MISTERIO.....TV.ONLINE;PELICULAS DE TODO LOS GENEROS,FUTBOL TODAS LAS LIGAS,DIBUJOS ANIMADOS GRAN VARIEDAD,DOCUMENTALES,SERIES TV,LIBROS PARA LEERLO COMO TODA LA SAGA DE CREPUSCULO,TIERRA DE VAMPIROS Y MUCHAS COSAS MAS......

No me soltaba. Cayó de cara contra mis rodillas, como si buscara protección allí. Era una visión horrible, su piel estaba pálida, fría y peluda, parecía azul en la oscuridad, con zonas ennegrecidas por los golpes. Sentí un terror fugaz. ¿Y si era una de esas criaturas de las películas? ¿Vería unos dientes afilados y unos ojos rojos y muertos cuando volviera a levantar la cabeza? ¿Mordería? Pero, por supuesto, lo que significaba la presencia de aquel hombre era mucho, mucho peor que eso, y en un momento me di cuenta. Si no escapaba, acabaría como él.
—Suélteme —susurré.
—¡Habla inglés, grracias a dios, oh, grracias a dios, grracias a dios!
Una y otra vez oí esa frase hasta que le hice callar.
—No haga ruido.
Entonces él se sentó y se llevó las manos a la entrepierna. Los ojos aparecían blanquecinos y protuberantes. Tenía el pelo revuelto y le estaba saliendo barba.
—¿Es usted noruego? —le pregunté. Él asintió con la cabeza. Recordé el nombre y la dirección de la maleta de metal—. ¿Es usted Andras de Oslo?
—Sí —dijo casi sin respiración—. De la televisión. ¿Y usted?
—Yo también. Norteamericana.
—Sí, sí —susurró, extático—. Lo he notado en su acento. Grracias a dios que ha venido. Me han arrastrado hasta aquí y han intentado clavarme un cuchillo, pero luché como un jodido tigre siberiano y se retiraron. Cobardes.
Le puse la mano encima de la boca y negué con la cabeza.
—Vourkulaki —dije—. ¿Son reales, entonces?
Una línea de absoluto terror me conectaba con él, como si respiráramos con los mismos pulmones y miráramos con los mismos ojos.
—Oh, sí —dijo—. Muy reales.
—Ayúdeme —le dije—. Yo le ayudaré, y saldremos vivos. ¿De acuerdo?
Él asentía con la cabeza y miraba hacia atrás, hacia el otro extremo del pasillo.
—Entonces acabaremos con estos cabrones para siempre —dijo, otra vez en tono demasiado alto.
Le ayudé a levantarse y observé su cuerpo de arriba a abajo con ojo clínico. Tenía que pensar en la logística. Era un hombre grande, debía de pesar más de noventa kilos. Verdaderamente, no veía de qué forma podría pasar por las estrechas aberturas de las cabinas del paternoster. Estaba débil a causa de la pérdida de sangre. Temblaba por algo más que por el frío. Deseé poder ofrecerle algo para que se cubriera, pero no había nada a mano y no teníamos tiempo.
Le mostré cómo manejarse con el paternoster, y empezamos el descenso. Yo no soy ninguna santa, así que él iba en segundo lugar, de modo que si se quedaba atrapado en el paternoster, como era muy posible dado que pesaba entre treinta y treinta y seis kilos más que yo, no pensaba sufrir las consecuencias.
Yo recordaba cuatro o cinco pisos calcinados, pero mientras recorríamos nuestro camino, conté siete, ocho, nueve, diez. La mayor parte del hotel se había incendiado. Quizás era por eso por lo que Torgu quería ir a América. Su casa había sido destruida, y él quería empezar de nuevo. No podía ser fácil encontrar o construir un hotel nuevo que se adecuara a sus exigencias. Así, al igual que tantos inmigrantes antes que él, iría a Nueva York. Con los millones procedentes del crimen, si es que existían, compraría uno de esos pequeños hoteles que se extendían al sur del distrito de distribuidores cárnicos. Austen Trotta me había dicho una vez: «Recuérdalo, siempre hay una historia inmobiliaria».
Andras soltó un gruñido en la cabina de arriba, como si estuviera defecando. Tardaba demasiado. Yo me movería más deprisa sin él, no cabía duda.
Hacía mucho que se me había parado el reloj y sólo podía adivinar qué hora era. Debía de haber pasado ya la hora de la comida, debían de ser sobre las tres, lo cual me daba unas cuantas buenas horas más de luz: una hora más para llegar abajo, y dos para llegar a la iglesia del pueblo abandonado. Cuando abandonáramos el hotel, arrancaría a correr y Andras tendría que continuar de la mejor forma que pudiera. Una vez en el vestíbulo, mi obligación habría terminado.
Yo me movía cada vez más deprisa, dejándole a él atrás. «Soy como una avanzadilla —me dije a mí misma— explorando el terreno.» A cada momento me detenía e intentaba oír sus gruñidos. Llegué a lo que supuse que debía de ser el sexto piso, y la parte incendiada empezaba a desaparecer. Me detuve y escuché. La respiración de Andras, alta y rápida, como un sonido de fondo de sus gruñidos, se había ido apagando en el profundo silencio del resto del hotel. Esperé. Por despacio que se moviera, casi en ningún momento había quedado fuera de mi vista más que treinta segundos. Me agaché en la cabina, entre lo que parecían ser el sexto y el quinto piso. Él se había detenido por completo. «Tienes que irte», me dije a mí misma. Que cada palo aguante su vela, como diría mi padre.
Tomé una decisión. Él estaba acabado. Metí las piernas por la rendija hacia el quinto piso. Mientras lo hacía, las luces del paternoster se encendieron. Esa cosa se puso en marcha con una vibración y empezó a subir. En el último momento, antes de que el techo y la cabina me aplastaran las piernas, me tiré dentro. Sin que hubiera tenido tiempo de pensar nada, el paternoster llegó al sexto piso.
Andras se tiró, con un grito ahogado y sangre manándole por la boca, tambaleándose, contra mí. Tenía seis brazos. Eso es lo que vi en primer lugar, unos brazos que se retorcían, como las serpientes de las estatuas antiguas, alrededor de su cuello, de su torso, de sus piernas. Le habían atrapado. Tiraban de él hacia atrás, hacia la oscuridad. Alguien tenía un cuchillo, el filo brilló. Yo salí corriendo de la cabina y le agarré una mano. Nos sujetamos con fuerza un momento y vi en él la entera vida de esfuerzo de un periodista itinerante, vi la belleza y el coraje y la locura que había en ello, una vida atrapada en esos momentos por una conmoción ciega y un ultraje en ese horrible lugar. Los brazos serpenteantes apretaron, Andras rugió, nuestras manos se separaron y él salió volando hacia atrás por el pasillo hasta que se oyó un portazo y el ruido de la lucha cesó. Me quedé inmóvil durante mucho rato, me pareció, con la mano todavía extendida y caliente de su contacto. El paternoster giraba detrás de mí. Las sombras de delante se estremecían. La alfombra apestaba. Mi bolso había desaparecido abajo. Detrás de la puerta, en la oscuridad, oía unos susurros divertidos, y el ritmo de una respiración feroz. Detrás de esas puertas habitaban todo tipo de horrores. Levanté la otra mano, en un gesto de rechazo de lo que pudiera venir.
Me precipité corriendo hacia delante en la oscuridad gritando su nombre.
—¡Andras!
Una puerta se abrió y los vi, justo delante de mí, dos hombres de ojos brillantes, pelo largo y oscuro y sonrisa mordaz, los Vourkulaki. Se movían juntos, con agilidad, como panteras. Uno tenía un cuchillo y el filo brillaba.
—Tú —dijeron al unísono, como si me hubieran estado esperando desde que nací.
¿Mi vida me pasó en un instante ante los ojos, pero no como yo habría esperado. De hecho, no fue como en una cámara. Fue como un oleaje. La voz de mi padre diciendo: «Nunca empieces un fin de semana con menos de cien dólares en el bolsillo». Una foto de mi antepasado Crazy Snake, tenue y trémula. Mi tatarabuela me mostraba la tumba de un joven indio enterrado bajo las puertas de su pequeña casa. Yo comía un pastel de cumpleaños. Una chica bronceada con un bañador rojo se tiraba de un trampolín a la piscina del club Dallas Country. Yo bailaba con guantes blancos en un cotillón. Mi madre lloraba en el funeral de su madre. Robert intentaba besarme en nuestra primera cita. Austen Trotta me decía que debía ponerme ante la cámara. Oí una explosión en las alturas. Robert me pidió la mano. Clemmie Spencer susurró «África».
Tenía recuerdos. Yo era real. Eso era real. Los hermanos Vourkulaki eran como un charco de alquitrán que había visto en Los Angeles, una superficie negra y humeante bajo la cual las cosas se hundían sin dejar rastro.
—¿Dónde está? —pregunté.
No creo que hablaran muy bien el inglés, ni que eso importara. Sus brazos me rodearon el cuello y las piernas. Yo me retorcí y arañé, pero me encontraba de lleno en la boca del lobo. Los brazos me llevaron hasta una habitación al otro lado de la sala, enfrente de la habitación donde se encontraba Andras. Los Vourkulaki tenían unos ojos inexpresivos como de tiburón, casi invisibles detrás la masa de pelo. Se movían agachados. Sus lenguas lamían palabras extrañas. Me dejaron caer al suelo, salieron fuera, al otro lado del pasillo, y entraron en la otra habitación, que todavía tenía la puerta abierta. Mi puerta se cerró con un portazo.
Esperé oír el sonido de una llave al girar, pero no lo oí. Esa habitación no se había incendiado. Había decaído, como un cuerpo. Oí un grito en la sala. Algo nuevo estaba sucediendo. ¿Podía estar vivo Andras? ¿Podía ser él? Percibí el sonido de un golpe, como de un objeto pesado, y el susurro de unas mantas. Esperaba que mi puerta se abriera de un momento a otro.
Me di cuenta del momento en que se puso el sol. Las sombras de la habitación se hicieron negras, y el ruido de la otra puerta se reanudó, pero tenía una calidad distinta. Se oyeron unas voces en comunión, en un tono apagado, casi respetuoso. En ese momento creí que otro había llegado al pasillo. La conversación se apagaba y se reanudaba, y oí el sonido de unos pies calzados con botas que abandonaban la habitación y entraban en el pasillo. Me preparé. Pero los pasos transitaron hacia otro lugar, hubiera jurado que hacia el paternoster, antes de alejarse. Esperé. No fue difícil. No podía moverme.
Debía de haber pasado una hora más cuando, finalmente, me aventuré hasta la puerta y la abrí un poco para mirar al pasillo en dirección al paternoster. Al principio, sentí alivio. El viento emitía su habitual gemido. Abrí un poco más la puerta. Las bisagras no rechinaron y me preparé para correr. Abrí la puerta unos centímetros más y escuché. Al otro lado, fuera de la vista, estaba la habitación donde habían llevado a Andras, cuya puerta no tenía ni idea de si estaría todavía abierta. No quería que lo estuviera. Temía verlo. A lo lejos se oía un sonido rítmico y pensé que debía de ser un generador de uno de los pisos de abajo. Volví a mirar pasillo abajo y vi que las bombillas del paternoster brillaban intermitentemente a una corta distancia. Ahí estaba. Esa era la oportunidad. Volví a pensar en Andras, y volví a sentir el contacto de su mano antes de separarse de la mía. Miraría en su habitación. Sería muy rápido. Si él podía caminar mínimamente, intentaría ayudarle. Si no, tendría que abandonarle. El viento gimió con fuerza y abrió y cerró las puertas de ambos lados del pasillo. Justo enfrente de mí, al otro lado del vestíbulo, la puerta de su habitación dio un portazo. Me apretujé contra mi puerta y oí que ese sonido rítmico cobraba mayor fuerza, era como los dientes de una sierra contra la madera. Era un ser humano. Estaba vivo, probablemente no se le podía ayudar. Todavía escondida detrás de la puerta de mi habitación, me agaché. Me concentré. Con la punta de los dedos empujé la puerta un poco hasta que sólo podía ver el vestíbulo de mi habitación, pero no más allá. Vi varias cosas a la vez en la penumbra. Al principio, no estaba segura de que ninguna de ellas fuera real.
En el suelo, con las manos metidas en un cubo, se encontraba sentado el hombre que había conocido como Ion Torgu. Al principio pensé que estaba vomitando. Tenía los ojos girados hacia arriba. Le temblaban los labios, y emitía unos susurros enfebrecidos. El cubo del hielo, pensé, el de la cena; allí había estado su cuchillo. Volví a mirarle a la cara. Una sustancia oscura le goteaba de la parte inferior del rostro, desde las fosas nasales hasta la barbilla, y oí unas palabras confusas, como si fueran nombres de lugares, aunque podía haber sido mi imaginación; algo así como: «Nitra, Rumbala, Cajamarca, Gomorra, Balaklava, Nadorna, Planitsa, Ashdod...». Movía las manos por el borde del cubo. Miró hacia arriba y el blanco de los ojos le brilló con fuerza, mucho más que cualquier otra cosa en esa habitación. Tenía las piernas abiertas a ambos lados del cubo. Le vi la suela de una de las botas. La parte inferior de su cuerpo no se movía. De repente, apartó las manos del cubo y las dejó caer en el suelo, los nudillos hacia abajo, las palmas hacia arriba, los dedos retorciéndose. Alguien le había golpeado, pensé. Yo le había golpeado, pero ¿le había dejado así? Su cuerpo parecía tener una cualidad como de plástico, como si fuera un objeto en lugar de un hombre, pero el pecho le subía y le bajaba, y el sonido rítmico, como de sierra, resultó ser el de su respiración. La letanía de esas palabras susurradas llegaba desde el vestíbulo con un efecto extraño. Empecé a oírlas dentro de mi propia cabeza, como si yo las estuviera pensando al mismo tiempo que él las pronunciaba, incluso antes de que salieran de su boca, a medida que se formaban en su mente, «Thessalonika, Treblinka, Golgotha, Solferino, Lepanto, Kalawao, Kukush...».
Puse un pie en el pasillo, creyendo que él estaba inconsciente, pero su cuerpo hizo un movimiento repentino. La cabeza le cayó hacia delante, encima del cubo. Levantó las manos de la alfombra, las puso sobre el borde y las metió dentro. Abrió la boca y subió las manos juntas, formando un cuenco. Introdujo la parte inferior del rostro dentro y el fluido negro se le escurrió entre los dedos. Oí el goteo del líquido sobre el líquido. Su respiración era entrecortada, y movía los labios contra las palmas de las manos. Los glóbulos oculares le brillaban como estrellas. Empecé a comprender. Vi más allá de él. Me fallaron las piernas y caí de rodillas. A su espalda, encima de la cama, había un pie desnudo, y lo supe. Torgu bebía la sangre de ese hombre, del cubo. Se bebía a Andras. No podía moverme. Escuché en un rapto de terror a Torgu, que bebía y hablaba, sus labios negros recitando los nombres de lugares en mi cabeza, y mientras yo recitaba con él, empecé a comprender por primera vez que cada uno de los hombres y mujeres que habían sido alguna vez obligados a pararse desnudos ante la fosa común, cada una de las niñas asesinadas ante los ojos de sus padres, cada uno de los pueblos aniquilados, cada uno de los nombres extinguidos por el capricho de un carnicero, cada uno de los insignificantes ciudadanos masacrados en cada uno de los lugares desconocidos desde el principio de los tiempos, cada uno de ellos había existido de verdad. Mis gritos no pudieron ahogar las palabras de esa canción.
Me desperté en la cama del ático, la luz salvaje de las estrellas se apagaba en el cielo. No sabía cuánto tiempo había estado allí, y me vino la idea de que habían pasado días. Al instante, me senté, y me di cuenta de que la habitación estaba diferente. No tenía la sensación de ambiente viciado de antes. Me di cuenta de por qué. A unos metros, la puerta que conducía al piso superior estaba abierta.
Me quedé encima del cubrecama, en blanco por un momento, antes de empezar a recordar lo que había visto. Sentí que se me rasgaba el pecho. Nunca en toda mi vida, hasta ese momento, había gemido. Me llevé las manos a la cara y mi cuerpo emitió un sonido. Gemí por mi madre y por mi padre. Gemí por Robert. Gemí por Andras. Salí de la cama y me vi los pies desnudos: alguien me había quitado los zapatos. Fui hasta el espejo del tocador y me vi los rasgos crispados, el pelo negro ferozmente revuelto, lágrimas por todas partes, los ojos conmocionados, húmedos y rojos. Los dos botones de arriba del suéter se habían caído, y vi que tenía restos de sangre seca por todas partes. Me arranqué el suéter, mi favorito, y me quedé allí de pie. Era una visión de mí misma que no podía haber imaginado: yo al borde de la muerte. Al lado del tocador se encontraba el bar. Cogí una botella de Amaro, un licor que había descubierto en un viaje a Italia durante el cual Robert me enamoró. Se bebe con unas gotas de limón. La lancé al otro lado de la habitación, hacia una ventana, pero tenía el brazo débil. La botella dio contra un aparador y rodó por el borde recto de una alfombra persa.
Vi la botella de Jameson. Ya me había tomado una parte antes. La cogí, la abrí y me bebí el resto. Caí hacia atrás encima de una sedosa alfombra persa y tragué. Gemí un poco más. El espesor del tejido bajo la espalda me resultaba agradable, y acaricié los hilos con una mano. Luché por no perder la conciencia por completo. Pensé en Clementine Spence y en su cruz, dejé la botella encima de la alfombra, me levanté y rebusqué en el bolso hasta que encontré el crucifijo y me lo colgué del cuello. Me tumbé encima de la alfombra. Vacié lo que quedaba del whisky en mi boca y lancé la botella rodando por encima de la alfombra hasta la puerta abierta.
El pie de Torgu la detuvo. Torgu entró y le dio una patada a la botella. «La Cosa está aquí», pensé. La cosa llamada Torgu no se podía filmar. No era natural, ni siquiera sobrenatural. No había forma de verle como a un humano. En el mejor de los casos, era el portador de una plaga desconocida. En el peor, desafiaba cualquier descripción, era una sustancia emanada de una inmensurable y oscura pesadilla, era mi propio fin.
Torgu entró en la habitación y sus ojos absorbieron la cruz que me colgaba del cuello. Tenía los labios relucientes de prolongadas libaciones. Los estaba moviendo. La sangre le corría por la barbilla formando hilos, manchándole la camisa, la misma que llevaba la noche de nuestra cita. Su boca recitaba su letanía de nombres, ahora libres de cualquier intención o significado. Me puse las manos sobre los oídos, pero no sirvió de nada. Las palabras se habían metido dentro de mí; me penetraban el corazón como gusanos, y la Cosa lo sabía. Los dientes negros brillaron detrás de una mueca babeante. Al principio las manos no estaban a la vista, pero dio un paso hacia delante y apareció una de ellas, sus dedos eran unos hilos colgantes de pesadilla. No parpadeaba. Los glóbulos oculares sobresalían con una vitalidad amarillenta, las pupilas eran unos apretados puntos. La mandíbula inferior sobresalía, y Torgu caminó hasta los pies de la cama, donde, parecía, se esperaba que estuviera yo. No me moví de mi sitio encima de la alfombra persa. El noruego se encontraba desnudo y sin afeitar antes del sacrificio. Yo estaba en sujetador y pantalón de chándal.
Sentía los brazos débiles a ambos lados del cuerpo. Intenté desaparecer de lo que tenía delante de mí. Me imaginé a mí misma como un diseño persa de mujer intrincadamente tejido en la alfombra. Oí una frase de música, unos timbales y unas cuerdas de sonido sinuoso; un fragmento de una absurda película antigua sobre la exótica Arabia. Torgu caminó alrededor de mi cuerpo hasta que llegó a la altura de mi cabeza, de forma que le vi el rostro del revés. Le miré a los ojos. Él no me quitaba la vista de encima. Me sujetó por el pelo con una mano, y con la otra cogió el enrojecido cuchillo de degollar; yo ni siquiera pensé en gritar. Pero Torgu todavía no atacó. Por un instante, pensé, deseé, que fuera a causa de la cruz de Clementine.
En esos ojos, justo allí encima de mí, imaginé ver el alba de una comprensión. Una revelación mutua se estableció entre nosotros, aunque, en mi estado de confusión a causa de la bebida, no pude entenderla del todo.
—¿Quién eres? —pregunté.
La respuesta burbujeó en sangre.
—Un hombre viejo.
—¿Qué quieres?
—¿Qué quiero? —Pareció ganar en estatura. Le brillaron los ojos—. Quiero aparecer en su programa de televisión. Hélas.
—¿Qué va a sucederme? —susurré.
Torgu levantó el cuchillo.
—Eso quedará claro.
Esas palabras manaron de sus labios y gotearon encima de mi cuerpo. Bajo su mirada, perdí la voluntad de preguntar.
—Pero primero —continuó Torgu—, exijo una invitación. Hemos hablado de Nueva York.
Debí de parecer confundida. Torgu me penetró con la mirada, yo le miré. ¿Por qué no me había puesto el cuchillo en el cuello? El alcohol me nublaba la mente. Cerré los ojos durante dos segundos; cuando los volví a abrir, su atención se había desplazado a la parte superior de mi cuerpo. El aire frío procedente de la puerta abierta había provocado que mis pezones estuvieran erectos, y la forma en que me había caído sobre la alfombra me había dejado los pantalones bajados por la cadera izquierda. Sentí que un gemido emergía desde mis tripas, esta vez a causa de la humillación, pero antes de que pudiera ser audible, otro pensamiento tomó forma, una revelación. Él volvió a hablar, como si se adelantara a mí línea de razonamiento.
—Necesito que me haga llegar una invitación personal, Evangeline.
Era la primera vez que utilizaba mi nombre; el efecto fue casi tierno. Noté de nuevo la agresión a mi voluntad. Sus ojos apretaban los míos como si estuvieran encima de ellos. Aferró mi pelo con más fuerza, insistiendo. Volví a escuchar en mi cabeza las palabras susurradas antes, un eco de ecos más remotos, fuera del tiempo y del espacio. Quise darle permiso. Quise decirle que viniera a mi país, que viniera a mi programa, que viniera a mi cuerpo. Que me aniquilara. Podría llamarlo un tipo de deseo sexual, pero fue, en verdad, el deseo de escapar de mi sufrimiento. No podía soportar ni un momento más mi propio terror.
Cerré los ojos otra vez, los mantuve cerrados y me despedí de mí misma. Perdí la capacidad de sentir nada en las piernas. Quería que llegara la muerte. Pero le oía respirar entrecortadamente, como un hombre que hubiera estado soportando un peso durante demasiado tiempo. La cabeza me cayó hacia atrás y cuando abrí los ojos, sorprendida, él parpadeaba, como si un exceso de luz del sol le hubiera golpeado, y se retiraba rodeando el extremo inferior de mi cuerpo. «La cruz —pensé—, por fin ha funcionado de una puñetera vez.» Pero no se marchó. Al llegar a mis pies, se volvió y se quedó ahí, con el cuchillo al lado del cuerpo, sin dejar de parpadear. En esos pocos segundos, mientras observaba su incomprensible retirada, el desconcierto se convirtió en conocimiento. Una revelación incendió mis sentidos. No se trataba en absoluto de la cruz. Recordé su delicada salud, la fragilidad de su cuerpo en relación a cierto «estado» no especificado, y esa idea me atravesó el cuerpo y extinguió la lasitud de la mortalidad.
Lo que estoy a punto de contar me resulta muy difícil. Sé lo que significa, o lo que puede significar para mi futuro, en mis relaciones con otras personas, en mi vida con mi esposo. Pero intento ofrecer una estricta narración de lo que vi para que otros puedan disponer de un valioso conocimiento cuando les llegue su momento, tal y como debe ser y será. Algunos dirán que me crié en un hogar sin ninguna creencia religiosa y que eso ha sido decisivo. Otros dirán que yo era una chica posmoderna de comportamiento desenfrenado en una era en la que poco importa, o no importa en absoluto, que una mujer soltera se acueste con hombres y que lleve a cabo, sin ninguna vergüenza, una serie de actos sexuales que las anteriores generaciones de mujeres guardaban como su secreto más profundo. Pero afirmo ahora que siempre he sido un ejemplo más que convencional de la típica mujer de mi época, con cierta experiencia sexual, sí, pero que sólo realiza los actos más comunes, muy discreta y extremadamente modesta, que nunca he tenido tendencia a los vuelos de la fantasía, que he tenido un número mínimo de compañeros, que soy una monógama y una pragmática e, incluso, una mojigata donde las haya.
Torgu estaba agitado y contemplaba mi cuerpo como si fuera un lecho de lava. Yo temblaba y casi no podía moverme, pero me quité con esfuerzo el anillo de prometida del dedo y le tiré el delicado aro a la cara. Él se tambaleó hacia atrás, gruñó y amenazó con el cuchillo. Yo no podía soportar verle. Esos labios goteantes, esos ojos de hipnotizador amenazaban mi determinación. Tomé una decisión. Todavía tumbada de espaldas, rodé sobre mí de tal forma que él pudiera tomarme por detrás; era un juego terrible, un juego atroz, pero era la última posibilidad. Él dejó escapar un siseo. Me icé un poco del suelo, introduje los pulgares en la cintura del pantalón y me lo bajé hasta las rodillas. El crucifijo me colgaba del cuello, y sentía el alcohol en el cuerpo. «Escucha la canción que marcan tus caderas —me dije—; por favor, Dios; por favor, Dios», un encantamiento sincopado. Concentré toda mi fuerza en los puños, los cerré con furia y empecé a contonearme. Fue un acto de fe, en algún sentido, de fe no en lo divino de arriba, sino en lo divino de abajo, en mi poder sobre ese mal. Si estaba equivocada, entonces sería violada antes de ser asesinada, pero me consolé a mí misma con la idea de que nadie lo sabría nunca.
El demonio ardía, en ese extraño ático, con sus interminables ríos de filigranas de seda, sus insinuaciones de harenes kitsch, a la primera luz de una mañana transilvana. Un gemido me surgió del pecho, me llevé una mano al hombro y me bajé primero una tira negra del sujetador y luego, la otra. Sudaba alcohol. Mantuve los ojos fijos en las figuras entrelazadas de la alfombra, en el azul profundo, el oro y el verde de acanto, para que Torgu no pudiera verme los ojos. Esperaba que dejara caer el cuchillo de un momento a otro y que se me pusiera encima, esperaba que ese animal me penetrara, pero no sucedió nada. «Tengo razón —pensé como una loca, más un deseo que una certidumbre—. Le he descubierto.» Reduje el ritmo hasta quedarme perfectamente quieta excepto por el movimiento de mis pulmones y giré sobre mí misma para mirarle, para ver qué era lo que había conseguido. Era un espectáculo asombroso y, debo admitirlo, esa visión me cambió para siempre.
Él había caído de rodillas. El cuchillo se había convertido en la muleta en la que se apoyaba. Tuvo un tremendo escalofrío. Torgu intentó indicarme con un gesto de mano que yo debía abandonar, un gesto patético para despertar mi miedo, pero su autoridad había desaparecido. Me senté, puse los brazos detrás de mí con las manos abiertas sobre el suelo, y me preparé. Me puse de pie. Al hacerlo, el pelo me cayó encima de la cara, ocultándole mis ojos. La cruz de Clementine brillaba al alba del día.
«Ahora la muerte», me dije, ignorando mis últimas obligaciones sagradas. El sujetador se había desabrochado y me colgaba del brazo, a la altura del codo. Estaba de pie, casi desnuda y crucificada ante esa criatura, a unos centímetros de su boca entreabierta. Torgu hervía por dentro, pero ya no podía apartar la mirada, y sentí, con una determinación sedienta de sangre, que ahora yo tenía la capacidad de barrerle de la faz de la tierra. Fue un momento de conocimiento puro. Allí estaba, arrodillado con su arma en la mano, y allí estaba yo de pie, con mi piel caliente y humana, y se hizo patente de forma clara y repentina que el cuchillo teme a la piel más que a nada en el mundo, que depende de la piel en todos sus sueños sangrientos, que su único recurso es abrir en dos la pesadilla, cortar la vid del interminable bosque del deseo. Abrí las piernas unos centímetros y deslicé la mano hacia abajo. Las últimas y lentas caricias tuvieron su efecto en él y en mí. Mis dedos encontraron respuesta. Una pesadilla de fuego y desolación arrasó la mente del monstruo. Se estaba consumiendo, incinerando. Los nombres de los lugares arrasados pasaban por sus labios en una retahíla desesperada y crispada, se deshacían en sílabas incoherentes. Mi mente atravesó volando la alfombra persa recordando una vieja y olvidada fórmula para ahuyentar al diablo. Pensé en vidas muy lejanas, en las mujeres de todos los tiempos que tuvieron que abrirse paso sinuosamente para escapar del asesinato y de cosas peores. Era una enorme tradición, y esos sutiles poderes fluían por mis caderas y mis pechos, como si los santos del deseo hubieran cobrado vida en esta habitación. Y con estas revelaciones, se produjo otra, insoportable, la de que quizá yo podía tener el poder que Torgu poseía, de que el beber sangre humana podía ofrecer unos generosos beneficios, de que la violencia de sus labios podía deslizarse por mis pechos y mi vientre y ofrecerme algo mucho mejor. Ese pensamiento se desvaneció tan deprisa como había aparecido. Con una confianza peligrosa pero absoluta, deslicé los pulgares dentro de la cintura de mis baratas bragas de color rosa y me las quité. En un último gesto de desprecio, hice una bola con la pieza de ropa interior y se la introduje en la boca, un verdadero acto hipnótico tan completo que la criatura no pudo concentrar fuerza suficiente en sus manos para quitarse la pieza de ropa de las fauces. La fiebre de esa lucha aumentó. El terror aumentó. La Cosa se tambaleó hacia atrás, y la explosión se produjo despacio. No iba a detenerla. Arqueé la espalda, ofreciéndome igual que el noruego sacrificado. Permití que el puro placer de ese movimiento me invadiera todos los sentidos. El cuchillo cayó de los dedos de la bestia. De su boca emanó una masa de sangre. Al fin, con ferocidad, se arrancó la ropa interior de entre los dientes. El material de poliéster se le quedó pegado en los dedos. Emitió un último rugido de frustración mientras intentaba rasgar la tela. Yo siseé su nombre, como la gran puta de Babilonia, una vez y otra, «Torgu, Torgu, Torgu», irguiéndome en el aire para que él pudiera observarme por completo. Cerré los ojos, pensé que la habitación debía de estar envuelta en llamas. Oí una respiración entrecortada, la mía o la suya, no lo sé, unos pasos apresurados escaleras abajo en una huida que me puso enferma, que me trajo a la mente los rozamientos y los serpenteos de los insectos asustados de repente por la luz. Abrí los ojos otra vez, y se había ido.
No tenía tiempo de sentirme disgustada conmigo misma. No me regodeé en nada. No dudé ni un instante. Volví a vestirme casi por completo con la armadura de mi victoria, el sujetador y el pantalón de chándal, por si Torgu volvía a por mí otra vez. Dejé las bragas y el anillo de prometida en el suelo, pero cogí el cuchillo. «Seguiré al monstruo hasta las profundidades del hotel. Escaparé de esta guarida y correré con mis últimas fuerzas hasta la capilla, en el prado del valle desierto, donde alguien, seguro, me ofrecerá refugio. Y si esas puertas me son cerradas, correré agazapada al suelo, mataré a cualquier cosa que intente detenerme, hasta regresar a una morada humana. Lucharé con la piel, los huesos y el sexo para sobrevivir.»