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MISTERIO.....TV.ONLINE;PELICULAS DE TODO LOS GENEROS,FUTBOL TODAS LAS LIGAS,DIBUJOS ANIMADOS GRAN VARIEDAD,DOCUMENTALES,SERIES TV,LIBROS PARA LEERLO COMO TODA LA SAGA DE CREPUSCULO,TIERRA DE VAMPIROS Y MUCHAS COSAS MAS......

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LIBRO TTIERRA DE VAMPIROS(capitulo 3º,4º,5º Y 6º)




                                                                         TRES

Clementine Spence era de Muskogee, Oklahoma, a unas dos horas al norte de la frontera con Texas. Respondía al nombre de Clemmie. Cuando tenía tres años, la familia se trasladó a la cuenca de Perm, donde su padre trabajó en una empresa de grúas y plataformas. Cuando tenía quince años, él cambió de profesión, pasó de las grúas y plataformas a los seguros de coches, y trasladó a la familia a Sweetwater, Texas, donde ella creció.

Tenía el acento del oeste de Texas, su ropa era propia de Dallas o Houston. Esas faldas de tela oxford abotonadas eran como una marca de producto local en los estantes desde el norte de la autopista Woodall Rogers hasta el sur del lago LBJ. Su rostro, cuando se volvió hacia mí, resplandecía como recién lavado. Parecía que se había planchado los pantalones caquis. Cuando me acerqué a ella, me miró con sus ojos azulados un tanto enrojecidos, como si se los hubiera frotado. No parecía ser una mujer de negocios, no tenía ese aire de organización, ni llevaba una chaqueta a juego con los pantalones. Tampoco se amoldaba a la imagen de una turista, a pesar de que el mapa y el libro que tenía encima de la mesa indicaban lo contrario.

La mujer actuó como un sedante, suavizó la ansiedad que sentía al encontrarme sola en Rumania. El mismo sentimiento de profunda soledad me había atenazado ya una vez anteriormente, durante una expedición en busca de una historia acerca de las favelas de Sao Paulo, un caso que destrozaba los nervios. Pero Lockyear tenía razón. No podía haber excusa para ese absurdo temor, no cuando los periodistas eran raptados en el desierto de Arabia. Era pura inexperiencia. Y a pesar de ello, no podía disipar mis recelos. Ese sueño sobre el Informe Price Waterhouse acerca de las personas desaparecidas todavía me intranquilizaba; una pesadilla realzada por ese ambiente como de otro mundo. Además, tenía mis reservas acerca de mi contacto en Rumania. Había esperado recibir una cálida bienvenida que confirmara nuestra cita en el vestíbulo del hotel Aro, en Brasov, a las siete de la tarde del viernes 13 de septiembre. Eso hubiera sido suficiente. Pero no hubo ninguna bienvenida, ningún contacto humano en absoluto. Yo no sabía si Olestru era un hombre o una mujer. Dado el turbio entorno, supuse que se trataba de un hombre, pero no estaba segura.

Clemmie Spence dispersó esas sombras como un rayo de sol tejano. Me sentí cómoda al instante. Le dije mi nombre, el de mi ciudad y a qué se dedicaba mi padre, y ella me descifró inmediatamente.

—Eres una chica Azalea.

Azalea es un barrio rico de Dallas, y mucha gente de Texas tiene una pobre opinión de él. Quizás ella pensara igual, pero no lo dijo. No volvió a mencionar mi procedencia, y eso me gustó. Ella me gustó, en general.

Ian hubiera meneado la cabeza. «Dios, cómo os gusta juntaros a las chicas del sur», decía, aunque técnicamente está equivocado en eso. Yo no me relaciono con las mujeres del sur, en general. Texas no es el sur, excepto por un escuálido trozo del este. Ni siquiera me gusta que me asocien con los sureños, con su fachada de efusiva amabilidad, su refresco de vino con zumo de melocotón, su pollo frito, sus salchichas con pescado, sus genealogías que se remontan a las primeras quinientas familias de algún estado que no tiene ni doscientos años de antigüedad. Texas es un estado limítrofe, y la gente de los estados limítrofes rechaza ese tipo de sentimentalidad.

Clemmie y yo charlamos de fútbol y de universidades. Resultó que las dos habíamos sido animadoras en el mismo estadio en 1990, cuando su universidad y Azalea jugaron las semifinales estatales. Su equipo ganó, pero ninguna de las dos recordaba el resultado ni ningún detalle del juego.

—Recuerdo que los miembros de vuestra orquesta vestían con faldas escocesas —dijo, riendo—. ¿Y no bailó alguien encima un tambor?

—¿De eso sí tenías que acordarte? Éramos los Azalea Highlanders. El tambor pertenecía a alguien del clan.

No sabía por qué mi equipo se llamaba los Highlanders. Me pareció que había pasado muchísimo tiempo.

A las diez fuimos a buscar el coche de alquiler, un BMW de cristales tintados. Le dije que iba a cargo de la empresa, y ella se rio y contestó que tenía una opinión nueva de la América corporativa. Ella también se dirigía a la ciudad de Brasov, adonde iba a visitar a unos amigos, así que podía dejarla de camino. Como había alquilado yo, me senté primera al volante, pero acordamos que Clemmie conduciría una parte del trayecto.

Tenía un pelo muy brillante, que relucía bajo la luz que se reflejaba en las ventanas de los mugrientos edificios de apartamentos. Cada vez que reía, se le agitaba la cola de caballo en que se había recogido el pelo con una brillante goma elástica de margaritas. Tenía una nariz pequeña y bonita, y una barbilla redondeada. Seguro que les gustaba a los chicos en la universidad. Resultaba un descanso y una extrañeza al mismo tiempo estar sentada en el coche con esa mujer, tan lejos de los lugares donde crecimos, hablando de cosas que las dos habíamos vivido. Yo no había hablado con nadie de barbacoas, fútbol, la música de Austin y la playa de South Padre desde hacía siglos.

Dejamos atrás el extremo norte de Bucarest y comenzó a aparecer el campo, unas extensiones verdes y planas que se ensanchaban a lo lejos, hacia el norte, salpicadas de más lugares en construcción, de vallas de anuncios nuevas, de parasoles rojos y soleados delante de docenas de cafés también rojos y soleados. El tráfico mostraba unos fabulosos coches nuevos alemanes, suizos y japoneses, y las gasolineras, construidas para ellos aparentemente ayer, ostentaban unas banderas púrpuras que ondeaban al viento y exhibían unos escaparates nuevos de cristal, detrás de los cuales se amontonaban enormes pilas de bolsas de patatas y bombones de la Europa occidental en unos altos estantes de metal. Qué imagen ofrece un país que se comporta como si fuera completamente nuevo; todo está desorganizado, esparcido en el paisaje, como si fueran cajas y papeles de envolver. O así me pareció a mí: como una tienda de ropa nueva recién abierta en el Village, con la instalación eléctrica todavía por terminar, los golpes de los martillos y el zumbido de los taladros mientras un equipo de ventas exhausto y excitado intenta apartar los artículos de los estantes con demasiado fervor. Quince años antes Rumania había perdido a su dictador y desde entonces había intentado ser una democracia capitalista. Clemmie y yo estuvimos de acuerdo en que parecía que empezaba a serlo.

Le conté que hacía diez años que vivía en Nueva York y la conversación adquirió un tono más serio. Ella me preguntó si estaba allí ese día, y comprendí qué quería decir. Antes o después, cuando me encuentro con desconocidos y les digo dónde vivo, el tema aparece. La mayoría de las veces sólo me encojo de hombros. Pero en ese momento, bajo el sol, en la carretera, me sentí cómoda.

—Mi edificio estaba justo allí. Al lado de las torres.

—Pobrecita.

—Hubo gente que... que tuvo un día mucho peor.

Odiaba hablar de ello incluso en las mejores circunstancias.

—¿Qué...? Esto... ¿Qué viste? Si te lo puedo preguntar.

Las viejas emociones emergieron.

—Todo.

No podía decir mucho más para responder esa pregunta. Ella cambió de tema.

—Vives justo en la ciudad.

—Brooklyn.

—Lo sabía.

—¿Qué es lo que me ha delatado? Por favor, no me digas que tengo acento de Brooklyn.

—Algo en tu aspecto —contestó—. Un tanto oscuro.

Comparada con ella, supongo, pero no sabía exactamente cómo tomármelo. No lo dijo con mala intención, estoy segura, pero sonó vagamente ofensivo. El aspecto. Por otro lado, a Robert le habría gustado. Antes de estar conmigo, él salía con chicas problemáticas, y siempre ha querido que yo tenga un poco más de garra. De ahí el paquete de Ámsterdam.

—¿Tengo un aspecto oscuro?

—Intenso, quiero decir. Eres como yo me imagino que es una mujer de Brooklyn. Una mujer blanca, por cierto, no una texana. ¿Te gusta vivir allí?

—Me encanta.

—¿De verdad? Siempre he pensado que debe de ser muy duro vivir en Nueva York.

—Es posible. —Con mi salario, un puro infierno, pero ¿para qué contarle eso?—. ¿Dónde vives ahora?

—Uf. —Pareció tener problemas con la respuesta—. Por ahí.

—¿Por dónde?

Ella sonrió, pero me di cuenta de que dudaba de decírmelo. Eso me intrigó más.

—¿Y bien?

—Pekín. Cachemira. Lago Malawi.

—Venga ya.

—De verdad.

Pekín atraía a cualquiera que tuviera un pasaporte, pero Cachemira y el lago Malawi se hubieran encontrado al final de la lista de mis preferencias. Ni siquiera hubieran estado entre las primeras mil.

—¿En serio?

—Completamente.

—Uau. ¿Cómo es vivir en esos lugares?

Clemmie Spence no tenía el más mínimo aspecto de ser una mujer que viviera fuera de la zona de comodidad del llamado mundo desarrollado. Casi siempre es posible ver la influencia de la geografía en una persona, un rasgo de crudeza en los ojos, un amaneramiento, una afectación, como esas mujeres que vuelven, después de haber pasado un año en Francia, con un fular al cuello y fumando Gitanes. También hay otros signos, cierto cansancio, o una especie de confianza en uno mismo, o de cinismo. Pero ella no mostraba ninguno de ellos. En ella no había ninguna crudeza, ningún signo de que fuera una vagabunda. Por un momento dudé de que me estuviera diciendo la verdad. Pero ¿por qué tendría que mentir? En casi todos sus detalles, su aspecto era el de una mujer que había pasado toda la vida en medio del lujo del norte de Dallas. Miró por la ventana, en silencio.

—Me encantó Cachemira —dijo—. Eso te lo puedo asegurar. El lugar más bonito donde he estado nunca, hasta que lo destrozaron.

Entramos en una autopista de cuatro carriles y la conducción se hizo fácil. A ambos lados, unos campos cultivados se extendían hasta la lejanía. Al bajar las ventanillas, el aire de septiembre, denso y dulce, nos llenó los pulmones. Unos coloridos puestos de verdura exponían melones, melocotones, pimientos y tomates. Las abejas zumbaban a su alrededor. Nos paramos para comprar un saco de melocotones y cambiamos de asiento. Clemmie condujo con apresurada concentración, cambiando de carril continuamente y pitando a los lentos para que se apartaran. Nos encontramos atrapadas en medio de una caravana de camiones que transportaban petróleo, una docena por lo menos, y nos llevaron hacia delante como si estuviéramos a bordo de un avión. Cuando llegamos a la primera ciudad importante, un lugar llamado Ploesti, los camiones se desviaron por una salida y los conductores nos saludaron con las manos y haciendo sonar las bocinas. La brisa en Ploesti empezó a oler a petróleo.

La alegría de la pequeña ciudad de provincias dejó paso al acero, a la suciedad y al barro apisonado. Unas refinerías se levantaban como inmensas chatarras de coches contra el horizonte. Unas nubes de un blanco puro salían por las chimeneas. Al lado de la autopista, los tablones de anuncios continuaban mostrando su publicidad de vivos colores: mujeres con ajustados vestidos rojos tomaban cócteles de color azul brillante, pero realizaban su trabajo en medio de una fealdad cada vez mayor. Las indicaciones nos condujeron hasta un callejón sin salida, y el mapa no resultó de ninguna ayuda. Estábamos perdidas y esos suburbios no ofrecían nada, no mostraban ningún punto de referencia ni señalaban ninguna salida. Pero tampoco eran infinitos. Acabamos en el centro de las instalaciones petroleras, tapándonos la nariz, a la sombra de los ennegrecidos oleoductos, y tuvimos que dar marcha atrás por entre los oxidados vehículos de transporte con las fauces abiertas que bloqueaban el camino. Fuera, mientras el sol se movía hacia el oeste, las sombras se proyectaban desde los travesaños de esa especie de juego de química gigantesco y chamuscado. Unos hombres picaban al final de unos raíles de acero. Unas llamas salían por unos agujeros, unos fuegos anaranjados y azulados, una colonia de genios. Giramos por una esquina y nos encontramos con un clan familiar —gitanos por lo que parecía: tres mujeres, un hombre y un montón de niños— que se habían cobijado en un edificio cerrado de una sola planta, quizás un antiguo restaurante. Los niños corrían con los pies desnudos sobre charcos de aguas fétidas, las mujeres se afanaban entre la basura. Vestido con un abrigo y una corbata, el hombre estaba sentado en una silla y lo observaba todo con unos ojos blanquecinos como la leche. Las mujeres se acercaron a nosotras y nos pidieron limosna. Les di dinero y deseé que mi equipo de cámaras hubiera estado allí. Cuando esas cosas suceden, hay que estar ahí para pillarlas. Suena cruel, pero no es posible poner en escena esta clase de miseria. Tiene que aparecer delante de tus ojos, sin ninguna coreografía, y entonces es posible filmarla.

Al cabo de poco tiempo encontramos el camino. Ploesti se desvaneció detrás de nosotras; la tierra se desplegaba hacia delante como una ola amplia y resplandeciente. Se veían menos tablones de anuncios. Entramos en una meseta y vimos unos ríos plateados en la lejanía, y unas montañas increíblemente azuladas más allá de unas extensiones de bosque. La carretera entró en un valle y se tornó de dos carriles. Al poco tiempo, viajando a gran velocidad, nos pusimos de nuevo detrás de los camiones de petróleo y tuvimos que aminorar. Era justo después de mediodía.

—Ploesti —dijo Clemmie—. Deprimente.

—Debes de haber visto sitios peores en África.

—Es verdad, pero a pesar de todo... Algunos lugares poseen ese aire. ¿Sabes qué quiero decir?

—¿Como qué?

—Como si se hubieran convertido en la letrina de nuestra especie. Como si toda nuestra mierda hubiera acabado encima de la vida de otros.

Era una exageración, y no le di demasiada importancia. Mi mierda no había acabado en Ploesti. Se hizo un largo silencio en el coche e intenté romperlo.

—No acabo de creer que sea culpa nuestra. Una década de violento fascismo, cincuenta años de comunismo, un dictador megalómano, y ahora un capitalismo salvaje. Que Dios los ayude.

—Sí, que Dios los ayude. Tenemos que tener fe. Eso es lo que intento no olvidar.

Clemmie no me había entendido bien. Vi la cadena de plata que llevaba en el cuello y, por primera vez, me pregunté si de ella colgaba una cruz.

—No quería decir eso —le dije—. No soy religiosa.

—Yo tampoco —contestó ella—. Odio la religión. —Se calló un momento—. Pero amo a Dios. —Continuamos un rato en silencio—. ¿Te importa si cambiamos otra vez? Me están picando los pies.

Nos detuvimos en un restaurante al lado de la carretera y compramos una bolsa de patatas y una Coca-Cola. Sacamos el saco de melocotones y comimos a la sombra de un voluminoso rosal que había al lado de un estanque fragante. Clemmie pagó. Después de comer, paseamos alrededor del estanque, molestando a las ranas, unos oscuros bultos verdes que saltaban para esconderse en la oscuridad. De nuevo en la carretera, yo me senté ante el volante y ella se subió las mangas y se dispuso a masajearse las plantas de los pies.

—¿Dijiste que eras periodista? —me preguntó.

Se lo había dicho.

—Sí, señora.

Se sacó un zapato.

—¿Dónde escribes?

Siempre sucedía eso. La gente daba automáticamente por sentado que si eres periodista, trabajas en prensa escrita.

—Trabajo en televisión. Soy productora.

—Guay.

A menudo, ése era un momento incómodo. Nunca me ha gustado parecer que me doy importancia.

—De un programa que se llama La hora.

Ella sonrió.

—Un programa que se llama La hora. He oído hablar de un programa que se llama La hora. Todo el mundo ha oído hablar de un programa que se llama La hora. —Clemmie levantó una ceja—. Será mejor que vigile lo que digo.

—No parece que tengas ningún problema en vigilar lo que dices.

Serio.

—¿Puedes decirme en qué estás trabajando aquí?

Nunca hablo de mis historias con desconocidos. Esa es la primera regla de producción de Lockyear, y la ha sacado de nuestro corresponsal, Austen Trotta, así que la cumplo. Ella soltó el pie izquierdo y volvió a ponerse la sandalia. Colocó el pie derecho encima de la pierna izquierda y se sacó la sandalia.

—Apuesto a que lo sé.

Su tono sonó inofensivo, pero sentí un ligero estremecimiento de inquietud. Los productores de La hora deben ser paranoicos, ésa es la naturaleza del trabajo. Reflexioné sobre el hecho de que yo me había acercado a Clemmie en la sala de los desayunos; de que había sido idea mía llevarla en coche. Pero qué coincidencia que ella fuera de Texas, que resultara que hacía el mismo trayecto que yo. Y además recordé que dijo que yo era de Nueva York. De alguna manera, lo había adivinado. Ella dijo que mi intensidad me había delatado. Jugué con suavidad.

—¿Quieres adivinarlo?

Ella continuó mientras terminaba de masajearse el pie derecho.

—¿Puede tener algo que ver con un parque de atracciones?

Lockyear me hubiera dicho que no contestara esa pregunta. Me puse nerviosa, pero controlé mis emociones. Nuestro señor del crimen había sido mencionado aquí y allá como el principal inversor en un proyecto de parque temático relacionado con un personaje famoso del cine. Ella debía de haberlo leído en los periódicos.

—No —le dije—. ¿Qué haces para ganarte la vida?

En lugar de responder, abrió su bolso, sacó un frasco de plástico y le quitó el tapón. Se puso unas gotas de loción en la palma de la mano derecha y se embadurnó los dedos del pie izquierdo. El bolso quedó abierto, así que pude ver que dentro había un pequeño libro con las cubiertas negras y las páginas de papel cebolla.

—Perdona. Sé que es desagradable, pero caminé muchísimo por Bucarest ayer —explicó.

—¿Eso es una Biblia? —le pregunté.

Asintió con la cabeza. Yo abandoné el tema por un momento. Atrapadas en el convoy de camiones de petróleo ya no nos podíamos mover tan deprisa, y empecé a empaparme del cambio de paisaje. Se veían unos riscos a cada lado, repletos de matorrales y de tojos; las construcciones nuevas dejaron paso a los viejos asentamientos, unas casas de madera agrupadas en una confusión destartalada, una cúpula de iglesia coronada por una cruz. Un cementerio apareció encima de una colina: sus líneas de cruces dispuestas como en formación militar, del color de la leche, desaparecían en la noche más allá de los cedros.

—¿Tu trabajo tiene algún tipo de dimensión religiosa?

Clemmie asintió con ambigüedad.

Tuve un presentimiento.

—¿Estás casada?

Se soltó los dedos del pie izquierdo y volvió a colocarse el zapato.

—Lo estuve.

—¿Hijos?

—No.

Se quitó la sandalia del pie derecho y empezó el mismo procedimiento. El sonido de la loción deslizándose por la piel me molestó. Me pareció que ese sonido adoptaba el carácter sutil de una evasión.

—¿Y tú? —preguntó.

—Prometida.

—Felicidades.

Se soltó el pie y dejé de oír el sonido de la loción. Clemmie volvió a ponerse el zapato y miró hacia la carretera, por encima del salpicadero. Yo concentré la atención en la carretera. En un lapso de tiempo de veinte minutos, el campo había cambiado otra vez, al igual que lo había hecho el ambiente en el coche. Una frialdad nueva lo envolvía todo. Ahora nos encontrábamos a una gran altura y unos valles se abrían hacia abajo, a derecha y a izquierda, mientras la carretera trepaba por las montañas. Los pueblos colgaban en las laderas por encima de nosotras y se apilaban en los recodos, por debajo. Una pequeña manada de caballos se desplazaba a través de una amplia pradera. En los dos carriles de carretera, los camiones avanzaban a toda velocidad adelantándose los unos a los otros con ciego desdén hacia el tráfico del carril anexo. Cada diez minutos, un monstruo de dieciocho ruedas se precipitaba contra mí tocando el claxon y yo tenía que apartarme del camino. Los nudillos de las manos se me pusieron rojos. El viento revolvía el brillante pelo de Clem. Sobre la carretera, el sol brillaba. Llegarnos arriba del todo de los valles y tuvimos una momentánea visión de un lejano campo verde antes de descender de nuevo. Los camiones levantaban ráfagas de viento contra las ramas de los pinos. Llevábamos un buen ritmo. Pensé que estaríamos en Brasov sobre las cinco de la tarde.

—Tengo la sensación de que he dicho algo malo —dijo Clemmie.

Yo mantuve la mirada fija en la carretera.

—¿Estás segura de que no he sido yo?

—Al contrario. Doy gracias a Dios de que nos hayamos encontrado. De verdad. Le doy las gracias.

—Venga ya.

—Las coincidencias no existen, Evangeline.

El corazón empezó a latirme más deprisa. Ella podía ser un espectro de mi pasado, una hija de Jesús en la cafetería de la Universidad de Azalea de ojos felices e iluminados, encendidos con el fuego de la verdad absoluta. «Si supieras lo que yo sé —parecían decir esos ojos—, tus ojos también estarían iluminados.» Yo nunca había creído en esa verdad definitiva, aunque seguí el juego durante mi último año, cuando era animadora, porque mi novio de esa época formaba parte de la Hermandad de Atletas Cristianos y me dijo que solamente tendría relaciones sexuales conmigo si los dos estábamos con Cristo. Así que me uní al equipo y animé el partido, nada de lo cual me hizo sentir orgullosa.

Clementine Spence se dio la vuelta y me miró con toda su atención.

—Me doy cuenta de que estás disgustada. —Mi silencio sólo sirvió para animarla—. Pero creo que te has disgustado por nada.

Negué con la cabeza.

—No estoy disgustada en absoluto.

—Dímelo. ¿Qué es lo que te ha ofendido?

Consideré las opciones que tenía. Nos quedaban dos horas más de coche, por lo menos. Podíamos tener un enfrentamiento y esas dos horas serían horrorosas o yo podía retirarme y esperar a que se marchara. Si no mordía el anzuelo, lo más probable era que ella estuviera tranquila.

—A veces soy una bruja horrible —le dije—. Y me has hecho sospechar de tus intenciones. Lo siento. —Decidí poner a prueba su discreción—. ¿Él era un misionero, también?

—¿Quién?

—Tu marido.

Clemmie se pasó una mano por los ojos.

—Odiábamos esa palabra.

—¿De verdad?

—Nos llamábamos a nosotros mismos los agentes del cambio. —Clemmie rebuscó en su mochila y sacó un pañuelo de papel que se llevó a la cara. Se sonó en el arrugado y gastado tejido—. La verdad es que era mi marido quien nos llamaba los agentes del cambio. Está sacado de la teoría empresarial.

Sus lágrimas parecían verdaderas. El aire olía a lluvia. Unos precipicios de roca se elevaban a cada lado, y unos bancos de nubes se desplazaban por sus cumbres. Habíamos llegado al borde de Transilvania.


                                                    CUATRO

El tráfico se detuvo. Clemmie señaló que hacía varios minutos que los camiones de petróleo no se movían. Bajamos las ventanillas y oímos el canto de los pájaros en medio de un tenso silencio. Los conductores de los camiones habían apagado los motores. Un poco más adelante, uno o dos hombres habían salido de las cabinas. El sol se hundía en el horizonte, al oeste, y las sombras del día se hacían más oscuras al lado de los establos. Las espigas secas de maíz se mecían en los alerones de las casas pintadas de blanco. Clemmie se quitó los zapatos otra vez y puso los pies desnudos encima del salpicadero. El olor dulce de la loción llenó el coche. El paso de la montaña se encontraba solamente a un kilómetro por encima de nosotras, pero el avance se había detenido. No se podía hacer nada más que esperar y especular.

—Dime una cosa —dijo Clemmie—. ¿Crees en esas cosas que se dicen del lugar a donde nos dirigimos?

Yo ya estaba tensa y la pregunta añadió más irritación.

—¿Se puede saber de qué estás hablando?

—Entiendo eso como un no.

Parecía saber algo acerca de mi trabajo. Sabía que tenía que ver con un parque de atracciones, y sabía que ese parque de atracciones tenía que ver con los estereotipos propios de Transilvania. Pero todavía había que dar un paso más allá, y ella todavía no lo había dado. Y mientras ella no lo hiciera, yo tampoco lo haría.

—Un amigo mío llama Tierra de Vampiros a nuestro lugar de trabajo —dije.

—Uf.

—Exacto. La gente no es agradable en Tierra de Vampiros, por decirlo suavemente. Están locos, son ambiciosos, gritan, critican y reprenden. En el mejor de los casos tienen una decencia mínima. Pero, por lo que yo sé, de momento ninguno de ellos es un verdadero bebedor de sangre.

—¿Estás segura de eso?

—No estoy segura. Pero no creo en ese tipo de cosas.

—Esa era mi pregunta.

—¿Me estás diciendo que tú crees en esas cosas? ¿En... en vampiros?

Pareció considerar que mi pregunta era un juicio, lo cual era cierto.

—Mi problema —dijo— es que no puedo descartar su existencia.

Me pasó por la cabeza que quizá la habían enviado los miembros de un sindicato criminal que se oponía a la construcción del parque de atracciones. Pero eso era demasiado parecido a una escena de Stimson Beevers y creí que yo me encontraba por encima de esa mentalidad conspiradora. El sol continuaba hundiéndose.

—Agente del cambio —dije—. Es una expresión interesante. ¿Qué significa, exactamente?

Ella suspiró.

—¿Exactamente? No lo sé. Alguien o alguien que penetra en una realidad y hace que sea distinta, básicamente. Esta expresión siempre me ha desagradado un poquito. Pero Jeff creía en ella, de corazón. Un agente del cambio. Para él sonaba heroico, como James Bond.

—Supongo que un vampiro puede ser una especie de agente del cambio, ¿verdad?

Ella me sonrió.

—Del equipo contrario, sí.

—Dime otra vez qué tiene de malo la palabra «misionero».

—Una mala imagen. Vallas blancas en las junglas y Más cerca de ti, Señor por la mañana, por la tarde y por la noche. A nadie le gusta eso, y mucho menos a nosotros, que hemos empeñado nuestras vidas en ese esfuerzo. Queremos que Jesús llegue a la gente a través de su propia cultura, con sus propias condiciones, no con las nuestras.

Era una respuesta convincente, pero me di cuenta de que, por encima de todo, empezaba a sentirme cansada. Ella también debía de estarlo. Se calló. Unas nubes pasaron por encima de nuestras cabezas. Unas gotas de agua cayeron sobre el parabrisas.

—¿Te molesta si fumo? —preguntó Clemmie.

¿No era él cuerpo el templo del Señor? Le dije que no me molestaba. Sacó un cigarrillo de su bolso y lo encendió. Me pilló mirándola de reojo.

—La Biblia no dice nada sobre esto, te lo aseguro. ¿Quieres uno?

Le dirigí la típica sonrisa de culpa. Hacía años que no fumaba. Robert pensaba que era un hábito poco adecuado para una dama. Pero no iba a besarle hasta al cabo de una semana y, por lo menos para entonces, el olor del tabaco ya habría desaparecido del aliento.

Clemmie encendió un cigarrillo con el suyo y me lo dio.

—Levantábamos iglesias.

—¿Levantabais qué?

—En Srinagar, el extremo norte del Himalaya, en Cachemira. Intentábamos atraer a los musulmanes a la comprensión de la fe en Cristo. Musulmanes seguidores de Cristo; no funcionó muy bien.

Se puso una mano encima de los ojos de nuevo. El cigarrillo tenía un sabor delicioso.

—Mi marido. —Dio una calada—. La perdió... —Debí demostrar una expresión de perplejidad—. La fe, quiero decir. Estaba desengañado, así me lo dijo, y me abandonó.

Al principio, concentrada en el cigarrillo, no registré ese último comentario. Pero pasaron unos cuantos segundos y comprendí el significado de esas palabras.

—Oh, dios. ¿Tu esposo te abandonó? ¿En Cachemira? Qué horrible. ¿Cuándo?

—Hace un año. No. Dos años ahora.

Volví a recordar la compasión que había demostrado por los ataques del 11 de septiembre y me sentí una impostora por pensar que a mí me había pasado algo malo alguna vez.

—Lo siento mucho, Clemmie.

Ella miraba hacia delante. No parecía tener gran cosa que añadir al tema.

—¿Es eso lo que estás haciendo aquí, en Rumania? ¿Levantar iglesias?

Ella sorbió por la nariz y levantó la mirada, dirigiendo sus suaves ojos azules hacia mí.

—No, ése no es mi fuerte. Soy mucho mejor de tú a tú.

No pregunté nada más, por miedo al adoctrinamiento. A un lado del valle caía la lluvia. Al otro, un sol rojo y oscuro llenaba la hendidura entre dos montañas. El disco se había vuelto de un dorado brillante. Las gotas de lluvia brillaban y relampagueaban. Clemmie sacó la cabeza por el lado del copiloto.

—Eh —dijo—. Algo pasa.

Salimos del coche y fue un alivio. Lloviznaba, pero no me importaba mojarme. Un conductor de camión vio nuestros cigarrillos y nos gorroneó uno. Ella buscó en su bolso y sacó otro para ella.

—¿Qué sucede? —pregunté. Ella le repitió la pregunta al camionero en francés. Él se encogió de hombros. No parecía que hablara francés. Esperamos. Estábamos sobre una ligera elevación, unas altas montañas se levantaban a cada lado, y bajo sus afilados picos había unas oscuras manchas verdes de coníferas.

—Esas montañas fueron un día una fortaleza —dijo ella—. Eran una protección contra el islam.

Bajó el cigarrillo y miró hacia la carretera con una intensidad súbita.

—Escucha —dijo.

Llegó un ruido de movimiento, de una multitud que caminaba. Ella se dirigió al centro de la carretera para tener una vista mejor. Más adelante, unos cientos de personas subían la cuesta, una procesión que avanzaba a pie. Clemmie, a mi lado, se puso tensa. Tiró el cigarrillo, bajó la cabeza y juntó las manos.

Al frente de la procesión avanzaba un sacerdote vestido con una túnica marrón claro. También tenía la cabeza inclinada, y hablaba en un idioma que yo no comprendía. Se oyó otro ruido, el de los cascos de unos caballos, unos golpes secos contra el asfalto resquebrajado de la carretera. La procesión avanzaba hacia nosotras y Clemmie continuaba rezando sin mover los labios y sin pronunciar palabra alguna. Qué fuera de lugar parecíamos ambas, vestidas con trajes de trabajo azul oscuro y camisas blancas e impolutas; fuera de lugar y fuera de tiempo. Pero por lo menos ella tenía algo que la conectaba con esa escena. Su fe la unía con esa gente que se persignaba al paso de los caballos. Yo debería haber hecho lo mismo. Debería haber bajado la cabeza, exactamente como ella. Pero rompí mi rígida regla de mis viajes al extranjero: en caso de duda, haz lo que hacen los locales. El sacerdote había llegado hasta unos pasos de distancia de nosotras, y comprendí el motivo de todo eso. Detrás de él caminaban dos caballos grises de crines blancas. Detrás de los caballos, tiradas por ellos, giraban las ruedas de un carro, un vehículo bajo de tablones de madera veteada a cada lado. Encima del carro, en un lecho de aromático heno, había un féretro de un color casi igual al de la falda de Clemmie y de la mitad del tamaño de un adulto. Era una procesión por el funeral de un niño. El carro se detuvo justo a nuestro lado.

—No mires —susurró mi compañera.

                                                         CINCO


                                                                      SEIS

A la luz de los faros apareció una señal: Brasov, 35 km. Yo había perdido toda noción de la relación entre kilómetros y millas; treinta y cinco kilómetros deberían ser unas veinte millas, pero parecían el doble en mi cabeza. Setenta millas a Brasov, pensé. No podía quitarme de encima la sensación de que había un desorden salvaje e inminente en todo y de que eso se había desatado al ver el ataúd en el carro.

—¿Qué crees que le pasó a ese niño? —pregunté, sabiendo que era una pregunta ridícula. ¿Cómo podía ella saberlo?

Clemmie no parecía inquieta. Estaba sentada detrás de una nube de humo del cigarrillo y ante nosotras se elevaba un trozo más de Transilvania, otra montaña coronada por un pico.

—Sabe Dios —respondió.

La hora de mi cita con el señor Olestru ya había pasado, y me temía que, con ella, había perdido mi oportunidad de conseguir enterarme de esa historia. Acostumbro a ser puntual en mis citas sociales, pero en cuanto al trabajo, soy fanática al respecto. En La hora tratamos constantemente con desconocidos que sospechan malas intenciones por nuestra parte. Luchamos contra esos prejuicios por norma y, en esa batalla, las primeras impresiones son importantísimas. Para mí, la victoria empieza con una llamada de teléfono educada y profesional, seguida por correos electrónicos y faxes y apoyada por cualquier minúsculo detalle que prepare el terreno para un encuentro inicial. Este sólo puede darse por garantizado si aparezco entre cinco y diez minutos antes de la hora, vestida de forma impecable y mostrando la misma actitud de impoluta educación con que inicié el contacto. Si hago menos que eso, mis posibilidades de éxito se reducen a la mitad.

Dudaba mucho de que el señor Olestru pudiera tener una buena opinión de mí. Tendría suerte si confiaba lo suficiente como para que continuáramos un diálogo serio acerca de una historia relacionada con su patrón. Yo esperaba recibir algunas disculpas comunes —que me había esperado durante una hora y que no podría volver a verme hasta al cabo de unos meses—, una vaga promesa de que lo haría y, luego, el silencio. Estaba furiosa conmigo misma.

Lockyear quería que le llamara después de la cita, pero yo no podía ni siquiera pensar en ello. Tendría que mentirle. No podía decirle la verdad: que había encontrado un atasco de tráfico y no había llegado a tiempo a la cita. Le llamaría por la mañana y le diría que no se había presentado nadie. Él me amonestaría; hablaría rápido y en un tono bajo y mezquino y me recordaría que no podía permitirse otro desastre, que esa payasada había puesto en solfa su puesto de trabajo. Quizá no le llamara, o lo haría sólo cuando llegara al hotel para decirle que no había aparecido nadie y pedirle consejo. Podía llamar a Stim, pero ya era por la tarde y Stim debía de estar haciendo novillos o bien en el Anthology o en el Film Forum, fingiendo buscar filmaciones de archivo cuando estaba pillando una película.

Clemmie tosió y el ruido me sobresaltó. Por unos segundos me había olvidado de su existencia. El asiento del copiloto hubiera podido estar vacío. La cola de caballo había desaparecido, la goma elástica también, y el pelo le caía, lacio.

Delante de mí apareció otro camión, un viejo trasto que resollaba y crujía y que iba cargado de madera húmeda. Vi el extremo posterior de los troncos colgando por encima del capó del coche. Apreté los frenos y noté qué el motor de ese coche de alquiler temblaba. Temí que el motor pudiera pararse y no fuera capaz de encenderlo de nuevo.

Clemmie se enderezó en el asiento.

—Estás demasiado cerca del camión.

—Estoy intentando adelantarlo.

Los dos carriles de la carretera eran estrechos, y no había arcén. Si me dirigía hacia la derecha, chocaría contra un pino. Si intentaba adelantarlo por la izquierda, no tendría espacio para esquivar a un coche que viniera de cara. Le di repetidamente a la bocina para que el camión aumentara la velocidad. La cuesta se hizo más pronunciada, dirigiéndose hacia una cima invisible. Redujimos la velocidad casi hasta detenernos.

Dos perros salieron de la nada. Al principio fueron dos manchas blancas, pero se convirtieron en mamíferos con colmillos. Uno de ellos chocó contra la ventanilla de Clemmie con un ruido seco y la lengua llena de saliva estalló contra el cristal. El otro saltó encima del capó del coche. Cambié y puse marcha atrás apretando el acelerador, lo cual nos impulsó e hizo que el perro cayera desde el capó al pavimento. Ganábamos velocidad al ir cuesta abajo y empecé a perder el control. Cambié de marcha. El otro perro estaba con nosotras, corriendo al lado de la ventanilla. Clemmie metió la mano en su bolso y sacó un spray de defensa personal. Bajó la ventanilla un poco y roció al perro, que se alejó de la carretera aullando y tambaleándose. Me puse en marcha y subí la cuesta con un ruido infernal. Llegamos hasta el camión otra vez, detrás de los pesados troncos, y me metí en el carril contrario para intentar un adelantamiento. Pero vi una luz y no me gustó, así que volví a mi carril justo en el momento en que otro camión pasó por nuestro lado desde una curva. Al volver al carril, las ruedas tropezaron con algo que sonó desagradablemente como si fuera un perro.

Miré a Clemmie, que estaba iluminada por las luces del salpicadero.

—Amén, hermana —dijo.

El otro perro desapareció en la oscuridad del espejo retrovisor. El camión giró por un camino de tierra y desapareció. La soledad de la noche nos envolvió, a pesar de que los latidos de mi corazón sonaban lo bastante fuerte para romper el silencio del bosque. No pareció que Clemmie se diera cuenta. Llegamos a un claro sin árboles y a lo lejos, al oeste, vimos la luna en lo alto.

—¿Quieres oír una historia que no he contado a ningún alma viviente? —preguntó Clemmie.

Encendió el cuarto o quinto cigarrillo de la noche. Le pedí uno también.

Clemmie se encendió el nuevo cigarrillo con la punta encendida de otro.

—¿Recuerdas que te he contado que fui trabajadora social en Malawi, en el África subsahariana?

—Sí.

—Dirigía un programa de vacunación en la selva. ¿Conoces alguna cosa de Malawi? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Es uno de los países más pobres del mundo, con altos índices de mortalidad infantil y un montón de supersticiones. Una de esas letrinas que te mencioné.

Yo no me podía creer que me encontrara conduciendo de noche en las montañas de Transilvania con una misionera texana supersticiosa. Ni siquiera los hastiados habitantes de La hora lo hubieran creído.

—Había una serie de pueblos a orillas del lago Malawi, la mayoría de pescadores; allí vivían unas mil personas en un radio de ochenta kilómetros. Mi trabajo consistía en vacunar a los niños menores de cinco años contra el sarampión y la polio. Jeff, mi ex, era el jefe del equipo, y una de las partes de su función de cobertura...

—Me he perdido.

—¿Con lo de función de cobertura? —Yo asentí con la cabeza—. Es tu tapadera. Ya sabes, como los espías que tienen una tapadera cuando se infiltran en un país donde no son bien recibidos. Nosotros lo hacemos también; intentamos convencer a las autoridades locales de que no estamos allí para atraer a las almas hacia Jesús.

—Pero estáis allí para eso, ¿no?

Ella se encogió de hombros.

—Algunos de nosotros sólo queremos ayudar, lo creas o no. Lo llamamos función de cobertura. Mi trabajo consistía en poner inyecciones en los lugares donde el plan de vacunación del gobierno se encontraba con pocos recursos, lo cual pasaba en todas partes. Pero Jeff tenía trabajo en toda la zona y me dejaba a cargo de todo con un médico local y una enfermera.

Hablaba exponiendo los hechos.

—Era un trabajo fácil. Los habitantes de los pueblos creían en el programa y no recelaron de nosotros hasta el final, cuando todo se estropeó. No soy capaz de recordar con exactitud cuándo fue... —Se interrumpió—. Fue un miércoles, lo sé, porque el bote con el correo vino desde Lilongwe.

Por un momento se quedó con los ojos cerrados y yo pensé que se había dormido.

—Clemmie —dije. Ella abrió los ojos—. Lilongwe.

—Sí, sí, lo sé. Sólo estaba ordenando las ideas. Es agotador pensar en eso, de verdad. Tienes que tener en cuenta cuál era nuestra situación. Había unos doce pueblos a lo largo de esa zona de la orilla, unas cien personas por pueblo, niños, viejos, familias. Una vez cada dos semanas, yo visitaba cada una de las aldeas y pasaba allí una o dos noches antes de continuar la ruta. La gente estaba sana y le otorgaba los méritos a Dios, lo cual era fantástico. Siempre que yo aparecía, los niños venían chillando hacia mí para darme la bienvenida; para una mujer que no tiene hijos pero desea tenerlos, imagínate qué emoción, era como heredar a un montón de ellos a la vez.

Las manos le temblaban cuando aplastó el cigarrillo contra el lateral de la botella de loción.

—Antes de que desapareciera, el médico local me había dicho que el único asunto malo por allí eran las víctimas del SIDA, pero que eso no era problema nuestro, porque los hospitales de Lilongwe las acogían. La mayoría de nuestros pacientes no estaban enfermos realmente, ninguno tenía fiebre. Así que cuando empezaron a desaparecer, no tuvo mucho sentido. Los niños habían recibido las vacunas, y también los adultos. —La voz le tembló un poco—. Pero yo ya sabía eso. Yo fui quien llevó la medicina. Vi a la enfermera vacunar a esos niños.

Yo miraba la carretera, que estaba bañada por la luz de la luna. La voz de Clemmie se apagó. Iba a casarme en junio. Ya habíamos alquilado un pabellón en Wave Hill, pero aún había muchas cosas por hacer, y tendría que realizar unas llamadas desde Rumania. Tendría que arreglar unas citas con el sacerdote de San Ignacio de Loyola. Llamaría a Robert y me disculparía por haberle hecho sentir mal con el paquete de Ámsterdam. Al darme esa caja rosa, me dijo: «Por si alguna vez tienes ganas de hacer un striptease». Yo me quedé con esa frase en la cabeza mientras abría el regalo, y de alguna manera me había provocado. Pero ahora que lo veía con distancia me daba cuenta de lo tonta que había sido. Llamaría a Robert desde el hotel de Brasov y le prometería ese striptease.

—Pareció que todo sucedía a la vez. Salí un lunes para hacer mi ruta y todo se desató. Un pueblo detrás de otro. Iba a ver a los ancianos y la historia siempre era la misma: todos los chicos se habían ido. Cuando llegué al último pueblo, estaba fuera de mí. —Le tembló la voz—. Aterrorizada, como si tuviera ocho años y estuviera en mi cama mirando hacia la puerta oscura del baño, ¿comprendes? —Se volvió y me miró. Yo no comprendía, no quería comprender, pero asentí. Si no lo hacía, pensé, todavía se pondría peor—. Los dos últimos habitantes de un lugar, un hombre y una mujer, me dijeron que sus hijos se habían ido a la jungla. Por la noche, un grupo de hombres blancos había aparecido en la orilla y habían atravesado el pueblo llevándose a los niños tras ellos, a todos.

Eso me sonó sospechoso.

—¿Describieron a esos hombres blancos?

Clem bajó la voz.

—«Fantasmas», fue la palabra que utilizaron. Yo los llamo hombres blancos.

Su respuesta no me tranquilizó. ¿Quién dijo que los fantasmas tenían que ser blancos? Pero estaba intrigada.

—¿Qué pasó luego?

—Detrás de los chicos se fueron los abuelos, los viejos, y juntos recorrieron los viejos caminos en la noche, hasta la jungla, y desaparecieron. Esas dos personas me dijeron que los fantasmas vendrían a por mí, también. Lo oí una y otra vez. Los pocos supervivientes que quedaban en cada uno de los pueblos me pellizcaban la piel blanca y meneaban la cabeza como diciendo «esto no va a protegerte».

Clemmie podía ser la responsable, me dije. Esa era una posibilidad real.

—Desde entonces, muchas veces he pensado que esos fantasmas debían de ser una especie de vampiros —dijo—. La gente de allí cree en los vampiros.

Pareció que todo el aire hubiera salido del coche,

—No.

—Nunca vinieron a por mí, pero en mi última visita, al final de mi última ronda por las orillas, no quedaba nadie. En esos pueblos ya no había gente, ni un alma. Nadie vino a las instalaciones para potabilizar el agua, en el pozo. No había ningún niño jugando. Así que hice la mochila y me introduje en la jungla para buscarles. Jeff me encontró en un hotel de Lilongwe, pero nunca fui capaz de decirle cómo llegué allí. No le dije nunca nada y, hasta el día en que se fue, creyó que nuestros pueblos habían sido atacados por la guerrilla. Para decir la verdad, él me culpaba de no haber tenido... más aplomo, creo que dijo.

Me esforcé por pensar lo mejor acerca de esa situación. Quizás habían sido las guerrillas. O quizás ella había matado a esa gente por accidente y no podía enfrentarse a ello. Quizá su programa de vacunación mató a los niños, o alguna enfermedad se los llevó, y ella se culpaba a sí misma. Me pareció que eso debía de ser, y que ella contaba la historia de su fracaso en un intento por expiarlo. Clemmie se abrazó el torso con los brazos. Estaba temblando. Yo sentí una intimidad terrible y no deseada.

—Necesitamos descansar un poco —dije.

El coche pasó por encima de un bache en la carretera y Clemmie levantó la cabeza repentinamente. Su pelo brillaba como la plata bajo la luz de la luna. No volvimos a hablar durante el resto del trayecto.

 

Llegamos al hotel cerca de las diez. Decidí no intentar entrar en contacto con nadie esa noche. Casi delirante después de conducir tanto, sólo sería capaz de empeorar las cosas. Después de una buena noche de sueño, esperaría a recibir noticias del señor Olestru e intentaría presentar mis excusas. Clemmie y yo nos demoramos un poco en el vestíbulo intentando despedirnos. La invité a tomar una rápida cena, pero declinó la invitación. Parecía que observaba el hotel con ansiedad y arrugaba la nariz como si oliera algo rancio.

Yo tenía sentimientos contradictorios hacia Clemmie. Quería que se fuera, me agotaba, me ponía nerviosa, y estaría feliz de no volver a verla más. Pero, por otro lado, le había tomado cariño a esa mujer. Se había formado un vínculo en contra de mi voluntad. Yo estaba prometida, ella había sido abandonada por su esposo, lo que me hacía sentir pena. Parecía un alma perdida. Volví a proponerle cenar, pero ella me dijo que tenía a unos «socios» en el pueblo. La palabra sonó absurda. «Socios.» No puede evitar realizar un comentario de listilla.

—¿Una convención de agentes del cambio?

Ella sonrió con languidez.

—Nada tan importante.

Al llegar, ella hizo una llamada telefónica. Después me dijo que se habían hecho planes para rescatarla. No me dijo adónde se dirigía, y no insistí. Que se guardara sus extraños secretos para ella. Se había puesto un jersey azul pálido con cuello de pico encima de la falda rosa, se había cepillado el pelo hacia atrás otra vez y se lo había recogido en una cola de caballo atada con la goma elástica de margaritas. Se había lavado la cara con agua fría.

—¿Seguro que no quieres tomar algo, al menos? —le pregunté—. Mi cita se ha cancelado. Podríamos probar el vino de la zona. Sé que te gusta beber.

—Sí. —Dudó.

—Invito yo —insistí.

Miró hacia las puertas del hotel, como si hubiera visto una cara familiar en la oscuridad.

—Eso sería abusar —respondió—, y, además, sólo estás siendo amable. Ya sé cómo sois las chicas Azalea: tenéis el sistema nervioso central cargado de educación, no podéis evitarlo.

—Eso es malvado.

—Entonces lo retiro.

El recepcionista levantó la vista hacia nosotras. Un joven y lívido botones apareció y se llevó mis maletas. Ninguna de las dos se movió. Por fuera, el hotel mostraba una fachada de cemento gris y de vidrio, un auténtico edificio comunista de la década de 1970. Pero dentro se había hecho un esfuerzo para que el lugar tuviera el aire de un pabellón de caza con unas grandes vigas de madera en el techo, unas cabezas de ciervo colgadas en las paredes y una gruesa alfombra roja y dorada que cubría el suelo. Una tenue luz emulaba un fuego en una chimenea de piedra. Las luces se encendían y se apagaban, una bombilla aquí y otra bombilla allí parpadeaban detrás de unas mamparas de colores naranjas y amarillos. Unos cuantos clientes se movían desde el mostrador y las puertas hacia el oscuro bar señalizado con la palabra soma.

—Mira —dijo Clemmie—. Tengo que ser honesta contigo.

Dejó en el suelo la bolsa y el abrigo y me rodeó con los brazos por los hombros para darme un abrazo. Ese movimiento me sobresaltó. Yo di un respingo, pero ella mantuvo el abrazo.

—Estás a punto, Evangeline, de empezar tu verdadera vida. Y si no es demasiado tarde, rezaré para que abras los ojos.

Eso hizo que todo terminara para mí. Estaba harta de la condescendencia y de los juegos. La aparté.

—¿Quién eres? ¿Qué pretendes?

—Ya lo sabes.

—¡No tengo ni puta idea! ¿Para quién trabajas? ¿Cuál es tu nombre de verdad?

Ella intentó alejarse, pero entonces fui yo quien la sujetó. La agarré por los brazos.

—Dime para quién trabajas. ¿Estás en otra cadena?

Algunas personas se fijaron en nosotras. Miré hacia el mostrador de recepción y vi que el recepcionista hablaba con dos chicas que habían aparecido por la parte trasera. Vi a otra persona cerca de la entrada del vestíbulo; al principio estaba tan quieta que pensé que era un objeto. Sus ojos se dirigían hacia la noche. Pero había oído el alboroto y se había dado la vuelta.

—Déjalo —dijo Clemmie.

Yo me negué. Por el rabillo del ojo observé el avance de ese hombre que me había devuelto la mirada. Venía hacia nosotras. Clemmie no podía verle, pero pareció sentir que se aproximaba.

—Evangeline. —Clemmie me sujetó los brazos con fuerza y acercó los labios a mi oído—. ¿En qué te has metido? —Esperó a que las palabras penetraran en mí antes de continuar—. Eso no va a salir nunca por televisión.

El desconocido, demostrando no tener ningún sentido de la discreción, se dirigió a nosotras en ese inoportuno momento.

—¿Madame Harker?

Había pronunciado mi nombre, pero mostró un interés especial por Clemmie, o eso me pareció. Clemmie se dio cuenta, también. Miró al hombre, que a primera vista resultaba exquisitamente horroroso. Nos separamos. Tuve la clara sensación de que esa persona tenía una relación directa con las palabras que ella acababa de decirme al oído. Estaba segura de que Clemmie lo conocía.

—¿Señor Olestru?—pregunté.

El no hizo ningún ademán de responder a ese nombre.

Élemmie se apartó de mí un paso sin dejar de mirar al hombre. Se dirigió hacia la noche transilvana a través de las puertas de cristal. El brillante coletero elástico de margaritas brilló y se perdió de vista.

El hombre, que resultó ser bastante bajo, me alargó una enorme mano; yo la miré durante un momento. La última mirada en los ojos de Clemmie, esa extraña sensación de saber, volvió a mí. Alguien parecido a ese hombre fue quien se llevó a los niños al lago Malawi: eso era lo que a ella se le pasó por la mente. Esa idea casi me hizo marearme.

Él se aclaró la garganta y levantó la mano en dirección al bar.

—¿Vamos?

 



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