le vi detenerse y escupir por la ventanilla, y entonces, no sé cómo, mi taxista os perdió. Recorrimos las carreteras durante horas, pero... nada.

—Posiblemente el taxista trabajara para él —dije yo.

—Quizá. Sí. Se me ocurrió más tarde.

Mientras descendíamos en coche, tuve la sensación de estar volando; no era la clase de sensación que se tiene en un avión, sino más bien la que le sobreviene a uno después de un largo sueño, un suave aterrizaje dormido.

—Bueno —continuó Clemmie—. Sabía que estabas allí arriba. Y me imaginé que volverías al hotel; tenía la esperanza de que lo hicieras. Así que esperé, pero no volviste.

Sentí que me embargaba una ola de emoción. Apoyé la cabeza entre las manos y lloré.

—Deben de creer que estoy muerta... —sollocé—. Todos.

—Yo lo creí —dijo Clemmie en voz baja, con pena—. Incluso cuando apareciste entre la hierba, no tuve la seguridad de que no lo estuvieras. Ni siquiera ahora la tengo.

Levanté la mirada hasta Clemmie y ella me puso la mano en la rodilla con ternura. La sensación de pesadez se escapó por las rendijas y conductos del coche y mis sentidos se apagaron hasta que volví a quedarme dormida. Cuando me desperté, estaba amaneciendo. El coche se había detenido. Una luz limpia y azul atravesaba el cristal. Me incorporé y estiré las piernas. El pie izquierdo me dolía terriblemente. Sentí un pinchazo muy fuerte en la cabeza y una desagradable sensación en el pecho. Me precipité por encima del muro de contención y vomité los cacahuetes. Clem corrió a mi lado, me sujetó el cabello con una mano y, con la otra, me masajeó la espalda. Después, a la luz del amanecer, miramos las llanuras de Transilvania.

—La gasolina se ha terminado, Evangeline. Tendremos que poner el coche en punto muerto para bajar desde aquí. —Me dio un masaje en el cuello—. ¿Quieres que eche un vistazo al pie?

Hice un gesto negativo con la cabeza. No quería que me tocaran más. Sólo quería que me dejaran sola.

—¿Vas a decirme alguna vez qué te ha sucedido?

Negué otra vez con la cabeza.

—Tú todavía no me lo has contado todo. ¿Cuándo viste a Torgu?

Clemmie me observó detenidamente con una expresión de suspicacia benigna.

—Muy bien. Tienes un aspecto infernal, y eso no es asunto mío, y Dios es testigo de que nunca diré nada sobre esa vestimenta que llevabas cuando te encontré, pero antes o después tendrás que explicarle a alguien dónde has estado durante todo este tiempo. Lo sabes, ¿verdad?

La verdad es que no se me había ocurrido. Ahora que Clemmie lo mencionaba, no tenía ni idea de qué decirle, ni a ella ni a nadie más. Todo ese asunto parecía indescriptible, y me di cuenta, con un escalofrío, de que no me era posible volver con mis seres queridos. Lo verían. Lo sabrían. Yo había cambiado. Mi encuentro con esa Cosa me había cambiado de una manera que resultaba visible y evidente. Sentí náuseas al pensar en Robert, mi prometido, me pregunté qué vería él en mi rostro, qué notaría en mi voz. Me preguntaría por el anillo de compromiso, y tendría que mentirle y decirle que lo había perdido. Y él se daría cuenta de la mentira y querría saber más, y yo tendría que decírselo. ¿Y si intentaba tocarme? ¿Qué, entonces? ¿Sería yo la mujer que él recordaba, u otra persona capaz de exhibiciones que él nunca había imaginado? ¿O me quedaría helada de terror?

Y más allá de todas esas consideraciones había otra cosa, la corriente de palabras en mi cabeza, ese flujo y reflujo, como una grieta de locura en la distancia. No sería posible revelar la verdad de esos sonidos sin dar a entender a todo el mundo que había perdido la cordura. No podía contarles que el hombre que me había atacado había cobrado vida en mi mente. Ni yo misma podía creerlo.

Ella pareció leerme el pensamiento.

—Vale. Vi a ese hombre, Torgu, ayer por la tarde. Para serte sincera, yo había dejado de ir al hotel. Con ayuda de Todd... —se interrumpió, desbordada por la emoción. No lloró, pero se llevó una mano a los labios y esperó un momento a que se le pasara.

—Lo siento —dije.

Quitó importancia a mis palabras con un gesto.

—Él era como yo. Trabajamos juntos en Jordania hace mucho tiempo. Le encontré en un café. Estaba llevando a cabo una pequeña misión en algún centro, al estilo de la vieja iglesia. Le hablé de ti y se ofreció a ayudarme.

Se quedó callada un rato más. Era mi turno de ofrecer consuelo. Le puse una mano en el hombro. El sol, desde las montañas, nos calentaba.

—Bueno —dijo finalmente, levantando la vista hacia el BMW—, eso fue más o menos una semana después de que te hubieras marchado, y de repente se me ocurrió que tu coche de alquiler todavía debía de estar aparcado en el garaje del hotel. El mozo recordaba que yo había estado en ese coche, aceptó un regalo y me dio las llaves, y Todd y yo empezamos a recorrer las colinas. Él hablaba un poco de rumano, así que íbamos ofreciendo la descripción de ti y del tipo, y cada vez me sentía más preocupada. En cuanto mencionábamos a ese tipo, cuando le describíamos, la gente se quedaba en silencio. Se santiguaban, ya sabes, como en las películas...

Yo me acerqué al precipicio y miré hacia abajo. Allí se encontraban los tejados rojos de una vieja ciudad. Más allá, la llanura se perdía.

—Me lo creo —dije.

—Eso continuó así durante una semana más o menos, y entonces empecé a ver muchos coches aquí arriba y a todo tipo de hombres, y me pareció que empezaba a ser un poco peligroso continuar conduciendo un coche que había pertenecido a una mujer desaparecida. Hace cinco días, tu foto apareció en las calles de la ciudad. Aparqué el coche en un bosque y Todd y yo nos turnamos en el hotel, él durante la mañana y yo durante la tarde. Fue un encanto.

—Continúa.

—Bueno, yo estaba sentada en el vestíbulo del hotel, leyendo un prospecto que Todd me había dado, cuando ya sabes quién entró por la puerta. Tenía un aspecto horroroso, como si estuviera consumido, pero era el mismo tipo.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

—¿Estás segura?

—Positivo. —Incluso el brillante sol de la mañana pareció palidecer. Oí su voz en mi cabeza, como un viento que recorriera unos profundos cañones de emoción. Le noté. Quería notarle—. Fue hacia el recepcionista y le dio unos cuantos billetes. Yo me levanté; no quería que me viera. Salí del vestíbulo por la puerta principal y esperé. No había pasado mucho rato cuando él salió del hotel y se subió a una limusina que se había detenido delante. En cuanto ésta hubo arrancado, fui a buscar al botones que se había encargado del equipaje, tres o cuatro bultos, y le di mi último fajo de dólares americanos. Le pregunté quién era, y él me miró de forma extraña. Le dije que era estadounidense, y que bailaba en un bar de la ciudad, y que a ese hombre se le había acumulado la cuenta y yo estaba muy cabreada. Era un chico amable. Quizá se pensó que yo bailaría para él. Me dijo que era un tipo rico, y que se dirigía a Bucarest. Y supe que ésa era mi oportunidad.

Yo meneé la cabeza, asombrada. Estaba sucediendo de verdad.

—Se va a Nueva York —dije.

—¿A Nueva York?

Lo dijo en un tono de incredulidad, y no podía culparla. No parecía posible que ese hombre intentara de verdad llegar a Estados Unidos, no ahora, no con su expediente criminal. Pero no podía decirle nada más a Clemmie. No estaba preparada.

—Todavía no lo comprendo —dije—. ¿Cómo es que estabas en esa carretera ayer por la noche?

Me miró con una expresión de cierto orgullo.

—En parte fue por suerte, y en parte, a causa del botones. Le pregunté si sabía dónde vivía ese tipo rico y él soltó una carcajada y me dijo que tenía un hotel arriba, en las montañas. Nadie va allí ya, pero se encuentra en la carretera, al otro lado del valle de esquí. Todd y yo subimos al coche y recorrimos toda la zona. —Su rostro se ensombreció otra vez—. Nos detuvimos sólo porque vimos algo en la carretera. Evidentemente, esos hombres te estaban buscando.

Se inclinó hacia delante y recogió unas piedrecitas del suelo. Las tiró contra las ramas de los árboles que se extendían por debajo de nosotras. Me miró con expresión de súplica.

—Yo también tengo preguntas, Evangeline.

—Lo sé.

Arqueó una ceja.

—¿De verdad quieres tener secretos conmigo? ¿Después de que te haya encontrado en la oscuridad vestida solamente con unos andrajos? —Recogió unas cuantas piedras más y las tiró hacia abajo—. Sé quién soy, sé lo que hice. Provoqué la muerte de Todd. Pero ¿qué has hecho tú? —Suspiró con impaciencia—. Tenemos que tomar una decisión, Evangeline.

Fue hasta el coche y sacó la mochila. Se la colgó de la espalda. Pusimos el coche en punto muerto y lo empujamos colina abajo hasta unos matorrales. Con un mudo acuerdo, consideramos que el vehículo se había convertido en una carga. Las hojas de los árboles habían empezado a cambiar de color, pero el día era caluroso. Empezamos a caminar.



                                                              VEINTINUEVE

Al fin, empecé a sentir necesidad de hablar, aunque solamente fuera para decirme a mí misma que todo eso había ocurrido de verdad, y Clemmie estuvo contenta de escuchar. No hizo ni una pregunta. Le conté casi todo, aunque no mencioné la parte de mi último encuentro con Torgu. Ella era una cristiana devota, me dije, y no lo comprendería. O quizá sí lo comprendiera, pero yo no quería que lo supiera. Si lo sabía, me pondría en peligro, me decía una voz interna; no quería que nadie lo supiera hasta que yo comprendiera qué era lo que tenía dentro.

Yo guardaba un importante y creciente secreto, y en ese secreto residía un importante y creciente poder. Clemmie me escuchó con una calma ávida, y no mostró ninguna sorpresa ni siquiera ante los detalles más inexplicables. Cuando terminé, habíamos llegado a los límites de Brasov.

—Uau —exclamó Clemmie, apartando la mirada—. Entiendo por qué te ponía nerviosa contarme esa historia.

Continuamos descendiendo y pasamos por delante de unos cuantos restaurantes y una tienda de comestibles. En la pared de al lado de la tienda había una foto de mi rostro. Esa foto se había hecho el verano anterior, en Newport, y no era mala excepto por el hecho, pensé, de que la mujer de esa foto ya no existía. Me pregunté si también habría fotos del noruego. ¿Sabía alguien que él había desaparecido? Clemmie también vio la foto y me miró. Yo no cambié el paso. Estaba hambrienta, pero se me había terminado el dinero en metálico, y a ella también. Finalmente llegamos hasta un grupo de gente, unos turistas extranjeros que bajaban de un autobús.

—Disculpen —dijo Clemmie—. ¿Podrían decirnos si hay un consulado americano en esta ciudad?

Una pegatina de la Universidad de Tel Aviv delataba la identidad de los extranjeros: unos israelíes que hacían turismo. Un hombre corpulento de ademanes bruscos se adelantó. Me miró y luego miró a Clemmie.

—¿Puedo ayudarlas?

—Hemos tenido problemas con gente de aquí —dijo Clemmie—. Mi amiga no está en buenas condiciones.

No necesitaba que le convencieran. Mi aspecto relataba una historia de terror. Me puso una mano en la frente; debía de estar caliente.

—¿Es usted judía? —me preguntó.

—No.

—Mmm, tiene aspecto de judía. ¿Puede caminar? ¿Quiere apoyarse en mi brazo? Hay un hospital aquí cerca.

Clemmie le detuvo.

—Por favor, señor, es muy amable, pero no queremos recibir asistencia médica todavía. Necesitamos ser discretas hasta que podamos hablar con algún funcionario del gobierno de Estados Unidos.

Una de las mujeres dijo con voz chillona:

—Daniel, es una chica lista. Y la otra no tiene por qué vérselas con los médicos rumanos. Dales un poco de dinero y vámonos.

—¿Necesitan dinero? —Se sacó un fajo del bolsillo y apartó unos cuantos billetes.

—No, señor. Estamos bien. Podemos volver a Bucarest en autoestop.

Él la obligó a aceptar unos cuantos billetes.

—No sea ridícula.

Al cabo de unos minutos nos estábamos comiendo un schitzel de cerdo, harina de maíz con leche y una ensalada de tomate con queso de cabra.

—Eres muy lista —le dije.

Ella se sonrojó.

—Gracias. Viene con el oficio. Siempre estamos buscando financiación.

Me pregunté de qué oficio hablaba; no necesariamente el del Reino de los Cielos. Sentí una necesidad bastante urgente de saberlo. Clemmie se había convertido en mi nexo vital con el resto del mundo, y era el único testigo humano de mi situación. Esa coincidencia me olía a conspiración. Debía de tener motivos más importantes que la mera preocupación por mi bienestar, pensé. Casi no me conocía, ¿por qué se preocupaba por mí?

—¿En qué diablos andas, Clemmie? De verdad.

—Ya te lo conté.

Intenté provocarla.

—Quizá no seas ni siquiera cristiana y sólo seas una loca a quien le gusta asumir identidades distintas. Eso es lo que pienso.

—Eh —dijo ella—, ¿qué le ha pasado a tu anillo de compromiso? —Esa fue su forma de provocarme, pero lo preguntó con cierto tono de preocupación. Recordé la manera en que lo había mirado durante nuestro primer encuentro. Se había mostrado más interesada en el anillo que yo.

—Lo he perdido —le dije.

Meneó la cabeza, como si no pudiera creérselo. Quizá yo la asustara un poco. No se trataba de la situación: una mujer desaparecida, un compañero asesinado, una escena monstruosa. Era una cosa más básica. A falta de una palabra mejor, lo llamaría mi propio ser. Mi ser recientemente cambiado le provocaba escalofríos involuntarios.

—¿Te lo quitaron?

—Sí —mentí.

Apartó la mirada y me contó otra mentira.

—Me creo tu historia. Cualquier otra persona la calificaría de extravagante, y quizá señalara las lagunas, las cosas omitidas. Pero yo no. ¿Por qué crees que actúo así?

—Tú crees que Jesús se levantó de entre los muertos. ¿Por qué no ibas a creerme a mí?

Clemmie se rio con desdén y la gente levantó la vista. No le importó.

—Tienes una pobre opinión de mis creencias. La resurrección de Jesús se basa en el testimonio de testigos presenciales que están recogidos nada menos que en cuatro versiones. Tu historia tiene una única, y potencialmente poco fiable, fuente. Mucha gente muy religiosa no aceptaría ni por un minuto una historia acerca de un hombre que bebe sangre humana y que habla una especie de lenguaje que infecta a la gente que lo oye. Te acusarían de desorden de personalidad múltiple. Pero yo no. Yo sé que todo es verdad y, con la mano en el corazón, te creeré hasta la muerte.

Ella me había salvado, sí, pero una parte mía empezaba a detectar una vaga amenaza.

—Si te lo crees, Clemmie, es porque sabes algo. —Por eso había seguido a Torgu a las montañas. Por eso me había dado el crucifijo. Pero su conocimiento tenía límites. Había sido lo bastante ignorante para darme un crucifijo como protección frente a una criatura que coleccionaba esos malditos objetos—. Tú eres lo único que tengo en este momento. Si sabes algo, será mejor que lo digas.

Clemmie se llevó el índice a los labios. Habíamos llamado la atención. El resto de conversaciones del restaurante se habían interrumpido. La gente miraba mi rostro disimuladamente, como si lo hubieran reconocido. Ella dejó un billete en la mesa y dimos un paseo por toda Brasov, una ciudad medieval que tenía una iglesia negra quemada en el centro. Las nubes habían tapado el cielo y semejaban cuencos retumbantes en el azul. El aire tenía carga eléctrica. A lo lejos, al sur, un relámpago golpeó las montañas. El pie empezaba a dolerme de verdad e iba coja.

—¿De verdad no quieres que le eche un vistazo a eso? —preguntó, pinchándome.

—Deja de preguntármelo. —Sentí que un pánico irracional me inundaba el pecho. Ella quería silenciar los susurros de mi cabeza, se afanaba en contra de los intereses más profundos de mi corazón. No sabía de qué manera, ni sabía por qué, pero se había aliado con mis enemigos—. Dime lo que sabes.

Clemmie me sonrió. Le gustaba mostrarse evasiva, una característica de la chica típica de Dallas. Yo conocía eso muy bien; también tenía esa parte evasiva. Pero esa vez no pude seguirle el juego. Mi vida corría peligro; más que mi vida. Empecé a sentir como una desconexión conmigo misma, como si mi cuerpo se encontrara dos pasos a mi izquierda y a cada paso que yo daba, se apartara más. En los límites de mi conciencia, además, la voz murmuraba con un ritmo alarmado: «Caporetto, Solferino, Borodino, Manzikert».

—¿Estás preparada para creerte mi historia igual que yo me creo la tuya? —preguntó Clemmie.

Asentí con la cabeza a pesar de la creciente neblina que inundaba mi conciencia. Oí los nombres y cerré los ojos, en un vano esfuerzo para impedirles el paso, pero eso lo empeoró. Al cerrar los ojos vi algo parecido a una panorámica. Vi humo y el brillo del acero y un despliegue de formas humanas desmembradas. Estaban muy lejos, pero las veía, igual que vi los parasoles de los cafés al abrir los ojos de nuevo. Ambas cosas eran reales. Continuaba viéndolas a ambas. Sonó un trueno, pero ese ruido no consiguió disipar esa doble visión.

—No soy una misionera —confesó Clemmie.

—Eres una agente del cambio. Me lo dijiste.

—No. Quiero decir que tengo una misión completamente distinta.

En mi vida, unas cuantas veces he vivido la sensación de ver, literalmente, a una persona cambiar ante mis ojos. Y Clemmie lo hizo, justo en ese momento. En mi imaginación, ella era una misionera, incluso a pesar de que tenía mis dudas acerca de su sinceridad. Ahora me encontraba mirando a una persona a quien no conocía en absoluto, un enigma total. Esa revelación me aterrorizó.

—No era exactamente una mentira —dijo—. Simplemente es lo que le decimos a la gente que no lo puede comprender.

—¿Decimos?

El aire de la montaña levantaba las faldas de los parasoles de los cafés. Pronto iba a llover. Yo no podría caminar mucho más, pero no tenía ni idea de adónde ir. Notaba que en mí crecía una sensación de desesperación, como si el miedo que había sentido en la montaña resurgiera para unirse al horror de lo que esa mujer estaba a punto de contarme.

—Estoy afiliada a una organización llamada Central Mundial de Pastores de Dios, la CMPD. Al principio me contrataron, y realicé el trabajo habitual en el sur de Asia y en África. Ese trabajo incluía unos cuantos exorcismos, aunque no vivíamos de eso. Lo llamábamos la liberación. Vimos muchas cosas, mi esposo y yo.

Esa confesión me alivió, un poco, del miedo a la locura. Yo no era la única que había visto cosas inaceptables.

—Pero hace un año, después de que mi esposo se marchara (y eso fue tras el incidente de Malawi, después de que nos hubiéramos mudado a Cachemira) me mandaron a Londres, al campamento base, para un reciclaje formativo. —Me miró unos momentos, analizándome. No me gustó cómo sonaba la expresión «campamento base» por su connotación militar. Ella percibió mi incomodidad, creo, pero continuó—: Estoy subcontratada por una sucursal de la CMPD llamada Comisión de lo Oculto, y nuestro trabajo consiste en aislar los fenómenos que el mundo condena por estar relacionados con la nigromancia y otras formas de actividad esotérica.

Esto casi me hizo reír.

—¿Crees que Torgu es Satán?

Me miró con una expresión muy seria. Noté una renovada sensación de que se trataba de una conspiración. Ella tenía sus designios: quería saber algo acerca de las voces de mi cabeza; quería saber qué me decían. Eso era el principio de un interrogatorio.

—Eres tú quien habla de exorcismos —dije.

Clemmie levantó las manos como lo hubiera hecho una profesora, apresurándose a negar cualquier idea errónea.

—Lo siento. Es que nunca llamamos Satán ni a nadie ni a nada. Sólo lo utilizamos cómo un término técnico. Satán es una fuerza demasiado enorme, una infección demasiado grande del alma o de la mente. Tu hombre no es Satán, pero si lo que me cuentas es verdad, lleva su semilla.

Lo pensé un momento y negué con la cabeza. Me froté las sienes. De repente, me sentí protectora con Torgu, y ese sentimiento me puso enferma. Torgu no tenía ese tipo de virus. El era mejor que eso.

—Él crucifijo no significaba nada para él. Colecciona objetos procedentes de desastres, y algunos de ellos eran, son, imágenes sagradas. Nunca me pareció profano, al contrario. Tenía algo extrañamente espiritual.

Clemmie actuó como si nos hubiéramos desviado del tema. Hizo un gesto negativo con la cabeza. Quería volver a su explicación.

—Soy una analista. No he hacer más que esperar y observar en esos lugares, en esos momentos, cuando hay pruebas de la existencia de un problema. Satán gobierna esta tierra; lo sabemos por las Escrituras. No es un secreto, y nuestro trabajo no consiste en modificar el viejo sistema operativo. Solamente nos inmiscuimos cuando nuestros intereses se ven afectados. En este caso, hasta tu desaparición no lo estuvieron.

—¿Por qué soy de interés para tu comisión?

—No lo eres. Ni siquiera saben que existes. Pero me interesas a mí y eso es lo que importa.

—¿Así que no les has hablado de mí?

—No les he hablado de nada durante semanas. No tienen ni idea de dónde estoy.

—¿No saben que estás en Rumania?

Negó con la cabeza, con un gesto casi pícaro.

—Me encontraba haciendo escala en Otopeni, entre un vuelo con El Al y uno con British Airways, cuando vi a esta guapa mujer y decidí seguirla. Tenía una comida. Eso es todo, un presentimiento de que había algún problema. A partir de ese momento, me ausenté sin permiso.

Esa información añadía una complejidad nueva al estado de cosas. Me había seguido por razones personales. ¿La creía? ¿Qué podía significar eso?

Ella era vulnerable. Las primeras gotas de lluvia cayeron con fuerza sobre los parasoles de los cafés, pero continuamos nuestro paseo. Los hombres miraban en nuestra dirección, intentando encontrarse con nuestras miradas. Era mejor continuar caminando, a pesar de mi pie.

—Básicamente, estás loca —dije.

—Loca como Jesús. —Se dio cuenta de que yo había percibido un punto débil en su fachada—. El encuentro contigo ha sido una cita divina. He sido enviada para protegerte, y lo he hecho, pero había otra razón para estar aquí, si eso te ofrece algún consuelo. En Londres oímos un rumor que tenía que ser comprobado. Es una especie de rutina nuestra. Los alemanes de aquí hablan de una cosa a la que llaman Ab.

—Así que no se trata de mí, después de todo.

—Se trata de ti, de Dios y de Ab.

Su voz sonó ligeramente temblorosa. Yo tenía miedo, pero ella también.

—Todo esto me suena a invención.

—Ab, como en «abdomen». —Se contuvo un momento—. Se pronuncia «Ob», una especie de abreviatura de la expresión alemana die Abwesenheit Gottes, o como en latín, deus absconditus. «Ausencia de Dios» o «Dios Ausente». O sólo «Ausencia», que sería una traducción mejor.

—¿Y quieres decir que eso es lo que me atacó?

Ella se hizo atrás. Era inteligente y calculadora.

—No lo sé. Esperaba que tú pudieras darme más detalles.

—«Ausencia» no creo que defina a esa cosa. Tenía una presencia excesiva.

Ante esa afirmación, adoptó un silencio cargado de significado que no tenía intención de delatar nada. Me pregunté qué era lo que debía de haber dicho. El pie se me empezó a dormir, y supe que no podría continuar caminando mucho rato más.

—De todas formas —continué yo, nerviosa por la creciente y evidente ansiedad de ella, como si acabara de descubrir una pista de gran importancia—, ese Ab tuyo suena más a una condición que a una cosa real.

—Eso parecería, pero la gente de aquí, los descendientes de los inmigrantes sajones del siglo xiii, hablan de eso como de una persona. Dicen que esa condición se puede extender, como el vampirismo.

Al decir eso, me dirigió otra mirada ansiosa, como si esa misma condición me hubiera afectado a mí. ¿Creía que yo me estaba convirtiendo en un vampiro?

—¿Dicen qué aspecto tiene esa criatura? —pregunté.

Se oyó otro trueno, un chasquido y un latigazo, y la lluvia se desplomó desde el cielo. Tuvimos que refugiarnos en una portería de piedra y pronto estuvimos empapadas. El dolor del pie me había subido hasta el tobillo. Al cabo de poco tiempo tendría que rendirme a las necesidades físicas, y ella también. Ella temblaba, mojada y con frío, pero continuó hablando sin dejar de mirarme. Todas las palabras que le salían de los labios se habían convertido en una pregunta.

—No existe ninguna descripción en el folclore, ni ninguna mención en los textos relevantes la sugiere. Pero vi al hombre con quien te encontraste en el hotel, y en ese instante supe que me encontraba ante el Ab de los sajones.

Me asaltó un impulso salvaje. Quería estrangularla. Las voces me latían en las sienes como si fueran mi pulso. Ella se inclinó hacia delante. Tenía una gota de agua en la punta de la nariz.

—¿No puedes decirme nada más, Evangeline?

Por primera vez me di cuenta de que llevaba la misma camisa rosa de niña bien que vestía la primera vez que nos encontramos. El agua le había empapado la ropa y se le había pegado al cuerpo. Me volví para mirarla a la cara y me di cuenta de que, en verdad, era unos dos centímetros más alta que yo. Los ojos le brillaban con suspicacia. A mí me castañeteaban los dientes. El frío se me había metido en los huesos. En mi defensa, levantó un puño amenazador al cielo.

—Maldito seas —le dijo a Dios.

—No es posible que seas cristiana.

Me cortó con una mirada oscura.

—Au contraire. Mi fe se enraíza en lugares más profundos de lo que puedan imaginar los más virtuosos de este mundo. —Esbozó una sonrisa cruel y torcida—. Soy la merodeadora del Señor, Evangeline. Ten cuidado.

Nos preparamos para empaparnos otra vez y corrimos bajo la tormenta. Ella me tomó de la mano. El agua corría formando remolinos entre las piedras antiguas y nos lamía los tobillos. Llegamos ante un hotel en ruinas. Clemmie le dio un fajo de billetes al recepcionista y pidió una habitación. Él nos miró y nos dio una gruesa llave de metal. La habitación era húmeda y mohosa, tenía aspecto de no estar en uso, pero yo me quité la ropa mojada. Estaba a punto de meterme debajo de las sábanas cuando ella me puso la mano en la cadera.

—No tan deprisa. Voy a echarle un vistazo a tu pie, primero. Túmbate de espaldas.

Ella no se había desvestido y yo me sentía avergonzada de mi desnudez, pero hice lo que me había dicho. Se sentó en el extremo de la cama con un tubo de Neosporin que había sacado de la mochila empapada y, con cuidado, me levantó el tobillo. Mientras me lo sujetaba con la mano, utilizó un extremo de su camisa mojada para limpiarme la tierra y las agujas de pino de la herida. Yo chillé, y ella me acarició el pie y se disculpó. Cerré los ojos y le permití continuar con su lento trabajo. Terminó con la herida y continuó limpiándome las piernas con la camisa húmeda con un movimiento ondulante que no se detenía. Yo la dejé hacer. Había perdido la capacidad de resistirme. Me frotó todo el cuerpo, haciéndome rodar hacia un lado y luego hacia el otro. Cuando hubo terminado, se detuvo y me puso un dedo sobre el abdomen.

—¿Qué es esto? —preguntó, otra vez con ese tono de ansiedad en la voz. Yo miré hacia abajo y vi algo parecido a una marca de nacimiento, pero no era posible. Nunca la había visto antes. Me recordaba vagamente la forma de una esvástica, y pensé que debía de ser un moratón.

—No lo sé —dije.

La examinó más de cerca, con el ceño fruncido. Se quitó la ropa y vi su cuerpo por primera vez, desgarbado y delgado, pero fuerte y de un vigor que yo nunca había tenido. Era una chica de pelo liso, pura y simple.

Se metió debajo de las sábanas, se acurrucó a mi lado y, mientras la lluvia caía, continuó con su interrogatorio. No dejaría de perseguirme. Quería obtener algo precioso de mí.

—¿Te sientes mejor? —preguntó.

La miré fijamente a los ojos.

—¿Dijeron los sajones cómo matar a esa cosa de la que hablabas? —le pregunté yo.

Estábamos tumbadas de costado, de cara la una a la otra, dándonos calor. Me acarició la mejilla.

—Tenía la esperanza de que tú podrías contarme alguna cosa sobre eso.

Noté que el pánico me encendía las mejillas.

—Si lo hubiera matado, lo habría dicho.

Las voces aleteaban como alas de pájaro en mi cabeza. Ella volvió a acariciarme la mejilla y yo aparté sus dedos. La lluvia golpeaba las paredes exteriores.

—Quizá no lo mataste, pero te escapaste. ¿No puedes decirme cómo?

Yo aparté la mirada. Ella me puso un dedo en la barbilla y me obligó a mirarla a los ojos.

—Vaya, ¿te estás ruborizando? ¿Qué es lo que no me estás diciendo?

El rostro le brillaba por la lluvia. Tenía los labios entreabiertos, como si pronunciaran una pregunta constantemente. Yo quería que se callara. Quería hacerle daño. Quería que dejara de hacer preguntas. Me rozó el vientre con la más suave de las caricias.

—No se lo dirás a nadie —le dije—. Mientras vivas.

—Nunca.

Acerqué los labios a su oreja, húmeda y fría. Posó las manos en mi cintura mientras escuchaba.

—Lo sabía—susurró.

Sus manos se desplazaron desde mi cintura hasta mi abdomen, donde había descubierto la extraña marca. Me besó en los labios.

 

 

                                                              TREINTA

Nada en esta narración pretende ser frívolo. He intentado, en lo posible, ser simplemente honesta. Mi sexualidad es un tema importante en este asunto, relevante para el resultado de los sucesos. Diré que, durante las pocas semanas de nuestra relación amorosa, sentí un profundo afecto por Clemmie, aunque nunca tuve la sensación de que nuestra situación fuese duradera. De hecho, tuve premoniciones de lo que estaba por venir. Quizá fue Torgu, incluso entonces, que me susurraba nuestro futuro. Mientras hacíamos esas cosas en esa cama, me decía a mí misma que a mí no me gustaban las mujeres en general, pero la experiencia en el hotel de la montaña había desbloqueado ciertas cosas en mí, me había desviado de las líneas de fuerza y de los conceptos que habían marcado la mayoría de mis elecciones durante la vida. Esas líneas eran falsas. Todos nosotros somos todo aquello que la especie ha sido siempre. Ahora lo sé.

Pero no me equivocaría si dijera que, en esos momentos, permití que me pusiera las manos encima por la misma razón por la que me exhibí ante Torgu: por una cuestión de supervivencia. Clemmie quería algo más que sexo. Quería respuestas, y yo no iba a ofrecérselas. Lo que podía darle era otra clase de respuesta. Podía protegerme a mí misma distrayéndola. Si ella quería disfrutar de mí, en esas horas de absoluto miedo y confusión, yo se lo permitiría. Me parecía muy poco, en señal de agradecimiento, permitir que tuviera lo que deseaba. Soy mucho peor que cobarde, ahora lo veo, pero me perdono el error. Lo perdono todo. Yo quería vivir.

A la mañana siguiente salimos a buscar comida, evitando la mirada hosca del recepcionista, y Clemmie formuló una pregunta práctica.

—Y ahora ¿qué?

Nos estábamos quedando sin dinero. Esa iba a ser nuestra última noche en el hotel. Nos iríamos y venderíamos el coche de alquiler. Antes o después, yo tendría que enfrentarme al mundo.

—No puedo, todavía —repuse, pensando en Torgu. A cada día que pasaba, yo me sentía más como su seguidora y menos como su víctima. No puedo explicar esa transformación de mis sensaciones, pero era como si me estuvieran dando caza, y Clemmie, sin saberlo, se había convertido en uno de los cazadores. Ella todavía no sabía que había conseguido su presa—. ¿No podemos deambular un poco, sin más? Hasta que sea capaz de saber qué voy a decir. ¿Te gustaría?

—Lo que hemos hecho no es ningún pecado —me dijo en tono cortante, como si yo la hubiera acusado—. Jesús no lo menciona ni una sola vez.

—Por supuesto que no. No lo decía en ese sentido. Sólo he querido decir... me gustaría...

—Lo siento. —Se había ruborizado. Me dirigió otra de esas miradas ansiosas—. Quizás eso no te parezca muy cristiano, pero ¿por qué no mientes? Di que te encontraste con un gánster, que te violó, que te golpeó y que te encerró hasta que pudiste escapar. ¿Quién lo pondría en duda?

Si hubiera sido simplemente cuestión de mi inocencia, pensé, hubiera ido a la policía en ese mismo momento. Pero era esa otra cosa lo que me impedía hacerlo, el nacimiento de ese oscuro y nuevo yo. No quería rendirlo, no quería perder el poder. Pensaba que mi rostro delataría mi complicidad; que la policía lo vería. Clemmie ya lo había visto, aunque no lo sabía. Todavía no quería creerlo. Pero al final lo creería, y yo tendría que manejar la situación. En lugar de mentir a la policía, le dije una media mentira a ella.

—No soy buena mintiendo.

En general, eso era verdad. Siempre he dicho lo que pienso, incluso cuando mis palabras han ofendido a la gente. No se lo conté a Clemmie, pero una vez Robert me hizo un gran cumplido; me dijo que él sabía cuándo me había complacido en la cama porque yo no decía nada hasta que no pasaba algo de verdad, y ése no era un hecho frecuente. En esos momentos todo se había convertido en su contrario. Mi historia se había convertido en una mentira. Mi rostro, mis ojos y mis labios disimulaban la mentira. La verdad discurría como un río por mi mente, inundándome. Ella no lo veía, engañada por su conocimiento limitado, pero mis colegas en La hora, que me conocían, lo verían. Detectarían cada laguna de mi historia antes que yo. Si me habían golpeado, ¿dónde estaban las marcas? ¿Dónde me habían retenido? ¿Quién había sido mi secuestrador, el criminal más famoso del hampa de Europa del Este?, un hombre a quien muchos creían muerto; un hombre que, para otros, era un mito. ¿Por qué no había ido directamente a la policía? ¿Por qué había estado vagando por Rumania con esa mujer? No podía enfrentarme a ellos sin tener respuestas contundentes.

—Cuando vaya a las autoridades —le dije—, voy a contarles exactamente lo que me ha sucedido. Se lo voy a contar con exactitud. Si no, no tiene sentido.

Entrecerró los ojos con expresión dubitativa. Me di cuenta de que había empezado a cuestionar mis motivos, pero ella también estaba dividida. «Debo mantenerla a mi lado un poco más», pensé. Ella dijo que deberíamos volver a Bucarest, pero le dije que era demasiado arriesgado. Había demasiados policías en la carretera, demasiada actividad en general. Y si íbamos hacia el sur, tendríamos que atravesar las montañas de Torgu otra vez, y yo no podía hacerlo. Recordé los mapas del país que había visto y creí que era mejor ir hacia el norte, en dirección a la cordillera este de las montañas. Al otro lado de la cordillera estaba la autopista nacional y podríamos tomarla hacia el sur, hacia la capital. Para entonces, le dije, yo estaría preparada para entregarme. Ella me creyó.

Octubre terminaba, y el tiempo se hizo más frío. Compramos gasolina, recuperamos el BMW y lo vendimos por quinientos dólares al propietario del hotel donde nos habíamos escondido de la lluvia. Él no hizo preguntas. Con ese dinero, Clemmie y yo compramos unas botas de segunda mano, calcetines y unos suéteres a una vieja gitana. También necesitábamos provisiones y, en las afueras de la ciudad, entramos en un campo de manzanos cargados de frutos rojos y crujientes y llenamos la mochila. Las carreteras de Transilvania tienen dos carriles y son estrechas, y están pobladas por un tipo de tráfico propio de distintas épocas históricas: camiones de gasóleo, carros tirados por caballos, pastores a pie con sus rebaños. Nos mantuvimos alejadas de los vehículos motorizados y nos subimos a la parte trasera de los carros de paja. El ritmo era lento, pero la gente era amable y nos ofrecían cebollas, lomo curado y otros alimentos sencillos. Por la noche, dormíamos en graneros, almiares o silos; en cualquier parte que pudiéramos. El tiempo empeoró, y algunos días nos quedábamos dentro. En un pueblo húngaro pasamos una semana realizando tareas en una granja, cuidando de los niños pequeños, barriendo suelos, pelando maíz. No hablamos mucho. No había nada que decir. Yo me sentía como si hubiera pasado de un sueño, una pesadilla, a otro, un idilio en el que las cosas tenían tan poco sentido como antes.

Presencié por primera vez una nevada rumana. Estábamos acurrucadas la una junto a la otra en un granero que tenía una cruz en el tejado, a punto de dejar atrás la llanura y de iniciar el ascenso a la cordillera. Clemmie me abrazaba y me hablaba de ella. Su madre estaba en Chicago, pero su padre murió cuando ella era pequeña. De joven, tuvo la oportunidad de ir a West Point, pero renunció al final del segundo año. Era demasiado religiosa para muchos de los otros cadetes, y la vida militar no estaba hecha para ella. La vida de misionera, sí. Las situaciones sociales le resultaban difíciles. Le gustaba encontrarse en el límite de las cosas; vivir en lugares donde terminaba una cultura y empezaba otra. Siempre había salido con chicos y con chicas, y nunca se había sentido cómoda sólo de una manera o de otra; Dios amaba a todas sus criaturas. Sólo había estado enamorada una vez, de una mujer, otra cristiana, pero no habían sido capaces de manejar las contradicciones. De todas formas, la mujer había muerto de cáncer. Yo lloré mientras la escuchaba, pero Clemmie no quería compasión. Me pidió que le hablara más de mí. No pude. No había nada que decir. Yo ya no era yo. Los susurros de mi cabeza se habían hecho más potentes y parecían señalar en una dirección. Antes, en la montaña de Torgu, me habían parecido malignos. Pero, poco a poco, los susurros se habían convertido en algo íntimo, y algunas veces en que habían remitido yo había sentido la angustia de una pérdida inefable. El suave e insistente goteo de esos nombres de lugares se convirtió en una canción que yo deseaba cantar, pero, por mucho que lo intentara, todavía no era capaz encontrar las palabras. Cuando Clemmie no podía oírme, yo intentaba repetir esos susurros, recitarlos con los labios de la misma forma en que fluían por mi mente, con el mismo ritmo. A veces me movía al ritmo de esa canción, pero entonces ella me dirigía una penetrante mirada y ese impulso moría.

Empezó a suceder algo incluso más seductor. Al cerrar los ojos, empecé a ver esas palabras, a verlas de verdad, como un panorama del desastre. Al cerrar los ojos, empecé a notar cosas. Podía tocar la piel de esas palabras, que era como la piel de los caídos. Podía observar los ojos de los moribundos; me arrodillaba a su lado en las calles, en las trincheras, en sus casas, y les tomaba de la mano. Una noche, me desperté gritando de un sueño que reposaba entre las sílabas de unas palabras como serpientes en un saco. En ese sueño, yo me encontraba en una casa en un valle. La puerta se abría con un crujido y oía unos pasos en el vestíbulo, los de unos hombres que hablaban en un idioma que no comprendía. Entraban en la habitación y un hombre, Robert, saltaba fuera de la cama. Ellos le sujetaban, torciéndole los brazos detrás de la espalda, y le cortaban el cuello. Entonces se dirigían hacia mí y mientras yo gritaba, me violaban. Y mientras el último intruso me violaba, me clavaba un cuchillo entre las costillas, hasta el corazón. Creí que acababa de despertarme de un sueño que hablaba de mi propia muerte, pero no era eso. Abrí los ojos y tenía el cabello de la mujer en la boca. Yo me había convertido en el último de los violadores. Tenía el cuchillo de Torgu en la mano, y lo estaba empujando entre las piernas de la mujer. Con un gesto mecánico, clavé el cuchillo entre las costillas de la mujer hasta su corazón. Me desperté gritando, y Clemmie me abrazó.

Me preguntó qué sucedía, y le conté una pequeña mentira. Le dije que yo estaba en el centro de la ciudad, ese día, en Nueva York, durante los ataques —lo cual era cierto—, y que había tenido un sueño acerca de ello —lo cual era falso.

—Pobrecita —dijo, pero no pareció completamente convencida—. Deja que eche otro vistazo a esas marcas.

Me levanté la camisa y ella pasó el dedo por encima de una esvástica, una medialuna y una línea de caracteres cuneiformes.

—Hay más —dijo—. Es una especie de sarpullido, pero no tiene aspecto de escritura, ¿verdad? —Levantó la mirada—. ¿Duele?

Yo negué con la cabeza. El sarpullido no me provocaba ningún dolor físico. Pero sentía esas marcas como si me hubieran sido grabadas en la mente en lugar de en el cuerpo. No se lo dije; no le dije que ese sarpullido se me metía en la sangre como las voces en la cabeza, que ambas manaban de la misma fuente.

Unos días después, mientras subíamos por la carretera por encima del Paso Borgo —una subida muy dura— ella me oyó.

—¿Qué has dicho?—preguntó.

Yo me sobresalté. Tuve la horrible idea de que podía leerme el pensamiento.

—¿De qué estás hablando?

—De esos susurros. ¿Estás rezando?

—Yo no rezo; eso es para ti.

Ella se detuvo.

—¿Qué diablos está sucediendo, Evangeline?

Yo me negué a responder. Continué caminando.

—No hagas eso. Está sucediendo algo y tengo que saberlo. Nos enfrentamos con temas serios aquí. ¿Puedo confiar en ti? —inquirió.

Yo continué caminando.

—¡Estás pronunciando nombres de lugares bíblicos! —gritó—. ¿Lo sabes?

En la parte más alta del paso había un hotel que había sido construido por los comunistas para capitalizar el turismo relacionado con las ideas que los occidentales tienen sobre los vampiros. No podíamos permitirnos pagar una habitación, pero la seguridad era escasa y esperamos hasta que apareció un autobús con turistas. Nos mezclamos con la masa, la mayoría alemanes y daneses, y nos separamos de ellos cuando llegaron a la recepción. En muchos sentidos,

Clemmie tenía un don para detectar los detalles más desapercibidos. Llegamos a una parte del hotel que no tenía ni calefacción ni electricidad. Estaríamos heladas allí, pero disponíamos de nuestros cuerpos, nuestros jerséis y nuestras mantas.

Ella seguía enfadada conmigo, y durante un rato estuvimos en silencio, mordisqueando la última manzana y compartiendo una lata de Coca-Cola que habíamos reservado.

Mientras aplastaba la lata, me dijo:

—Cuando lleguemos al otro lado de esta cordillera, continuarás sola.

Tiré el corazón de la manzana. Había llegado el momento.

—Oh, ¿de verdad?

Ella adoptó una expresión de desconfianza.

—Ya no me gusta la manera en que me miras —dijo.

—¿Ah, sí?

Ella estaba sentada co

Publicidad
n la espalda apoyada en la cama deshecha y me miraba como si yo fuera a morderla.

—Te gusto mucho cuando te desvisto —le dije.

—Te aprovechas de ello.

—Te gusta.

Los ojos le brillaron con miedo y deseo. Yo me puse de rodillas, apoyé las manos en sus hombros, la empujé contra la cama y la besé en los labios.

Se le aceleró la respiración.

—No te disgusta la manera en que te beso.

Ella me empujó.

—Algo no está bien, Evangeline. Estás cambiando ante mis ojos.

Unos días antes, esas palabras me hubieran alarmado. Pero ahora la veía tal y como era de verdad, una fanática religiosa asustada que se encontraba cara a cara con su peor pesadilla. Era preciosa en su error. La sujeté contra el lateral de la cama y la besé otra vez. Ella me abofeteó. Yo la abofeteé. Intentó desasirse de mí, saltar por encima de la cama y llegar hasta la puerta, pero yo la sujeté por las piernas. Me había vuelto fuerte. La sujeté y la arrastré hacia mí. La apreté contra la cama y le arranqué el suéter y la camiseta.

—Suéltame —dijo.

—¿Te acuerdas de Todd? —le pregunté—. ¿O he hecho que le olvides por completo?

Estaba temblando bajo mis manos. Me quité el jersey. Vi las venas azules en sus sienes, en su cuello y en sus pechos. Agarré sus pechos con las manos, puse los labios sobre ellos y, por primera vez, noté el sabor de la sangre debajo de la piel. Quería comerla viva. Y sabía que, si lo hacía, oiría con fuerza y claridad la canción que sonaba en el lejano horizonte de mi conciencia, oiría por fin las palabras detrás de las palabras, y las cosas cobrarían sentido. Esa era la respuesta. Me encontraría en el interior de las visiones de mi cabeza de una manera que no había estado antes. La sujeté y le quité el resto de la ropa y le puse las manos dentro, en cada lugar que podía ser tocado, y su interior tenía la calidez de la sangre, ya cada segundo pensaba cuánto más profundo podía penetrar, cuánto más lejos podía ir, y qué requeriría eso, y qué llegaría a saber cuando ella se encontrara desparramada y desmembrada delante de mí, y en el instante previo a que este nuevo yo decidiera desmembrarla, me aparté de su cuerpo y chillé con toda la fuerza de mis pulmones para que esa cosa saliera de mi mente.

Clementine me miró aterrorizada. Yo continué chillando. No podía parar. Esa cosa no abandonaría mi mente a no ser que yo la arrancara a chillidos. Las palabras se desvanecerían solamente si yo las aniquilaba con mi voz.

Clemmie recogió la ropa precipitadamente, pero ya era demasiado tarde. Ya estaba desnuda, tal y como a ellos les gustaba, tal y como ellos querían. Yo ya oía el retumbar de los pasos. Estaban llegando. Pero no era la policía, era mucho peor que eso, e intenté decírselo. Habíamos penetrado en una parte del hotel que era inaccesible a los otros seres humanos. Habíamos entrado en la parte del hotel de Torgu. Él medraba en los hoteles, en lo efímero que había en ellos. Le gustaban. Eran su único hogar y cuanto más decrépitos y horribles, más le atraían. Clemmie me agarró del brazo y me pellizcó. Por primera vez, la vi realmente aterrorizada.

—¿Es una trampa, perra?

Lo era. Dieron unos fuertes golpes contra la puerta. Los susurros en mi cabeza se hicieron más y más fuertes, se convirtieron en los gemidos de un hombre. Me había estado comunicando con él durante días, le había dicho dónde estábamos. Él me conocía, sabía lo que yo quería. Él me había regalado ese don, también. Ahora era capaz de escuchar nítidamente las palabras de los muertos, las oía como si las gritaran desde sus tumbas.

Las bisagras de la puerta cedieron. Los hermanos estaban de pie en el umbral. Cada uno tenía un cuchillo y un enorme cubo. Esos cubos colgaban a cada uno de sus costados, mecidos por un viento de susurros que barría todo el hotel, ráfagas de una gran tormenta, los nombres de las tumbas de la raza humana.

Ahora estoy aquí sentada, con la pluma en la mano, y sé la verdad. Desearía que Torgu hubiera venido. Desearía que los hermanos hubieran recorrido esa distancia y hubieran acabado con ella con sus cuchillos. Desearía, desearía. Pero es una mentira, por supuesto, como tantas otras. Torgu había abandonado Rumania. Los hermanos se encontraban a trescientos kilómetros de distancia. Clementine Spence y yo estábamos solas en esa habitación. Ella era mi solicitud del idioma de los muertos, el líquido de mi libación vertido en el suelo. Era mi trinchera de tierra sagrada. Me senté a horcajadas sobre su cuerpo desnudo y coloqué una mano implacable sobre su pecho. Saqué el cuchillo del bolso. Ella me imploró. Las mujeres que se acuestan con otras mujeres siempre han sido pasto de trabajos sagrados, y los cristianos nacieron para morir violentamente. Ambos crímenes son punibles. Le corté el cuello. Bebí su sangre. La vi morir.

 

 



Regresar al inicio
Compartir este post
Repost0
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post