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Él cogió mi maleta y me condujo más allá de la habitación que contenía su colección de artefactos rotos. Tropecé, estuve a punto de caer por un desnivel de tres escalones y recuperé el equilibrio justo delante de un artilugio que parecía ser un ascensor en movimiento. Nunca había visto algo así antes. En lugar de una única cabina que se abría al apretar un botón, este ascensor no tenía puertas y estaba compuesto por dos cabinas, que se movían constantemente. A la izquierda las cabinas subían. A la derecha, bajaban. Llevaban un ritmo constante, silencioso, y había que saltar a una de ellas en cuanto ésta quedaba al mismo nivel del piso o la oportunidad había pasado. Era un tanto irritante, y dudé. Él me empujó y subimos. Él llamaba a esa cosa un paternoster y, con orgullo, me contó que el hotel había sido diseñado y construido por ingenieros de la Alemania del Este antes de que las normas globales de seguridad pudieran interferir.
—Los tullidos no pueden usarlo —dijo Torgu con satisfacción—. Carecen de la mínima agilidad.
Nuestra cabina subió con rapidez y, dado que no tenía puertas, entreví algo de los pisos prohibidos, los pisos por donde era evidente que los hermanos Vourkulaki deambulaban. La luz del paternoster iluminaba los pasillos durante un instante; parecían los de cualquier otro hotel barato pero eran más sombríos. En uno o dos de los pisos había unas puertas abiertas, como si el servicio de limpieza hubiera estado trabajando, a pesar de que no había carritos, ni cubos ni fregonas, nada que sugiriera que se hacía ese tipo de trabajo. Un olor a podredumbre había inundado esos espacios. El moho se había instalado en la estructura, y también otro hedor, el de podredumbre, por la presencia de insectos muertos dentro de las paredes, se había infiltrado. No le pregunté si los tres pisos superiores tenían calefacción o luz. La comida había sido exquisita, y él se había mostrado de lo más agradable. Necesitaba algo de mí, eso estaba claro; necesitaba una cámara. Hasta que la obtuviera, me trataría bien.
—Casi hemos llegado —dijo en tono casi inaudible—. Estos son los peores pisos, los últimos antes del ático. Una desgracia.
Vi a qué se refería. Al llegar al nivel de uno de los pisos, percibí un ligero olor a plástico y a madera chamuscados. Debía de haberse producido un incendio. La luz del paternoster mostró unas paredes ennegrecidas. El artilugio pareció aminorar la velocidad y sentí que se me alteraban los nervios. Me pareció ver que algo se movía, como una espiral de humo, o como la cola de un animal grande, o una mano que saludara justo en el umbral de lo que mi vista abarcaba. Pareció proceder del interior de una habitación que no tenía puerta. Debía de estar a unos veinte metros, pero la luz del paternoster no era lo suficientemente fuerte para destacarlo de entre las sombras.
—¿Ha visto eso?
Torgu chasqueó la lengua, como para hacerme callar. El último piso incendiado quedó atrás.
—Por favor, salga. —Me empujó ligeramente fuera del paternoster—. Disfrutaremos de las escaleras a partir de aquí.
El suelo bajo mis pies parecía sólido. El hedor a moho y a fuego había desaparecido. Consideré la posibilidad de que ese añadido se hubiera construido después de la conflagración, encima de ella, como una ciudad nueva construida encima de una vieja. Torgu subió aprisa los escalones delante de mí y me sorprendió su repentina agilidad. Colocó una mano en el pomo de una puerta y miró hacia atrás.
—Voy a inspeccionar —me dijo—. El servicio puede ser esporádico.
Abrió la puerta y metió la cabeza dentro. Una cálida luz amarilla se derramó por las escaleras.
—Perfecto —dijo, y me hizo entrar rápidamente con la maleta. Yo esperaba encontrarme en un pasillo, pero el suelo se extendía en una única y amplia superficie, como la de una sala, dividida por piezas de pesado mobiliario, aparadores, un gran piano, sofás, divanes, unas cuantas camas. Una serie de alfombras de pelo largo y de brocado oriental cubrían el suelo. Eran de seda tejida a mano, se veía a primera vista. Velas encendidas titilaban aquí y allá. Unas lámparas unidas a unos gruesos alargadores se extendían por encima de las alfombras hasta unas cavidades en las paredes. Vi una barra llena de coloridas botellas de whisky, vodka y otros licores, varios armarios y un tocador con un amplio espejo redondo y dibujos art nouveau. Esas piezas podían haber pertenecido a Torgu, pero no parecían reflejar ningún gusto en particular, excepto el de rebuscar en las tiendas de antigüedades. Oí el zumbido de unos calefactores, unidos también a unos alargadores, y vi su brillo anaranjado, como unos pequeños fuegos. Me pregunté si habría la potencia eléctrica suficiente para encender mi secador y supe cuál era la respuesta. No la había. Mi pelo volvería a estar endiabladamente encrespado.
Por todas partes, en todas las paredes, brillaban los reflejos de las velas y las lámparas, y los muebles, de superficies brillantes, eran casi como agua.
—Es precioso, señor Torgu.
Él asintió.
—Existen normas en este lugar, señorita Harker. Ya conoce una de ellas.
—Mantenerse lejos de los griegos. —Le hice un saludo militar con la mirada baja.
—Sí. Y eso significa que usted no tiene nada que hacer en los pisos que se encuentran entre éste y la planta baja. ¿Sí?
—De acuerdo.
—Soy un hombre de negocios que tiene asuntos por toda la provincia y no volveré hasta mañana, un poco tarde. Cenaremos otra vez y, si lo desea, puede traer su cámara.
Le corregí.
—No tan deprisa. No es así como trabajamos. Las cámaras vendrán en la próxima visita.
Sus labios dibujaron una mueca de consternación.
—Pero ¿no haremos una prueba de cámara?
—No estamos haciendo una película de Hollywood, señor Torgu.
Se dio la vuelta. Su vanidad pareció haber sido herida.
—No importa. Vendré a buscarla mañana por la noche para cenar otra vez.
Quise dejarme caer en la cama. Había sido un día horroroso. Pero me quedé de pie allí, bostezando, esperando a que se fuera. Él miró hacia atrás, y yo tuve la impresión, muy breve, de que había un interés sexual. Recordé su enfermedad sin nombre y me pregunté si no habría sido un equivocado intento de seducción, la caprichosa noción de un viejo de lo que podía atraer a una mujer norteamericana. Me pareció una especulación absurda y la impresión no duró. Por el contrario, la última mirada que me dirigió pareció echarle de la habitación. Pero cuando llegó a la puerta, Torgu se detuvo, colocó una mano en el marco de la puerta y miró hacia atrás otra vez.
—Una última cosa.
Yo crucé los brazos, enderecé la postura y presté atención a su última advertencia con esfuerzo.
—La puerta está cerrada por una razón. Cuando esté dispuesto a verla, vendré a buscarla. Yo tengo la única llave.
Esa fue la última estrambótica revelación. Yo estaba demasiado cansada para objetar nada. En cuanto desapareció, marqué el número de Robert en mi teléfono. El aparato buscó línea, intentó conectar una o dos veces, pero no fue posible. Apreté los botones una docena de veces o incluso más, sin suerte. Giré el pomo de la puerta y llamé a Torgu, pero nadie contestó, ni ese hombre ni sus, en teoría, malignos griegos. Volví a la cama, marqué unas cuantas veces más y me quedé dormida con el teléfono en la mano.
Cuando me desperté a la mañana siguiente, el café humeaba en la mesa al lado de una cesta con panes y un tarro de miel. El sol me deslumbraba y me di cuenta de que las paredes no eran otra cosa que unos grandes ventanales, vidrio tras vidrio, por todos los lados de la habitación. Caminé por el perímetro de la misma mientras mordisqueaba el pan con miel, observando en todas direcciones una grandiosa vista de montañas cubiertas de pinos al sur, al este y al oeste, hasta donde alcanzaba la vista. La plana llanura de Transilvania se extendía en dirección norte. A ese lado de las vistas, a diferencia del flanco sur, que se elevaba a medida que se alejaba de las llanuras, las montañas se levantaban directamente desde el suelo del valle y alcanzaban miles de metros de altura. Me hicieron pensar en unas olas congeladas que se hubieran retirado de la playa y se hubieran detenido al dibujar la cresta. Yo pendía de una de esas crestas, como un halcón en la cima de una montaña, y miraba hacia lo lejos. Los valles también debían de ser altos, la misma tierra de Transilvania debía de ser una enorme montaña de corazón plano.
Después de explorar un poco, volví a probar con el teléfono. Golpeé la puerta. Dormí.
Mi segunda cena con Torgu empezó en silencio. Yo estaba furiosa. Una cámara, que no era como la que utilizaba nuestro equipo, sino más vieja y más voluminosa, se encontraba al lado de la mesa como si fuera un sirviente. En una mesa adyacente vi una primitiva mesa de sonido. «Arrogancia de gánster», pensé.
La comida no ayudó; costillas de cerdo encima de una papilla de harina de maíz, una visión desagradable, como un peñasco de cartílago encima de arena húmeda. Mi agitación profesional aumentó mientras cenábamos, a medida que el silencio se hacía más denso.
No me gustaba sentirme presionada. No era cosa suya proporcionar el equipo técnico, como no hubiera sido cosa mía haberle aconsejado dónde abrir el próximo casino. Además, opuse reparos a ser encerrada en una habitación, por importante que fuera su necesidad de seguridad. Pensé que él dudaba de mis credenciales y que temía que yo tuviera intención de dañarle de alguna forma, en cuyo caso para él era sensato, de una sensatez retorcida, encerrarme. Pero eso no me reconciliaba con la situación.
Más que nada, yo quería tener línea de teléfono móvil. Si podía hablar con Robert, o con alguien, me sentiría bien. Tuve que decirlo.
—¿Mañana me llevará a algún lugar donde pueda tener una cobertura decente para el móvil, por favor? Necesito llamar a casa. —Le dije una rápida mentira—. Mi padre está en el hospital esperando una operación. Estaba.
Él gruñó con gesto de dudosa compasión.
—Pero llegamos al acuerdo de que sería una negociación en secreto hasta que ambas partes estuvieran satisfechas.
—Estoy hablando de una llamada personal, señor Torgu.
Sus ojos ardieron con cierto resentimiento. Se limpió los labios con una servilleta.
—Pero sus seres queridos podrían contactar con sus colegas profesionales y ofrecer alguna información que pudiera ser perjudicial para mi bienestar, ¿no?
—Lo dudo. ¿Puede, por favor, ser razonable?
Él cambió de táctica.
—No sé nada de esas nuevas tecnologías.
Yo miré hacia el milagro tecnológico que era la cámara y le miré a él, que diseccionaba su trozo de carne. Masticó. Yo señalé la cámara.
—¿Por casualidad eso le pertenece?
Él dejó sus herramientas encima de la mesa con un golpe seco. Suspiró, dirigió la mirada hacia mí con alguna intención, como si hubiera llegado a algún tipo de conclusión.
—Eso es cosa del señor Olestru. Él me ha informado de que funciona. Creí que la podría ayudar en su trabajo.
Olestru, el mismo que había desaparecido con algún periodista noruego, el mismo que me había atraído a este lío para empezar y que, probablemente, no existía. Dejé la servilleta encima de la mesa, al lado de mi plato.
—Me gustaría tener una charla con él.
Torgu me miró con una frialdad que iba en aumento.
—No está disponible.
—¡Por supuesto que no está disponible! —estallé—. ¡No es real!
Inmediatamente lamenté ese arrebato de ira, no por él, sino por mí misma. Me daba cuenta que empezaba a caer en la desesperación.
—Por supuesto que es real. Me dio lo que quería en cuanto se lo pedí. —Dio una palmada y yo di un respingo en la silla. Empecé a sentir el pulso latiéndome en las orejas—. Esta cámara.
—Está obsoleta —tartamudeé.
—Las espadas son obsoletas —repuso él—. Y funcionan.
¿Era eso una amenaza? No lo pregunté. Apreté las manos sobre el regazo y le miré directamente a los ojos.
—Creo que debo ser sincera, señor Torgu. Usted no es un personaje adecuado para mi programa.
Él me dirigió una sonrisa horriblemente antipática.
—¿Puedo preguntarle el motivo?
Sentí que las mejillas se me encendían. Se me tensaron los músculos de los brazos y del pecho. Despacio, pero sin tregua, el pelo me había ido cayendo sobre el rostro. Me aparté unos rizos de los ojos. Tomé un sorbo de vino para tapar la creciente agitación que sentía. A partir de ahí había varias opciones, algunas de ellas extremadamente femeninas. Conozco a algunas colegas que hubieran llorado, como último recurso, para conseguir lo que querían. Sé de una mujer, una periodista de prensa escrita, que preparó un plato de galletas para todo un grupo de mujeres, unas profesoras de guardería de la Alemania del Este, y luego se deshizo en lágrimas adrede al darse cuenta de que las galletas no habían funcionado. Consiguió tener acceso a sus archivos. Otras utilizan el escote, o la seducción directa, o el chantaje emocional. Yo tengo tendencia a mostrarme desagradable.
—Nuestro programa ha funcionado durante tres décadas, señor Torgu. Tenemos un sexto sentido para nuestras historias... qué funcionará y qué no funcionará.
Él se burló de mí.
—Tres décadas. Vaya, vaya. Cuánto tiempo.
Volvió a centrarse en su comida. Sus manos enormes agarraban unos cubiertos de plata que debían de haber sido fabricados a medida: un tenedor de tres púas y un gran cuchillo con sierra adaptados a sus necesidades. Cubiertos de plata es una mala definición: el metal tenía un tono oscuro, de alguna forma, oxidado. El cuchillo, en especial, parecía antiguo. Nunca había visto un utensilio de mesa como ése, nunca había visto a ningún ser humano utilizar una cosa así para comer. Incapaz de apartar la mirada, seguí el proceso de ingesta, desde el cuchillo al tenedor y a los dedos, que se enroscaban alrededor de los cubiertos como una vid. Torgu tragó, y yo pensé, mirándole, que parecía ligeramente más joven que antes, la frente se le veía menos arrugada, el pelo plateado tenía unas mechas negras. Pero los dientes, que no me habían parecido tan negros hacia el final de la noche anterior, ahora brillaban como si hubieran sido pintados con una capa nueva de negrura.
Me obligué a acallar mi alarma. Me comportaría como una arpía. Se lo sacaría todo.
—Usted se define como un hombre de negocios. ¿Qué negocios, exactamente, ha emprendido hoy?
Él no respondió.
—¿Dónde nació?
Él continuó en silencio, comiendo y comiendo.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted encarcelado por el gobierno?
—Cuarenta años.
Eso me pareció una mentira; en el mejor de los casos, una exageración. Parecía demasiado joven y, además, si había estado tanto tiempo en prisión, ¿cómo había tenido tiempo de convertirse en el jefe de una expansiva empresa criminal? A no ser, por supuesto, que ésa fuera una mentira aún más grande.
—Descríbame su trabajo. ¿Vende usted armamento? ¿Roba petroleros? ¿Blanquea dinero para los terroristas? ¿Trabaja, en realidad, para algún gobierno?
Detrás de él, una luz ocre inundaba el bosque. Me pareció ver el parachoques frontal de su Porsche, un trozo de metal brillante entre las columnas de dos pinos. ¿Cuánto tiempo necesitaría para llegar hasta allí? ¿Estaba cerrado? ¿Y dónde estaban las llaves? Me dirigió una mirada que me hizo comprender el error que había cometido al haber ido allí. Ese hombre nunca me daría una respuesta que yo pudiera utilizar en televisión.
—Antes de que me vaya —dije de repente—, ¿admitirá usted, por lo menos, que lleva a cabo una actividad criminal?
—Si quebranto la ley. ¿Sí? —Yo meneé la cabeza. Quería echar sal sobre mis heridas. Se repitió—: Por favor, señorita Harker. Un criminal es alguien que quebranta la ley. ¿Podemos estar de acuerdo en ese punto?
Yo me negué a seguirle el juego, y su ánimo cambió al extremo opuesto. Sus palabras adoptaron un tono de agravio personal.
—Sí, he quebrantado la ley. Pero ¿cómo llama usted a una persona que rompe una promesa?
Mi bolso estaba en el suelo, al lado de una de las patas de mi silla. Alargué la mano para coger la tira sin bajar el cuerpo, pero no pude tocarlo con los dedos. Le contesté.
—Un mentiroso.
—¿Y a quien rompe un cuello?
—Si es el suyo propio, un imbécil. —Fingí un estornudo, me doblegué hacia delante, agarré el bolso y me lo coloqué en el regazo—. Si es el de otra persona, un asesino.
—Un imbécil. —Le gustó eso. Me dirigió una de sus más desagradables sonrisas de dientes brillantes—. ¿Y cómo llamaría a alguien que falsea el tiempo?
Miré hacia la izquierda, tomando nota del lugar exacto de la entrada del vestíbulo. Coloqué la servilleta encima del cuchillo con la idea de meterlo en el bolso.
—No le sigo.
De su garganta surgió un sonido rasposo que podría haber sido causado por la risa. Dejó caer la mano izquierda encima de su cuchillo.
—¿Un productor de televisión no falsea el tiempo? ¿No lo divide en trocitos muy pequeños? ¿No es usted una criminal también? ¿De una clase distinta?
—No es usted gracioso en absoluto —le dije.
Él persistió en ese tonto intento humorístico.
—Pero ¿no estaría de acuerdo en que falsear el tiempo es un crimen mucho mayor que quebrantar la ley? Después de todo, las leyes cambian de cultura en cultura. Pero el tiempo es el mismo en todas partes.
—Está usted haciéndome perder el mío.
—Gracias, querida mía. Sí, exactamente. Y yo confiaré en una criminal devota como usted para que dirija esta entrevista mucho más de lo que confiaría en un ciudadano honrado. ¿Más vino?
Nuestra conversación había vuelto a adoptar una falsa civilidad. Él se ocupó de descorchar otra botella.
—Me ha convencido usted, señorita Harker. He decidido hacer la entrevista. ¿Qué le parece?
Fue como si la conversación anterior nunca hubiera tenido lugar, como si yo no le hubiera dicho que habíamos terminado.
Volvió a llenar las copas.
—Hablemos primero sobre la localización. ¿Dónde realizaremos la entrevista? Yo propongo la ciudad de Nueva York. Chez vous.
Yo estaba demasiado sorprendida ante la absurdidad de la idea de seguir el juego.
—Debe de estar bromeando.
No lo estaba. Incluso en circunstancias normales, yo hubiera rechazado la idea pero hubiera sido más diplomática. Hubiera explicado que resultaba casi imposible conseguir el visado estadounidense para alguien como él, un criminal buscado. Hubiera aducido la falta de una seguridad adecuada. Hubiera subrayado la importancia temática que tenía para nuestro programa el mantener al jefe del crimen organizado de Europa del Este en sus propios dominios. Finalmente, hubiera cedido y hubiera dicho que ya hablaríamos de esa posibilidad. Pero no servía de nada.
Él no me dio la oportunidad de enumerar las objeciones. No le importaban.
—Yo me ocuparé de la mayoría de preparativos —continuó—, pero debe usted hacer dos cosas por mí. Deberá firmar con su nombre mi solicitud de visado.
—Ni hablar.
De la silla, a su derecha, sacó un gran sobre cuadrado repleto de papeles. Rebuscó entre ellos, buscando algo en especial. Vi el sello estadounidense en un documento del consulado.
—Debemos acordar las fechas, y estoy impaciente por llegar a América antes de que acabe el año.
Incapaz de hablar, le observé y comprendí. Quería que le ayudara a salir de Rumania y llegar a Estados Unidos. Me había embaucado. Una vez yo hubiera firmado los papeles, él ya no me necesitaría, y entonces, ¿qué? La garganta se me secó. Él depositó los papeles encima de la mesa: billetes de avión, itinerarios, un pasaporte.
—Exijo que se me lleve de vuelta a Brasov inmediatamente —dije.
—Por supuesto, necesito que se quede aquí conmigo hasta que me marche, en calidad de consejera. —Sacó una postal del sobre, una fotografía banal y mala de una montaña verde—. Necesitaré sus direcciones de correo electrónico, contraseña y número de cuenta, naturalmente, para que podamos establecer una correspondencia entre mi lugar de trabajo y su actividad. Y por favor, por fin, mande esta postal a su lugar de trabajo, y ésta... —sacó otra postal del sobre que mostraba unas profundidades interminables— a su amado.
Tenía intención de hacerme daño.
—No haré nada de eso. Bájeme en coche de estas montañas, señor.
—Quizás uno de los hermanos Vourkulaki pueda hacerlo —dijo él. Dirigí la mirada hacia el paternoster y él lo vio—. Creo que tienen permiso de conducir.
Todo cambió en ese instante. Una realidad se convirtió en otra. En la vida, así es como sucede. Un cambio terrible y hermoso nos alcanza al final de su largo viaje desde una distancia inimaginable. En un instante nos damos cuenta de que un nuevo estado de la situación se ha ido formando a nuestro alrededor, se ha ido levantando como una casa nueva por encima de nuestra cabeza... y de repente, las paredes contactan con el techo y ahí está: el cielo ha desaparecido. Me incliné hacia delante y coloqué las dos manos encima de la mesa; sentí náuseas.
—Voy a encender los aparatos de grabación ahora —dijo. Vino a mi lado de la mesa y colocó las postales al lado de la cubertería—. Usted me da su información ahora.
Miré mis dedos encima de la mesa. Fijé la vista en el diamante que se encontraba en mi dedo anular izquierdo y una verdadera dureza, de una naturaleza terrible, de diamante, me golpeó en ese momento. Había emergido del fuego desde la blanda tierra; se había congelado formando mi destino. Y mi destino se encontraba allí.
Torgu se cernió por encima de mí. Olía a vino, a cerdo y a cosas más lejanas: un hedor agrio de ropa sucia, del fuego apagado hacía tiempo en los pisos superiores y de algo incluso más lejano, más definitivo, un hedor a podredumbre que me imaginé que procedía de la destrucción de otros seres humanos. No iba a firmar los papeles ni a escribir las postales, pero le di la información del correo electrónico. No sabía de qué forma iba a utilizarla, pero en ese momento me pareció una preocupación secundaria. Con un lápiz y un trozo de papel que se sacó del abrigo, Torgu garabateó los detalles.
Dirigió la atención a la cámara. Se entretuvo con el equipo, sacando el tapón de la lente, volviéndolo a colocar, deslizando las manos arriba y abajo de las patas del trípode, jugando con la máquina, como si sus patas tuvieran alguna clave. Me pareció que no tenía ni la más mínima idea de lo que hacía. Me había atraído hasta Transilvania en parte a causa de este conocimiento y, probablemente, en esos momentos estaba pensando cómo conseguir que le echara una mano. Pero sabía muy poco.
—Déjeme que le ayude —dije.
Él consideró mi oferta, sin dejar de mirarme, y yo noté una mezcla de interés y de preocupación. Los ojos le brillaban con fuerza entre los párpados entrecerrados. Él debía de saber que yo haría cualquier cosa para ganar tiempo además de su favor.
—Si me permite —le dije.
Al igual que la mayoría de productores asociados, yo no tenía ni idea de cámaras. Siempre dejamos eso a los miembros del equipo técnico. Pero sabía más que él.
—¿Por qué no me dice exactamente qué es lo que quiere conseguir?
—Simplemente desearía colocar la cámara —respondió él. Entonces dudó, y en su rostro apareció, visible, el engaño.
—¿Y?
Me explicó que quería mirar directamente a cámara y hablar durante, aproximadamente, una hora. Le gustaría sentarse en una silla que había elegido. La silla se colocaría contra la pared. Una vez yo hubiera instalado el equipo y encendido la cámara, quería que yo me sentara a su lado.
—¿Desea que aparezca en la grabación?
—No.
Asentí a todo. Me miró con expresión calculadora, pero pareció aliviado de aceptar mi juicio profesional.
—Siéntese —le dije— y comprobaré la iluminación y el sonido.
Él volvió a la mesa y cogió el cuchillo. Se me quedó mirando, pero yo me puse a inspeccionar la mirilla de la cámara como si no me hubiera dado cuenta. Puse las manos alrededor de la base del trípode y le di un rápido tirón hacia arriba, moviéndola un poco hacia la izquierda y colocando el encuadre para obtener una mejor imagen. El equipo no era tan pesado. Torgu arrastró la silla hasta la pared y se sentó.
Dejé la cámara y fui hasta la mesa de sonido. En el trayecto agarré el bolso y lo dejé al lado del equipo de audio. Miré debajo de la mesa. La mesa de sonido estaba conectada a un cable de extensión que corría por el suelo hasta un enchufe de pared que había cerca. Activé todas las palancas y una serie de luces verdes se encendieron.
—¿Lleva puesto el micro para el sonido? —pregunté.
Torgu me miró con perplejidad. Verdaderamente no tenía ni idea de nada de eso.
—¿Micrófono? ¿No? Quizás esté en la cámara.
Volví hasta la cámara y la levanté otra vez, acercándola un poco más al hombre mientras buscaba el audio. Lo encontré; al menos ponía eso en uno de los botones.
—Esto tiene sonido —le dije—, pero si tuviéramos un micro sería más seguro, por si el audio de la cámara se raja.
«Jesús —pensé—, hablo como los de verdad.» Volví a la mesa de sonido. Vi unas conexiones para micros.
—Hay más aparatos —dijo Torgu—. Allí.
Hizo un gesto en dirección a una silla que estaba ante otra mesa. Yo fui a mirar mirándole de reojo. En el asiento había una maleta de metal gris, de las que utilizan los equipos de televisión desde un extremo del planeta a otro. Vi un nombre y una dirección escritos en tinta negra en una esquina de la tapa: Andras algo, de una calle de Oslo. Apreté dos botones y la maleta se abrió. Dentro había micrófonos de distintos tamaños, un trozo de cable, una batería de repuesto, condones, bolsas de cacahuetes y cigarrillos. Mirando hacia atrás, me metí una bolsa de cacahuetes en los pantalones. Tomé el trozo de cable y el micro más pequeño, conecté el micro en la mesa de sonido y lo llevé hasta los pies de la silla de Torgu. Debajo de la silla y ligeramente oculto detrás de sus pies, vi algo que no estaba allí antes: un pequeño cubo como los que se encuentran en los hoteles para las máquinas de hielo, nada extraño si no fuera que no había visto ninguna máquina de hielo en ese hotel. Vi el mango de madera del cuchillo que sobresalía del cubo. Le miré.
—Retiraré lo que queda en la mesa más tarde —dijo.
Volví a la mesa de sonido, conecté un extremo del cable allí y el otro a la cámara, mientras sentía el pulso latiéndome en las sienes. Le pedí a Torgu que dijera algo. El masculló unas cuantas palabras ininteligibles, algo que tenía muchas vocales. No pude encontrar el monitor de audio, pero no importaba.
Siseó unas cuantas palabras más y yo levanté el pulgar.
—Perfecto —dije.
—¿Podemos empezar, por favor?
Levanté las manos.
—Deme un par de segundos para colocar la cámara en posición. Quiero que esto funcione bien.
Parecía impaciente. Tenía una mano colgando a un lado de la silla y jugueteaba con el mango del cuchillo que se encontraba en el cubo, rascando el borde del mismo con la hoja. Yo respiré profundamente. Levanté el trípode otra vez y lo acerqué un poco a él. Me arrodillé y miré por el visor. Se veía la silla y el cubo, pero no había ninguna señal del hombre. Llegué a la conclusión de que ya debía de haber una cinta en la cámara, y de que estaba viendo una imagen que había sido grabada con anterioridad, una imagen de prueba, quizá. No tenía tiempo de comprobarlo, y no importaba.
—Otra cosa más —dije.
Torgu entrecerró los ojos. Dejó el cuchillo y cruzó los brazos.
—Necesito que aguante en alto algo blanco, como un trozo de tela o un trozo de papel —dije, improvisando un trozo de realización de programa de televisión que había visto pero que nunca había acabado de entender—, para que pueda medir la luz blanca y asegurarme de que la cámara está sincronizada con la iluminación de la habitación. ¿Puede hacerlo?
Me pareció que Torgu emitía un gruñido negativo, pero se puso en pie, fue hasta la mesa y tomó una servilleta.
—¿Servirá esto?
—Bingo.
—¿Y ahora qué?
—Siéntese y aguántelo en alto.
Hizo lo que le dije, pero no era suficiente.
—Desdóblelo del todo, señor Torgu, y aguántelo delante de la cara.
Suspiró.
—¿Puedo preguntarle por qué?
—Porque es ahí donde la lente de la cámara va a enfocar, y si la iluminación está mal, nadie le va a ver.
Él dudó, me di cuenta. Quiso decir algo, pero lo pensó mejor. Levantó la servilleta por delante de sus ojos y la desplegó completamente.
—¿Así? —preguntó
—Justo ahí —dije yo.
Desconecté el trozo de cable que conectaba la cámara con la mesa de sonido. Junté las tres patas del trípode en una única pata. Sujeté la cámara por los pies del trípode. Conté hacia atrás mentalmente, como si fuera un mantra tranquilizador. Tres, dos, uno.
—Ya casi está —dije.
Lancé el trípode. Lo lancé como si fuera un garrote y le golpeé en la cabeza. El equipo crujió contra el cráneo, pero no quise mirar. Solté el trípode, tomé mi bolso de la mesa y salí corriendo hacia el vestíbulo del hotel. Tropecé con el cable que había conectado la cámara con la mesa de sonido y caí al suelo, rodando, pero volví a ponerme en pie y me apresuré hacia la salida. No me importaba lo que pudiera haber fuera. Llegué a las puertas de cristal del hotel y agarré los tiradores, sabiendo que debían de estar cerradas. Se abrieron y tropecé hacia atrás por la conmoción. El aire frío de la montaña me golpeó, un delirio de pinos y de noche. Bajé corriendo las escaleras, crucé la entrada y el pórtico del hotel y llegué al laberinto de árboles iluminados de ocre. El generador tosió dentro de la casucha, a mi lado. No tenía ningún plan. No había tiempo. Pensé en el pueblo y en la iglesia en el prado. Había luz debajo de la puerta de la iglesia. La carretera no podía estar a más de noventa metros hacia delante. Algo crujió en los matorrales a mis espaldas. Un tronco cayó del montón de leña. Vi un rostro pálido y aterrorizado, el mío, reflejado en el cristal. El generador volvió a emitir un ruido. Las luces se apagaron y se hizo la oscuridad. Salí corriendo y di de rodillas contra la corteza de un árbol. Trastabillé hacia atrás y caí al suelo. Más adelante, en la noche, unos ojos amarillos parpadearon. Los aullidos de los animales volaban con el viento. Vi las estrellas muy altas y deseé ser una de esas amas de casa de las afueras de New Jersey que no han hecho otra cosa en toda su vida que preparar el hogar para un rico hombre de negocios y para sus protegidos hijos.
Robert, mi amor, no hay mucho tiempo. Ésta será mi última comunicación, a no ser que, por algún azar, sobreviva. Si no sobrevivo, rezo para que alguien encuentre estas notas y pueda comprender mi extraordinario viaje. He intentado dejar constancia de todo tal y como ha sucedido, con gran detalle, para que no pueda haber ninguna duda de mi veracidad. Debo apresurarme o el sol va a bajar y tendré que ocuparme de esta amenaza en la oscuridad.
Ni siquiera sé por qué estoy aquí todavía. En estos momentos estaría muerta si no hubiera sido por la única debilidad de Torgu. Tiene algún plan en Nueva York, eso está claro. Es una especie de terrorista; pero su terror es extraño. Es como un virus, y yo lo tengo; él me lo ha pasado. Se hace más evidente cuando me quedo quieta y cierro los ojos. Él ha puesto alguna cosa terrible dentro de mí.
Pero déjame que intente recomponer todo esto. Al día siguiente de mi intento de huida, me desperté en una cama de una habitación en mi planta del hotel. Alguien, probablemente Torgu, me había dejado el desayuno habitual; yo devoré la mitad del pan y me bebí todo el café. En una peculiar muestra de solicitud hacia una mujer que le había agredido, me había dejado el bolso en la mesilla de noche, al lado de la mesa. Miré dentro. El monedero con el pasaporte y el dinero continuaban allí, y también el inútil teléfono móvil. ¿Por qué? No tenía importancia.
Por lo que me pareció, yo no había sido agredida físicamente. Todavía llevaba puesta la ropa de la noche anterior. Encontré la bolsa de cacahuetes de la maleta de las cámaras. Metí los cacahuetes en el bolso para consumirlos más tarde y comprobé mi equipaje. Para mi disgusto, ya me lo había puesto todo, y en algunos casos más de una vez. Incluso en situaciones extremas soy un poco obsesiva con este tema. Detesto llevar la ropa interior sucia, por encima de casi cualquier otra cosa. Me hace sentir dejada, deprimida. La ropa interior sucia es como el primer paso en un proceso que, una vez ha empezado, no pude detenerse. Revolví la ropa buscando el último par de piezas de ropa interior menos usadas, un sujetador negro que me había puesto tres veces y unas bragas de poliéster rosa que tenían unos hilos sueltos en una de las costuras. Un conjunto horrible, pero lo mejor de entre esos restos. Me puse un pantalón de chándal y un suéter caliente, metí unas cuantas cosas en el bolso, entre ellas el mendrugo de pan y el crucifijo de Clemmie, e intenté abrir la puerta. Estaba cerrada, tal y como esperaba, pero por un momento sentí pánico y la golpeé. Grité. Luego volví a golpearla y me di cuenta de que estaba hecha de un material delgado y que podría derribarla con una dosis de la misma adrenalina que me permitió lanzar la cámara contra Torgu.
Pero eso no había funcionado muy bien. Llevé a cabo un registro del resto del piso. El bar repleto de alcohol me llamó la atención. Me sentí fuertemente tentada por una botella de Jameson. Si todo lo demás fallaba, podía sentarme sobre una elegante alfombra otomana y acunar mi desesperación con alcohol. Pero no llegué tan lejos. Me dolían las rodillas a causa del golpe con la corteza del árbol. Adiviné que mi vida no valía nada y una sensación de vértigo me llenó el corazón; por primera vez había descubierto la verdadera naturaleza de las cosas. Supe que podía morir muy pronto, y supe que no quería morir y que iba a luchar para sobrevivir. Destapé la botella de Jameson. Debía de hacer bastante tiempo que se encontraba allí, pero olía bien. Posiblemente había pertenecido a otro de los invitados de Torgu, pensé, e hice un brindis mentalmente para esa persona perdida.
El sol atravesaba las ventanas del ático con un resplandor de plata. Con la botella en la mano caminé a lo largo del perímetro de la habitación y miré por las ventanas hacia abajo, hacia el bosque de pinos. Me di cuenta del momento en que llegué al extremo norte porque las montañas pobladas de pinos caían a lo lejos y se veían las llanuras de Transilvania, una bruma de un gris verdoso.
Solamente una de las esquinas de la habitación no tenía ventanas, y no la había explorado, así que lo hice. Ya había pasado una hora cuando me tropecé con una máquina de hielo completamente nueva que estaba desenchufada. Así que ahí estaba, pensé, recordando el cubo para el hielo de la noche anterior. Pero otro detalle del aparato me llamó la atención. Parecía encontrarse fuera de lugar en medio de ese museo de antigüedades. Esa cosa tenía una pala, como todas sus hermanas, pero yo estaba segura de que en ella nunca había caído ni un solo cubito de hielo. Al olerla te dabas cuenta de que no había rastro de humedad. Era un acero inoxidado e impoluto.
En el momento en que intenté enchufarla, encontré la salida de emergencia hacia los pisos de abajo.
¿Cómo podría describir unos aromas que solamente había percibido en las más primitivas letrinas de un campamento de verano? Detrás de la máquina de hielo, una escalera conducía hacia una oscuridad que olía a fuego y a excrementos y a matadero. Por ahí era por donde Torgu se trasladaba arriba y abajo, entre mi habitación y los pisos inferiores, para traer el desayuno sin hacer ningún ruido. Así era como espiaba a sus invitados sin ser descubierto. La máquina de hielo cubría la entrada perfectamente.
En cualquier otra circunstancia, hubiera vuelto a empujar la máquina contra la pared y hubiera apilado unos muebles delante de ella para mantener el hedor a raya. Pero vi mi oportunidad. Era una vía de huida. La otra alternativa, intentar tumbar la puerta que estaba cerrada, solamente conseguiría avisar de mis intenciones a los de abajo.
Recé una oración atea. Simplemente pedí coraje. Saqué el crucifijo de Clemmie del bolso y me lo colgué del cuello. La máquina de hielo no pesaba mucho, y la empujé a un lado de la puerta. Quería que la luz natural de la habitación iluminara la escalera. Por lo menos, en el primer tramo, podría ver dónde ponía los pies.
Me arrodillé en el umbral de la salida y me di un momento para orientarme. Recordé la distribución del hotel tal y como la había visto desde el paternoster y pensé en cuál debía de ser mi posición exacta en el edificio. Me encontraba en el piso superior, en el extremo este del mismo. En el extremo oeste se encontraban la puerta cerrada y el paternoster, que era la vía más rápida hasta la planta baja. Debajo de mí, supuse, habría otro piso como los que había visto, de largos pasillos flanqueados por una serie de habitaciones. Así que, deduje, si podía bajar hasta el piso de abajo y llegar hasta el pasillo central, sería posible caminar hasta el paternoster y bajar en él. Ese plan daba muchas cosas por supuestas: que a través de esa salida de detrás de la máquina de hielo podría llegar hasta el piso de abajo; que, una vez en ese piso, podría llegar hasta el pasillo; y que una vez me encontrara al final del pasillo, el paternoster estaría en funcionamiento.
Miré hacia abajo. Los escalones bajaban hasta un rellano. Vi unas paredes de cemento desconchadas y más allá de ellas, las sombras. Me colgué el bolso al hombro. Pensé que no existían unos hermanos griegos: eran un invento de Torgu; de otra forma, los hubiera visto. A pesar de ello, me demoré un poco ante la escalera. Había visto una mano pálida la primera vez que había subido en el paternoster, o me pareció haberla visto. Descendí despacio un par de escalones y miré por encima del pasamanos hacia las profundidades de la escalera. Intenté ver si había alguna señal de movimiento, pero no había ninguna. Se oía un goteo de agua. El viento rugía contra las paredes del hotel, arremolinándose como un río de ruido. Me pareció oír un tintineo de cristales. El sueño de la razón produce monstruos, pero ahora mi razón se había despertado; aunque hubiera dos hermanos griegos en ese lugar, no eran más que unos asalariados que preparaban la comida y hacían algunos trabajos.
Me obligué a bajar las escaleras, descendiendo de escalón en escalón. La luz del sol sólo llegaba hasta el primer rellano. Crucé la línea de penumbra e inmediatamente di un paso hacia atrás. A partir de allí todo estaba completamente oscuro. Parecía que la escalera se precipitaba hacia abajo hasta perderse de vista en una caída en picado, como en esas costas en que un descenso gradual del suelo se precipita de repente hacia un océano sin fondo. Alargué la mano hacia la oscuridad y la bajé hasta el pasamanos. ¿Y si ponía mal un pie y caía? ¿Y si la escalera se había quemado y los escalones simplemente se interrumpían ante un precipicio? Muy abajo se encontraba el origen de ese hedor. Lo olía. Procedía de las regiones inferiores, como si allí corrieran unas cloacas o como si unas tumbas se acabaran de abrir.
Miré hacia atrás, hacia la luz del primer tramo de escaleras, que perdería intensidad muy pronto. Luché contra mis nervios destrozados. Me agarré al pasamanos con la mano derecha, sujeté la tira del bolso en el hombro y metí la cabeza hacia delante, como si entrara en las fauces de un animal gigantesco. Una vez fuera de la zona de luz, la vista se me empezó a acostumbrar. Esperé, dándole tiempo. Hacia abajo había unos cuantos tramos de escaleras y un rellano tras otro. Solamente bajaría un tramo e intentaría abrir la puerta. Si no se abría, respiraría profundamente, bajaría otro tramo y lo intentaría con otra puerta. No podían estar todas cerradas.
No me apresuré. Agarrándome al pasamanos, como un ciego que se mueve por contacto, bajé ese tramo y llegué al siguiente rellano en silencio. Vi la tenue forma de un rectángulo: la puerta del piso. Continuaba oyendo el rumor del viento, pero no percibía más ruido que ése. Me coloqué delante de la puerta y puse una oreja sobre ella para escuchar algún sonido humano. Al otro lado no se movía nada. Di un paso hacia atrás y puse la mano en el tirador, una bola de latón barato.
Me quedé con el tirador en la mano. La puerta empezó a inclinarse hacia delante y las bisagras cayeron al suelo hechas pedazos. La puerta golpeó con un fuerte ruido. Me quedé inmóvil, con el cuerpo ligeramente inclinado, y noté una corriente de aire que olía a moho y que procedía del pasillo que se abría a partir del umbral. El eco del ruido de la puerta había resonado en toda la estructura del edificio hasta que se apagó. Esperé. El pulso me latía en las sienes.
Crucé el umbral y noté algo blando, que cedía, bajo las suelas de los zapatos. Deseé que fuera una alfombra húmeda. Al moverme, el sonido era como si pisara barro. Los tablones del suelo de madera crujían debajo de esa sustancia, pero el ruido no resonaba. La estructura parecía sólida.
Pasé por delante de una puerta cerrada tras otra y me pregunté qué habría dentro. En esos momentos distinguí un sonido, una especie de zumbido mecánico. Me detuve. ¿Eran imaginaciones? No podía calcular la distancia; podrían haber sido cuarenta y cinco metros hacia delante, noventa, incluso más. Volví a avanzar. Una puerta se abrió y casi grité si no hubiera sido porque me llevé una mano a la boca a tiempo. Me oía el corazón, desacompasado, en el pecho. «Me has aterrorizado», quise decirle a la puerta. Volvió a cerrarse con un bandazo; había sido el viento. «Maldito hotel viejo», pensé, y empecé a correr. Las lágrimas me caían por las mejillas. Distinguí el final del pasillo delante de mí.
El paternoster emitía el zumbido. A la derecha, las cabinas subían. A la izquierda, bajaban. Me detuve un momento, casi esperando que Torgu emergiera de las profundidades o bajara desde arriba. «Sólo son nervios —me dije—. Estaré en el vestíbulo en cuestión de segundos.» Pero permanecí allí, observando los giros y pensando por qué creía que iba a ser tan fácil. Pasaron más cabinas, hacia arriba y hacia abajo. Seguramente Torgu había tenido en cuenta la posibilidad de que huyera. Seguramente había previsto que yo podría encontrar el paternoster. Por otro lado, era un hombre extremadamente raro e impredecible que había picado con un truco obvio la noche anterior.
Quizás estuviera muerto, pensé, con una súbita esperanza. Quizá le había matado. Pero parecía poco probable. Alguien me había llevado arriba, alguien me había preparado el desayuno. Tenía que suponer que estaba vivo. Podía encontrarse en una de sus «salidas de negocios». O quizá no le importara en absoluto que yo escapara del hotel; quizás eso le quitara el peso de tener que matarme por sí mismo. Aun consiguiendo salir del hotel, yo no sabía cómo volver a la civilización. Me perdería en el bosque, sería presa de los lobos o de cualquier otra cosa; los Vourkulaki. Miré hacia atrás, hacia el trecho que había recorrido. La puerta que tenía a mis espaldas se mecía con la brisa, y se oían otros ruidos, unos crujidos y unos susurros. ¿Y qué pasaba con los pisos de abajo? Las cabinas abiertas del paternoster descendían, una a una. Si bajaba por allí, los hermanos griegos me verían; verían mis piernas primero. No habría ningún lugar donde esconderse. El tiempo se terminaba.
Salté a la siguiente cabina y noté que la máquina temblaba un poco, como si el paternoster hubiera notado el peso adicional. Me apoyé contra la parte trasera de la cabina y me agaché. Me preparé para un ataque. Recorrí uno, dos, tres pisos quemados. Algo vibró en las profundidades, y me di un golpe en la cabeza contra la pared de la cabina. Bajé las manos para no caerme. Me quedé agachada y en silencio durante un largo rato, esforzándome por oír cualquier sonido de alguna actividad humana, pero sin oír nada más que mi propio pulso en las sienes. Mi cabina se había detenido entre dos pisos. A los pies tenía un espacio de treinta centímetros y se entreveía el piso de abajo. Allí todo estaba extremadamente oscuro y no conseguí ver nada. Hacía arriba me pareció más seguro. Me puse de pie y saqué la cabeza por encima de un trozo de alfombra mohosa cubierta de cascotes y basura. Me inundó una sensación de claustrofobia. La cabeza me pasaba justo por la abertura. Volví a agacharme y miré otra vez el espacio oscuro que se abría a mis pies.
Podía tratarse de un fallo mecánico. Cosas como ésa ocurrían en los edificios viejos. Quizá se hubiera fundido un fusible en algún lugar.
Me pareció oír vagamente algo entre un quejido humano y un gemido del viento; pero no era nada. Todavía me encontraba sola. No tenía elección. Tendría que descender a través de la abertura que tenía a los pies y saltar, deslizarme hasta el piso de abajo como una serpiente. Asomé la cabeza. Parecía vacío. La abertura dejaba pasar justo mi cuerpo. Primero saqué los pies, luego los tobillos, las rodillas y la cintura. Arqueé la espalda y me deslicé hacia abajo, con las manos en el techo del piso de abajo. Aterricé en la alfombra con un chasquido húmedo y tuve una ridícula sensación de libertad, un fugaz instante de euforia. ¡Iba a vivir! Miré hacia el pasillo, otro pasadizo ciego de puertas cerradas y moho, y sentí un prolongado escalofrío.
Miré hacia atrás, al paternoster. A la derecha, una cabina se encontraba detenida en dirección a los pisos de arriba. A la izquierda, a mis pies, otra cabina se había parado hacia abajo. Era una pena que no pudiera convertirme en ondas de satélite, pensé mirando hacia abajo, a la negra grieta que me podría conducir al piso de abajo; era una pena que no pudiera desplazarme de una parte del planeta a otra apretando un botón. La tecnología de mi trabajo no me resultaba de ninguna ayuda en esos momentos.
No me fiaba de la parte ascendente del paternoster. Si la máquina volvía a ponerse en marcha, y eso era posible, me llevaría hacia arriba. Me centré en la parte descendente. La abertura entre la parte superior de la cabina que bajaba y la alfombra era estrecha, del mismo tamaño que la abertura en el piso de arriba, pero metí la cabeza y miré. El cuerpo podría pasar por allí. Metí primero los pies y me deslicé hacia abajo; los pantalones del chándal se me arrugaron en los muslos. El bolso se me quedó atrapado en la abertura y, al tirar de él, su contenido se desparramó. Volví a agacharme y, en un ataque de pánico, empecé a recoger mis cosas, mis notas, una bolsa de cacahuetes, un trozo de pan.
Me dispuse a seguir adelante. Mis pensamientos se detuvieron, y me inundó una sensación de profundo esfuerzo. Continué bajando por el paternoster, saltando de cabina en cabina como un niño que baja por las cuerdas de una red del parque. Bajé tres pisos en cinco minutos. Estaba orgullosa de mí misma; debía de estar sucia de tanto arrastrarme, y la idea de estar cubierta por las cenizas y el lodo de un hotel ex comunista me hizo reír y me dio valor. Piso a piso, descendí. Primero los pies, luego el cuerpo. Ya no me preocupaba por mirar cada pasillo. No me importaba.
Todavía oía esos gemidos. Se habían hecho más fuertes y parecían más humanos, como de alguien que sintiera dolor. Pero era el viento, tenía que serlo. Me asomé a otro piso, aparté un montón de cartón alquitranado y de otra materia calcinada, y me dejé caer. Aterricé y me quedé rígida. El terror me atenazó. Los gemidos procedían del piso de abajo, y correspondían a un idioma, rumano o quizás escandinavo. El viento no habla ningún idioma. Recordé lo del noruego. Me arrodillé en el pasillo y bajé la cabeza, sin saber qué hacer. Podía ser un hombre o una mujer; alguien que se habría enredado en algún trato, o en alguna relación, con Torgu, y no era asunto mío. Yo quería vivir. Probablemente ellos morirían.
Pensé en cuál debía ser mi siguiente movimiento. Tenía que ser rápido, tenía que comportarme más como un pez que como una serpiente. Debía esquivar el piso siguiente tanto como fuera posible. Meterme en la rendija, caer al suelo de la cabina del paternoster, dejarme caer fuera, no mirar, no entretenerme, dejarme caer a través de la siguiente rendija y continuar hacia abajo. Saqué la cabeza por la abertura.
El hombre estaba desnudo como un bebé, cubierto desde el pecho hasta los genitales por su propia sangre. Alguien había intentado cortarle el cuello. Él me vio, me agarró del brazo y me tiró fuera del paternoster. Cayó encima de mí.