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LIBRO 2
Susurros en los pasillos
DIECISEIS
E., me dicen que estás metida en alguna especie de negociación súper secreta con ese criminal, pero no me lo creo. Algo va mal. Sus caras lo dicen. Tendrías que haberme puesto al corriente a estas alturas. Tendrías que haber mandado uno o dos despachos sobre su mal aliento y sus torpes insinuaciones sexuales. Pero dado que no has respondido a un solo correo electrónico mío esta semana, siento un escalofrío de desastre. O quizás es nuestro propio desastre lo que despierta mi miedo. Alguien tiene que darte la noticia. Quizá la conmoción te saque de donde estés escondida.
¿Recuerdas el último día antes de que partieras hacia Rumanía, cuando Ian vino a visitarte a tu oficina?
Visualiza ese mínimo, encantador y civilizado momento en tu mente, si puedes. Tú y yo estábamos comiendo una ensalada asiática de pollo de dos restaurantes de comida preparada distintos, Munchies y Jamais, y discutiendo acerca de cuál de los dos preparaba la mejor salsa de sésamo y lima. Yo intentaba animarme a decirte algo importante acerca de nuestra amistad cuando Ian entró, dio un portazo y soltó, con una ira inusitada: «Es oficial: odio este jodido lugar». Nosotros intentamos ocultar la diversión que eso nos causó, porque era evidente que él estaba en un estado de auténtica consternación. Tenía buen aspecto, supongo que lo recuerdas. Siempre lo ha tenido. Se le veía la expresión exhausta propia de un hombre joven que está criando a unos niños pequeños, pero también mostraba la rubicundez de quien navega, corre por la playa y nada en el mar, en el punto más álgido de finales de verano. Ian vestía bien, además —tú dabas gran valor a ese tipo de cosas—. Ese día había hecho progresos en su habitual estilo desaliñado y llevaba un traje que había encargado a esa sastrería del Rockefeller Center. En su locura habitual, debía de haber pensado que un atavío hecho por encargo le resultaría de ayuda a la hora de plantear sus argumentos como productor ante su jefe, Skipper Blant; pero Blant, como era de esperar, le echó un vistazo y le llamó «engolletado payaso de la moda», como si el mismo Blant no padeciera los mismos notorios ataques de bufonería. ¿Recuerdas la perorata? Yo la estoy oyendo ahora mismo.
«Pues aquí estuve hasta las tres ayer por la noche. —Me quitó el brownie que me habían dado como obsequio y se dejó caer en tu sofá azul—. No importa que tenga un hijo de dos años en casa. No importa que el de tres años llore toda la noche preguntando por papá. No importa que mi mujer tenga miedo por mi salud y que quiera que salga a buscar un trabajo con un horario normal. Ninguno de esos pequeños detalles importa. Yo estaba aquí.»
«Claro que estabas aquí», repetiste tú, para ofrecer apoyo moral.
«De verdad que aprecio tu llamada y tu respuesta, Evangeline.» Antes de comerse mi brownie, se quitó la chaqueta del traje, de un tejido de lana demasiado grueso para finales de agosto; estoy seguro de que quería lucirlo antes de que empezara la temporada, hacer un pase, recibir unos cuantos cumplidos y afinar el efecto del conjunto. Se estaba quejando acerca de los últimos agravios en su campaña por convertirse en un productor a tiempo completo para Blant, una labor endiablada donde las hubiera. «Así que consigo a ese increíble personaje, un hombre negro educado en Harvard que, además, resulta ser un artista del timo de guante blanco y gana dios sabe cuánto a base de vender una mierda de valores al abuelo americano medio, de hacer que pierda sus ahorros para la jubilación, y el tipo ni siquiera ha hablado con el Times todavía.»
En las salas de nuestro programa; cuando alguien esboza la idea de una historia, siempre me ha parecido educado exclamar los oh y los ah propios de quien siente un gran interés, tanto si creo que la historia es buena como si no, y tú, Evangeline, compartes esta convicción, pero ésta sonaba de verdad interesante, así que exclamamos unos oh y unos ah con un entusiasmo genuino, y él se dio cuenta y continuó:
«Conseguimos la entrevista. Blant hace un trabajo brillante, aunque odio decirlo. Se jacta de la historia con Bob Rogers, y Rogers se pone cachondo y dice que quiere que sea la historia principal del primer programa de la temporada, así que, por supuesto, le doy caña. Escribo un guión fantástico. Lo bordo. Tal y como he dicho, me voy de esta oficina a las tres de la madrugada, a las tres de esta misma madrugada, amigos, y vuelvo a esta oficina, que ya he empezado a odiar con todo mi ser, a las ocho de la mañana». Espera un momento para que hagamos alguna mueca o soltemos alguna exclamación, cosa que hacemos. «Ya veis adónde voy a parar. Me marcho a las tres, me levanto a las seis con mis hijos, entro a las ocho. Ansiedad, preocupación y miedo por mi salud es lo que veo en el rostro de mi mujer otra vez.»
«Lo entendemos, Ian», te apresuraste a decir, con tu comprensión habitual.
Tú y la esposa de Ian sois amigas, y yo tuve uno de esos extraños momentos en los que se me hace absolutamente claro que tú tienes una vida fuera de esta oficina, una vida que no me incluye a mí.
Él continuó:
«Blant no ha aparecido hasta mediodía».
«Por supuesto que no, Ian», dijiste tú, porque todos conocemos los hábitos de Blant.
«Yo muestro la contención de una puta. Es mediodía, pero me comporto como si fueran las ocho de la mañana, ya sabéis, para no hacerle pasar vergüenza. "¿Qué tal, Skipper?" Él ignora la pregunta. No me llama a su oficina. No me pide el guión. Es la una. La una y media. Él está ahí dentro jugando a un juego de ordenador.»
No puedo reprimir una risa de sorpresa al recordarlo. Nunca había visto a Ian con la cara tan roja. Su cresta de pelo perfectamente cepillado y lleno de laca parecía una isla de granito en una tormenta.
«Finalmente, me agarro las pelotas. Me armo de valor. Entro. Me pregunta si tengo el guión, como si yo me hubiera dormido y acabara de llegar al trabajo, como él. Le doy el guión. No hay nada que decir. Es perfecto. Es una mezcla entre Flannery O'Conner y Murrow. Se lo lee en cinco segundos, levanta la vista hacia mí y dice: "Fantástico, excepto que es racista".»
«Noooo», dijiste tú, sin mencionar nada de tus propios problemas.
«Tú me conoces, Line. Sabes que eso es una asquerosa mentira. Yo estaba conmocionado, le dije que el testigo de mi boda era un compañero de universidad afroamericano, y le pregunté que por qué era racista, que cómo era posible que fuera jodidamente racista, excepto por el hecho de que el personaje principal resultara ser un negro y un criminal, y él me dice, "está todo en la presentación, y si no eres capaz de verlo, eso sólo confirma mis sospechas".»
«Oh, Dios mío», dijimos los dos al unísono.
«Pero espera. Eso no es nada. Hace unos cinco minutos me vuelve a llamar a su oficina y me dice que ha intentado reescribir el guión, una mentira directa a la cara, porque le veía a través del cristal jugando con el ordenador y jugando a la bolsa, pero que mi versión está tan imbuida por mi intolerancia que está pensando en apartarme por completo de la historia. Yo me quedo sin palabras. Finalmente declara, antes de volverse hacia el juego de ordenador, claramente visible en el monitor: "Ya te lo he dicho, Ian. Eres bueno en conseguir las entrevistas, pero eso todo el mundo puede hacerlo. Se trata de escribir. No puedes escribir para la televisión, y este programa no se puede permitir tener aficionados"».
Ian bajó la cabeza, se puso una mano en la frente y dijo:
«Y lo peor de todo es que ahora tengo fiebre y lo más probable es que tenga que irme a casa y meterme en la cama. Eso es todo. Os lo digo: me rindo».
Le dije que se podía comer mi brownie, el que ya se había comido hacía unos segundos durante esa perorata, y él sonrió y me dijo:
«Os digo algo».
Entonces se dio cuenta de que tú tenías el ceño fruncido.
«Oh, no —exclamó—. No te he preguntado por tu situación. ¿Qué ha pasado?»
«No importa, Ian —dijiste tú—. No es nada comparado con lo tuyo. Me va a hacer ir a Rumania. Eso es todo.»
«Qué capullo.»
«Decir eso no es de ninguna ayuda.»
«Evangeline, a ver si te caes del guindo. ¿Cuándo vas a aprender? Tienes que luchar contra el poder.»
Tú tenías demasiadas cosas en la cabeza para seguirle la corriente. Estabas asustada, y furiosa, y también excitada por tu boda. No tuvimos oportunidad de hablar de mí, pero, a pesar de mi decepción personal, recuerdo las últimas palabras que Ian te dijo antes de recoger su chaqueta y salir:
«De verdad espero que seas un poco menos complaciente, por tu propio bien. Sólo un poco. Entonces comprenderás por lo que he pasado».
Y tú dijiste:
«Lo comprendo, Ian. Sólo que no me importa tanto».
Él te señaló pero me miró a mí directamente:
«¿No es adorable?». Dio la vuelta y caminó otra vez hasta tu escritorio. «¿Recuerdas que una vez me dijiste que era un honor trabajar en La hora? Te importa más que a mí. Pero no tienes nervio, Line. Te conformas con ser el soldado de otro. De esa forma nunca tienes que enfrentarte a la responsabilidad final.»
Tus ojos mostraron una expresión herida. Te sonrojaste un poco a causa del enfado.
«Pero ¿sabes qué? Probablemente volverás con la historia del año, y tu jefe te adorará. Mientras tanto, yo estoy a punto de producir mis propias historias, y he dirigido el programa, ¿cuántas?, ¿siete veces?, pero mi jefe me tiene básicamente desprecio. Con eso, me voy a la cama.» Alargó la mano por encima del escritorio, te tomó la mano y te la besó, casi con cortesía. «Dulzura, ten mucho cuidado. Lo celebraremos a tu vuelta.»
«No, tú no —lloriqueaste—. Pero espero que hagas suplicar a Skipper Blant antes de que esto termine.» Éstas fueron las últimas palabras que le dirigiste, a no ser que esté muy equivocado.
Hemos enterrado a Ian esta semana. Ha sido una especie de virus. Sólo le vi una vez más, en la calle, y no parecía estar bien, pero tenía pinta de sufrir el principio de un resfriado suave. Recibimos la noticia por correo electrónico hace tres días, un único párrafo acerca de los detalles médicos. Se fue al hospital el viernes con dolor de cabeza, salió el sábado, volvió otra vez el martes y falleció el jueves. La noticia venía del mismo Skipper Blant, o, como me gusta llamarle, el Coala, quien nunca ha mostrado el más mínimo signo de reconocer mi persona, pero que se ha ganado mi cariño llamándome de tú. Esta mañana, en el vestíbulo, se ha parado y ha dicho:
«Tú conocías bien a Ian».
Nos hemos dado un abrazo. Parecía consternado, a pesar de que yo tenía la sensación de que nunca le cayó muy bien nuestro amigo. Pero uno nunca sabe la verdad en estos casos, ¿no?
Debería ser posible que consultaras el correo electrónico en Transilvania: mi asesoramiento técnico asegura que debería ser así. Si lo es, probablemente recibirás esta noticia por la noche, y será peor para ti de lo que lo ha sido para cualquiera de nosotros, porque tú estás sola, porque tú conocías mejor a Ian, porque él era tu caballero cruzado. Lo siento mucho, E. Siento que esto haya sucedido, y siento que estés sola al enterarte. Pero comprenderás, si recibes esto, que tenía que hacértelo saber.
¿Cómo es posible que haya sucedido? Algo terrible y desconocido le invadió el fluido espinal y no se retiró. El cuerpo puede convertirse en campo de una batalla espiritual, y así es como debo considerar ese desarrollo, como otra batalla perdida en la gran derrota de cualquier cosa decente del espíritu humano aquí, en La hora. Fue una muerte natural, nos dicen. Supongo que debo creerlo.
La semana pasada, después de que te marcharas, yo estaba cruzando la calle Noventa y seis y me encontré con Ian. Iba vestido con su elegancia habitual, un traje ligero de Armani o de Hugo Boss. El traje por encargo había sido guardado. El viento no le movía ni un pelo. Mostraba una gran firmeza. No recuerdo lo que nos dijimos; se acercaba el Día de los trabajadores. Quizá me preguntó por mis planes, quizá yo hice lo mismo. Pero puedo decirte lo siguiente: no mencionó nada, no me pidió que le pusiera al día de las llamadas telefónicas, no quería saber si yo había ido a los archivos o si tenía pensado ir. Era un tío decente que me trataba como a un ser humano, eso es lo que recuerdo de ese encuentro. Le echaré de menos. Él te quería.
No sé exactamente qué le pasó a Ian, pero ahora sospecho incluso del aire que respiramos. Ya sabes lo que él pensaba de este lugar, y yo estoy de acuerdo. Trabajamos en el corazón del terror. La gente de fuera no tiene ni idea de lo que hablo, pero tú sí. El terror, en la superficie, es cortante y afilado como un cuchillo, pero en su corazón, crece y fluye como un mar. No permanece en unas formas ni en unos símbolos permanentes, ni siquiera en sombras. Es líquido, y nosotros lo ingerimos, y él nos ingiere a nosotros. La amenaza se ha hecho más profunda desde que nos trasladamos de nuevo a este edificio, cosa que nunca deberíamos haber hecho. Algunas oficinas se recolocaron en Nueva Jersey, gracias a dios, pero no la de Bob Rogers. Hablando de vanidad; tenía que trasladarnos aquí sólo para demostrar que teníamos unas pelotas tan grandes como los del Wall Street Journal. Ahora ya no consigo dormir.
Creo que Ian no murió de muerte natural. No se pueden nunca argumentar estas cosas, pero a veces tengo estos presentimientos. No puedo evitar sentir que Ian era, simplemente, demasiado bueno en su trabajo, en su vida, en su mundo, así que le hicieron desaparecer. Ascendía demasiado deprisa. Era demasiado querido. ¿Qué tipo de virus puede llevarse a un hombre joven que está al principio de la treintena y oblitera su existencia en cuestión de días? Si te conozco, E., ahora estás mirando la pantalla con esos profundos ojos marrones y rezas una oración a un dios en el que no crees. No estás llorando. Eres demasiado actriz para permitirte derrumbarte en cualquier pequeño y mugriento café internet de Europa del Este. Esperarás a llegar a la habitación de tu hotel y te enroscarás sobre el colchón, y te tirarás de ese pelo negro profundo porque no serás capaz de llegar a aceptar el hecho de esta tragedia.
Antes de que lo hagas, de todas formas, voy a pedirte que hagas una sola cosa. Responde este correo electrónico.
Lo repito: responde este correo electrónico.
La gente empieza a murmurar que también hay algún tipo de problema contigo, que existe algún tipo de maldición sobre nosotros; primero Ian, ahora tú, ¿quién será el siguiente? Ese tipo de cosas. Se suponía que sólo tenías que estar en Transilvania cinco días. Lo sé porque yo hice las reservas del viaje, me encargué de los pequeños detalles, te conseguí la mejora a primera clase, encontré ese excelente hotel cerca del Parlamento e incluso te encontré un alojamiento en Brasov, tal como pediste. Eso no fue fácil. Tú presupuestaste un vuelo de ida y vuelta a Budapest sin el equipo y cinco días, tiempo suficiente para llegar a Rumania, alquilar un coche hasta Transilvania, encontrarte con tu hombre y volver a casa. Te obsesionas en los lugares baratos y no te gustan los lugares sucios, así que no me creo que hayas prolongado tu estancia en la Transilvania poscomunista.
Me encuentro en la oscuridad en lo que a ti respecta. Me siento como un secretario medieval en la torre del homenaje de un antiguo castillo cuya vela acabara de apagarse a causa de un viento devastador.
E., tengo que decir esto o nunca lo haré, esto es de lo que quería hablar contigo aquel día; tus brillantes ojos marrones; tu pelo oscuro cayéndote sobre el rostro, sobre el fragante cuello de canela; sobre los hombros un último rizo que cae sobre los míos cada vez que te inclinas a mi lado y me pides las últimas noticias sobre alguna insignificancia recibida de Londres; los suéteres y blusas de cuello de pico que usas a pesar del consejo del mejor de los corresponsales, el Príncipe de la Oscuridad, que se precipitan hasta revelar una única peca roja sobre la curva de tu pecho derecho; tu piel pálida en enero, el tono aceitunado de tu piel en agosto... Todas esas cosas me han permitido estar cuerdo en el piso veinte de este edificio. Una vez, un hombre sensato me dijo que tú procedías de un linaje veneciano, por parte de madre, y que las mujeres venecianas descendían de las gloriosas princesas de Bizancio, las bellezas más famosas de la Edad Oscura. Vestida con tu blusa de rayas azules y blancas, te acercas a mí desde las sombras, entre el bar y el vestíbulo, como una de esas mujeres de los mosaicos románicos, me pones las manos en el corazón y me susurras en los oídos como un soplo de este viento que corre por los oscuros pasillos de este lugar corrupto, y entonces sé que fuera lo que fuese lo que atacó a Ian, eso nunca podrá tocarme.
Pero ¿y si te ha sucedido algo, E.? Eso no lo podría soportar. Eso me mataría. Tengo tus direcciones de correo electrónico y puedo mandar esta nota ahora, revelándolo todo, que estoy perdido por ti, que lo he estado durante tres años, desde la primera vez que compartimos confidencias, justo una semana antes de que los aviones se estrellaran contra los edificios de al lado, antes de ese momento terrible, bajo los ojos vigilantes de los tótems y sus legiones, quienes te quisieron y nunca te tuvieron, esos dioses oscuros que gobiernan este lugar donde los techos son crucifijos, la sopa es extraña, de las paredes de las salas emergen manos sudorosas y cuyo aire es frío como la piel de los muertos, un campo amurallado de cintas de vídeo, rodeado de alambre con púas, dirigido por unas armas automáticas invisibles, desafiándome a desviarme incluso un segundo, cuando me alivio en el baño, cuando hago reverencias y escarbo algo de los bibliotecarios de los archivos, o voy al bar a por un Snapple de melocotón y un cuenco de horribles guisantes secos. Solamente por el hecho de mandar este correo electrónico me arriesgo a ser anulado. Tanto me importas, E. Por favor, vuelve. Siento mucho lo de Ian, estoy conmocionado. Mi único consuelo es que, estadísticamente hablando, las probabilidades de que podamos perder a una productora asociada y a un productor en la misma semana son escasas. Por favor, quiero que estés bien. Por favor, contesta. Tuyo, Súper Stim.
DIECISIETE
E., perdóname por ese loco correo electrónico. La tristeza, el escaso sueldo y una serie de malas películas veraniegas me han dejado demente. Pero hoy vuelvo a ser yo. Y tengo la última noticia.
El señor William Lockyear, tu encantador jefe, acababa de llegar para la matanza.
—Stimson —dijo en tono mal educado—. Sabes que tenemos visionado mañana.
Asentí con la cabeza, pero no me di la vuelta.
—Veo que todavía estás preocupado —dijo Lockyear—. ¿Es por Ian?
—Sí.
—Y por Evangeline, supongo.
Pronuncia mal tu nombre, dice «E-van-ge-lin». Siempre intento decirle que es «lain», pero nunca lo pilla.
—Evange-lain está bien. Va a conseguirte la historia.
Ahora, mientras escribo, son las diez de la mañana y la luz aumenta sobre el río Hudson, hace el mismo tipo de día que entonces, que aquel día de septiembre, un maravilloso calor acariciado por la más ligera y fresca de las brisas. ¿Por qué no pueden ir bien las cosas? Lockyear parece convencido de que van bien. Es un fenómeno; con su camisa rosa de tela oxford de cuello y puños abotonados, metida dentro de los pantalones caqui y su eterno blazer azul, es como un cóctel de champán, una presencia eufórica y banal en los pasillos. Que mueran y desaparezcan los demás, a él no le sucederá nada. Es un productor veterano en La hora. Es intocable.
Arrancó con su fabuloso ritmo latino, dio unos pasos, como si el mundo no pudiera ser un lugar más delicioso. Creo que hasta levantó las manos en el aire y chasqueó los dedos. Ese prodigio del baby-boom no ha envejecido en la última década. Tiene un hornillo en su habitación y se prepara el té él mismo, y toma la misma comida cada día, fruta y yogur natural. Tú dices que se medica, pero yo no veo ninguna señal de ello.
Tu desaparición no parece alterar su equilibrio, pero ahora, en cualquier momento, su colega, Austen Trotta, va a llamar, por lo que deberán mantener la inevitable conversación. Trotta no es ningún tonto; ha leído los libros correctos y ha visto las películas adecuadas. Sabe que no estás bien, sabe que no estás llevando a cabo una operación en secreto y sabe, igual que yo, que tienes problemas. Uno intuye ese tipo de cosas. Pero Lockyear se resiste a esta interpretación negativa. En la conversación que mantendrá con Trotta habrá un tono de recriminación, pero Lockyear no lo reconocerá, y mantendrá la ficción de que simplemente estás manteniendo un tête-à-tête con uno de nuestros entrevistados, arrancándole un trato.
Me pregunto qué le debe de pasar por la cabeza. ¿Sabe que ha sido vergonzosamente negligente? Te dio demasiado tiempo para que negociaras en Transilvania. En estos momentos, ya deberías haber llamado triunfante y haberle comunicado a Lockyear que tenías un fantástico personaje y que podía proceder con confianza; se debería haber contratado a un equipo y Trotta debería haber recibido el informe habitual. Pero no nos ha llegado ni una palabra, e Ian ha muerto, y Lockyear ha experimentado algo inimaginable: un momento de duda de sí mismo. Te ha dejado una docena de mensajes en tu teléfono, y no has contestado ninguno de ellos. Una vez se puso un hombre al teléfono que farfullaba rumano, o lo que Lockyear imagina que es rumano, da igual. Fue y le explicó a Austen que quizás había un problema, y Austen reaccionó como si fuera el gobernador de un estado azotado por un huracán. Llamó al ejército. El gobierno de Estados Unidos está metido en esto:
El teléfono sonó. Lockyear lo cogió de inmediato.
—Absolutamente —respondió—. Ya sabe que sí. Todo lo que pueda hacer.
Colgó.
—Vamos allá —dijo, al venir a mi mesa—. Su padre y su prometido están en la oficina de Austen. Quieren saber algo.
—Me lo imagino.
Sus ojos se concentraron como un rayo láser en algún punto de mi persona.
—Bórrate esa sonrisa de la cara, imbécil. Vienes conmigo.
DIECIOCHO
E,: Lockyear y yo entramos en el despacho de Austen y, a través de los ventanales, New Jersey parecía estar muy cerca. Desde mi posición, en la esquina de la habitación más cercana a la puerta, el río Hudson casi no se veía, y tampoco el Trade Center debajo. ¿Tienes idea de lo que es ser un humanoide de veintiséis años, pálido, delgado y casi calvo en una habitación con cuatro tipos importantes, cada uno de una generación distinta? Te sientes como un niño perdido en un museo de cera. Ahí estaba, por supuesto, Lockyear, impecablemente ataviado con sus ropas caras. Viste bien, como Ian; estoy seguro de que te has dado cuenta. Sus gestos tenían una calma calibrada, no mostraban ni indiferencia ni pánico. Es esbelto y felino comparado con Austen, quien me recuerda a la vieja y sabia lechuza de los cuentos infantiles, y por eso le llamo el Lechuza. Austen iba vestido con una de sus camisas rosas a rayas y una corbata de seda roja debajo de una chaqueta azul oscuro, muy deportivo. Un pañuelo de seda rojo sobresalía del bolsillo de la chaqueta. Cada una de las arrugas que Austen tiene en el rostro parece producto de una cuidadosa reflexión previa, como si hubiera estado años deliberando la posibilidad de permitir que su piel dibujara un pequeño riachuelo, como si antes hubiera sido necesario que se realizaran visionados, se otorgaran permisos y se comprobaran referencias. Tiene las mejores arrugas de los medios de comunicación, diría yo, mejores que las de Eastwood e incluso Redford, porque estas arrugas existen como confirmación de carácter.
Austen es la suma total de sus arrugas, una por Berlín en 1956, tres por Argelia en 1962, cinco por Zimbabue en 1965, y Dios sabe cuántas por Vietnam. Es posible que Transilvania haya añadido una o dos a la obra de arte.
Mentiría si dijera que me importa mucho cómo mis señores del negocio se divierten. Desde el momento en que entré en la habitación, me quedé fascinado por los dos extraños: tu padre y tu amante, perdona, tu prometido. Primero, por supuesto, vi tu rostro en el de tu padre, y tuve la asombrosa sensación de que si le hablaba a él, tú me oirías. Si yo decía: «Evangeline, ven a casa», su boca se abriría y de ella saldría tu risa, y tu voz diría: «Pero si ya estoy aquí, Stimson». Después de esa primera visión, la realidad de ese hombre se impuso. Es severo. Tú no me lo habías dicho. Tiene luz en los ojos y una mandíbula que indica que no tolera ninguna resistencia, ni en esta vida ni en la siguiente. Me imagino esa mandíbula en la tumba, echada hacia delante como un yunque, sin desintegrarse nunca. El pelo de las sienes se le ha agrisado, pero parece que el resto del cabello mantiene el color. No hay nada redondo ni suave en tu padre. No transmite piedad ni una fácil amabilidad. No fuma, y pareció tomarse como un insulto personal el hecho de que Austen lo hiciera. No dejó de sacudirse los hombros de su traje Brooks Brothers, como si la ceniza del cigarrillo le hubiera manchado el tejido. Tuvo las piernas cruzadas todo el rato. Cuando hablaba, miraba directamente a Austen. Para él, y perdona que utilice tu expresión mordaz favorita, Lockyear es como un cero a la izquierda.
Y además, por supuesto, estaba tu prometido. ¿Qué puedo decir de él? Es bastante guapo. Te gustan los hombres guapos, obviamente. Siendo un exitoso chef de repostería, tenía que llevar el traje más informal y caro de la habitación, claro, un conjunto Armani con camiseta, pero no se comportó tan bien como los otros hombres. La vestimenta tenía un aspecto sucio, como si no se la hubiera quitado de encima desde que te marchaste. Su nombre es Robert, creo. Todos fuimos presentados. Es un hombre asustado, además, es muy fácil darse cuenta. O quizás eran sólo las malas noticias. Una vez me dijiste que él y Ian habían sido buenos amigos, creo incluso que me contaste que Ian os presentó, ¿puede ser? Así que quizá se encuentre bajo los efectos de una doble conmoción: un amigo muerto y su prometida desaparecida. Permaneció allí sentado en un estado de aturdimiento casi catatónico, con las piernas abiertas sobre el sofá, mirando una arruga en concreto del rostro de Austen, me pareció, como si esa arruga fuera el primer camino del trayecto hacia ti. Tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño o por haber llorado. El hombre mayor, tu padre, le intimidaba, creo, y debía de ser una tortura encontrarse tan angustiado en presencia de su futuro suegro.
Tu padre habló primero a Austen:
—Exijo unas cuantas respuestas.
—Por supuesto.
—Si obtengo las respuestas correctas, ya no habrá necesidad de que volvamos a comunicarnos. Tengo la decidida intención de llevar este asunto con mis propias manos. Pueden ustedes abandonar sus esfuerzos. De hecho, insisto en ello.
—Muy bien. —Austen se llevó una mano a la parte trasera de la cadera y mantuvo el cigarrillo levantado con la otra—. Yo sería la última persona en disuadirle.
Tu padre asintió con la cabeza.
—Bien.
Pareció que tu prometido fuera a levantarse del sofá para decir algo. Pero tu padre terminó.
—¿Qué está haciendo exactamente allí?
Austen dirigió los ojos hacia Lockyear. Lockyear se cruzó de brazos y dirigió una mirada implorante hacia tu padre, un tipo de mirada que nunca me han dirigido a mí. Tu padre no se la devolvió; mantuvo los ojos fijos en Austen.
—Acordó un encuentro con un caballero llamado Ion Torgu. Queríamos realizar una entrevista con él.
—¿Por qué?
—Se dice que es el líder del crimen organizado de Europa del Este.
Tu padre continuó mirando a Austen.
—¿Es eso verdad? ¿Enviaron a mi hija sola a encontrarse con ese hombre?
Austen volvió a mirar a Lockyear. Lockyear apretó los brazos alrededor de su propio cuerpo, como si un destornillador interno le hubiera dado una vuelta completa a todos los tornillos.
—Es lo habitual.
El rostro de tu padre se puso rojo mientras dirigía la siguiente pregunta a Austen:
—¿Cuánto le pagan a mi hija, si lo puedo preguntar, para que vaya a Europa del Este en busca de un gánster de alto nivel?
Austen volvió a mirar a Lockyear, y Lockyear, sin el menor estremecimiento de vergüenza, se volvió hacia mí, como si yo, el miembro peor pagado de todo el personal, firmara los cheques de todo el mundo. Me mostré entusiasmado de complacerle:
—Un poco menos de sesenta mil dólares al año.
Austen hizo un comentario en el tono de quien se siente moralmente escandalizado.
—No puede ser.
Lockyear abrió mucho los ojos ante la muestra de incredulidad de Austen. Se apresuró a corregir mi afirmación.
—Este hombre es simplemente un productor asociado. No tiene ni idea. Es una suma que se acerca a las seis cifras, creo.
Pero tu padre había hecho los deberes.
—Son cincuenta y cinco mil al año, señor. —Mantuvo la mirada, como siempre, clavada en Austen—. Por esa mísera cantidad quizá hayan mandado a mi hija a encontrar la muerte en Rumania.
Austen se aclaró la garganta y dejó el cigarrillo en un cenicero, encima de su escritorio.
—No se precipite. Me gustaría decir algo en nuestra defensa. Todos admiramos y adoramos a su hija. Si lo que usted dice es verdad, se le está pagando lamentablemente por debajo de lo que merece y, por supuesto, lo rectificaremos cuando vuelva, pero de momento tenemos que concentrarnos en el asunto que tenemos entre manos, ¿no? —Austen dirigió una rápida mirada de pura satisfacción hacia Lockyear—. Señor Harker, debería saber usted que asumo como una responsabilidad personal todo lo que ha sucedido. Si es necesario, nosotros mismos iremos a Rumania. De hecho, mi colega aquí presente, el señor Lockyear, parte hacia Bucarest esta noche. ¿No es verdad, Bill?
Lockyear asintió con la cabeza, como si acabara de pararse en ese despacho de camino al aeropuerto, como si esa mentira fuera una verdad inexorable. Utilizó su palabra favorita:
—Absolutamente.
Pero eso no ablandó a tu padre.
—¿Cuál es, exactamente, su última localización conocida?
Austen tomó mecánicamente el turno a Lockyear, que todavía estaba digiriendo las implicaciones de su nuevo itinerario. Pronunció cada una de las palabras para responderle en un tono casi de indignación moral.
—Un hotel de una ciudad llamada Brasov. Hay un mensaje de voz diciendo que dejaba la habitación del hotel, donde se había registrado al llegar y de donde se había despedido muy rápidamente. No estuvo allí más de una hora. El mensaje decía que estaría llevando a cabo las negociaciones durante un tiempo. Se había encontrado con alguien, no lo sabemos con seguridad, quizá fuera nuestro gánster, quizás uno de su gente. Y se fueron juntos. Ésa fue la última vez que supimos algo de ella. Ahora hace dos semanas de eso.
—¿La animaron ustedes a tener ese comportamiento imprudente?
Me di cuenta de que Lockyear sentía un pánico que iba en aumento. Le estaban culpando de todo.
—No tuvimos la oportunidad de hablar, pero le hubiera aconsejado encarecidamente que tuviera cautela...
Tu padre le interrumpió, furioso:
—Quiero números de teléfono, números de fax y direcciones de correo electrónico de todos los lugares donde ha estado y donde tenía previsto estar.
Austen adoptó una expresión indignada, también, como por solidaridad. Lockyear dijo que los conseguiría.
—¿Pensaron en pedirle a alguien del hotel que le hicieran llegar un mensaje personal? —gritó de repente el chef de repostería. La habitación quedó en silencio después de ese arrebato. Las lágrimas le manaban de los ojos—. O sea, direcciones de correo electrónico y teléfonos. Por dios, de un ser humano a otro, eso es lo que debe hacerse. ¿Sobornaron? ¿Amenazaron? ¿Amenazaron mínimamente a esos hijos de puta?
—Todo —contestó Austen con una convicción amable, aunque yo no estaba seguro de que fuera cierto—. Hemos intentado todo eso y más.
—¿Cuánto dinero llevaba ella? —preguntó tu padre.
Yo lo sabía.
—Unos mil dólares para gastos menores, además de una tarjeta de crédito.
Tu prometido soltó:
—Y el anillo de prometida.
Tu padre miró a tu futuro marido.
—Maldita sea. Un rumano puede matar sólo por eso.
La habitación quedó completamente en silencio, excepto por el tictac del reloj de cuco, un regalo que le hizo a Austen un alcalde alemán que resultó ser el hijo de un famoso comandante de la segunda guerra mundial. Al otro lado de la pared de cristal, los ayudantes levantaron la vista, como ciervos sorprendidos por disparos.
—¿Estás diciendo que he provocado que la mataran? —preguntó el prometido en un tono suplicante y horrorizado.
Tu padre negó con la cabeza.
—No, señor. Culpo a estos hijos de puta de aquí, y ten por seguro que les infligiré diez veces a ellos lo que ella haya sufrido.
—Bueno, bueno. —Austen hizo un gesto en el aire con la mano con que sujetaba el cigarrillo—. No es necesario hablar de esta manera, señor Harker. Ella es una productora asociada de La hora, y una de las mejores. Continúo convencido de que está manteniendo un encuentro en secreto con ese tipo, Ion Torgu, y probablemente ahora esté consiguiendo que se haga el programa. Si conozco bien a su hija, y si se parece en algo a su viejo, no cejará hasta que el trabajo esté terminado.
—Hace dos semanas que está desaparecida —replicó el prometido—. ¿Cree que es remotamente posible que todavía esté negociando?
Austen asintió con la cabeza, con gesto convencido.
—Conocí una vez a un productor que negoció durante tres meses con un señor de la guerra afgano.
Tu padre se puso en pie.
—Sea como sea, voy a contratar a un equipo de tíos muy duros para que vayan a Rumania, y si la encuentran viva, voy a pedirle que encuentre un empleo remunerado que no sea una mierda como éste. Quiero decir, joder, que si alguien os saca las castañas del fuego, pagadle como es debido.
En ese momento una editora, Julia Barnes, apareció a mis espaldas. Me dio unos golpecitos en el hombro y me incliné hacia delante. Me susurró al oído.
—Es urgente —dijo.
Austen la vio.
—¿Qué? —preguntó.
Julia dirigió una sonrisa compasiva a todos los presentes. Parecía saber exactamente lo que había entre nosotros. Quizás había estado escuchando detrás de la puerta; es una de las personas que más saben escuchar a escondidas de todo el programa, según mi experiencia.
—Es Claude Miggison —dijo—. Acaba de saber que ha llegado una caja de cintas de Rumania.
Un sentimiento de terror y un sentimiento de alivio se instalaron en la habitación. Nadie fue capaz de decir nada durante un minuto. Tu amante saltó del sofá.
Julia se dio cuenta de cuál era nuestro estado.
—Deben de ser de ella, ¿verdad? Nadie más está filmando en Rumania ahora.
—Pero eso no tiene ningún sentido —objetó Lockyear, moviéndose inquieto, defendiéndose ante Austen, ante los demás—. Ella no se llevó al equipo de cámaras. —Se volvió rápidamente hacia Julia—: ¿Quién ha rodado?
—Sólo consta un nombre en el envío, Olestru, que podría ser el primer cámara del grupo A, aunque nunca antes habíamos tenido a nadie llamado Olestru. Lo he comprobado en el archivo de contrataciones.
Lockyear se había puesto mortalmente pálido.
—Ése es nuestro contacto en Rumania.
Tu padre dio un puñetazo en el escritorio de Austen.
—¡Será mejor que os organicéis!
—¡Exacto! —Austen se dirigió a Lockyear—. Estás acabado, Bill.
Lockyear dirigió la mirada más allá de él, hacia el río, con la boca abierta, como si acabara de atravesar caminando y por accidente el ventanal de cristal y acabara de darse cuenta de su error. De hecho, acababa de salir al aire libre del paro.
—Ya no necesitaremos más tus servicios. —Austen bajó la vista al suelo—. Es una pena.
La reunión llegó a su fin.