MISTERIO.....TV.ONLINE;PELICULAS DE TODO LOS GENEROS,FUTBOL TODAS LAS LIGAS,DIBUJOS ANIMADOS GRAN VARIEDAD,DOCUMENTALES,SERIES TV,LIBROS PARA LEERLO COMO TODA LA SAGA DE CREPUSCULO,TIERRA DE VAMPIROS Y MUCHAS COSAS MAS......

E., acabo de vomitar en el lavamanos del lavabo de hombres. Austen lo ha visto, pero no me importa. No tiene ningún sentido continuar esta mascarada. No estás llevando a cabo una negociación en secreto. No puedes responder. El envío desde Rumanía confirma mis peores sospechas. No he podido ver las cintas, pero Julia dice que no hay nada en ellas. Dice que alguien ha grabado diez cintas de una silla en una habitación vacía. Imagínatelo, cinco horas de metraje. El audio captó unos vagos sonidos como de susurros. Miggison cree que podría ser solamente una pelusa en el micrófono, pero no está seguro de que el equipo de cámaras utilizara a un ingeniero de sonido. Podría haber habido un micrófono jirafa en algún sitio. La iluminación no está mal, así que alguien sabía lo que estaba haciendo, pero la luz cae sobre una silla de madera en un espacio que no nos dice nada; podría encontrarse en cualquier parte. Estas noticias me dejan paralizado. Lo siento mucho, E. Si existe el cielo, sé que estás en él con Ian.
Stimson, ¿estás ahí? Soy yo, Evangeline.
Oh, Dios mío. ¿Dónde diablos estás? ¿Estás bien?
Estoy bien. Supongo que recibisteis mi mensaje de voz. Las negociaciones han ido bien. ¿Habéis recibido las cintas que envié?
Sí. Las hemos recibido, aunque parece que debió de haber algún problema técnico. Pero no es nada comparado con saber que estás bien. Estábamos completamente aterrorizados. Tu padre estuvo aquí, Lockyear fue despedido. ¿Dónde estás ahora? ¡Dime!
¿Las cintas fueron aceptadas, Stim?
Perdona mi lenguaje, E., pero a la mierda las cintas! Necesito tus coordenadas, números de teléfono, todo. Vamos a ir a buscarte.
No. Antes de que continuemos, debo saberlo. Eran las grabaciones de la audición, y todo el mundo debe verlas antes de que hagamos esta historia. ¿Fueron aceptadas?
Sí, Claude Miggison firmó el recibo y las registró, y por lo que sé, se las dio a Julia Barnes para que las guardara. Eso significa que las aceptó. Pero Julia dice que no contienen nada, ¿comprendes? Nada excepto una silla. Dime algo. Dame una localización. Dime que estás bien.
Estoy bien, Stimson. Por favor, perdona que tardara tanto en responder. Han sido unas semanas difíciles; ten en cuenta que ha sido la negociación más difícil que he realizado para el programa, que estamos tratando con un cerebro del crimen que tiene unas exigencias de naturaleza bastante laberíntica y que ha manifestado el deseo de contarnos su historia personal antes de entregarse a las autoridades de Estados Unidos. Su propio gobierno lo quiere muerto, así que nuestra historia sería su seguro de vida contra el asesinato. Tiene información exclusiva sobre terrorismo, el crimen organizado en Rusia y el contrabando de armas nucleares. Por esta razón, es posible que continúe retenida para esta negociación un tiempo más. Ya he comunicado esta información a mis superiores, y te lo digo a ti porque has sido muy dulce al mandarme esa nota en la que me expresas tu afecto, y quería corresponder con un gesto de confianza. No debes decirles a los demás que hemos estado en contacto.
¿Has dicho corresponder?
Sí, pero no como tú desearías, quizá. No tengo tiempo para sentimentalismos, pero sí necesito a un amigo y a un aliado en esta enorme tarea que he acometido. Va a ser una historia que no se parecerá a ninguna otra de las que se han contado nunca, y sólo los más fuertes y los mejores podrán enfrentarse a ese desafío. Este trabajo ya me ha cambiado, mi querido amigo, y estoy segura de que te va a cambiar a ti también, si aceptas hacer todo lo que te diga. ¿Me mostrarás verdadera lealtad? Eso es lo que me pregunto, y lo que espero. Tu colega, Evangeline Harker.
LIBRO 3
La mente del corresponsal
VEINTE
Lunes, 5 de octubre
La peor parte de este diario terapéutico es el ritual de cerrar las cortinas. Cada vez que quiero escribir, tengo que fingir que voy a echar una siesta y correr las cortinas sobre las ventanas. Me hace parecer jodidamente viejo. Y como me hace parecer viejo, me siento viejo, y me siento culpable, y odio sentirme culpable por algo que me ordenó hacer un médico carísimo de Park Avenue. Mientras tanto, Peach sospecha que realizo alguna actividad nefanda. Cree que estoy abusando del Percocet e intenta racionármelo.
Debo dejar claras mis objeciones hacia este diario desde el principio. En primer lugar, y lo más importante, ha sido usted mal informado. No me desplomé durante una entrevista. El verbo desplomarse es una clara exageración del caso. Simplemente dejé de hablar, por razones desconocidas para mí. Me quedé sin habla. El entrevistado se alarmó y cuando vi su intranquilidad y me levanté para tranquilizarle, tropecé con un cable y me caí. Por favor, tome nota de mi aclaración. Desplomarse implica incapacitación, lo cual implica trastorno mental. Estoy perfectamente bien de la cabeza, a pesar de lo que mi empresa cree. Mi jefe, Bob Rogers, sospecha que la cadena está utilizando la idea de mi desplome para erosionar todavía más nuestra autoridad aquí en La hora. La emisora ha filtrado el asunto a la prensa, después de todo.
Pero me estoy adelantando. En primer lugar, para que este diario le resulte comprensible, doctor Bunten, y para que pueda evaluar con confianza el impacto que mi lugar de trabajo pueda estar causando en mis facultades mentales, creo que debo corregir unas cuantas percepciones incorrectas que usted tiene acerca de la naturaleza de mi contribución al programa. En concreto, una vez usted me preguntó si yo era el hombre más poderoso de los informativos de la televisión. Esta pregunta demuestra un nivel de ignorancia que puede ser comprensible dado el duradero éxito de La hora. Tal y como señaló usted, hemos guillotinado a unos cuantos infortunados, hemos ayudado por lo menos a un presidente a conseguir el cargo y hemos contribuido al deceso político de otro. Yo he estado personalmente involucrado en revocar una o dos penas de muerte. Pero la visión externa es equívoca en referencia a la parte de responsabilidad que me corresponde por los frutos de esta labor. Es más, tengo miedo de que, sin una adecuada introducción al delicado aunque brutal ecosistema darwinista en el cual he pasado la mayor parte de mi vida profesional, usted tenga tendencia a atribuir mi supuesto declive a algunas ideas vagas y estereotipadas relacionadas con el ataque del 11 de septiembre, un diagnóstico que yo rechazaría completa y categóricamente, en caso de que éste, desgraciadamente, se diera. Por favor, tome nota atentamente, porque no quiero tener que repetirme.
Tal y como usted sabe, soy un corresponsal. En un periódico, esta palabra es sinónimo de periodista. En nuestro negocio, el de la televisión, un corresponsal es alguien que aparece en la pantalla del televisor. Yo he sido una de esas personas bajo los focos durante cuatro décadas y media, desde principios de la década de 1960; diez años como corresponsal de noticias para televisión y treinta más como una de las caras familiares de un programa llamado La hora, que, según usted confesó, era uno de sus programas favoritos de televisión. Por una cuestión de absoluta claridad, y en caso de que usted no lo sepa, le diré que La hora es el programa de noticias de más audiencia de la televisión de Estados Unidos, y lo ha sido desde que se erigiera como pionera del formato magazine en ese feroz año de 1968, durante el cual los asesinatos, los levantamientos raciales, la guerra al otro lado del Atlántico y la música popular conspiraron para desbordar los límites de la franja habitual destinada a las noticias. Durante la última década, aproximadamente, ha habido cinco corresponsales habituales en La hora, cinco idiotas conocidos por millones de espectadores: los más famosos son Edward Price, el desgreñado asesino a sueldo de la nación, a quien usted afirma adorar; su humilde servidor, Sam Dambles, el favorito nacional, nuestro hombre tranquilo; Nina Vargtimmen, nuestra única mujer, con minifalda a los sesenta años; y Skipper Bland, la adquisición más reciente. Al contrario de lo que se cree popularmente, los corresponsales de La hora no son unos «masters del universo» que tienen el control absoluto de los destinos, ni tampoco unas simples marionetas movidas por unos hilos, ni pueden ser considerados periodistas que trabajan sobre el terreno.
Para obtener las historias, cada corresponsal depende de un equipo de ocho personas, formado por cuatro equipos de dos productores cada uno. Quizás usted no tenga idea de qué significa la palabra «productor» en este contexto. Un productor es una persona que traduce la información en imágenes, una especie de periodista que pasa la mayor parte de su vida consciente preocupado por qué sucesión de imágenes se necesitan. Sin imágenes no puede haber noticias en televisión. Sin imágenes, las palabras perecen como chipirones en la playa, así que a la mayoría de productores de La hora se les paga para que sean buenos con las imágenes, no para que sean periodistas de verdad. Para ese trabajo más riguroso, cada productor tiene un subordinado conocido como productor asociado, un colega más joven y menos experimentado que genera las ideas para las historias, arma esas ideas y luego sale al terreno para investigar la exactitud periodística y el potencial televisivo de las mismas. Por norma, los productores asociados funcionan como los guardianes de nuestro programa. Si huelen algún problema, nadie más tiene que olerlo. (Como un aparte de importancia indeterminada, debo mencionar otra, y poco conocida, pequeña casta de nuestro sistema. Como ayuda para esas misiones, estos equipos de productores se apoyan en la labor de un estrato que llamamos asociados de producción, unos jóvenes profesionales que reúnen metraje documental, que es lo que llamamos cinta vieja, filmada por equipos anteriores y que, a menudo, pertenece a otras emisoras. Esta gente también solicita las licencias y permisos de utilización de estos metrajes. Es un trabajo de esclavo mal pagado, y como consecuencia, los asociados de producción acostumbran a ser pobres, lo cual, con frecuencia, genera amargura y una disposición a filtrar noticias sobre nosotros tanto a los periódicos como a nuestros supervisores. La mayoría de ellos son bastante jóvenes, porque los jóvenes no valoran su tiempo y pueden ser explotados sin compasión por su deseo de formar parte de la marca en que se ha convertido La hora.)
Esta información debería servirle para captar la importancia de lo que sigue. Sin ella, nunca comprendería la razón por la cual ciertas circunstancias que se han dado en la planta veinte me han forzado a acudir a usted, doctor Bunten. Mis padecimientos personales han surgido a causa del esfuerzo por ser sincero conmigo mismo y con las historias que hemos estado contando durante los últimos treinta años contra una marea creciente de provincianismo y de insulsez.
¿Cómo confeccionamos nuestras historias? Cuando mis productores y sus equipos de cámaras han filmado el metraje suficiente, nos metemos en el cuarto de edición. La hora tiene su propio equipo de editores, los mejores de nuestro negocio, hombres y mujeres sindicados que han estado cortando fragmentos durante tanto tiempo como yo llevo en este trabajo. Para algunos productores, gracias a las diferencias de salario y, como consecuencia, de estrato social, los editores son considerados como un orden más bajo del ser humano. Apestan a funcionario obrero. Para mí, en relación con los productores, ellos son como los ángeles para los humanos. Y debemos rogar por nuestros ángeles. Como corresponsales, debemos presentarnos con el sombrero en la mano ante un hombre llamado Claude Miggison que supervisa los calendarios, para suplicarle los servicios de nuestros editores favoritos y, si están libres, si otro corresponsal no se ha fugado con ellos, podemos tener una oportunidad. No me importa confesar que yo nunca trabajo con un editor inadecuado: así de importante es asegurarse la alianza con el que resulte más apropiado. A un gran editor hay que manejarlo con amabilidad, besos y loanzas; hay que seducirle con vino y bombones por Navidad. Es una tarea agotadora e infame, pero es la verdad. A los editores hay que cortejarlos como si fueran mujeres volubles carentes de cualquier objetivo. Y cuando han sido cortejados, deben ser dominados, mimados y, ocasionalmente, sometidos.
Pero estoy divagando. Usted me preguntó antes cómo conseguimos reducir toda esa cinta, cientos de horas, a unos cuantos minutos. La respuesta es sencilla. El editor realiza un truco, el equivalente tecnológico al viejo número del pañuelo, en el cual el mago muestra un pañuelo rojo, lo sacude y, quién lo iba a decir, ese pañuelo emerge del sombrero anudado a veinte pañuelos más. El editor pone todos los trozos de cinta en una máquina que transforma la imagen analógica en un archivo digital —se digitaliza el material, como decimos nosotros— y cuando eso está hecho, todos los trozos separados de cinta se convierten en una parte de un gran pañuelo. Si se me permite ser más poético, ahora, en nuestro sistema, ese pañuelo embrujado de imágenes se convierte en un río que se vierte, al final, en el gran océano de imágenes disponibles en nuestros ordenadores, un océano que rodea el mundo y en el cual nos bañamos como polinesios felices.
Cuando montamos una pieza, en ese momento mágico, nosotros los polinesios ordenamos los mejores momentos en una secuencia de doce minutos. Atamos con fuerza esos momentos con tiras de palabras, lo que llamamos un guión. Pero el guión puede inducir a error, y debo dejar clara una cosa: La hora siempre ha estado dirigido a las entrevistas. No nos hemos especializado en movimientos de cámara extravagantes, interludios musicales, excesos de verborrea ni enormes cantidades de metraje de archivo. Vivimos y morimos según la calidad de las personas a quienes entrevistamos. Cuando mis productores asociados se lanzan al terreno, les recuerdo la necesidad de encontrar excelentes «personajes». Sí, doctor Bunten, personajes, igual que en un buen cuento o en una buena novela. Y así es como veo mi trabajo, como el de un cronista de pequeñas novelas visuales de la vida. Quizás es por eso por lo que me lo tomo de una forma tan personal. Quizás es por eso por lo que me he visto obligado, al final, a buscar ayuda entre los de su profesión. Con la ayuda de los productores y del editor, elaboro mis pequeñas novelas, quitando y poniendo, puliendo y sacando brillo hasta que cada fotograma comunica por sí mismo; recortando las entrevistas hasta dejar solamente los más exquisitos momentos de emoción y locura humana, hasta que estamos preparados para mostrar nuestro trabajo a los verdaderos señores del programa: mi jefe y sus asociados.
Y aquí está la respuesta a su absurda pregunta. ¿Soy el hombre más poderoso de los informativos de la televisión? Por supuesto, no; categóricamente no, si por poder usted entiende tener la autonomía necesaria para hacer lo que uno quiera, en el momento que quiera y con la suficiente abundancia económica, la única clase de poder que vale la pena poseer. Este honor pertenece a un hombre llamado Bob Rogers, fundador y productor ejecutivo de este programa durante más de tres décadas. Solamente Bob Rogers aprueba o rechaza nuestras historias, mucho antes de que los equipos de cámaras las filmen. Bob Rogers, con el consejo de sus dotados e intoxicados tenientes, revisa el producto final en la sala de visionado y, con un poco más de vulgaridad que un antiguo emperador romano —bueno, de entre los cinco mejores de ellos— muestra el pulgar hacia arriba o hacia abajo. No me importa confesar cuántas piezas maravillosas han sido salvajemente destruidas por una indigestión suya, pero también debo confesar que una cantidad innumerable de las mismas ha sido mejorada por su capricho. Cuando ha sido necesario, en ese sanctasanctórum que es la sala de visionado, los tenientes de Rogers se han peleado y han ganado, ha habido guerras civiles, se han destruido carreras, pero de todas estas peleas y marabuntas ha surgido parte de nuestro mayor éxito. Rogers es la más detestable de las criaturas, un merecedor depositario de la gracia de la fortuna, y yo sería un patán si no le reconociera mis modestos logros personales. Sin Rogers, ninguno de nosotros estaríamos aquí, doctor. Y, a pesar de ello, su locura y su manipulación van más allá de lo imaginable.
Una última palabra antes de tomarme otro Percocet para el dolor de espalda y caer en el sopor. Rogers será poderoso, pero no es omnipotente. Durante treinta años se ha peleado con nuestra cadena para mantener el control de este pequeño programa, que tiene sus despachos en la planta veinte de un edificio de oficinas del centro de la ciudad y que está, así, separado del grueso de las demás operaciones de la cadena, concentradas en una desparramada y triste conejera en la cuenca baja de la calle Hudson. Llamamos a este lugar la sede de la cadena, y es el emplazamiento de un poder maligno que se dirige eternamente contra nosotros. Durante treinta años, la cadena ha intentado bajar a Rogers a su ciénaga primordial para dictar las condiciones, incluso para dar un giro a La hora y darle un tono más juvenil, y durante ese mismo periodo de tiempo, debido a los fenomenales índices de audiencia, Rogers ha sido capaz de ahuyentar a sus enemigos. Pero una gran parte de mi estrés, debe usted saberlo, se debe a mi cada vez mayor sensación de que estamos empezando, por fin, a perder la batalla. Rogers tiene ochenta años y no podrá continuar para siempre. La edad me acosa a mí, a Prince, e incluso a Dambles. Y la cadena ve, la cadena sabe. Cuando llegue el momento, golpeará sin piedad, con una venganza rápida y terrible, y se llevará lo que hemos construido para ofrecerlo a los habitantes de las cavernas, a los tontos, los avariciosos y los depravados.
Ahora estoy oficialmente deprimido, doctor, gracias a usted. Se despide, Trotta.
Lunes, 5 de octubre, más tarde
He aquí lo que me pesa esta mañana: la última conversación con Evangeline Harker antes de que partiera hacia Rumania. ¿Había yo llevado alguna vez un arma en Vietnam? Ella deseaba saberlo de verdad. Dijo que su prometido le había hecho la pregunta, y que ella no sabía la respuesta, pero yo tuve la sensación de que había algo más. Ella tenía alguna preocupación respecto al viaje. Temía complicaciones. Normalmente no hablo mucho sobre esa época, pero es una chica dulce y yo contesté la pregunta. Le dije que solamente había llevado un arma, una vez, en Khe Sanh. Alguien me aconsejó que llevara una pistola como protección, y así lo hice. Esa persona me informó de que ciertos elementos del ejército de Estados Unidos podían intentar fingir un accidente. Nunca descubrí la verdad, pero poseer esa cosa me aterrorizó. No sé por qué, quizá porque sabía que podría utilizarla. Nunca llevé ninguna otra. Ella no me pidió que continuara la historia. Le pregunté si tenía alguna otra preocupación en concreto, y me dijo que no.
Un asunto desagradable. Tuve que dejar que Lockyear se marchara; era lo único que se podía hacer, porque el señor Harker quería su libra de carne. Pero todos necesitamos un cambio, incluso el menos preparado de nosotros. Lockyear empezó en la radio y puede volver. Y un poco de sangre fresca no me hará ningún daño.
La hora del desayuno. El bar huele a grasa de beicon, y me encanta ese olor, un placer vergonzoso que aumenta con los años. Siempre he sido uno de esos judíos que aman el beicon, aunque haya intentado una y otra vez dejarlo y no me coma cualquier cosa. A pesar del fantástico aroma, no me como el beicon del bar, por ejemplo. En esas bandejas de aluminio, se erige en una fuerte acusación contra sí mismo. Yo me pido unas lonchas en Ottomanelli; pero a mi madre le da igual la calidad: el beicon es beicon. Se pone histérica.
Esto es un diario terapéutico de verdad. Ya he mencionado a mi madre y al cerdo. Si soy sincero, el bar es el único lugar de esta planta donde me siento cómodo. Allí no se andan con tonterías. Todo el mundo va detrás de lo mismo: el sustento.
Resultó que en el bar me encontré con Rogers. Después de formar parte de su equipo durante treinta años, todavía siento el peso de su autoridad, aunque es más un hábito mental que un sentimiento de miedo. ¿Qué diablos puede hacerme ya?
—¿Te has enterado?
—¿Si me he enterado de qué?
Bob meneó la cabeza ante lo que él define como mi carácter obstinado.
—Va a haber una investigación sobre este asunto de Harker dirigida por la cadena.
—Tonterías. No es asunto suyo.
Bob asintió con la cabeza, mostrando su acuerdo conmigo, pero no había terminado.
—Cada vez es más difícil creer nada de lo que dicen, ¿verdad? Pero tú dices que también has oído el rumor y que es una tontería.
Yo no había oído el rumor, y eso me aterrorizó. Bob salió sin pagar el plátano y me siguió a la oscuridad del pasillo.
La planta veinte siempre ha sido innecesariamente oscura, y siempre me doy cuenta de ello después del Día del Trabajador, cuando las vacaciones doradas han pasado y no hay forma de recuperarse de esa pérdida. Qué felices éramos, Sue y yo, hacía sólo seis semanas, cuando empezó el hiato y el verano se alargaba, nuevo y desconocido, delante de mí, como una puta a quien conocí en 1968 en Praga. Pero esa puta no era una informante de nadie, y el productor asociado en Argelia en 1960 me dijo más tarde que ella se había trasladado a la URSS y que había criado a seis niños con un ingeniero de Alemania del Este. Era guapa. No era realmente una puta, estoy seguro. Todas esas personas están muertas y desaparecidas, y a pesar de ello las recuerdo muy bien. Se llamaba Sixtine, y era una comunista devota.
Bob me sacó de mis recuerdos.
—Háblame de Rumania, maldita sea.
—Mis cereales están fríos.
Él se encogió de hombros, y yo hice lo propio. Siempre actúa igual: se encoge de hombros y sonríe; lo ha hecho desde que le conozco, hace casi medio siglo, es su manera de comunicar una amenaza.
—Tengo que decírtelo. Cada temporada tengo la misma sensación: que debería haberme ido hace un año. Cosas como ésta me lo recuerdan. Existe la vida después de la cadena.
Le dirigí esa mirada con la que le digo, más o menos, que acabamos de cruzar la frontera de la conversación inútil y arbitraria, y que ha llegado el momento de que vuelva a mi oficina, donde tengo cosas más importantes que hacer que insuflar vida a viejas mentiras. Nadie aquí va a marcharse por propia voluntad. Nunca nadie va a renunciar al hiato. El hiato es el trabajo. «Hiato.» Qué palabra, qué sonido. Nadie más en el mundo del periodismo lo tiene. Seis semanas de vacaciones a mitad del verano, seis semanas de dulce melancolía, seis semanas para fingir que eres otra cosa, cualquier cosa excepto un fantasma sentado ante una cámara que sonríe como insinuando una amenaza ante veinte millones de personas cada domingo. Somos como uno de esos pequeños países europeos, varados en un único piso de un único edificio de Manhattan, con una identidad que se basa en un sentido distinto del tiempo. Y estamos condenados. He exagerado al decir veinte millones. Las cifras de la cadena ya no son tan altas; más bien quince millones, o menos, diez millones. Los informativos están muriendo, pero nosotros somos el último estertor y todavía somos capaces de obtener unos índices de audiencia decentes de vez en cuando.
Hace cinco semanas estaba sentado debajo de un emparrado verde en un viñedo de la Camarga comiendo rillette d'oie con tostadas. Ahora volvía a encontrarme en los avernos. Llegamos a mi despacho y me senté en mi silla, pero Bob se quedó de pie en la puerta, con una mano en el bolsillo mientras con la otra me señalaba con el plátano, que yo sabía que no se iba a comer.
—¿Debería preocuparme? Eso es lo que estoy preguntando.
¿Qué podía decirle? «La suerte siempre ha sido el genio no anunciado de esta cadena, Bob, y por el momento, nos ha fallado.» No lo dije.
Él cargó otra vez.
—He hablado con los abogados, y Ritzman me ha dicho que la cadena podría ser culpable. ¿Culpable por qué? ¿De qué? ¿Tienes idea de qué diablos quiere decir con eso? Porque yo no tengo ni idea.
Tuve que contestar. De otra forma no se iba a marchar nunca.
—¿Cómo diablos puedo saberlo, Bob? Esto es un jodido y horrible lío, y no sé exactamente con qué nos encontramos, pero ¿culpables? Los abogados comercian con el miedo, tú lo sabes. De momento, no olvidemos que un ser humano ha desaparecido.
Esta llamada a la decencia le indignó.
—Tú la enviaste allí, tú, gilipollas.
—¿Puedo tomarme el desayuno ahora, por favor?
Él se encogió de hombros por última vez y se retiró. El teléfono continuaba sonando. Peach me llamó, quería que yo la atendiera. No la culpo. No quiere estar en la primera línea de defensa de esta situación, pero es a ella a quien se le paga para eso, no a mí. Es mejor esperar. Es mejor crear un estado de calma.
Parece que el padre de Evangeline, ese Dub Harker, quiere mi pellejo, pero será mejor que tenga cuidado. No quiero faltar al respeto a la chica, pero vaya farsante afectado, ese padre. Tiene que ir de John Wayne, pero no es John Wayne; yo conocí a Wayne, y no tenía nada que ver con ese fanfarrón pesado. Era un caballero, y un hombre amable, además, excepto cuando entraba en el tema del comunismo, cuando se emborrachaba y afirmaba que Stalin intentó hacerle matar; uno no se ríe de un hombre que cree eso si no quiere que le den una paliza. Nunca más me reí de él, pero bebí con él unas cuantas veces. Quizá Stalin sí intentó hacerle matar. Wayne decía que los polis de Los Angeles frustraron el golpe y que le hubieran permitido acabar con esos rojos, pero que pensó que J. Edgar haría bien su trabajo y lo dejó estar. Ni siquiera presentó cargos. Wayne tenía clase, incluso cuando estaba fuera de sí.
Harker quiere ser como Wayne, un magnate del petróleo que ha criado a una hija guapa. ¿Dub? No puede ser su verdadero nombre. Probablemente sea Terence, o Percy, o Sebastian, pero no podía soportarlo, no podía soportar las burlas, y créame, sabemos de qué va eso. Piense en Austen Trotta a la edad de diez años, piense en cómo le sentaría, piense en lo rápido que Trotta se convierte en trotero, se necesitan cinco segundos, así que eligió Dub, o, más probablemente, los trabajadores de los campos de petróleo del centro de Estados Unidos le pusieron el mote y se le quedó. Los texanos creen que pertenecen a todos los lugares del mundo. Nunca he conocido a ningún texano que no se creyera con derecho a caminar por cualquier parte del planeta sin miedo o sin tener que suplicar nada, o a entrar en mi oficina sin haber sido invitado, igual que su hija, en ese sentido. Pero ahora te has encontrado con el maldito judío. Te las estás viendo con el descendiente de la falsa realeza de los Habsburgo, ahora; unos judíos ennoblecidos en los últimos y débiles años del emperador Francisco José: no hay una casta mejor ni más fuerte, salida de la frontera rusa, donde sobrevivieron a los cosacos, a las plagas y a los polacos. Olvídate de John Wayne. Te golpearé, Marker. Te convertiré en el blanco de las burlas del Club del Petróleo de Dallas, te haré aparecer como un frustrado, un simulador, como el farsante que eres. Sí, Dub Marker. Pero criaste a una buena chica. Lo hiciste, y eso no es fácil, así que lo dejaremos en empate tex-mex. Hora del desayuno.
—Hay otra cosa que deberías saber.
Maldito Bob, otra vez aquí, ni siquiera han pasado cinco minutos. Los cereales empiezan a marearme. El dolor vuelve a aparecer.
—No quise mencionarlo en el bar.
—¿Qué pasa ahora?
—Tengo mis sospechas acerca de esta situación rumana.
—Oh, dios.
Bob cierra la puerta detrás de él.
—¿Y si la cadena ha provocado esto para utilizarlo contra mí?
Ya he oído este tipo de gilipolleces otras veces.
—Si ha provocado ¿qué? ¿El secuestro y posible asesinato de una de nuestras empleadas?
—Hay muchas cosas en juego, Austen.
—Estás de broma, claro.
—Esta vez no lo sé.
Se encogió de hombros. No iba de broma. Un relámpago en la parte baja de mi espalda. Pueblos aplastados a ambos lados de mi columna vertebral. Es el momento de tumbarme. Peach tiene el Percocet.
—Quizás esté loco. Diablos, sé que lo estoy. Pero esta coincidencia me parece extraña. Justo cuando nuestras cifras descienden, justo cuando la cadena empieza a hablar del envejecimiento demográfico del programa, justo en este momento, una chica desaparece. Por supuesto, dudo que tenga nada que ver con eso, pero está clarísimo que les resulta conveniente y está clarísimo que lo utilizarán contra mí.
Tengo que aterrizar en el sofá, correr las cortinas y sumergirme en el olvido. Peach, por favor, trae el Percocet. Bob dio marcha atrás.
—Por el amor de dios, estás peor que yo.
—Las lumbares.
—Hablaremos más tarde.
Es el momento de echar una cabezada de verdad, de justificar la cortina. El dolor me recorre la columna vertebral, Hitler atravesando Francia. Este diario terapéutico no ofrece ningún alivio.
Martes, 6 de octubre, 10:15 h
Llevo puesta mi gabardina de la suerte. Quizá reciba buenas noticias hoy.
He llegado tarde, con una sensación de confusión, y he recibido un mensaje irritante: Julia Barnes quiere hablar. Es urgente. «Encuentra siempre tiempo para un editor», me digo, pero esto suena un poco alocado. ¿Cuándo le he pedido a un editor que concierte una cita? No necesita una cita. Puede, simplemente, entrar, aunque espero que no lo haga. Ella trabajó con Evangeline en la historia del payaso de los rodeos. Quizá sepa algo, tenga una pista. ¿Quiero saberlo? No he dormido esta noche. Es la hora del Percocet. ¡Adelante, gabardina de la suerte!
Martes, 6 de octubre, 16:00 h
El destino de los Habsburgo me ha alcanzado por fin. Sabio antepasado, dejaste este mundo; sabio, no afortunado, como siempre decías. El cáncer de huesos pudo contigo al final, pero no los nazis. Un cáncer de huesos producido por complicaciones del cáncer de próstata, aun así viviste una larga vida y nos salvaste de la historia, te marchaste del imperio de los Habsburgo en 1912. Dos años más y te hubieran reclutado, y nuestra historia hubiera terminado igual que la del resto de la familia Trotta, con una bala entre los ojos, en lugar de aquí, en este nido de águilas del piso veinte, viajando sobre las ondas sonoras de un país que no se preocupa por nada y que no sabe nada acerca del mundo del que tú escapaste, que fue aniquilado por la peor de las calamidades del siglo xx. Yahora, todo eso explota en la parte baja de mi espalda. Cuanto más viejo se hace, más debe sufrir el viejo judío.
Julia Barnes apareció como un espectro ante la puerta de mi despacho justo antes de comer. Se acercó y llamó.
—¿Te pillo en mal momento?
Le hice un gesto para que se sentara. Cerró la puerta detrás de ella, un pequeño gesto inconsciente de ostentación. Todo el mundo estaría atento ahora. En mi pequeño mundo, una puerta cerrada suena como un cañonazo. La gente se endereza y presta atención.
—¿Qué hay, niña?
—¿Te he dicho alguna vez que mis padres son húngaros?
Como inicio de una conversación urgente, me intrigó, debo admitirlo.
—Mi nombre de soltera es Teleki.
—¡Nobleza!
Giró la cabeza a un lado, el cabello le cayó sobre los labios y se rio.
—Y de Utica, nada menos.
Yo no tenía ni idea, pero ahora que lo mencionaba, esos ojos traicionaban el pesimismo húngaro que tanta mala fama tenía.
—Tu gente proviene de esa parte del mundo también, me parece.
—Por supuesto. Judíos polacos de la Galitzia centroeuropea, súbditos de los Habsburgo. —Saqué un cigarrillo y puse los pies encima de la mesa—. No eran Teleki, pero uno de mis parientes tenía un «von» delante de su nombre. ¿Te preocupa la genealogía, hoy?
—Por favor, no pienses que estoy loca. —Se aclaró la garganta y bajó la voz, a pesar de que la puerta estaba cerrada—. Remschneider está digitalizando esas cintas que llegaron de Rumania.
No parecía asunto mío. ¿Se trataba de una pequeña estratagema para sustituir a Remschneider en el trabajo de edición? ¿Intentaba atraerme a la maquinación? Si era así, no se lo agradecía.
—¿Y qué?
Apoyó el codo en el escritorio y bajó la cabeza, como si fuera a susurrar a través de la rejilla de un muro de prisión.
—No existe ninguna historia rumana. Ni siquiera hay un presupuesto para esa historia rumana. Y si no hay una cifra de presupuesto, no puede haber un editor. Así que, ¿por qué está editando?
No conseguía ver cómo esto me afectaba, a pesar de una vaga conexión con otros asuntos con Rumania. Pero sentí un pinchazo de nerviosismo, como si esa información pudiera ser relevante en algún ignoto sentido.
—¿Estás segura de que no existe ninguna cifra de presupuesto? Debe de haberla.
En ese momento, pareció contenerse. Se recostó en la silla y levantó un poco la voz. Se había ofendido por mi tono, que era lo único que me faltaba.
—No soy una idiota, Austen. Estoy muy segura. No existe ninguna cifra de presupuesto. De todas maneras, ésa no es la cuestión.
—¿Puedo preguntar por qué te preocupa tanto?
Se ruborizó y me supo mal por ella. Había pasado una semana sin dormir a causa de la historia del payaso de rodeo y necesitaba irse a casa y descansar. Según mi experiencia, en este negocio, la falta de sueño es el ignorado gran destructor de una carrera.
Pareció ordenar las ideas. Era una editora con talento y una buena persona, pero tenía sus debilidades. Nadie era más rápido en presentar una acusación de sexismo que Julia Barnes. No me considero un sexista, aunque he sido acusado de ello en el pasado, y no quiero facilitar más argumentos de los estrictamente necesarios. Pero su extraño fervor suscitaba la pregunta. Para darle un momento, rebusqué entre los papeles que tenía encima del escritorio hasta que encontré el cenicero.
Ella suspiró.
—Te voy a decir por qué es importante. Esas cintas llegaron de Rumania, aunque no esperábamos recibirlas. Nuestra productora asociada ha desaparecido allí. Por lo que sabemos, está muerta. Vale. Eso es lo que sabemos. Pero luego, Miggison me da las cintas para que las guarde y lo siguiente que sé es que las han sacado de mi despacho y que ahora se encuentran en manos de otro editor, un editor que no tiene parte en este asunto y que no tiene por qué tocarlas, y que las está digitalizando como si necesitáramos tenerlas en el sistema para montar una historia, a pesar de que, como ambos sabemos, no hay nada en esas cintas que pueda utilizarse para ninguna historia que podamos hacer nunca. Así que te lo pregunto otra vez: ¿por qué diablos las estamos digitalizando? ¿Por qué no las enviamos directamente a la policía?
Lo que decía tenía cierto sentido, aunque había dado un gran salto en su razonamiento y había relacionado dos cosas que podían estar completamente desconectadas. Por lo que sabemos, por lo que ella me acababa de contar, esas cintas podrían haber sido filmadas por algún otro equipo de la cadena, el de Noticias noche o La hora del amanecer, y habrían podido llegar a nuestros dominios por equivocación. Yo no sabía por qué otro editor querría digitalizarlas, pero eso resultaba difícil de juzgar como siniestro.
—Si lo que estás diciendo es que existe alguna relación entre Evangeline Harker y esas cintas, me gustaría mucho tener alguna prueba.
Ella meneó la cabeza con una expresión ligeramente paternalista. Levantó un poco la voz.
—¿Y que me dices de ese nombre, Olestru?¿No dijo Lockyear que era el mismo nombre que el de su contacto? ¿Eso no cuenta?¿O es que estoy loca?
Empecé a enojarme, lo cual es malo para mi presión arterial. Quité los pies de encima del escritorio y me incorporé en la silla. Ese nombre me preocupaba, pero no constituía una buena prueba. La conversación había terminado, por lo que a mí respectaba.
—¿Alguna otra cosa, querida?
Empujó los papeles del escritorio a un lado.
—No me estás escuchando, Austen. Esas cintas proceden de Transilvania.
La miré con una expresión de asombro, sin adornos y sin ningún arrepentimiento. Era una de las editoras más listas de esa planta. Era una de las profesionales en alza, o lo había sido hasta ese momento. Y entonces, al comprender lo que sucedía, solté una carcajada. Me había pillado.
—Oh, vaya. —Se me saltaban las lágrimas—. Oh, Jesús.
Ella empezó a reírse también, gracias a dios. Nos reímos sin parar; llorábamos de la risa, y ella hasta dio una palmada en el escritorio. Habíamos sido atacados por unos vídeo-vampiros. Llamé a Peach al despacho, y se lo contamos, y ella también soltó una gran risotada. Me sentí mejor de lo que me había sentido en décadas. Reír es la forma de libertad más profunda. A su manera, la gabardina de la suerte no me había fallado. Pero cuando Julia abandonó el despacho, una oscuridad húngara había vuelto a sus ojos, y ya no quise saber por qué.