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LIBRO 4
The weather underground:
la clandestinidad
VEINTIUNO
Julia Barnes pasó de una habitación brillantemente iluminada a otra y de una conversación con un corresponsal a otra, creyendo que su productor habría vuelto a la zona de edición y la estaría esperando, y que no estaría interesado para nada en el estado del asunto Harker, excepto, quizá, como cotilleo, como una de esas informaciones vitales acerca de las desgracias de otro equipo. Eso quizá le reportara cierta ventaja, pero no mucha. No resultaba de ninguna ayuda el hecho de no haber trabajado nunca con ese productor, ni haber oído rumores terribles acerca de su carácter y sus hábitos de trabajo. Pero no podía dejar plantado a un corresponsal. Si el hombre quería hablar, ella también tendría que hacerlo.
El que había sido colega de Austen durante décadas, Ed Prince, le guiñó un ojo para que entrara en la habitación. Le indicó con un gesto que cerrara la puerta. Ella lo hizo con cierta reluctancia.
Prince meneó la cabeza, como si la conversación ya hubiera comenzado, y ella hizo lo propio, creyendo que la mejor estrategia sería mantener un aire de confabulación sin decir nada que pudiera comprometerla. Empezó a reír, y ella se rio también. Finalmente, Prince paró y le hizo una seña para que se sentara.
—Mírate —dijo él.
Ella meneó la cabeza e intentó volver a reír, pero eso ya no resultó convincente.
—¿Qué es tan gracioso, querida?
—Oh, la absurdidad de la situación, supongo.
—¿Qué situación?
Acentúo el tono malicioso. Ella no pensaba jugar.
—Venga, Ed.
—No me vengas con «venga, Ed». Nadie aquí me cuenta absolutamente nada. Soy el tonto del pueblo.
«Eres más tonto que el del pueblo», pensó ella para sus adentros.
—Tengo a un productor en mi sala, Ed. Es un desastre.
—Mentirosa.
Prince y Trotta eran hombres muy distintos. Un rato antes, ella había intentado que este último se diera cuenta de un peligro que casi no podía nombrar, y él la había tratado con una condescendencia indiferente. A diferencia de la mayoría de personas del programa, Trotta nunca mostraba un aire de necesidad, o si lo hacía, éste siempre quedaba velado detrás de muchas capas de una ambivalencia mordaz. Por otro lado, Prince, a pesar de su fama nacional, nunca había encontrado el terreno adecuado que el sentimiento de superioridad necesita para cultivar una auténtica condescendencia. Era como una de esas viejas estrellas de cine de la Metro Goldwyn Mayer que nunca se escondían de un fotógrafo, que querían que sus asuntos amorosos estuvieran a la vista del público, que ansiaban mostrarse y que no sentían la menor vergüenza por ello. Atrapado por ese deseo, Prince no se sentía apreciado, no se sentía informado, no se sentía alimentado y siempre intentaba compensar, congraciándose incluso con quienes no tenían ninguna importancia bajo ningún punto de vista. A Julia le gustaba eso de él, pero también sentía pena. ¿Cómo podía alguien haber llegado tan lejos y desear, todavía, tanto amor? A diferencia de Trotta, que mostraba una pulcritud desenfadada propia de otros tiempos, que no tenía miedo de llevar un fular en el cuello o un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, Prince se había lanzado al asalto de la fama con los oscuros trajes azules propios de los inversores de Wall Street. No fumaba y no bebía, y comía sin necesidad ninguna de aromas ni inspiración. Realizaba las llamadas telefónicas él mismo y, en esas llamadas, se refería a sí mismo como «Ed Prince, el periodista de La hora». Su bronceado era debido a meses de ir vestido con ropa de tenis en Cape Cod, donde reinaba durante el hiato en una existencia sin entrevistas que casi no podía soportar. Y todo ese esfuerzo parecía diseñado para generar una impresión de solidez, cuando, de hecho, uno siempre notaba las arenas movedizas en Prince. Podía hundirse en cualquier momento, y ¿quién le agarraría de la mano? Ella no.
—¿Por qué me lo preguntas, Ed?
—Porque sé que me lo dirás.
—Evangeline Harker ha desparecido.
—¿Qué más? ¿De qué estabas hablando allí dentro con ese deleznable y viejo delirante?
Trotta era, por lo menos, una década más joven que Prince.
—Eso es algo entre él y yo.
—Y una mierda.
Ella decidió poner el cuello bajo el hacha. El filo iba a alcanzarla, de todas maneras. Iba a colaborar y terminaría con eso.
—Estoy preocupada por el hecho de que unas cintas procedentes de Rumania estén siendo digitalizadas a pesar de que no sabemos nada de ellas. No hay una cifra de presupuesto. No hay ninguna historia. Y aun así, un editor ha asumido la tarea de colocar ese material en un sistema que compartimos todos.
Prince dio un paso hacia delante.
—Y tú crees que esas cintas tienen algo que ver con la chica Harker.
Julia asintió con la cabeza.
—Lo creo, pero no tengo ninguna prueba.
Prince también asintió. Sonrió como si ella acabara de proponerle una idea verdaderamente tonta para una historia. Cogió el teléfono y la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué mierda me he preocupado de decírtelo?
Salió de la habitación. Esos viejos cabrones se pensaban que eran los dueños de su mundo, pero no lo eran. Ninguno de ellos lo era. Ella tenía su propia vida fuera de la zona de edición. Quizás estuviera atravesando un momento difícil, pero tenía una vida por lo menos.
Se detuvo para captar una repentina explosión de belleza. La luz del sol había atravesado una cadena de nubes por encima de la cuenca oriental del Hudson, y esa luz inundaba las oficinas de la planta veinte, atravesaba las paredes de cristal de los impresionantes espacios de los corresponsales, se colaba por entre las hojas de las plantas colgantes, por entre las cortinas venecianas, caía sobre los montones de papeles y de libros y descendía como una bendición sobre las filas de ayudantes, que tan raramente captaban un destello de gloria como ése. La ayudante de Austen, Peach Carnahan, nadaba en un fuego de plata. Cuando Julia era una estudiante católica, creía que esos fuegos artificiales de la naturaleza revelaban la mano de Dios. Ahora conocía la verdadera importancia que tenían. Servían para poner de relieve las verdades desesperadas de la existencia humana. Las personas que tenían despachos con ventanas podían disfrutar de la luz del sol. ¿Y aquellos que no tenían ventanas? Podían besar el culo de los semidioses.
En cuanto se fue del pasillo de los corresponsales y salió de la luz para entrar en el estrecho pasaje que conducía al pasillo principal, el vago sentimiento de incomodidad volvió a aparecer. La luz a su alrededor había pasado de un blanco apagado a un oscuro azul. A la izquierda, la luz de la cafetería brillaba y de ella provenía un murmullo; era el lugar más alegre de toda la planta. Se alejó del consuelo que ofrecía, recorrió la oscuridad alejándose del pasillo de los corresponsales y empezó a elaborar un plan. De alguna manera, la cinta de vídeo rumana estaba contaminada. Visualmente, esas imágenes le hacían pensar en los mensajes electrónicos que contienen virus informáticos. Los detectaba a kilómetros de distancia: la falsa oferta de un interés lascivo o financiero en el título y la urgencia que suscitaban en ser abiertos para poder provocar estragos. No se debía permitir que esas cintas entraran en el sistema informático. No debían digitalizarse. Iba a detenerlo, y no lo haría acudiendo a la dirección de la cadena, donde por supuesto tenía amigos. Lo haría al viejo estilo, al estilo clandestino, a través del engaño, el sabotaje y, si hacía falta, a la fuerza.
VEINTIDOS
Antes de entrar en la zona de edición, Julia miró hacia atrás por encima del hombro hacia los lavabos y los ascensores, hacia la relativa alegría de la mesa de seguridad. Había pasado por delante de Menard Griffiths, el vigilante, y había disfrutado del habitual momento de agradable y animado palique, como si hablara con un ser procedente de un mundo distinto y más amable. Menard era un hombre cálido y decente, y siempre le hacía cumplidos por una sonrisa que cada vez aparecía en su rostro con menos facilidad. Pero ahora estaba lejos, allí detrás, en medio del pasillo, más allá de los lavabos y los ascensores, y ella estaba ahí abajo, en el umbral de la zona de edición, sin ventanas y bien insonorizada. Toda la vida la habían llamado paranoica; no le importaba. Alargó el cuello y husmeó. «Como un animal que huele el aire», pensó. En ese aroma de largos días e interminables noches, de comida, de perfume rancio y de sudor frío, notó algo más. Pensó que la atmósfera allí había cambiado. «Todo ha cambiado, la planta entera. El fantasma de Ian nos acecha —pensó—. O alguien más ha muerto.» Quizá Lockyear, ahora que se había enterado de que le habían echado. Alguien dijo haberle visto atravesar precipitadamente las puertas de cristal del edificio, con las lágrimas cayéndole por las mejillas y los insultos manando de sus labios.
Se dirigió hacia su despacho, donde su nuevo productor debía de estar preguntándose dónde diablos se había metido.
El pragmatismo de Trotta la había hecho impacientarse consigo misma. Era una madre con hijos adolescentes, tenía un gran apartamento en Manhattan y se enfrentaba con el tráfico cada día en un coche que tendría que estar en el desguace. Había sobrevivido en ese trabajo durante dieciocho años y no tenía intención de perder esa mierda. Que fueran los Lockyear quienes lo hicieran. Ella era más dura, más mezquina, más lista.
Julia abrió la puerta de su oficina, a punto de ofrecer una disculpa a su productor. Un hombre pálido vestido con un uniforme azul saltó hacia ella: un soldado unionista pálido como un cadáver, con capa y pistolera, con un cabello largo y rubio que sobresalía en mechones por debajo de la capa inclinada. Era como un reportaje que hubiera cobrado vida. A Julia le pareció oír un sonido espectral de banjo. Dejó escapar un chillido, incapaz de moverse de donde estaba, con el corazón desbocado mientras el espectro flotaba hacia ella hasta quedar a una corta distancia. Unas manos se levantaron hasta su garganta. El chillido funcionó como alarma. La gente salió fuera de las salas de edición adyacentes. Alguien encendió la lámpara de mesa que había al lado de la puerta y Julia vio la realidad. El visitante se había quitado la capa, revelando un cabello largo hasta los hombros de un color castaño y unos mal escogidos pendientes de perlas. Era su nueva productora.
VEINTITRES
Unos cuantos editores se quedaron un momento con la boca abierta ante la puerta de la sala, mirando a Julia mientras ésta se reía para hacerse pasar el susto. Finalmente, la productora los echó. Cerró la puerta, se sentó al lado de Julia y se presentó como Sally Benchborn, miembro del equipo de Sam Dambles.
—Eh, hola Sally —tartamudeó Julia—. No dejes que mi comportamiento te engañe. Yo... soy una fan de tu trabajo.
—Supongo que debo explicarlo. —Sally parecía sentirse incluso más incómoda de lo que se sentía Julia—. Tengo una especie de afición de fin de semana: representar la guerra de Secesión. Este fin de semana he salido con mi unidad, la Veintisiete de los Irregulares de Massachusetts, hemos tomado Fort McAllister y no he tenido tiempo de cambiarme. ¿De verdad doy tanto miedo?
Julia no creía que diera tanto miedo. Su chillido había surgido de un lugar más profundo. El miedo había estado creciendo desde el momento en que esas cintas llegaron de Rumania. Se había convertido en una dolencia física. Esta mujer, simplemente, lo había disparado y Julia se sentía mal por haber montado tanto alboroto por un disfraz, especialmente por haberlo hecho delante de los demás editores, que no tendrían piedad con ella a sus espaldas.
Julia intentó sonreír.
—Una fantástica primera impresión, ¿eh?
Sally dejó caer el sombrero encima de un archivador, al lado de un montón de nueces metidas dentro de una bolsa de plástico de un bocadillo.
—He visto algunas reacciones interesantes ante este uniforme, pero éste es el primer ataque de terror.
—Bah, ni siquiera se le ha acercado. Un ataque de terror implica caer al suelo, adoptar una posición fetal y recibir asistencia médica, créeme. Lo único que vi fue ese uniforme, ese viejo uniforme, y...
—La verdad es que es muy auténtico.
—No lo dudo, no.
—Hay que pagar por el equipo propio. No me avergüenza decir que pagué a un furriel setecientos dólares por este conjunto.
Julia dejó escapar una risa nerviosa.
—Conjunto. Me gusta eso. Unos Manolo Blahnik, un pañuelo Hermés, Gettysburg. Un bonito conjunto.
Sally no se rio.
—Fue en Fort McAllister, Georgia. Muy lejos de Gettysburg.
Julia pensó que Sally debía de estar asustada, también. Por lo menos, estaba nerviosa. Quizás había notado la desagradable corriente en el aire, las malas vibraciones.
—¿Qué es un furriel? —preguntó Julia, recuperando la compostura.
Sally se arregló el pelo, y se desabrochó la capa a la altura del cuello.
—Un comerciante de venta por correo especializado en cosas de la guerra de Secesión.
—¿Esto lo sabe todo el mundo?
—Ahora sí.
Julia se levantó del sofá, fue hasta su silla y comprobó si había alguna nota. Giró sobre la silla y cogió la bolsa de nueces.
—¿Quieres una?
Sally declinó el ofrecimiento. Como adelantándose a una serie de preguntas, le dijo a Julia que siempre se había sentido fascinada por la representación de la guerra de Secesión, y que una vez había valorado la posibilidad de realizar un documental sobre el tema de una unidad en concreto. El documental se cayó por falta de apoyo financiero, pero la práctica se le había metido en la sangre, y ahora lo hacía por diversión. Su unidad reunía a gente, la mayoría hombres de la zona nordeste del país, y todo el mundo tenía una copia del calendario y un arma, una bayoneta Enfield.
—¿La tienes aquí? —preguntó Julia.
Sally apretó los labios en un gesto de desaprobación un tanto esnob.
—En el coche. El combate terminó tarde ayer por la noche, así que tuve que quedarme en un hotel de Atlanta y volar esta mañana. No he visto a mis hijos.
—¿Me la podrás enseñar en algún momento?
—¿El qué?
—La bayoneta.
—Claro. ¿Podemos hablar de nuestra noticia, ahora?
Charlaron durante un rato de la historia, un retrato de una estrella del cine inglés cuyas películas no gustaban a Julia.
—¿Cómo diablos conseguiste que aprobaran esto?
Sally levantó las cejas.
—Si ésta es tu actitud, me doy cuenta de que lo vamos a pasar muy bien juntas.
—No, no, lo que quiero decir es que no es exactamente un tipo conocido. Solamente estoy sorprendida de que Bob te dejara hacerlo.
—Probablemente le nominen para un Oscar de la Academia. Es por eso. De todas formas, si tienes alguna reserva, es mejor que la oiga ahora.
Julia sintió que empezaba a sentirse más a gusto con la mujer. Sally Benchborn tenía una actitud directa. Parecía decidida, de forma inocente y honesta, a elaborar una obra maestra a partir de esa celebridad de segunda fila, y Julia creía, después de haber conversado con ella, que si alguien podía hacerlo, era Sally. Hablaron de temas de logística. La entrevista principal estaba hecha; estaban a punto de llegar unos fragmentos de película. Iba a hacerse otra entrevista y habría mucho metraje de soporte de la ciudad inglesa de Whitby, donde el actor tenía una segunda residencia. Julia iba a tener una buena cantidad de material a finales de semana, y tendría que hacer horas extras para la digitalización, si era necesario. Luego se hizo un silencio y Sally Benchborn miró a Julia en la penumbra. En una esquina de la habitación, un monitor emitía sin sonido las noticias por cable.
—¿Sabes por qué me he levantado del sofá cuando has abierto la puerta?
Julia tenía una nuez entre los labios. Se la comió.
—Me levanté porque, cuando abriste, parecías mareada. Creí que ibas a desmayarte.
Julia se tragó la nuez. Sally entrecerró los ojos y esperó.
—Dios mío —dijo Julia.
Comprobó el interfono que había al lado de la puerta y se aseguró de que estuviera apagado y que nadie pudiera escuchar. Su productora cruzó las piernas, con expresión divertida. De repente, ser una aficionada a la representación de la guerra de Secesión ya no parecía tan excéntrico. Sally irradiaba una gran confianza en sus elecciones. Transmitía la sensación de que nada podía ser tan natural como su decisión de llevar ese uniforme; de que no existía un placer más básico que el llevar a cabo una afición que combinaba la historia, la moda y la puntería, una ocasional representación de fin de semana de un combate sangriento.
A Julia le gustó esa seguridad en sí misma. Le despertaba confianza. Le contó todo a Sally: la desaparición de Evangeline Harker, la llegada de las cintas desde Rumania, Remschneider digitalizándolas, la indiferencia de Trotta.
Sally se puso roja mientras la escuchaba.
—¿Dónde está Remschneider?
—¿Por qué?
---Voy a hablar con él. Es un buen tipo, pero a veces necesita que le digan algo.
Julia levantó una mano. Le parecía haber oído un ruido al otro lado de la puerta. Sally no prestó atención.
—Trabajé con el Pedigüeño en mi última historia. Es rápido y listo, pero puede ser infantil. La verdad es que creo que el adjetivo adecuado para él es «inmaduro». Pero me escuchará.
No hacía mucho, Julia preguntó a Remschneider cómo había sido trabajar con Sally Benchborn, y él contestó «el show de los freaks», aunque eso no significaba nada. Los editores y los productores se manejaban entre el amor y el odio; se daban puñaladas por la espalda con una necesidad casi biológica. Sally le llamaba el Pedigüeño porque, le explicó, pedía cumplidos sin ninguna vergüenza. Él la llamaba la Freak. Eran cosas inherentes a la profesión. Quizás ella pudiera hacer entrar en razón a Remschneider.
Sally se abotonó la parte alta de la camisa de muselina, se cubrió con lo que ella llamaba la guerrera del uniforme federal —un abrigo que Julia había confundido con una capa— y se puso la oscura gorra azul yanqui en la cabeza. Siguió a Julia a través de la puerta y pasillo abajo del piso veinte en dirección a Remschneider, quien poseía un despacho ligeramente más grande y mejor entre el segundo y último corredor. La puerta estaba cerrada y no se oía nada dentro.
—Quizás hayan salido a comer —sugirió Sally.
—La luz está encendida.
—Lo está. —La productora llamó tres veces a la puerta—. ¡Pedigüeño!
Julia puso la oreja contra la puerta.
—Juraría que he oído susurros ahí dentro.
Las mejillas de Sally se encendieron con un vivo color rojo.
—¡No juegues conmigo, Remschneider!
Julia giró el pomo.
—No está cerrado, Sally.
Pareció que Sally estaba a punto de soltar un comentario agrio pero, en lugar de eso, giró el pomo y entró en la habitación con un gesto teatral; la guerrera del uniforme federal flotó a sus espaldas. Julia la siguió. Durante un largo rato, ninguna de las dos mujeres dijo nada. Tres hombres se encontraban sentados en unas sillas delante de tres pantallas: dos monitores de vídeo y un aparato de televisión de veintitrés pulgadas. Cada uno de los hombres llevaba puestos unos auriculares, y cada uno de los auriculares estaba conectado con un monitor, si bien los tres mostraban la misma imagen: una silla de madera en una habitación vacía. No se oía lo que los hombres escuchaban por los auriculares, pero Julia pensó más tarde que había distinguido una especie de susurros, como unos últimos fragmentos de frases que se filtraran en el seco oxígeno de la habitación. Lo que la con-mocionó fueron las lágrimas. Tres hombres, Remschneider y dos más, todos a finales de la treintena o en mitad de la cuarentena, todos ellos hombres de familia, bromistas, amantes de la música, absolutamente profesionales en el momento de cortar fragmentos, estaban sentados con los ojos enrojecidos; las lágrimas les caían por los rostros y les dibujaban surcos en la piel, como si marcaran las mejillas con algún ácido. Estaban boquiabiertos y agarraban con fuerza los auriculares. «Como si alguien les hubiera clavado un cuchillo en el cerebro», pensó Julia.