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19 mayo 2009 2 19 /05 /mayo /2009 16:12


                                             SITIO

Era pequeño pero no daba esa sensación. Si acaso, irradiaba una especie de plenitud, gracias sobre todo a su cabeza. Su cuerpo culminaba en un cráneo grande y pálido que estaba coronado, en su ápice, por una maraña de pelo blanco amarillento. Tenía unas cejas gruesas y contundentes que hacían juego con los suaves y llenos labios, los cuales desplegaban una sonrisa voluptuosa para mostrar la peor dentadura que yo nunca había visto. Por supuesto, yo tenía la cabeza plagada de monstruos gracias a Clemmie, y quizá fue por eso por lo que presté tanta atención. Pero esos dientes no estaban afilados en absoluto. Tenían forma redondeada, como fichas, y eran de un azul oscuro, como si se hubieran podrido en esas encías grises, podrido pero negado a abdicar. Sus ojos eran de un marrón tirando a negro, sus pupilas no tenían unos contornos definidos, y me miraban con una quietud calculadora. Se le veían enrojecidos por el agotamiento, y tuve la sensación de que era un hombre que bebía mucho café y que tenía demasiadas cosas en la cabeza para conseguir un descanso nocturno decente, a pesar de que sus gestos no eran exactamente somnolientos. Podría haberle descrito como teatral, excepto porque no había nada de teatral en sus gestos. Sonrió mientras me daba un apretón de manos.

Lo intenté otra vez.

—¿El señor N. Olestru?

Él negó con la cabeza y su rostro adquirió una expresión irritada e incómoda. Rio con una sequedad que no indicaba ninguna diversión.

—Mi querido Olestru se encuentra perdido en las montañas con un fotógrafo noruego. Es una pena.

—Comprendo. —Inmediatamente, mi preocupación por perderme la historia dejó paso a una combativa necesidad de defender mis derechos. Nadie me había dicho nada de un noruego. Teníamos entendido que solamente se le concedería a La hora el acceso a Ion Torgu. La posibilidad de otras partes interesadas nunca había formado parte de las conversaciones.

Nos dirigimos con lentitud hacia la entrada del bar.

—Supongo que existen destinos peores.

Emitió otra risa seca. Pareció percibir algo desagradable en la expresión de mi cara.

—Es nicotina, querida.

—¿Perdón?

—Mis dientes. Son manchas de nicotina.

—Oh no... lo siento. Ni siquiera me he dado cuenta.

—Por supuesto que se ha dado cuenta. Es usted periodista, ¿no? Estaba mirándome, ¿verdad? Señorita Evangeline Harker.

El hombre se detuvo y me saludó con una ligera inclinación de cabeza. Yo le pedí a Dios no haber, en esos pocos minutos, añadido un insulto al desaire, no haberle humillado al mirarle los dientes después de haber llegado tan tarde. A primera vista, aparte de la extrañeza general de su cabeza y de sus facciones, parecía bastante normal, pero cuando se incorporó después de la reverencia, percibí otros detalles que me inquietaron. Llevaba un traje blanco con una camisa de color azul oscuro y abierta a la altura del cuello, una vestimenta más apropiada para un paseo por el Caribe que para una tarde de otoño en las montañas. Hubiera dicho que llevaba una talla demasiado pequeña. El borde de los pantalones dejaba al descubierto un centímetro de los calcetines azules. Los puños azules de la camisa sobresalían de las mangas de la chaqueta, y sus enormes manos rosadas como jamones se unían a unas muñecas que sobresalían de los puños. Hacía tiempo que no se había limpiado los zapatos. La superficie de los mismos tenía cierto aspecto de pobreza, como si hubiera vivido mucho tiempo sin tener la posibilidad de mejorar su guardarropa, pero al mismo tiempo percibí en él una fuerte seguridad, la clase de seguridad que proporciona el hecho de tener una buena situación económica.

Su observadora mirada no sugería vulnerabilidad. Se llevó las manos a ambos costados del cuerpo. Parecía esperar alguna señal.

—Estoy a su disposición —dije.

—Maravilloso. —Sus labios dibujaron una sonrisa. La sinuosidad de los mismos resultaba inquietante. Caminamos hasta el bar—. Quiero tener una larga conversación con usted. Quiero que compartamos una conversación. ¿Es correcto, en inglés, «compartir una conversación»?

—Casi. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—¿Cuál?

—¿Cómo se llama?

—Torgu. —Creo que abrí mucho la boca, y él se dio cuenta de mi sorpresa. Hizo una ligera mueca, como si su propia fama fuera una mortificación para él. Pero no pude ocultar mi sorpresa. Torgu, Ion Torgu, era una figura mítica. Algunos altos cargos del FBI me habían dicho que era posible que él no existiera, que quizá no era otra cosa que el nombre clave de un consorcio de organizaciones criminales rumanas. En el primer intercambio de correos electrónicos, N. Olestru había expresado sus dudas acerca de la posibilidad de conocer al hombre en persona, a Torgu. Describió a su chief (jefe) como una criatura que se escondía del ojo público igual que un animal salvaje se esconde de la civilización. Y a pesar de ello, ahí estaba, el mismísimo Torgu en persona. O eso era lo que afirmaba ese hombre bajito y extraño.

Me examinó con los ojos achicados.

—¿Está usted desconcertada?

—Si le digo la verdad, me siento complacida y honrada.

Ese comentario le provocó un placer evidente. Por un momento sentí escrúpulos de decirle algo así a un señor del crimen, pero me recordé a mí misma que tenía un trabajo que hacer y determinadas herramientas para hacerlo, entre las cuales se contaba el halago.

Me condujo a la entrada del bar del hotel, vacío excepto por el barman y una camarera. Ambos observaron a Torgu, pero él les ignoró. Acercó un asiento para mí hasta la mesa más alejada del bar.

—¿Qué quiere beber? —preguntó, apoyando los diez dedos de la mano encima de la mesa, delante de mí. Sus uñas tenían el mismo tono oscuro que sus dientes.

—Un agua mineral estará bien.

—Tome alcohol.

Tuve que reír.

—Si insiste...

—¿El vino húngaro le parece bien?

Hice un gesto indicando que sí. Mi bloc de notas y mis bolígrafos estaban arriba, con el resto del equipaje. Él se dirigió al bar y pidió una botella de tinto.

—Su viaje requirió más tiempo del esperado —dijo, al volver. Se sentó enfrente de mí. Yo abrí la boca para disculparme, pero él rechazó mi impulso con un gesto con la mano—. No es culpa suya. Me entristece decir que Rumania todavía no tiene una red nacional de carreteras.

Hacía demasiado calor en el bar. Sentí que la languidez se me instalaba en las piernas. Tuve ganas de tumbarme. Las raras veces que me pongo así, me da por hablar, aunque no quería hacerlo. El alcohol casi nunca ayuda.

—Una procesión por un funeral nos retrasó —le dije, sin ningún motivo.

—¿Nos?

—A mi compañera de viaje y a mí.

Volvió a achicar los ojos y frunció los labios.

—Esa mujer, quiere decir. —Inclinó la cabeza en dirección al vestíbulo—. ¿Puedo preguntarle quién es? —Sus ojos buscaron los míos.

—Si yo puedo preguntarle acerca de ese inesperado noruego.

El fruncimiento de labios se hizo más pronunciado y creí que iba a emitir un gruñido canino. Esa expresión me atemorizó un poco al provenir de un hombre que tenía una legendaria reputación de crueldad.

—Honestamente, señor Torgu, tuve la impresión de que la conocía.

—Ella no es nadie a quien yo conozca —dijo—. Pero lo averiguaré.

Eso sonó como una desagradable promesa, así que decidí contarle lo que sabía.

—Viajó conmigo y, al principio, pensé que ése era su único interés. Pero más tarde tuve la sensación de que se encontraba allí por un motivo en particular. Parecía saber algo acerca de mi historia. ¿Se ha puesto alguien en contacto con usted para tener una entrevista? ¿Algún programa de otra cadena de televisión? Le agradecería que fuera sincero.

Estaba claro que la idea de que otros programas de la televisión estadounidense compitieran por obtener su atención no se le había ocurrido con anterioridad, y era evidente que le encantó. Juntó los dedos de ambas manos y estuvo a punto de sonreír. Mostró un pequeño cuadrado negro entre los labios que parecía ser nicotina.

—Ya veremos —dijo, al tiempo que soltaba otra risa seca—. Todo se sabrá.

La botella de vino húngaro llegó y fue descorchada con un entusiasmo que tenía sus motivos. Los vasos se llenaron de vino.

—Ahora, cuénteme sus razones para esta aventura en mi parte del mundo, por favor. Siento mucha curiosidad.

Yo me alegraba del cambio de tema de la conversación, aunque mi discurso no había sido preparado para ese hombre. Había sido pensado para el desaparecido Olestru, quien me había comunicado las preocupaciones de Torgu.

—Para empezar, mis fuentes de información en Justicia no me creerán cuando les diga que le he conocido de verdad. Esa es una de las razones por las que estoy aquí. Para demostrar que usted existe.

—Si existo. Sí. Muy bien.

—Ah, sí —dije yo, un tanto desarmada—. Asumamos, para continuar con la conversación, que usted existe.

Él olió el vino. ¿Tenía alguna idea de lo célebre que era en el mundo policial? Aunque nunca grabáramos ni un segundo, yo tendría que contar mi encuentro a los chicos del FBI, solamente para ponerles celosos. Cuando la fuente de Lockyear en las oficinas me dio la dirección de esa confusa página web en rumano que no había sido actualizada en tres años, me dijo que ése era el único lugar conocido donde se mostraba información sobre Torgu públicamente. Me dijo que un tal N. Olestru era quien supuestamente mantenía la página, donde había una dirección de correo electrónico que parecía pasada. Los mensajes electrónicos del FBI eran devueltos sin haber sido leídos. La policía de Rumania no mostró ninguna curiosidad por el asunto. De alguna manera, mi correo electrónico había llegado a destino. Al cabo de seis meses, mucho tiempo después de que yo hubiera desistido, recibí una invitación digital de N. Olestru para que fuera a Brasov. Era muy extraño, a la luz de todo aquello, que él no hubiera acudido a la cita.

El rostro de Torgu brillaba de placer. El color volvió a sus mejillas pálidas.

—Dígame. ¿Qué es lo que dice exactamente la comunidad policial?

—Veamos. Dicen que usted fue un prisionero político durante el viejo régimen.

El entrecejo se le arrugó, y en la ancha frente se formó una línea de sombras.

—Muy cierto.

—Que es usted un nacionalista rumano.

Él negó con el dedo índice.

—Eso no es exacto. Ni siquiera soy rumano. Pero ya hablaremos de ello. ¿Qué más?

—Que usted dirige las redes de contrabando de personas y de drogas al oeste de Moscú y al este de Múnich. Que también trafica con armas. Que quien quiera comprar plutonio enriquecido en esta parte del mundo tiene que tratar con usted. Que resulta que también es usted uno de los hombres de negocios con mayor éxito en Rumania, con un activo total que se cuenta en cientos de millones.

Parecía un tanto divertido estar diciéndole esas cosas a él, como si le leyera su propia biografía, pero sus ojos exigían la verdad. Si yo hubiera quitado énfasis al tema del plutonio, él habría notado el disimulo. Yo quería decírselo todo. Por supuesto, y eso es en todos los aspectos demasiado común, yo quería gustarle y que confiara en mí, a pesar de que yo ya sabía que no me gustaba ni confiaba en él.

—¿Y ésa es la historia que desea usted contar? ¿Simplemente que tengo éxito en lo que hago?

—Más o menos. ¿Es todo eso cierto?

Él levantó ambas manos en un gesto defensivo.

—Válgame dios. Esa es la pregunta más importante. Quizá debamos descartarla. No niego nada. No confirmo nada. ¿No es ésa la forma de hablar correcta de los criminales estadounidenses?

Me encogí de hombros, respiré y tomé otro trago de vino. Ahora me alegraba de tomarlo. El alcohol en la sangre me hacía sentir cómoda, me daba confianza. Era un buen tinto. De repente, podía imaginarme realizando un striptease para Robert, quizá para nuestra luna de miel.

—Representa usted a una clase de gente muy misteriosa, señor Torgu. Conocemos a los oligarcas rusos, por ejemplo. Les hemos visto en entrevistas y hemos leído libros que hablan de ellos. Conocemos a figuras del crimen organizado de Estados Unidos, a los John Gotti y demás, hasta la náusea. Pero ¿qué sabemos de verdad acerca del crimen organizado de Europa del Este? No mucho. Y en esta época posterior al 11 de septiembre, corren rumores de que grupos terroristas islámicos están utilizando a figuras del crimen como usted para comprar armas y hacer dinero...

Torgu dio un puñetazo en la mesa y enseñó los oscuros dientes.

—¡Mentirosa! —rugió.

Me mantuve serena. Dejé el vaso de vino en la mesa. Uno espera ciertas emociones en estos encuentros, aunque siempre intento no tomármelo de forma personal. La gente que habla ante nuestras cámaras a menudo tiene fuertes razones para actuar así. Algunos se enfrentan a acusaciones, otros ya se encuentran entre rejas. Algunos de ellos han sido acusados por vecinos y amigos de los más horribles actos de mutilación y asesinato, y si acceden a aparecer en nuestro programa, lo hacen con intención de defenderse. Torgu no sería distinto. El FBI me había informado de que se había intentado extraditarlo a Estados Unidos varias veces, sin éxito. Así que no me sorprendió que Torgu reaccionara mal ante la lista de crímenes, y no aflojé. No pestañeé. Forma parte de la negociación: sonsacamos, engatusamos, seducimos e incluso coaccionamos a la gente para llegar a un acuerdo. Yo he utilizado todas las tácticas imaginables, excepto vender mi cuerpo. No es poca cosa el aparecer en cámara delante de millones de personas. Para nuestros sujetos es un riesgo permitir que las luces les iluminen, exponer sus rostros y sus cuerpos a los objetivos. No les culpo porque se peleen con nosotros; si bien algunos se muestran más interesados, por supuesto, y acuden a La hora como las abejas al azúcar. Pero yo he presenciado todo tipo de reacciones. He estado con gente que me ha dicho que se pegaría un tiro antes de aparecer en La hora. He recibido amenazas de muerte. Me han llamado puta y ruin. Me han dicho que estoy salvando el país, y que Dios me bendecirá. Ese hombre había empezado nuestra relación con una gran mentira. Todavía no habíamos empezado a hablar de una aparición en pantalla y me había llamado mentirosa, pero yo no había mentido. Quería que se explicara.

—Sé cual es el ángel verdadero de su programa, madame —dijo, un poco más atemperado.

Vi, con disgusto, que su chicle de nicotina había caído dentro de su vaso de vino.

—Ángulo, quiere decir.

—No, no quiero decir ángulo. —Levantó una uña como una garra—. Quiero decir, querida mía, el Ángel de la Destrucción.

Succionó ambos labios en un gesto de satisfacción. Negó con la cabeza y se apartó de la mesa como si tuviera intención de levantarse.

—Podría deciros el nombre de cierto demonio —dijo mientras le temblaba la cabeza, como si un escalofrío le hubiera recorrido el cuerpo—. Cierto caballero muy conocido y financieramente acomodado que lleva una capa negra.

—¿Se está refiriendo al parque de atracciones?

—¡Ja!

Una extraña sensación de hilaridad me recorrió el cuerpo. En cualquier momento podía empezar a reírme, y si lo hacía, no podría detenerme. Sería como una cadena de hipidos. Se me puso la piel de gallina. Él dio una palmada y se rio a causa de algún chiste privado; volvió a acercar la silla a la mesa y dio un sorbo al vaso de vino. Empecé a sospechar que ése no era Ian Torgu en absoluto, que ese hombre era, en verdad, un oportunista mentalmente trastornado que me había atraído hasta Transilvania en un intento de extorsionarme. Quizá tenía la errónea idea de que nosotros pagábamos por tener una entrevista con un importante criminal.

—Debo decirle que este tipo de arranques no me dan mucha confianza. ¿Cómo sé que es usted Ion Torgu? ¿Tiene una identificación?

Me dirigió una sonrisa babeante de dientes azulados. Parpadeó y bebió.

—No tengo ninguna identificación desde que me soltaron de los campos en las montañas.

Ése era otro problema que Lockyear no había previsto, pensé. ¿Cómo íbamos a verificar que ese hombre era quien afirmaba ser? Sin tener ninguna prueba de su identidad no era posible que avanzáramos. Por lo único que sabíamos, íbamos a grabar una entrevista con un civil retirado, o con un lunático, o ambas cosas. Tampoco podíamos verificar su nacionalidad. Por su aspecto, ese hombre podía ser húngaro, ruso, alemán o serbio; no había forma de saberlo.

—Ahora que ha sacado usted el tema, hablemos de ese parque de atracciones. Algunos periódicos han especulado con la posibilidad de que usted sea el principal inversor en ese proyecto, y si es así, eso nos interesa. Vlad el Empalador es un héroe nacional y no tiene nada que ver con Drácula...

Sus labios se retorcieron y dibujaron otra mueca.

—Le ruego que no repita ese nombre.

Saqué dinero rumano de mi monedero; no debía permitir que él pagara el vino. Tendría que llamar a Lockyear y ponerle al corriente de la situación: esa entrevista no estaba clara. Incluso si esa persona que tenía delante de mí resultaba ser Torgu, el entrevistado no sería otra cosa que una enorme incomodidad para nosotros. Hasta ahí estaba claro.

—Estoy cansada —le dije—. Quiero pagar el vino, ir a mi habitación y hablar con mi gente en Nueva York. Podemos vernos por la mañana.

Pareció que Torgu se daba cuenta de que había sobrepasado los límites de mi tolerancia. Cambió el tono.

—Pero yo quiero llevarla a Poiana Brasov en este mismo instante.

Me maravillé ante la audacia de ese hombre.

—Eso está fuera de discusión.

—Si deja usted escapar esta oportunidad, no le puedo prometer que haya otra.

Yo tenía las manos en los bolsillos y el anillo se deslizó hasta uno de mis dedos, como si buscara el calor humano. «Si fuera un anillo mágico —pensé—, trataría de esfumarme. O lo frotaría y haría que Robert se materializara aquí e hiciera desaparecer a este trasgo en la oscuridad. Robert haría bromas maliciosas sobre el aspecto cutre del hotel y me prometería una estancia en el Four Seasons cuando volviéramos. Nos tomaríamos un vaso de su whisky favorito juntos y jugaríamos a las cartas.» Pero eso era una fantasía, y yo tenía que enfrentarme a la realidad allí mismo y en esos momentos.

Sabía que sería un grave error perder esa entrevista sin consultarlo previamente con Lockyear. Pero también sabía lo que mi jefe diría de ese hombre. Le odiaría. Lockyear atribuía cualidades morales a las características físicas, y no perdonaría a un tipo con los dientes podridos y manchados de nicotina. Imaginaba el futuro de esa historia. Nuestro corresponsal, Austen Trotta, se sentiría disgustado por la mera presencia de una persona así, pero probablemente intentaría algunos trucos para sacar una buena historia de él. El primer visionado para el productor ejecutivo, el fantasioso Bob Rogers, sería un desastre, y Torgu sería rechazado como personaje. Ya me imaginaba las críticas: «No podemos enseñar a ese tipo en la televisión de Estados Unidos. Mira esos jodidos dientes. Mira ese pelo. Es un freak. No traería a ese tipo a La hora aunque me pusieras una pistola en la cabeza. ¿En qué demonios estabas pensando?». Lockyear me culparía a mí. Me culparía por esos dientes, me culparía por haberle arrastrado hasta Rumania y me culparía por el mal visionado. Tomé una firme decisión: no iría a Poiana Brasov. Me levantaría de la silla, llamaría a Lockyear y le diría que nos retirábamos.

—A ver si lo entiendo —dijo Torgu—. ¿Usted tiene el poder de activar o detener este proceso de televisión?

—No le sigo.

—Quiero decir —hizo una pausa, como si ordenara las ideas—, quiero preguntar si su puesto de trabajo le da el poder absoluto de darme esta oportunidad ante su tan grande audiencia en su tan grande programa. ¿Posee usted tanto poder, señorita Harker?

Yo nunca lo había oído expuesto de tal forma. Pero tenía razón. En este asunto, yo tenía ese poder. Lo tenía completamente. Ese poder quizá no generaba unas ganancias reales, pero me confería cierta influencia con los sujetos susceptibles de ser entrevistados. Si yo bajaba el pulgar ante Lockyear, éste no iría a Rumania y no conocería a Torgu ni en un millón de años. Nunca se arriesgaría a colocar a Austen Trotta en una entrevista con un sujeto a quien yo no había dado mi bendición.

Ese hombre era listo. Apelaba a mi vanidad. Lo vi enseguida, pero sucumbí de todas formas.

—¿Tiene que ser esta noche?

Me dirigió una larga mirada.

—Estoy deseoso de cooperar, pero tiene que ser con mis condiciones. Ya lo ve, querida mía, soy un hombre acorralado.

Dijo esas palabras en un tono lastimoso.

—Yo también pongo una condición —le dije.

—Diga.

—Antes de que vaya, usted me dirá exactamente lo que quiero saber. Nada de tonterías.

Él aceptó con un asentimiento de cabeza.

—Nada de tonterías.

—En primer lugar, si es usted quien dice ser, debe demostrarlo.

Él asintió.

—Hay algunos títulos de tierras en mi domicilio. ¿Serán suficientes?

—Ya lo veremos. Además, ha dicho que no es exactamente un nacionalista rumano. ¿Qué significa eso?

—Significa, querida mía, que ni siquiera soy rumano, así que difícilmente se me puede tildar de nacionalista rumano.

—¿De dónde es usted, entonces? ¿Cuál es su nacionalidad?

Volvió a reírse de esa forma que parecía que secaba la tierra.

—Oh, vaya, esa respuesta sería muy larga.

—Algo, por favor. Necesito algo.

Se aclaró la garganta.

—En cuanto a la raza, no soy de ninguna en particular. Si quiere saberlo, llevo la sangre de la gente que emigró de Asia Central a través del Cáucaso hasta Europa. Soy escita y kazaco, oseto y georgiano, moldavo y mongol.

Le confesé que tenía dudas sobre ese pedigrí tan confuso.

—¿Qué puedo hacer? Los doscientos idiomas del Cáucaso resuenan dentro de mí cada noche. Los bizantinos todavía combaten contra los pechenegos. Los búlgaros están en guerra perpetua contra Novgorod. Mi persona es un camino por el cual toda esa gente ha viajado. Esa es la triste realidad. Ojalá pudiera ser un nacionalista rumano, sería muy fácil. Vestir de verde, matar a algunos húngaros, quizás a un judío.

Dio una palmada.

—Esa es mi respuesta.

—Pero su nombre es rumano —insistí.

—¿Mi nombre? —Levantó las manos en un gesto desesperanzado—. Quizá deberíamos abandonar este proyecto, después de todo.

Vi que tenía que creerle. O mejor, que quería hacerlo. Quizás estuviera loco, y desde luego era un hombre difícil, pero también era posible que fuera quien afirmaba ser. En todo caso, yo me enorgullecía de ser tan tenaz como mi padre: si ahí había una historia, sería mía.

Llegamos a un acuerdo. Hacía falta una hora para ir en coche a Poiana Brasov, y Torgu dijo que debíamos partir inmediatamente. Dijo que yo debía llamar a Nueva York y decirle a mi gente que se estaban llevando a cabo las negociaciones. Que no había ninguna promesa, pero sí espacio como para llegar a un acuerdo. Las conversaciones requerirían una cierta cantidad de tiempo y tenían que llevarse a cabo en secreto, en un lugar no revelado de los Alpes transilvanos. No sería posible que se comunicaran conmigo hasta que esas negociaciones hubieran finalizado.

Torgu era el propietario del hotel en Poiana Brasov, y me explicó que me ofrecería una habitación lo bastante lujosa para compensarme por lo avanzado de la hora. También me estaría esperando una deliciosa comida caliente, dijo, la mejor comida que se podía saborear en toda Rumania. Se excusó para ir al lavabo, y yo fui a mi habitación para recoger mis cosas y hacer la llamada. Dejé un mensaje de voz en el contestador de Lockyear y me dispuse a abandonar la habitación. Mientras giraba la llave me di cuenta de que el teléfono estaba sonando; cuando llegué a él, ya habían colgado. Yo había tomado demasiado vino, y tenía una sensación de mareo y de ofuscación a causa del ambiente cargado del lugar. No debería haber aceptado sus condiciones. Pensé en Clemmie y en sus demonios africanos. Di unas vueltas en la oscuridad de la habitación durante unos momentos, porque no podía encontrar el interruptor de la luz. Puse las manos en la fría superficie de un espejo y me sobresalté. El teléfono empezó a sonar otra vez, pero lo ignoré. Llamaría a Lockyear tan pronto tuviera algo que decirle.

Descubrí que mis cosas no estaban en mi habitación. En un momento de pánico, rasgué las sábanas de la cama. Todo había salido mal.

Llamé al recepcionista del vestíbulo y éste me informó de que mis pertenencias ya habían sido trasladadas desde mi habitación hasta el coche que esperaba fuera. Abajo, al pasar por delante de su oficina, el recepcionista me llamó.

—Amigo ha dejado cosa para usted.

—¿El señor Torgu?

—Señora.

Puso un sobre en mi mano. Era de Clemmie. Lo abrí y encontré una diminuta cruz de metal con una cadena. Era su cruz. Tenía valor: había estado intentando captarme todo el tiempo. Era una de esas personas que juzgan, que creen en la pureza del alma. Pero el anillo de diamantes triunfa sobre la cruz, como yo digo. El amor humano vence al amor divino. El amor humano significa piel, y yo soy piel. Yo soy de este mundo, mi reino está aquí. El alcohol me hacía hablar así, me dije, pero qué caramba; ella me sacaba de quicio. El conserje me miraba expectante, con los ojos llenos de preocupación y buscando una propina. Saqué el collar del sobre y me lo colgué del cuello. Dejé cinco dólares americanos para el conserje. Robert me hubiera dicho que eso era de una generosidad excesiva. Pero yo soy una mujer excesivamente generosa, y espero que este hecho sea recordado



                                         OCHO


Ocho

La carretera serpenteaba a través de un campo oscuro y ondulante. Torgu no habló. Miré su rostro varias veces, iluminado por la luz verde del salpicadero, y me pareció frágil y lastimoso. El coche era un viejo Porsche con el interior de piel, bastante silencioso. No me parecía normal que él condujera por estos caminos tan difíciles y oscuros, debería tener un chófer. ¿Por qué no lo tenía? ¿Sería eso un signo que me advertía de que ese hombre no era un importante criminal? De momento, no tenía nada que perder si le creía, y consideré las opciones.

Sabía que sería un hombre difícil de entrevistar. Tendríamos que regatear con todo, y ese tipo de negociaciones requieren tiempo. Supongamos que aceptara; tendríamos que hablar de su rostro. ¿Podríamos mostrar su cara o insistiría en un retrato robot? ¿Habría que hacer borrosa su imagen hasta que no fuera visible? ¿O se mostraría como una sombra oscura, un perfil negro contra el resplandor de una luz blanca? El anonimato podría ser una razón para romper el acuerdo para Lockyear. ¿Seguiría el público un programa entero acerca de un hombre a quien no podían ver con sus propios ojos? En cambio, si conseguíamos que se sentara y mostrara el rostro durante una larga y comprensible entrevista, podríamos desentrañar toda la historia oculta de esta parte del mundo. Es decir, si hablaba de verdad. Era posible que se cerrara y no dijera nada, o que utilizara la entrevista para negar cualquier relación con el crimen, o intentara dar una imagen de mártir político y nada más. Pero valía la pena jugársela. Esa era mi opinión profesional.

Al final llegamos a un pueblo, una especie de estación de esquí, donde unas luces brillaban en algunos establecimientos. Me pareció ver unas cuantas casas grandes desperdigadas a lo largo de un camino entre unos hoteles de estilo alpino. No era temporada de esquí, y la actividad en esos hoteles no iba más allá de los primeros pisos. Sólo podía haber unos pocos clientes. A pesar de ello, deseé que entráramos en una de las calles.

—Poiana Brasov —murmuró él, percibiendo mi interés—. Ese es el nombre de este lugar.

—Lo recuerdo. Su hotel está aquí.

—Un poco más arriba. Esto era la estación del dictador. Me gusta atravesarla en coche y pensar en la violencia de su derrocamiento.

—Si hay un teléfono —dije—, me gustaría llamar a mi prometido.

—Por supuesto que hay teléfonos —repuso él—, pero vamos con retraso, y nuestra cena ya ha sido preparada.

Mientras nos dirigíamos hacia las afueras del pueblo, no lejos de la entrada del último hotel de la calle principal, aminoró la velocidad y se detuvo. Recuperé mis esperanzas y tomé el bolso. Él sacó la cabeza por la ventanilla y escupió sonoramente a la calle, luego volvió a subirla y arrancó. Yo recordé que el teléfono había estado sonando en

la habitación del hotel mientras cerraba la puerta y yo había decidido no contestar. Como diría mi madre, cada uno hace sus elecciones.

—Seguramente se habrá dado cuenta de que no soy un educado y viejo caballero. La culpa la tiene ese monstruo. Convirtió mi vida en un infierno, y yo me tomo mi propia justicia al detenerme siempre en su pueblo.

¿Cómo podía nadie discutir con un superviviente de un campo de concentración? La calle estaba pavimentada sólo hasta la mitad, por lo que llegados a cierto punto nos hundimos en la tierra. Él conducía demasiado deprisa en ese vehículo tan poco apropiado, de modo que piedras y terrones de tierra salían volando a nuestro paso. Bajamos una cuesta y aumentó la velocidad. Los pinos se cernían sobre nosotros. Qué ridículos habían sido mis temores en el coche con Clemmie. Habíamos visto un ataúd, ¿y qué? Eso no era nada.

Al cabo de un rato la carretera mejoró y vimos unos mojones a la luz de la luna. Atravesamos un ondulante prado de hierba, donde vi un pequeño cementerio y un bosquecillo de cruces blancas. Más adelante dejamos atrás una pequeña iglesia de piedra y lo que parecían ser unas cuantas granjas. Pero no había luces. Me pareció ver las siluetas negras de las vacas. Torgu me miró mientras atravesábamos esa isla de civilización.

Finalmente, Torgu empezó a aminorar la velocidad. Se detuvo en un espacio oscuro que debió de haber sido un aparcamiento, aunque no pude ver ningún edificio. Las luces del coche se apagaron antes de que pudiera echar un vistazo a mi alrededor. Él abrió la puerta del coche y salió con una agilidad sorprendente. Yo me quedé sola un instante. La puerta del copiloto se abrió y cogió mi maleta.

—Por favor.

—No me gusta esta situación.

Unos perros u otros animales empezaron a ladrar y a aullar en la distancia.

—Yo me adelantaré y alumbraré el camino —dijo. Sacó la maleta—. Se sentirá más tranquila. En cualquier caso, el hotel le parecerá preferible a los lobos de este bosque.

Salí del coche y, dejando la puerta abierta, caminé enérgicamente detrás de él. La luz del interior del coche proporcionaba una iluminación muy débil. Yo caminaba hacia un agujero en la noche, entre los pinos. Olía los árboles. Los había olido desde que llegamos a Brasov, al pie de la montaña, pero allí se percibía una agradable y distante fragancia, como el aroma de la sal en el aire cuando uno está todavía a kilómetros de la playa. Aquí arriba, abandonados a sí mismos, los árboles eran una masa sofocante. La savia rezumaba de las grietas en la corteza y se deslizaba hasta el suelo. Las agujas habían caído formando grandes montones, y un líquido supurante se esparcía debajo de ellos. Esta cercanía de la vegetación en filas inmóviles, como animales, como si los pinos fueran unos altos y desnudos seres humanos atentos a nosotros, me atacaba los nervios.

Pero había algo más que los árboles, en verdad. Tengo que ser sincera. La gente, cuando está sola en un bosque oscuro, se asusta. Le puede suceder a cualquiera. Había una diferencia en este sitio: justo en medio de los árboles, también invisible al principio, se levantaba un objeto hecho por manos humanas, una gran estructura que emanaba su propio olor, un aroma que otorgaba al olor de los pinos un toque fúnebre. Esa es la única manera en que puedo describirlo. Ese olor provenía de la mezcla del edificio y de los árboles. Eran una misma cosa. Por unos segundos no fui capaz de ver ni mis manos ni mis piernas. Me noté la piel y casi salté del susto, como si hubiera salido de mi propio cuerpo. La rama de un árbol me rasguñó el brazo y experimenté un dolor insoportable que me hizo gritar.

Torgu no iluminó el camino. Se había adelantado deprisa y había desaparecido. «Podrían asesinarme aquí», pensé. Así es como se sienten esas personas a quienes conducen hasta un lugar y esperan llegar a un acuerdo u obtener cierta compasión, y. entonces oyen el crujido de una ramita detrás de ellos, y nosotros vemos la expresión horrorizada de sus ojos antes de que el arma estalle y la pantalla se oscurezca. ¿Es esto a lo que se refiere la gente cuando habla de enfrentarse a la propia mortalidad?

En otras circunstancias, hubiera corrido hasta un árbol y hubiera intentado trepar. Pero no lo hice. No confiaba más en los árboles de lo que confiaba en Torgu. Me detuve, me agaché y me rodeé con los brazos. Uno hace eso cuando no hay otra opción, y las cosas se aclaran. Es una sensación bonita, en cierto sentido. Todas esas decisiones con que se enfrenta uno en otros momentos se disuelven y sólo se hace lo que la existencia le ofrece. Me había sentido de esa manera la noche en que Robert me propuso matrimonio. Ese fue otro instante de absoluta claridad, aunque muy distinto; entonces quise llorar cuando él me dio el anillo, y lo hice. Quería llorar en el bosque también, pero no me lo permití. Si se me caían las lágrimas de los ojos, pensé, entonces nunca abandonaría ese lugar. Esa fue la prueba que me impuse, y la pasé. Conseguí que las lágrimas se me quedaran en los ojos.

Las luces se encendieron. Estallaron en un color amarillo, como si se hubieran encendido unas antorchas, y vi que me encontraba en la linde de un camino cubierto, un pórtico que apestaba a moho, a troncos cortados y a gasolina. Los troncos habían sido amontonados detrás de las columnas, un muro de leña.

El olor a gasolina provenía de lo que parecía ser un generador que se encontraba dentro de una casucha de cemento, justo a mi izquierda. El pórtico se desviaba a la derecha y llegaba hasta una entrada envuelta en las sombras. Unas lámparas colgaban de los aleros del pórtico, justo en el punto donde las columnas llegaban al techo, y continuaban hasta las puertas, que eran de cristal biselado y ofrecían un reflejo borroso. Me volví y miré hacia el bosque y el coche. El Porsche no era visible.

—Uno de los últimos rincones de Urwald, el antiguo bosque europeo. ¿Le gusta? —De alguna forma, Torgu había acabado detrás de mí.

Fui honesta.

—No.

—Estamos de acuerdo, entonces.

—No se parece a ningún otro bosque donde yo haya estado. ¿Vive usted aquí?

Él sonrió.

—Habito aquí.

Parecía haberse vuelto más frágil, incluso menos saludable. Como si hubiera encogido.

—Si hubiera usted visto cómo paso los días, comprendería por qué prefiero la compañía humana a la compañía vegetal. Las personas tienen una existencia sensacional y una vida impresionante después de la muerte. Sus muertes son incluso más interesantes que sus vidas. Pero un árbol... —Hizo una pausa y levantó la mirada con expresión de desdén—. Hace así, así y así hasta que cae y las pequeñas criaturas del bosque se cagan encima de él. ¿Tiene hambre?

Me di cuenta de que estaba hambrienta. De repente me sentí segura y, al mismo tiempo, tonta por haber tenido ese ataque. Así lo denominé, en ese momento. Había tenido un ataque, como una crisis. Haría una llamada al terapeuta tan pronto volviera a Nueva York. Seguiría un nuevo régimen físico: yoga, comida sustanciosa y carreras por el parque.

Ahora, por supuesto, no puedo explicar ni intentar justificar esta ignorancia. Para alguien como Stim, quizá, ya habría habido evidentes signos de advertencia. Él conoce las películas. Ha leído el libro una docena de veces, hasta puede citar algunas frases. Pero yo nunca he sido una fan, nunca he tenido ningún interés en este tipo de cosas y, por supuesto, nunca pensé que me encontraría un argumento similar en mi propia vida. Es más, incluso cuando supe que iba a ir a Transilvania, aun teniendo el conocimiento preciso para pillar la alusión, incluso cuando Stim me dijo que leyera el libro y que viera unas cuantas películas, casi no presté atención. Miré las tapas del libro y lo descarté, por la misma razón que descartaba esos rollos sobre elfos y trasgos. Nunca fui una chica Narnia, ni una muchacha hobbit. Soy realista. Creo en las cosas que puedo palpar. Siempre he preferido a los hombres macizos, la ropa diseñada por un genio y la comida elaborada por profesionales; aquellas cosas que el dinero puede comprar. Quizá sea una frívola, pero ésa es la verdad, y nunca he sentido la necesidad de disculparme por ello. Creo que la mayoría de las personas son como yo. La mayoría de nosotros, aunque seamos pobres, o religiosos, o suscribamos los más extraños credos, queremos lo mejor de la vida. Queremos sentir la suavidad de la cama, no el filo de la cuchilla. Y cuando tenemos hijos, como espero tener muy pronto, queremos que descansen rodeados del confort que nosotros mismos hemos disfrutado. No importaba lo extraño, lo criminal que fuera: Torgu debía de sentir lo mismo.

Al entrar por las puertas de cristal hice una prueba basada en mis escasos conocimientos de arcanos idiotas: busqué un espejo y lo encontré inmediatamente, cubriendo una de las paredes del vestíbulo. Me quedé helada de horror. Torgu era claramente visible en él. Por desgracia, yo también. Nada en ese hotel hubiera podido resultar tan impactante como ver mi propio rostro; me entraron ganas de llorar. No me había bañado y no me había cepillado el pelo, que había empezado a rizarse y a ponerse grasiento; mi maquillaje había desaparecido; tenía agujas de pino en la ropa y llevaba mal puesta la blusa. Torgu, por otro lado, mostraba una elegancia excéntrica en ese reflejo. Me puse furiosa conmigo misma por esa negligencia, y con Stim por sugestionarme con esas tonterías. Decidí volver a ser profesional. Saqué el anillo de compromiso del bolsillo y me lo puse en el dedo. Las decisiones brotaron. Torgu me garantizaría esa entrevista y nuestro programa conseguiría un Emmy, de modo que Lockyear se vería forzado a alabarme durante la cena de entrega de los premios.

 

                                                       NUEVE

 

Me lavé a conciencia y me cambié rápidamente de ropa en el lavabo del vestíbulo, frotándome bien el rostro para poder volver a maquillarme. No se podía hacer nada con el pelo excepto recogerlo detrás. La cena fue sorprendentemente apetitosa: pollo asado con mamaliga, una especie de polenta, y ensalada de tomate, pepino y cebolla con queso de cabra. Torgu abrió una botella de vino de su propia bodega, en este caso un caldo francés, muy viejo y sin duda excelente: un Chateau Margaux de 1963. Mi confianza creció. Ese hombre había empezado, por fin, a comportarse como un poderoso y exitoso jefe de un sindicato del crimen organizado. Me di cuenta de la ausencia de servicio, pero me imaginé que la tardanza de nuestra hora de llegada, así como la necesidad de Torgu de disponer de intimidad absoluta para nuestra conversación, habían hecho inútil su aparición. Los miembros del servicio habían cocinado la comida y se habían ido a la cama.

En una muestra de seducción de bienvenida, elogió el crucifijo que me había regalado Clemmie. Era una antigualla, pensé yo, pero él pareció complacido con él, así que le permití que lo mirara de cerca. Se puso un poco emotivo.

—Tamaña historia de sufrimiento humano provocada por este emblema. ¿Se da cuenta?

—¿Como la Inquisición española o las cruzadas, quiere decir?

Él suspiró.

—Quiero decir la suma total de horrible dolor y truculenta atrocidad que azotó a creyentes y a no creyentes por igual a la luz de este simple pictograma.

Yo no sabía en absoluto adónde quería ir a parar.

—Quiere decir que las religiones tienen detrás historias crueles.

Él hizo una breve pausa, al parecer tan perplejo por mis palabras como yo por las suyas.

—¿De verdad no lo ve? Las persecuciones del emperador romano Nerón, solamente, sus agresiones contra los primeros cristianos, podrían haber llenado el estuario del Danubio de sangre. Quince siglos más tarde, la guerra de los Treinta Años podría haber llenado un mar. Es conmovedor más allá de las palabras.

Uno de los típicos comentarios estrambóticos de ese hombre, pensé, pero que valdría la pena recordar para una posible pregunta de la entrevista. ¿Esos pensamientos indicaban un sentimiento de culpa por sus propios asesinatos? ¿O me estaba poniendo demasiado melodramática?

Después del primer plato de ensalada, me preguntó si querría ver su colección de arte y yo aproveché rápidamente la oportunidad. Tanto Trotta como Lockyear habían mencionado expresamente la importancia que tenía para nuestro programa conseguir signos claros de riqueza, y Austen incluso había destacado la posibilidad de que existiera una colección de piezas únicas conseguidas por medios dudosos.

—Coja su degustación —me dijo. Señaló mi copa de vino. No corregí su inglés.

Le seguí fuera del comedor vacío, atravesamos el vestíbulo y bajamos por un pasillo hasta una puerta que quedaba a la izquierda. Él entró primero. Tan pronto como yo atravesé la entrada olí a algo pasado, como el hedor de la basura abandonada demasiado tiempo al sol. Él prendió una serie de velas que había en las paredes. A medida que éstas se encendieron una a una, tuve el inquietante sentimiento de encontrarme en un cementerio que se había convertido en un basurero. El hedor se intensificó y pareció provenir de los objetos. El museo se extendía más allá de lo que yo esperaba. Desde donde nos encontrábamos hasta las paredes, se levantaban un par de tarimas de piedra rectangulares, elevadas unos cuantos metros del suelo por unas columnas de granito, bajas y gruesas. Encima de las tarimas se amontonaba una colección de basura.

—Aquí se encuentra la fuerza de mi vejez —dijo—, los únicos objetos en todo el mundo que de verdad aprecio. No voy a ninguna parte sin llevarme unos cuantos de ellos conmigo.

—Una curiosa colección —repuse yo, sin saber qué más decir.

—Sí. Puede usted quemar el resto de mis posesiones. Puede quemar la tierra y envenenar las aguas, a mí me da igual.

Su referencia a un incendio era, ciertamente, adecuada. Muchos de los objetos, me pareció, habían sido quemados, o habían sobrevivido a un incendio en cualquier caso. Había trozos de losas de cemento negras que podían haber sido pilares de algún edificio; segmentos de cruces y de iconos también quemados; tablas inscritas en diversos alfabetos: árabe, chino, hebreo, latín, cirílico, jeroglíficos egipcios, anglosajón y ugrofinés, fragmentos de alemán y de francés, lo que debió de haber sido romano y húngaro, baratijas procedentes de todas las ruinas y cementerios del mundo, me pareció. Había cascos de objetos de loza, apéndices de estatuas, platos rotos, cuberterías retorcidas, losas de tumbas y lo que debían de ser restos de momias, fardos de andrajos y de palos blancos. No todo era viejo. Vi un motor fundido y un trozo de pared surcado de circuitos eléctricos que tenía inscritas unas palabras en eslavo. Había una colección de muñecas de plástico sin rostro, y también otros objetos más recientes, pero no tuve estómago para investigar. La verdad, sentía repulsión y me sentía decepcionada. Esa no era exactamente la clase de colección de arte que Austen Trotta tenía en mente, y me pregunté si eso podría dar bien a cámara. ¿Vería la gente algo distinto a un montón de basura vieja y horrorosa? Empecé a sentir náuseas a causa del cada vez más intenso hedor, un hedor que recordaba un escape de gas. Tuve que salir.

Él vio mi turbación y empezó a apagar las velas de un soplido. Los ojos le refulgían.

—Lo llamo mi avenida de la paz eterna, los restos de todos los lugares arrasados que he visitado.

Volvimos a la mesa de la cena. Di un trago de vino. Él me observaba con cierta curiosidad.

—Es una... una visión fascinante —dije—. Perturbadora, de hecho.

—¿Ah, sí? —Se pasó una mano por los ojos—. Yo lo encuentro insoportablemente conmovedor. Lo encuentro más devastador que la poesía sublime de los persas, más desgarrador que las palabras de Shakespeare. Ésta es la verdadera sustancia de nuestro mundo, ¿no es verdad? Esta fractura.

—Yo prefiero el tipo de belleza más directa —dije—. Me temo que no soy tan sofisticada como usted. —Entonces hice un comentario desafortunado—: Usted parece ansiar algún tipo de horror en su entorno.

Él parpadeó, sorprendido.

—Lo cierto es que lo desprecio. ¿Dónde ve usted el horror?

La pregunta me dejó sin palabras. A él no se le había ocurrido pensar, quizá, que sus gustos rozaban lo morboso. Pero tampoco esa palabra debía de tener ningún sentido para un hombre cuya vida entera parecía haber estado dedicada a apreciar, a apreciar de una forma casi incomprensible, el lado más espantoso de nuestra especie. Se ablandó rápidamente. Se dio cuenta de mi honrado intento de atrapar el significado de sus amados objetos de arte, y eso le halagó. La verdad es que yo me estaba haciendo un poco la ingenua. Había visto otras muestras de lo grotesco en las galerías de arte del Soho. Lo feo era una de las caras modas estéticas que estaban en boga en el centro, tan aceptadas como los retratos. Pero el zoo de Torgu parecía un poco distinto. No indicaba una preocupación por el arte, para empezar, sino algo mucho más comprometido que eso.

—El horror —dijo él— está en la mirada de quien lo siente, por supuesto. Pero lo comprendo, de verdad. A pesar de todo, estamos en desacuerdo sólo en la superficie. El horror es la verdad, para mí, y la verdad es belleza. Así que tenemos un mismo impulso, que se manifiesta de forma distinta.

Yo no estaba de acuerdo, pero cambié de tema.

—Parece estar usted muy solo con su colección aquí arriba. ¿No se cansa nunca de la soledad?

—Oh, este lugar no siempre ha estado tan apartado como parece estarlo ahora. No me refiero al hotel, que es bastante reciente, sino al lugar en sí. Esta tierra fue una vez un cruce de caminos. Se encontraba a caballo de las grandes líneas de comunicación entre los mundos del este y del oeste. Recuerde, dos guerras mundiales se han luchado aquí. He visto más cuerpos tirados en cuevas de lo que pueda usted imaginar.

¿Era esto ya una confesión? ¿O era él simplemente un tipo viejo y burdo? Yo hubiera podido tirar de ese comentario, pero no quería que sospechara de mis intenciones. Para empezar, podía tratarse de una prueba. Quizá quería calcular mi interés por sus crímenes más sangrientos. Pero por otra parte, pensé, si él estaba dispuesto a ofrecer esos bocados sin que se lo pidiera en un estadio tan temprano, entonces no sería difícil de sacárselos con mayor detalle más tarde.

—Hábleme de su familia —dije.

—No tengo hijos.

—¿Padres?

Él soltó un leve gruñido, como si ese recuerdo fuera una carga.

—Ellos procedían de la estepa. Mi padre era lo que más tarde se llamaría un kulak, un granjero adinerado, aunque a pesar de toda su riqueza tuvo un entierro vergonzoso.

—¿Le importa si tomo notas?

El primer brillo de hostilidad volvió a sus ojos.

—¿Sobre mis padres? Es probable que esta entrevista sea mucho más interesante de lo que imagina.

Aplacé las notas. Corté el pollo.

—¿Podría decirme, de todas formas, qué quiere decir con que su padre tuvo un entierro vergonzoso?

Él señaló con la punta de su cuchillo la parte más curvada de la pechuga de pollo que yo tenía en el plato.

—Este es el mejor bocado, para mi gusto. —Cortó un trozo de su propio plato—. No había dinero. Como tantos de los muertos de esta parte del mundo, mi padre fue deshonrado y se vengó. Todavía se está vengando, a decir verdad.

De la misma forma que soy capaz de plantear una pregunta sin pronunciar una palabra, a través de una mirada expresiva o de la más etérea de las exhalaciones, también puedo mostrar la conmoción, la sorpresa o la incredulidad con mi silencio. «Para con la mímica», me dice Robert cuando le dirijo una mirada severa. Ésa es una de sus ocurrencias favoritas. Yo no había tenido intención de resultar desdeñosa, pero Torgu se había ofendido. No había parado la mímica a tiempo.

—Es muy grosero, señorita Harker, despreciar las creencias de los demás.

—Pero... yo no...

—Por no decir peligroso.

Tomó un sorbo de vino. Cortó otra porción de su pechuga de pollo y sus dientes oscuros mordieron la carne.

—Yo mismo realicé los preparativos del funeral, bajo el peso de unas deudas que no habíamos previsto. Mi madre lo había gastado todo, imagínese. Así que enterré a mi padre sin tener los recursos adecuados. Él se había ido, razonaba ella, y querría lo mejor para sus herederos. Lo enterramos sin su caballo, ni siquiera me permitió eso.

La mamá parecía sensata. No podía imaginarme que nadie hubiera enterrado un cuerpo con un caballo desde hacía mil años.

—Pero, para que yo lo comprenda, ¿ha dicho usted que él se vengó? ¿Después de su muerte?

El vino se le derramó por la barbilla. Tembló.

—Sin ninguna duda.

Pensé en Clemmie Spence. Ella no hubiera tenido ningún problema con esa conversación.

—¿Cómo supo usted que su padre deseaba vengarse? Si estaba muerto...

Torgu dejó el tenedor y el cuchillo. Se limpió sus viejas manos con la servilleta.

—Por mí mismo, querida.

—¿Qué quiere decir?

Dejó la servilleta.

—Míreme. Verdaderamente, soy el testamento de la furia interminable de ese hombre.

Noté que su dolor llenaba la habitación, como una ola, palpable como el calor. Había muy pocas probabilidades de que él repitiera lo que acababa de decirme delante de una cámara, pero me preocupaba que pudiera hacerlo. ¿Qué haríamos entonces? ¿No estaríamos obligados a mostrárselo a nuestra audiencia? En teoría, una historia acerca del poco apropiado entierro de su padre convertiría una historia normal sobre un señor del crimen en algo mucho más misterioso. Pero si esto tenía que ser un reportaje sobre el crimen organizado, esos cuentos tan macabros estarían fuera de lugar. La gente perdería el interés a causa de la confusión. No era bueno, en televisión, que ocurrieran demasiadas cosas a la vez. Pero quizá Torgu quería que yo conociera su procedencia por motivos personales.

—Pero ¿eso no fue culpa de su madre?

—Por supuesto. Ella es la fuente de toda infelicidad.

Antes de que yo pudiera seguir con el tema, averiguar más cosas acerca de esa mujer, él cambió de tema.

—¿Cuándo va usted a casarse?

Yo me mostré orgullosa y le enseñé el anillo.

—El próximo verano.

—Felicidades. ¿Ese hombre es de su edad?

—Es un poco mayor.

—¿Es enérgico?

No puede resistir una carcajada.

—Puede decirse así.

Él sonrió de verdad por primera vez.

—¿Rico?

—Recibirá una buena herencia.

Torgu asintió con la cabeza con expresión de aprobación.

—Entonces ha conquistado usted al primer dragón de esta vida.

Me pregunté cuáles serían el segundo y el tercer dragón.

—¿Está usted casado, señor Torgu?

Él negó con la cabeza.

—¿No lo ha estado nunca?

Él volvió a prestar atención a la comida, mascó un rato en silencio, bebió un poco más de vino. Mi pregunta provocó otra respuesta extraña, como la de la familia. Ésta fue peor, de hecho. A medida que pasaban los segundos, pareció que sentía un pánico de vergüenza; es la única manera en que puedo expresarlo. Levantó la vista y me miró con las mejillas sonrosadas. No había nadie del servicio del hotel. Estábamos solos en un comedor que daba a unos árboles iluminados con focos y que se alejaban del pórtico. Nada se movía en el bosque.

Dijo:

—Hace mucho tiempo se me informó de que ciertos estados serían perjudiciales para mi salud.

Las palabras fueron pronunciadas con dificultad, como si hubiera luchado por no decir una mentira. Una vez fueron dichas, permanecieron en el aire, y pareció que lamentaba haberlas pronunciado. Me miraba con una especie de silencio a la defensiva. Yo no comprendí ese comentario, pero su vergüenza pareció crecer. Un tono de disculpa parecía resonar en el aire, horriblemente fuera de contexto. Si alguna vez habéis estado en la cama con un hombre incapaz de funcionar, tendréis alguna idea de lo que digo. Yo no podía apartar la mirada de él, ni él la suya de mí, y si soy sincera, diré que una extraña carga erótica pendía en medio de ese silencio. Él deseaba contarme un profundo secreto, y eso me aterrorizaba.

Al final, lancé una pregunta:

—¿Una enfermedad?

Él volvió a beber y se aclaró la garganta. Negó con la cabeza y clavó la vista en el espacio que había entre ambos, sobre la mesa.

—Ninguna, excepto la vida misma.

—Ah.

Su respuesta había tenido un tono concluyente. No iba a llevar el tema más allá. Todas las alarmas deberían haberse apagado, y algunas lo hicieron, pero fueron las alarmas equivocadas. Torgu no debía decir algo así en la entrevista con Austen, pensé. Si mencionara su enfermedad, fuera la que fuese, eso lo volvería ridículo al instante, y si él resultaba ridículo, no tendría ninguna credibilidad. No resultaría creíble al afirmar que él era el jefe del crimen organizado en Europa del Este, ni al hablar de su experiencia en los campos de concentración. Yo todavía no podía soportar la idea de que debía ser yo quien hiciera ese juicio, mucho antes de que Austen lo hiciera; la idea de que esa entrevista estaba muerta mucho antes de que una cámara se pusiera en funcionamiento. Mis jefes se sentirían gravemente decepcionados. Pensé en el comentario de Torgu. Probablemente sufría una disfunción sexual común, una impotencia, quizá, magnificada por su orgullo y su soledad hasta convertirse en una condición mucho más severa. Y a pesar de todo era una cosa tan extraña de admitir, una revelación tan inútil, un detalle tan completamente incómodo, que imaginé que debía de ser sincero. Quería confirmar mis sospechas.

—Eso es muy desafortunado —conseguí decir finalmente—. Cuando dice usted «ciertos estados», quiere decir...

Él me dirigió una mirada que me desafiaba con una energía nueva, pero también había un rasgo de algo más en ella: un brillo dolorido, me pareció.

—No deseo hablar de eso ni ahora ni nunca más. Le pido que olvide el asunto. No sé por qué he contestado. A veces es usted desagradablemente convincente.

¿Qué más podía decir yo? Él me miró con firmeza y esperó la siguiente pregunta. Abatida, transigí.

—¿Tiene usted alguna ayuda aquí arriba? Alguien debe de haber preparado esta excelente cena.

Él me agradeció el cumplido y me dirigió una segunda sonrisa amable. Me sentí aliviada.

—Los hermanos Vourkulaki llevan este hotel.

—¿Es un hotel en funcionamiento?

Torgu se encogió de hombros, como si no pillara el tema de la pregunta.

—Parece un nombre griego, Vourkulaki.

Eso le hizo sonreír.

—Muy bien. Por supuesto que es griego. Son unos griegos de cuna humilde, debo decir. Se mezclaron con los turcos hace mucho tiempo y no son del tipo de alta alcurnia. En este país, los griegos de alta alcurnia dirigieron el gobierno durante un siglo. Fanariotas, los llama la gente aquí. Eran unos aristócratas ricos del Imperio Otomano. Pero los hermanos Vourkulaki son unos insignificantes y sucios isleños que vienen de Santorini. ¿Le suena?

—Oh, dios mío, sí me suena, sí. Allí es a donde Robert quiere ir de luna de miel. ¿Es bonita? También estamos pensando en Vietnam. Pero yo soy un poco griega, por parte de mi madre, así que probablemente iremos al Egeo.

Torgu pareció contrariado. Hizo una pausa y los labios le temblaron de una manera curiosa.

—A juzgar por los hermanos Vourkulaki, no es un lugar romántico. —Se limpió la boca con la servilleta. La amplia frente se le arrugó—. Esto es lo que le voy a decir de los hermanos Vourkulaki: si ve a un hombre guapo y joven de pelo oscuro que se dirige hacia usted por algún pasillo de este edificio, debe alejarse de él. Evite su compañía... Los hermanos están enfermos... están enfermos de algo de lo que toda la civilización griega, y perdóneme, está enferma. Sufren incapacidad de apartarse de ciertas cosas que los demás evitarían a toda costa.

Intenté fingir que estábamos hablando de lo mismo.

—Los hombres griegos tienen fama de ser demasiado directos...

—Sí. Eso es exactamente. Los hermanos Vourkulaki son muy directos. Pero no se les permite estar en las tres plantas de arriba, y ellos lo saben, así que mientras permanezca usted allí, no tiene nada que temer.

Se puso en pie.

—Discúlpeme —dijo—. Es tarde, estoy agotado. Si ha terminado, la acompañaré a su planta.

—Mi propia planta. Por dios.

No hubo café, ni postre. Nos pusimos en pie. Le di las gracias otra vez por la comida y él hizo una reverencia como si yo fuera una princesa.




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19 mayo 2009 2 19 /05 /mayo /2009 16:06



                                                                         TRES

Clementine Spence era de Muskogee, Oklahoma, a unas dos horas al norte de la frontera con Texas. Respondía al nombre de Clemmie. Cuando tenía tres años, la familia se trasladó a la cuenca de Perm, donde su padre trabajó en una empresa de grúas y plataformas. Cuando tenía quince años, él cambió de profesión, pasó de las grúas y plataformas a los seguros de coches, y trasladó a la familia a Sweetwater, Texas, donde ella creció.

Tenía el acento del oeste de Texas, su ropa era propia de Dallas o Houston. Esas faldas de tela oxford abotonadas eran como una marca de producto local en los estantes desde el norte de la autopista Woodall Rogers hasta el sur del lago LBJ. Su rostro, cuando se volvió hacia mí, resplandecía como recién lavado. Parecía que se había planchado los pantalones caquis. Cuando me acerqué a ella, me miró con sus ojos azulados un tanto enrojecidos, como si se los hubiera frotado. No parecía ser una mujer de negocios, no tenía ese aire de organización, ni llevaba una chaqueta a juego con los pantalones. Tampoco se amoldaba a la imagen de una turista, a pesar de que el mapa y el libro que tenía encima de la mesa indicaban lo contrario.

La mujer actuó como un sedante, suavizó la ansiedad que sentía al encontrarme sola en Rumania. El mismo sentimiento de profunda soledad me había atenazado ya una vez anteriormente, durante una expedición en busca de una historia acerca de las favelas de Sao Paulo, un caso que destrozaba los nervios. Pero Lockyear tenía razón. No podía haber excusa para ese absurdo temor, no cuando los periodistas eran raptados en el desierto de Arabia. Era pura inexperiencia. Y a pesar de ello, no podía disipar mis recelos. Ese sueño sobre el Informe Price Waterhouse acerca de las personas desaparecidas todavía me intranquilizaba; una pesadilla realzada por ese ambiente como de otro mundo. Además, tenía mis reservas acerca de mi contacto en Rumania. Había esperado recibir una cálida bienvenida que confirmara nuestra cita en el vestíbulo del hotel Aro, en Brasov, a las siete de la tarde del viernes 13 de septiembre. Eso hubiera sido suficiente. Pero no hubo ninguna bienvenida, ningún contacto humano en absoluto. Yo no sabía si Olestru era un hombre o una mujer. Dado el turbio entorno, supuse que se trataba de un hombre, pero no estaba segura.

Clemmie Spence dispersó esas sombras como un rayo de sol tejano. Me sentí cómoda al instante. Le dije mi nombre, el de mi ciudad y a qué se dedicaba mi padre, y ella me descifró inmediatamente.

—Eres una chica Azalea.

Azalea es un barrio rico de Dallas, y mucha gente de Texas tiene una pobre opinión de él. Quizás ella pensara igual, pero no lo dijo. No volvió a mencionar mi procedencia, y eso me gustó. Ella me gustó, en general.

Ian hubiera meneado la cabeza. «Dios, cómo os gusta juntaros a las chicas del sur», decía, aunque técnicamente está equivocado en eso. Yo no me relaciono con las mujeres del sur, en general. Texas no es el sur, excepto por un escuálido trozo del este. Ni siquiera me gusta que me asocien con los sureños, con su fachada de efusiva amabilidad, su refresco de vino con zumo de melocotón, su pollo frito, sus salchichas con pescado, sus genealogías que se remontan a las primeras quinientas familias de algún estado que no tiene ni doscientos años de antigüedad. Texas es un estado limítrofe, y la gente de los estados limítrofes rechaza ese tipo de sentimentalidad.

Clemmie y yo charlamos de fútbol y de universidades. Resultó que las dos habíamos sido animadoras en el mismo estadio en 1990, cuando su universidad y Azalea jugaron las semifinales estatales. Su equipo ganó, pero ninguna de las dos recordaba el resultado ni ningún detalle del juego.

—Recuerdo que los miembros de vuestra orquesta vestían con faldas escocesas —dijo, riendo—. ¿Y no bailó alguien encima un tambor?

—¿De eso sí tenías que acordarte? Éramos los Azalea Highlanders. El tambor pertenecía a alguien del clan.

No sabía por qué mi equipo se llamaba los Highlanders. Me pareció que había pasado muchísimo tiempo.

A las diez fuimos a buscar el coche de alquiler, un BMW de cristales tintados. Le dije que iba a cargo de la empresa, y ella se rio y contestó que tenía una opinión nueva de la América corporativa. Ella también se dirigía a la ciudad de Brasov, adonde iba a visitar a unos amigos, así que podía dejarla de camino. Como había alquilado yo, me senté primera al volante, pero acordamos que Clemmie conduciría una parte del trayecto.

Tenía un pelo muy brillante, que relucía bajo la luz que se reflejaba en las ventanas de los mugrientos edificios de apartamentos. Cada vez que reía, se le agitaba la cola de caballo en que se había recogido el pelo con una brillante goma elástica de margaritas. Tenía una nariz pequeña y bonita, y una barbilla redondeada. Seguro que les gustaba a los chicos en la universidad. Resultaba un descanso y una extrañeza al mismo tiempo estar sentada en el coche con esa mujer, tan lejos de los lugares donde crecimos, hablando de cosas que las dos habíamos vivido. Yo no había hablado con nadie de barbacoas, fútbol, la música de Austin y la playa de South Padre desde hacía siglos.

Dejamos atrás el extremo norte de Bucarest y comenzó a aparecer el campo, unas extensiones verdes y planas que se ensanchaban a lo lejos, hacia el norte, salpicadas de más lugares en construcción, de vallas de anuncios nuevas, de parasoles rojos y soleados delante de docenas de cafés también rojos y soleados. El tráfico mostraba unos fabulosos coches nuevos alemanes, suizos y japoneses, y las gasolineras, construidas para ellos aparentemente ayer, ostentaban unas banderas púrpuras que ondeaban al viento y exhibían unos escaparates nuevos de cristal, detrás de los cuales se amontonaban enormes pilas de bolsas de patatas y bombones de la Europa occidental en unos altos estantes de metal. Qué imagen ofrece un país que se comporta como si fuera completamente nuevo; todo está desorganizado, esparcido en el paisaje, como si fueran cajas y papeles de envolver. O así me pareció a mí: como una tienda de ropa nueva recién abierta en el Village, con la instalación eléctrica todavía por terminar, los golpes de los martillos y el zumbido de los taladros mientras un equipo de ventas exhausto y excitado intenta apartar los artículos de los estantes con demasiado fervor. Quince años antes Rumania había perdido a su dictador y desde entonces había intentado ser una democracia capitalista. Clemmie y yo estuvimos de acuerdo en que parecía que empezaba a serlo.

Le conté que hacía diez años que vivía en Nueva York y la conversación adquirió un tono más serio. Ella me preguntó si estaba allí ese día, y comprendí qué quería decir. Antes o después, cuando me encuentro con desconocidos y les digo dónde vivo, el tema aparece. La mayoría de las veces sólo me encojo de hombros. Pero en ese momento, bajo el sol, en la carretera, me sentí cómoda.

—Mi edificio estaba justo allí. Al lado de las torres.

—Pobrecita.

—Hubo gente que... que tuvo un día mucho peor.

Odiaba hablar de ello incluso en las mejores circunstancias.

—¿Qué...? Esto... ¿Qué viste? Si te lo puedo preguntar.

Las viejas emociones emergieron.

—Todo.

No podía decir mucho más para responder esa pregunta. Ella cambió de tema.

—Vives justo en la ciudad.

—Brooklyn.

—Lo sabía.

—¿Qué es lo que me ha delatado? Por favor, no me digas que tengo acento de Brooklyn.

—Algo en tu aspecto —contestó—. Un tanto oscuro.

Comparada con ella, supongo, pero no sabía exactamente cómo tomármelo. No lo dijo con mala intención, estoy segura, pero sonó vagamente ofensivo. El aspecto. Por otro lado, a Robert le habría gustado. Antes de estar conmigo, él salía con chicas problemáticas, y siempre ha querido que yo tenga un poco más de garra. De ahí el paquete de Ámsterdam.

—¿Tengo un aspecto oscuro?

—Intenso, quiero decir. Eres como yo me imagino que es una mujer de Brooklyn. Una mujer blanca, por cierto, no una texana. ¿Te gusta vivir allí?

—Me encanta.

—¿De verdad? Siempre he pensado que debe de ser muy duro vivir en Nueva York.

—Es posible. —Con mi salario, un puro infierno, pero ¿para qué contarle eso?—. ¿Dónde vives ahora?

—Uf. —Pareció tener problemas con la respuesta—. Por ahí.

—¿Por dónde?

Ella sonrió, pero me di cuenta de que dudaba de decírmelo. Eso me intrigó más.

—¿Y bien?

—Pekín. Cachemira. Lago Malawi.

—Venga ya.

—De verdad.

Pekín atraía a cualquiera que tuviera un pasaporte, pero Cachemira y el lago Malawi se hubieran encontrado al final de la lista de mis preferencias. Ni siquiera hubieran estado entre las primeras mil.

—¿En serio?

—Completamente.

—Uau. ¿Cómo es vivir en esos lugares?

Clemmie Spence no tenía el más mínimo aspecto de ser una mujer que viviera fuera de la zona de comodidad del llamado mundo desarrollado. Casi siempre es posible ver la influencia de la geografía en una persona, un rasgo de crudeza en los ojos, un amaneramiento, una afectación, como esas mujeres que vuelven, después de haber pasado un año en Francia, con un fular al cuello y fumando Gitanes. También hay otros signos, cierto cansancio, o una especie de confianza en uno mismo, o de cinismo. Pero ella no mostraba ninguno de ellos. En ella no había ninguna crudeza, ningún signo de que fuera una vagabunda. Por un momento dudé de que me estuviera diciendo la verdad. Pero ¿por qué tendría que mentir? En casi todos sus detalles, su aspecto era el de una mujer que había pasado toda la vida en medio del lujo del norte de Dallas. Miró por la ventana, en silencio.

—Me encantó Cachemira —dijo—. Eso te lo puedo asegurar. El lugar más bonito donde he estado nunca, hasta que lo destrozaron.

Entramos en una autopista de cuatro carriles y la conducción se hizo fácil. A ambos lados, unos campos cultivados se extendían hasta la lejanía. Al bajar las ventanillas, el aire de septiembre, denso y dulce, nos llenó los pulmones. Unos coloridos puestos de verdura exponían melones, melocotones, pimientos y tomates. Las abejas zumbaban a su alrededor. Nos paramos para comprar un saco de melocotones y cambiamos de asiento. Clemmie condujo con apresurada concentración, cambiando de carril continuamente y pitando a los lentos para que se apartaran. Nos encontramos atrapadas en medio de una caravana de camiones que transportaban petróleo, una docena por lo menos, y nos llevaron hacia delante como si estuviéramos a bordo de un avión. Cuando llegamos a la primera ciudad importante, un lugar llamado Ploesti, los camiones se desviaron por una salida y los conductores nos saludaron con las manos y haciendo sonar las bocinas. La brisa en Ploesti empezó a oler a petróleo.

La alegría de la pequeña ciudad de provincias dejó paso al acero, a la suciedad y al barro apisonado. Unas refinerías se levantaban como inmensas chatarras de coches contra el horizonte. Unas nubes de un blanco puro salían por las chimeneas. Al lado de la autopista, los tablones de anuncios continuaban mostrando su publicidad de vivos colores: mujeres con ajustados vestidos rojos tomaban cócteles de color azul brillante, pero realizaban su trabajo en medio de una fealdad cada vez mayor. Las indicaciones nos condujeron hasta un callejón sin salida, y el mapa no resultó de ninguna ayuda. Estábamos perdidas y esos suburbios no ofrecían nada, no mostraban ningún punto de referencia ni señalaban ninguna salida. Pero tampoco eran infinitos. Acabamos en el centro de las instalaciones petroleras, tapándonos la nariz, a la sombra de los ennegrecidos oleoductos, y tuvimos que dar marcha atrás por entre los oxidados vehículos de transporte con las fauces abiertas que bloqueaban el camino. Fuera, mientras el sol se movía hacia el oeste, las sombras se proyectaban desde los travesaños de esa especie de juego de química gigantesco y chamuscado. Unos hombres picaban al final de unos raíles de acero. Unas llamas salían por unos agujeros, unos fuegos anaranjados y azulados, una colonia de genios. Giramos por una esquina y nos encontramos con un clan familiar —gitanos por lo que parecía: tres mujeres, un hombre y un montón de niños— que se habían cobijado en un edificio cerrado de una sola planta, quizás un antiguo restaurante. Los niños corrían con los pies desnudos sobre charcos de aguas fétidas, las mujeres se afanaban entre la basura. Vestido con un abrigo y una corbata, el hombre estaba sentado en una silla y lo observaba todo con unos ojos blanquecinos como la leche. Las mujeres se acercaron a nosotras y nos pidieron limosna. Les di dinero y deseé que mi equipo de cámaras hubiera estado allí. Cuando esas cosas suceden, hay que estar ahí para pillarlas. Suena cruel, pero no es posible poner en escena esta clase de miseria. Tiene que aparecer delante de tus ojos, sin ninguna coreografía, y entonces es posible filmarla.

Al cabo de poco tiempo encontramos el camino. Ploesti se desvaneció detrás de nosotras; la tierra se desplegaba hacia delante como una ola amplia y resplandeciente. Se veían menos tablones de anuncios. Entramos en una meseta y vimos unos ríos plateados en la lejanía, y unas montañas increíblemente azuladas más allá de unas extensiones de bosque. La carretera entró en un valle y se tornó de dos carriles. Al poco tiempo, viajando a gran velocidad, nos pusimos de nuevo detrás de los camiones de petróleo y tuvimos que aminorar. Era justo después de mediodía.

—Ploesti —dijo Clemmie—. Deprimente.

—Debes de haber visto sitios peores en África.

—Es verdad, pero a pesar de todo... Algunos lugares poseen ese aire. ¿Sabes qué quiero decir?

—¿Como qué?

—Como si se hubieran convertido en la letrina de nuestra especie. Como si toda nuestra mierda hubiera acabado encima de la vida de otros.

Era una exageración, y no le di demasiada importancia. Mi mierda no había acabado en Ploesti. Se hizo un largo silencio en el coche e intenté romperlo.

—No acabo de creer que sea culpa nuestra. Una década de violento fascismo, cincuenta años de comunismo, un dictador megalómano, y ahora un capitalismo salvaje. Que Dios los ayude.

—Sí, que Dios los ayude. Tenemos que tener fe. Eso es lo que intento no olvidar.

Clemmie no me había entendido bien. Vi la cadena de plata que llevaba en el cuello y, por primera vez, me pregunté si de ella colgaba una cruz.

—No quería decir eso —le dije—. No soy religiosa.

—Yo tampoco —contestó ella—. Odio la religión. —Se calló un momento—. Pero amo a Dios. —Continuamos un rato en silencio—. ¿Te importa si cambiamos otra vez? Me están picando los pies.

Nos detuvimos en un restaurante al lado de la carretera y compramos una bolsa de patatas y una Coca-Cola. Sacamos el saco de melocotones y comimos a la sombra de un voluminoso rosal que había al lado de un estanque fragante. Clemmie pagó. Después de comer, paseamos alrededor del estanque, molestando a las ranas, unos oscuros bultos verdes que saltaban para esconderse en la oscuridad. De nuevo en la carretera, yo me senté ante el volante y ella se subió las mangas y se dispuso a masajearse las plantas de los pies.

—¿Dijiste que eras periodista? —me preguntó.

Se lo había dicho.

—Sí, señora.

Se sacó un zapato.

—¿Dónde escribes?

Siempre sucedía eso. La gente daba automáticamente por sentado que si eres periodista, trabajas en prensa escrita.

—Trabajo en televisión. Soy productora.

—Guay.

A menudo, ése era un momento incómodo. Nunca me ha gustado parecer que me doy importancia.

—De un programa que se llama La hora.

Ella sonrió.

—Un programa que se llama La hora. He oído hablar de un programa que se llama La hora. Todo el mundo ha oído hablar de un programa que se llama La hora. —Clemmie levantó una ceja—. Será mejor que vigile lo que digo.

—No parece que tengas ningún problema en vigilar lo que dices.

Serio.

—¿Puedes decirme en qué estás trabajando aquí?

Nunca hablo de mis historias con desconocidos. Esa es la primera regla de producción de Lockyear, y la ha sacado de nuestro corresponsal, Austen Trotta, así que la cumplo. Ella soltó el pie izquierdo y volvió a ponerse la sandalia. Colocó el pie derecho encima de la pierna izquierda y se sacó la sandalia.

—Apuesto a que lo sé.

Su tono sonó inofensivo, pero sentí un ligero estremecimiento de inquietud. Los productores de La hora deben ser paranoicos, ésa es la naturaleza del trabajo. Reflexioné sobre el hecho de que yo me había acercado a Clemmie en la sala de los desayunos; de que había sido idea mía llevarla en coche. Pero qué coincidencia que ella fuera de Texas, que resultara que hacía el mismo trayecto que yo. Y además recordé que dijo que yo era de Nueva York. De alguna manera, lo había adivinado. Ella dijo que mi intensidad me había delatado. Jugué con suavidad.

—¿Quieres adivinarlo?

Ella continuó mientras terminaba de masajearse el pie derecho.

—¿Puede tener algo que ver con un parque de atracciones?

Lockyear me hubiera dicho que no contestara esa pregunta. Me puse nerviosa, pero controlé mis emociones. Nuestro señor del crimen había sido mencionado aquí y allá como el principal inversor en un proyecto de parque temático relacionado con un personaje famoso del cine. Ella debía de haberlo leído en los periódicos.

—No —le dije—. ¿Qué haces para ganarte la vida?

En lugar de responder, abrió su bolso, sacó un frasco de plástico y le quitó el tapón. Se puso unas gotas de loción en la palma de la mano derecha y se embadurnó los dedos del pie izquierdo. El bolso quedó abierto, así que pude ver que dentro había un pequeño libro con las cubiertas negras y las páginas de papel cebolla.

—Perdona. Sé que es desagradable, pero caminé muchísimo por Bucarest ayer —explicó.

—¿Eso es una Biblia? —le pregunté.

Asintió con la cabeza. Yo abandoné el tema por un momento. Atrapadas en el convoy de camiones de petróleo ya no nos podíamos mover tan deprisa, y empecé a empaparme del cambio de paisaje. Se veían unos riscos a cada lado, repletos de matorrales y de tojos; las construcciones nuevas dejaron paso a los viejos asentamientos, unas casas de madera agrupadas en una confusión destartalada, una cúpula de iglesia coronada por una cruz. Un cementerio apareció encima de una colina: sus líneas de cruces dispuestas como en formación militar, del color de la leche, desaparecían en la noche más allá de los cedros.

—¿Tu trabajo tiene algún tipo de dimensión religiosa?

Clemmie asintió con ambigüedad.

Tuve un presentimiento.

—¿Estás casada?

Se soltó los dedos del pie izquierdo y volvió a colocarse el zapato.

—Lo estuve.

—¿Hijos?

—No.

Se quitó la sandalia del pie derecho y empezó el mismo procedimiento. El sonido de la loción deslizándose por la piel me molestó. Me pareció que ese sonido adoptaba el carácter sutil de una evasión.

—¿Y tú? —preguntó.

—Prometida.

—Felicidades.

Se soltó el pie y dejé de oír el sonido de la loción. Clemmie volvió a ponerse el zapato y miró hacia la carretera, por encima del salpicadero. Yo concentré la atención en la carretera. En un lapso de tiempo de veinte minutos, el campo había cambiado otra vez, al igual que lo había hecho el ambiente en el coche. Una frialdad nueva lo envolvía todo. Ahora nos encontrábamos a una gran altura y unos valles se abrían hacia abajo, a derecha y a izquierda, mientras la carretera trepaba por las montañas. Los pueblos colgaban en las laderas por encima de nosotras y se apilaban en los recodos, por debajo. Una pequeña manada de caballos se desplazaba a través de una amplia pradera. En los dos carriles de carretera, los camiones avanzaban a toda velocidad adelantándose los unos a los otros con ciego desdén hacia el tráfico del carril anexo. Cada diez minutos, un monstruo de dieciocho ruedas se precipitaba contra mí tocando el claxon y yo tenía que apartarme del camino. Los nudillos de las manos se me pusieron rojos. El viento revolvía el brillante pelo de Clem. Sobre la carretera, el sol brillaba. Llegarnos arriba del todo de los valles y tuvimos una momentánea visión de un lejano campo verde antes de descender de nuevo. Los camiones levantaban ráfagas de viento contra las ramas de los pinos. Llevábamos un buen ritmo. Pensé que estaríamos en Brasov sobre las cinco de la tarde.

—Tengo la sensación de que he dicho algo malo —dijo Clemmie.

Yo mantuve la mirada fija en la carretera.

—¿Estás segura de que no he sido yo?

—Al contrario. Doy gracias a Dios de que nos hayamos encontrado. De verdad. Le doy las gracias.

—Venga ya.

—Las coincidencias no existen, Evangeline.

El corazón empezó a latirme más deprisa. Ella podía ser un espectro de mi pasado, una hija de Jesús en la cafetería de la Universidad de Azalea de ojos felices e iluminados, encendidos con el fuego de la verdad absoluta. «Si supieras lo que yo sé —parecían decir esos ojos—, tus ojos también estarían iluminados.» Yo nunca había creído en esa verdad definitiva, aunque seguí el juego durante mi último año, cuando era animadora, porque mi novio de esa época formaba parte de la Hermandad de Atletas Cristianos y me dijo que solamente tendría relaciones sexuales conmigo si los dos estábamos con Cristo. Así que me uní al equipo y animé el partido, nada de lo cual me hizo sentir orgullosa.

Clementine Spence se dio la vuelta y me miró con toda su atención.

—Me doy cuenta de que estás disgustada. —Mi silencio sólo sirvió para animarla—. Pero creo que te has disgustado por nada.

Negué con la cabeza.

—No estoy disgustada en absoluto.

—Dímelo. ¿Qué es lo que te ha ofendido?

Consideré las opciones que tenía. Nos quedaban dos horas más de coche, por lo menos. Podíamos tener un enfrentamiento y esas dos horas serían horrorosas o yo podía retirarme y esperar a que se marchara. Si no mordía el anzuelo, lo más probable era que ella estuviera tranquila.

—A veces soy una bruja horrible —le dije—. Y me has hecho sospechar de tus intenciones. Lo siento. —Decidí poner a prueba su discreción—. ¿Él era un misionero, también?

—¿Quién?

—Tu marido.

Clemmie se pasó una mano por los ojos.

—Odiábamos esa palabra.

—¿De verdad?

—Nos llamábamos a nosotros mismos los agentes del cambio. —Clemmie rebuscó en su mochila y sacó un pañuelo de papel que se llevó a la cara. Se sonó en el arrugado y gastado tejido—. La verdad es que era mi marido quien nos llamaba los agentes del cambio. Está sacado de la teoría empresarial.

Sus lágrimas parecían verdaderas. El aire olía a lluvia. Unos precipicios de roca se elevaban a cada lado, y unos bancos de nubes se desplazaban por sus cumbres. Habíamos llegado al borde de Transilvania.


                                                    CUATRO

El tráfico se detuvo. Clemmie señaló que hacía varios minutos que los camiones de petróleo no se movían. Bajamos las ventanillas y oímos el canto de los pájaros en medio de un tenso silencio. Los conductores de los camiones habían apagado los motores. Un poco más adelante, uno o dos hombres habían salido de las cabinas. El sol se hundía en el horizonte, al oeste, y las sombras del día se hacían más oscuras al lado de los establos. Las espigas secas de maíz se mecían en los alerones de las casas pintadas de blanco. Clemmie se quitó los zapatos otra vez y puso los pies desnudos encima del salpicadero. El olor dulce de la loción llenó el coche. El paso de la montaña se encontraba solamente a un kilómetro por encima de nosotras, pero el avance se había detenido. No se podía hacer nada más que esperar y especular.

—Dime una cosa —dijo Clemmie—. ¿Crees en esas cosas que se dicen del lugar a donde nos dirigimos?

Yo ya estaba tensa y la pregunta añadió más irritación.

—¿Se puede saber de qué estás hablando?

—Entiendo eso como un no.

Parecía saber algo acerca de mi trabajo. Sabía que tenía que ver con un parque de atracciones, y sabía que ese parque de atracciones tenía que ver con los estereotipos propios de Transilvania. Pero todavía había que dar un paso más allá, y ella todavía no lo había dado. Y mientras ella no lo hiciera, yo tampoco lo haría.

—Un amigo mío llama Tierra de Vampiros a nuestro lugar de trabajo —dije.

—Uf.

—Exacto. La gente no es agradable en Tierra de Vampiros, por decirlo suavemente. Están locos, son ambiciosos, gritan, critican y reprenden. En el mejor de los casos tienen una decencia mínima. Pero, por lo que yo sé, de momento ninguno de ellos es un verdadero bebedor de sangre.

—¿Estás segura de eso?

—No estoy segura. Pero no creo en ese tipo de cosas.

—Esa era mi pregunta.

—¿Me estás diciendo que tú crees en esas cosas? ¿En... en vampiros?

Pareció considerar que mi pregunta era un juicio, lo cual era cierto.

—Mi problema —dijo— es que no puedo descartar su existencia.

Me pasó por la cabeza que quizá la habían enviado los miembros de un sindicato criminal que se oponía a la construcción del parque de atracciones. Pero eso era demasiado parecido a una escena de Stimson Beevers y creí que yo me encontraba por encima de esa mentalidad conspiradora. El sol continuaba hundiéndose.

—Agente del cambio —dije—. Es una expresión interesante. ¿Qué significa, exactamente?

Ella suspiró.

—¿Exactamente? No lo sé. Alguien o alguien que penetra en una realidad y hace que sea distinta, básicamente. Esta expresión siempre me ha desagradado un poquito. Pero Jeff creía en ella, de corazón. Un agente del cambio. Para él sonaba heroico, como James Bond.

—Supongo que un vampiro puede ser una especie de agente del cambio, ¿verdad?

Ella me sonrió.

—Del equipo contrario, sí.

—Dime otra vez qué tiene de malo la palabra «misionero».

—Una mala imagen. Vallas blancas en las junglas y Más cerca de ti, Señor por la mañana, por la tarde y por la noche. A nadie le gusta eso, y mucho menos a nosotros, que hemos empeñado nuestras vidas en ese esfuerzo. Queremos que Jesús llegue a la gente a través de su propia cultura, con sus propias condiciones, no con las nuestras.

Era una respuesta convincente, pero me di cuenta de que, por encima de todo, empezaba a sentirme cansada. Ella también debía de estarlo. Se calló. Unas nubes pasaron por encima de nuestras cabezas. Unas gotas de agua cayeron sobre el parabrisas.

—¿Te molesta si fumo? —preguntó Clemmie.

¿No era él cuerpo el templo del Señor? Le dije que no me molestaba. Sacó un cigarrillo de su bolso y lo encendió. Me pilló mirándola de reojo.

—La Biblia no dice nada sobre esto, te lo aseguro. ¿Quieres uno?

Le dirigí la típica sonrisa de culpa. Hacía años que no fumaba. Robert pensaba que era un hábito poco adecuado para una dama. Pero no iba a besarle hasta al cabo de una semana y, por lo menos para entonces, el olor del tabaco ya habría desaparecido del aliento.

Clemmie encendió un cigarrillo con el suyo y me lo dio.

—Levantábamos iglesias.

—¿Levantabais qué?

—En Srinagar, el extremo norte del Himalaya, en Cachemira. Intentábamos atraer a los musulmanes a la comprensión de la fe en Cristo. Musulmanes seguidores de Cristo; no funcionó muy bien.

Se puso una mano encima de los ojos de nuevo. El cigarrillo tenía un sabor delicioso.

—Mi marido. —Dio una calada—. La perdió... —Debí demostrar una expresión de perplejidad—. La fe, quiero decir. Estaba desengañado, así me lo dijo, y me abandonó.

Al principio, concentrada en el cigarrillo, no registré ese último comentario. Pero pasaron unos cuantos segundos y comprendí el significado de esas palabras.

—Oh, dios. ¿Tu esposo te abandonó? ¿En Cachemira? Qué horrible. ¿Cuándo?

—Hace un año. No. Dos años ahora.

Volví a recordar la compasión que había demostrado por los ataques del 11 de septiembre y me sentí una impostora por pensar que a mí me había pasado algo malo alguna vez.

—Lo siento mucho, Clemmie.

Ella miraba hacia delante. No parecía tener gran cosa que añadir al tema.

—¿Es eso lo que estás haciendo aquí, en Rumania? ¿Levantar iglesias?

Ella sorbió por la nariz y levantó la mirada, dirigiendo sus suaves ojos azules hacia mí.

—No, ése no es mi fuerte. Soy mucho mejor de tú a tú.

No pregunté nada más, por miedo al adoctrinamiento. A un lado del valle caía la lluvia. Al otro, un sol rojo y oscuro llenaba la hendidura entre dos montañas. El disco se había vuelto de un dorado brillante. Las gotas de lluvia brillaban y relampagueaban. Clemmie sacó la cabeza por el lado del copiloto.

—Eh —dijo—. Algo pasa.

Salimos del coche y fue un alivio. Lloviznaba, pero no me importaba mojarme. Un conductor de camión vio nuestros cigarrillos y nos gorroneó uno. Ella buscó en su bolso y sacó otro para ella.

—¿Qué sucede? —pregunté. Ella le repitió la pregunta al camionero en francés. Él se encogió de hombros. No parecía que hablara francés. Esperamos. Estábamos sobre una ligera elevación, unas altas montañas se levantaban a cada lado, y bajo sus afilados picos había unas oscuras manchas verdes de coníferas.

—Esas montañas fueron un día una fortaleza —dijo ella—. Eran una protección contra el islam.

Bajó el cigarrillo y miró hacia la carretera con una intensidad súbita.

—Escucha —dijo.

Llegó un ruido de movimiento, de una multitud que caminaba. Ella se dirigió al centro de la carretera para tener una vista mejor. Más adelante, unos cientos de personas subían la cuesta, una procesión que avanzaba a pie. Clemmie, a mi lado, se puso tensa. Tiró el cigarrillo, bajó la cabeza y juntó las manos.

Al frente de la procesión avanzaba un sacerdote vestido con una túnica marrón claro. También tenía la cabeza inclinada, y hablaba en un idioma que yo no comprendía. Se oyó otro ruido, el de los cascos de unos caballos, unos golpes secos contra el asfalto resquebrajado de la carretera. La procesión avanzaba hacia nosotras y Clemmie continuaba rezando sin mover los labios y sin pronunciar palabra alguna. Qué fuera de lugar parecíamos ambas, vestidas con trajes de trabajo azul oscuro y camisas blancas e impolutas; fuera de lugar y fuera de tiempo. Pero por lo menos ella tenía algo que la conectaba con esa escena. Su fe la unía con esa gente que se persignaba al paso de los caballos. Yo debería haber hecho lo mismo. Debería haber bajado la cabeza, exactamente como ella. Pero rompí mi rígida regla de mis viajes al extranjero: en caso de duda, haz lo que hacen los locales. El sacerdote había llegado hasta unos pasos de distancia de nosotras, y comprendí el motivo de todo eso. Detrás de él caminaban dos caballos grises de crines blancas. Detrás de los caballos, tiradas por ellos, giraban las ruedas de un carro, un vehículo bajo de tablones de madera veteada a cada lado. Encima del carro, en un lecho de aromático heno, había un féretro de un color casi igual al de la falda de Clemmie y de la mitad del tamaño de un adulto. Era una procesión por el funeral de un niño. El carro se detuvo justo a nuestro lado.

—No mires —susurró mi compañera.

                                                         CINCO


                                                                      SEIS

A la luz de los faros apareció una señal: Brasov, 35 km. Yo había perdido toda noción de la relación entre kilómetros y millas; treinta y cinco kilómetros deberían ser unas veinte millas, pero parecían el doble en mi cabeza. Setenta millas a Brasov, pensé. No podía quitarme de encima la sensación de que había un desorden salvaje e inminente en todo y de que eso se había desatado al ver el ataúd en el carro.

—¿Qué crees que le pasó a ese niño? —pregunté, sabiendo que era una pregunta ridícula. ¿Cómo podía ella saberlo?

Clemmie no parecía inquieta. Estaba sentada detrás de una nube de humo del cigarrillo y ante nosotras se elevaba un trozo más de Transilvania, otra montaña coronada por un pico.

—Sabe Dios —respondió.

La hora de mi cita con el señor Olestru ya había pasado, y me temía que, con ella, había perdido mi oportunidad de conseguir enterarme de esa historia. Acostumbro a ser puntual en mis citas sociales, pero en cuanto al trabajo, soy fanática al respecto. En La hora tratamos constantemente con desconocidos que sospechan malas intenciones por nuestra parte. Luchamos contra esos prejuicios por norma y, en esa batalla, las primeras impresiones son importantísimas. Para mí, la victoria empieza con una llamada de teléfono educada y profesional, seguida por correos electrónicos y faxes y apoyada por cualquier minúsculo detalle que prepare el terreno para un encuentro inicial. Este sólo puede darse por garantizado si aparezco entre cinco y diez minutos antes de la hora, vestida de forma impecable y mostrando la misma actitud de impoluta educación con que inicié el contacto. Si hago menos que eso, mis posibilidades de éxito se reducen a la mitad.

Dudaba mucho de que el señor Olestru pudiera tener una buena opinión de mí. Tendría suerte si confiaba lo suficiente como para que continuáramos un diálogo serio acerca de una historia relacionada con su patrón. Yo esperaba recibir algunas disculpas comunes —que me había esperado durante una hora y que no podría volver a verme hasta al cabo de unos meses—, una vaga promesa de que lo haría y, luego, el silencio. Estaba furiosa conmigo misma.

Lockyear quería que le llamara después de la cita, pero yo no podía ni siquiera pensar en ello. Tendría que mentirle. No podía decirle la verdad: que había encontrado un atasco de tráfico y no había llegado a tiempo a la cita. Le llamaría por la mañana y le diría que no se había presentado nadie. Él me amonestaría; hablaría rápido y en un tono bajo y mezquino y me recordaría que no podía permitirse otro desastre, que esa payasada había puesto en solfa su puesto de trabajo. Quizá no le llamara, o lo haría sólo cuando llegara al hotel para decirle que no había aparecido nadie y pedirle consejo. Podía llamar a Stim, pero ya era por la tarde y Stim debía de estar haciendo novillos o bien en el Anthology o en el Film Forum, fingiendo buscar filmaciones de archivo cuando estaba pillando una película.

Clemmie tosió y el ruido me sobresaltó. Por unos segundos me había olvidado de su existencia. El asiento del copiloto hubiera podido estar vacío. La cola de caballo había desaparecido, la goma elástica también, y el pelo le caía, lacio.

Delante de mí apareció otro camión, un viejo trasto que resollaba y crujía y que iba cargado de madera húmeda. Vi el extremo posterior de los troncos colgando por encima del capó del coche. Apreté los frenos y noté qué el motor de ese coche de alquiler temblaba. Temí que el motor pudiera pararse y no fuera capaz de encenderlo de nuevo.

Clemmie se enderezó en el asiento.

—Estás demasiado cerca del camión.

—Estoy intentando adelantarlo.

Los dos carriles de la carretera eran estrechos, y no había arcén. Si me dirigía hacia la derecha, chocaría contra un pino. Si intentaba adelantarlo por la izquierda, no tendría espacio para esquivar a un coche que viniera de cara. Le di repetidamente a la bocina para que el camión aumentara la velocidad. La cuesta se hizo más pronunciada, dirigiéndose hacia una cima invisible. Redujimos la velocidad casi hasta detenernos.

Dos perros salieron de la nada. Al principio fueron dos manchas blancas, pero se convirtieron en mamíferos con colmillos. Uno de ellos chocó contra la ventanilla de Clemmie con un ruido seco y la lengua llena de saliva estalló contra el cristal. El otro saltó encima del capó del coche. Cambié y puse marcha atrás apretando el acelerador, lo cual nos impulsó e hizo que el perro cayera desde el capó al pavimento. Ganábamos velocidad al ir cuesta abajo y empecé a perder el control. Cambié de marcha. El otro perro estaba con nosotras, corriendo al lado de la ventanilla. Clemmie metió la mano en su bolso y sacó un spray de defensa personal. Bajó la ventanilla un poco y roció al perro, que se alejó de la carretera aullando y tambaleándose. Me puse en marcha y subí la cuesta con un ruido infernal. Llegamos hasta el camión otra vez, detrás de los pesados troncos, y me metí en el carril contrario para intentar un adelantamiento. Pero vi una luz y no me gustó, así que volví a mi carril justo en el momento en que otro camión pasó por nuestro lado desde una curva. Al volver al carril, las ruedas tropezaron con algo que sonó desagradablemente como si fuera un perro.

Miré a Clemmie, que estaba iluminada por las luces del salpicadero.

—Amén, hermana —dijo.

El otro perro desapareció en la oscuridad del espejo retrovisor. El camión giró por un camino de tierra y desapareció. La soledad de la noche nos envolvió, a pesar de que los latidos de mi corazón sonaban lo bastante fuerte para romper el silencio del bosque. No pareció que Clemmie se diera cuenta. Llegamos a un claro sin árboles y a lo lejos, al oeste, vimos la luna en lo alto.

—¿Quieres oír una historia que no he contado a ningún alma viviente? —preguntó Clemmie.

Encendió el cuarto o quinto cigarrillo de la noche. Le pedí uno también.

Clemmie se encendió el nuevo cigarrillo con la punta encendida de otro.

—¿Recuerdas que te he contado que fui trabajadora social en Malawi, en el África subsahariana?

—Sí.

—Dirigía un programa de vacunación en la selva. ¿Conoces alguna cosa de Malawi? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Es uno de los países más pobres del mundo, con altos índices de mortalidad infantil y un montón de supersticiones. Una de esas letrinas que te mencioné.

Yo no me podía creer que me encontrara conduciendo de noche en las montañas de Transilvania con una misionera texana supersticiosa. Ni siquiera los hastiados habitantes de La hora lo hubieran creído.

—Había una serie de pueblos a orillas del lago Malawi, la mayoría de pescadores; allí vivían unas mil personas en un radio de ochenta kilómetros. Mi trabajo consistía en vacunar a los niños menores de cinco años contra el sarampión y la polio. Jeff, mi ex, era el jefe del equipo, y una de las partes de su función de cobertura...

—Me he perdido.

—¿Con lo de función de cobertura? —Yo asentí con la cabeza—. Es tu tapadera. Ya sabes, como los espías que tienen una tapadera cuando se infiltran en un país donde no son bien recibidos. Nosotros lo hacemos también; intentamos convencer a las autoridades locales de que no estamos allí para atraer a las almas hacia Jesús.

—Pero estáis allí para eso, ¿no?

Ella se encogió de hombros.

—Algunos de nosotros sólo queremos ayudar, lo creas o no. Lo llamamos función de cobertura. Mi trabajo consistía en poner inyecciones en los lugares donde el plan de vacunación del gobierno se encontraba con pocos recursos, lo cual pasaba en todas partes. Pero Jeff tenía trabajo en toda la zona y me dejaba a cargo de todo con un médico local y una enfermera.

Hablaba exponiendo los hechos.

—Era un trabajo fácil. Los habitantes de los pueblos creían en el programa y no recelaron de nosotros hasta el final, cuando todo se estropeó. No soy capaz de recordar con exactitud cuándo fue... —Se interrumpió—. Fue un miércoles, lo sé, porque el bote con el correo vino desde Lilongwe.

Por un momento se quedó con los ojos cerrados y yo pensé que se había dormido.

—Clemmie —dije. Ella abrió los ojos—. Lilongwe.

—Sí, sí, lo sé. Sólo estaba ordenando las ideas. Es agotador pensar en eso, de verdad. Tienes que tener en cuenta cuál era nuestra situación. Había unos doce pueblos a lo largo de esa zona de la orilla, unas cien personas por pueblo, niños, viejos, familias. Una vez cada dos semanas, yo visitaba cada una de las aldeas y pasaba allí una o dos noches antes de continuar la ruta. La gente estaba sana y le otorgaba los méritos a Dios, lo cual era fantástico. Siempre que yo aparecía, los niños venían chillando hacia mí para darme la bienvenida; para una mujer que no tiene hijos pero desea tenerlos, imagínate qué emoción, era como heredar a un montón de ellos a la vez.

Las manos le temblaban cuando aplastó el cigarrillo contra el lateral de la botella de loción.

—Antes de que desapareciera, el médico local me había dicho que el único asunto malo por allí eran las víctimas del SIDA, pero que eso no era problema nuestro, porque los hospitales de Lilongwe las acogían. La mayoría de nuestros pacientes no estaban enfermos realmente, ninguno tenía fiebre. Así que cuando empezaron a desaparecer, no tuvo mucho sentido. Los niños habían recibido las vacunas, y también los adultos. —La voz le tembló un poco—. Pero yo ya sabía eso. Yo fui quien llevó la medicina. Vi a la enfermera vacunar a esos niños.

Yo miraba la carretera, que estaba bañada por la luz de la luna. La voz de Clemmie se apagó. Iba a casarme en junio. Ya habíamos alquilado un pabellón en Wave Hill, pero aún había muchas cosas por hacer, y tendría que realizar unas llamadas desde Rumania. Tendría que arreglar unas citas con el sacerdote de San Ignacio de Loyola. Llamaría a Robert y me disculparía por haberle hecho sentir mal con el paquete de Ámsterdam. Al darme esa caja rosa, me dijo: «Por si alguna vez tienes ganas de hacer un striptease». Yo me quedé con esa frase en la cabeza mientras abría el regalo, y de alguna manera me había provocado. Pero ahora que lo veía con distancia me daba cuenta de lo tonta que había sido. Llamaría a Robert desde el hotel de Brasov y le prometería ese striptease.

—Pareció que todo sucedía a la vez. Salí un lunes para hacer mi ruta y todo se desató. Un pueblo detrás de otro. Iba a ver a los ancianos y la historia siempre era la misma: todos los chicos se habían ido. Cuando llegué al último pueblo, estaba fuera de mí. —Le tembló la voz—. Aterrorizada, como si tuviera ocho años y estuviera en mi cama mirando hacia la puerta oscura del baño, ¿comprendes? —Se volvió y me miró. Yo no comprendía, no quería comprender, pero asentí. Si no lo hacía, pensé, todavía se pondría peor—. Los dos últimos habitantes de un lugar, un hombre y una mujer, me dijeron que sus hijos se habían ido a la jungla. Por la noche, un grupo de hombres blancos había aparecido en la orilla y habían atravesado el pueblo llevándose a los niños tras ellos, a todos.

Eso me sonó sospechoso.

—¿Describieron a esos hombres blancos?

Clem bajó la voz.

—«Fantasmas», fue la palabra que utilizaron. Yo los llamo hombres blancos.

Su respuesta no me tranquilizó. ¿Quién dijo que los fantasmas tenían que ser blancos? Pero estaba intrigada.

—¿Qué pasó luego?

—Detrás de los chicos se fueron los abuelos, los viejos, y juntos recorrieron los viejos caminos en la noche, hasta la jungla, y desaparecieron. Esas dos personas me dijeron que los fantasmas vendrían a por mí, también. Lo oí una y otra vez. Los pocos supervivientes que quedaban en cada uno de los pueblos me pellizcaban la piel blanca y meneaban la cabeza como diciendo «esto no va a protegerte».

Clemmie podía ser la responsable, me dije. Esa era una posibilidad real.

—Desde entonces, muchas veces he pensado que esos fantasmas debían de ser una especie de vampiros —dijo—. La gente de allí cree en los vampiros.

Pareció que todo el aire hubiera salido del coche,

—No.

—Nunca vinieron a por mí, pero en mi última visita, al final de mi última ronda por las orillas, no quedaba nadie. En esos pueblos ya no había gente, ni un alma. Nadie vino a las instalaciones para potabilizar el agua, en el pozo. No había ningún niño jugando. Así que hice la mochila y me introduje en la jungla para buscarles. Jeff me encontró en un hotel de Lilongwe, pero nunca fui capaz de decirle cómo llegué allí. No le dije nunca nada y, hasta el día en que se fue, creyó que nuestros pueblos habían sido atacados por la guerrilla. Para decir la verdad, él me culpaba de no haber tenido... más aplomo, creo que dijo.

Me esforcé por pensar lo mejor acerca de esa situación. Quizás habían sido las guerrillas. O quizás ella había matado a esa gente por accidente y no podía enfrentarse a ello. Quizá su programa de vacunación mató a los niños, o alguna enfermedad se los llevó, y ella se culpaba a sí misma. Me pareció que eso debía de ser, y que ella contaba la historia de su fracaso en un intento por expiarlo. Clemmie se abrazó el torso con los brazos. Estaba temblando. Yo sentí una intimidad terrible y no deseada.

—Necesitamos descansar un poco —dije.

El coche pasó por encima de un bache en la carretera y Clemmie levantó la cabeza repentinamente. Su pelo brillaba como la plata bajo la luz de la luna. No volvimos a hablar durante el resto del trayecto.

 

Llegamos al hotel cerca de las diez. Decidí no intentar entrar en contacto con nadie esa noche. Casi delirante después de conducir tanto, sólo sería capaz de empeorar las cosas. Después de una buena noche de sueño, esperaría a recibir noticias del señor Olestru e intentaría presentar mis excusas. Clemmie y yo nos demoramos un poco en el vestíbulo intentando despedirnos. La invité a tomar una rápida cena, pero declinó la invitación. Parecía que observaba el hotel con ansiedad y arrugaba la nariz como si oliera algo rancio.

Yo tenía sentimientos contradictorios hacia Clemmie. Quería que se fuera, me agotaba, me ponía nerviosa, y estaría feliz de no volver a verla más. Pero, por otro lado, le había tomado cariño a esa mujer. Se había formado un vínculo en contra de mi voluntad. Yo estaba prometida, ella había sido abandonada por su esposo, lo que me hacía sentir pena. Parecía un alma perdida. Volví a proponerle cenar, pero ella me dijo que tenía a unos «socios» en el pueblo. La palabra sonó absurda. «Socios.» No puede evitar realizar un comentario de listilla.

—¿Una convención de agentes del cambio?

Ella sonrió con languidez.

—Nada tan importante.

Al llegar, ella hizo una llamada telefónica. Después me dijo que se habían hecho planes para rescatarla. No me dijo adónde se dirigía, y no insistí. Que se guardara sus extraños secretos para ella. Se había puesto un jersey azul pálido con cuello de pico encima de la falda rosa, se había cepillado el pelo hacia atrás otra vez y se lo había recogido en una cola de caballo atada con la goma elástica de margaritas. Se había lavado la cara con agua fría.

—¿Seguro que no quieres tomar algo, al menos? —le pregunté—. Mi cita se ha cancelado. Podríamos probar el vino de la zona. Sé que te gusta beber.

—Sí. —Dudó.

—Invito yo —insistí.

Miró hacia las puertas del hotel, como si hubiera visto una cara familiar en la oscuridad.

—Eso sería abusar —respondió—, y, además, sólo estás siendo amable. Ya sé cómo sois las chicas Azalea: tenéis el sistema nervioso central cargado de educación, no podéis evitarlo.

—Eso es malvado.

—Entonces lo retiro.

El recepcionista levantó la vista hacia nosotras. Un joven y lívido botones apareció y se llevó mis maletas. Ninguna de las dos se movió. Por fuera, el hotel mostraba una fachada de cemento gris y de vidrio, un auténtico edificio comunista de la década de 1970. Pero dentro se había hecho un esfuerzo para que el lugar tuviera el aire de un pabellón de caza con unas grandes vigas de madera en el techo, unas cabezas de ciervo colgadas en las paredes y una gruesa alfombra roja y dorada que cubría el suelo. Una tenue luz emulaba un fuego en una chimenea de piedra. Las luces se encendían y se apagaban, una bombilla aquí y otra bombilla allí parpadeaban detrás de unas mamparas de colores naranjas y amarillos. Unos cuantos clientes se movían desde el mostrador y las puertas hacia el oscuro bar señalizado con la palabra soma.

—Mira —dijo Clemmie—. Tengo que ser honesta contigo.

Dejó en el suelo la bolsa y el abrigo y me rodeó con los brazos por los hombros para darme un abrazo. Ese movimiento me sobresaltó. Yo di un respingo, pero ella mantuvo el abrazo.

—Estás a punto, Evangeline, de empezar tu verdadera vida. Y si no es demasiado tarde, rezaré para que abras los ojos.

Eso hizo que todo terminara para mí. Estaba harta de la condescendencia y de los juegos. La aparté.

—¿Quién eres? ¿Qué pretendes?

—Ya lo sabes.

—¡No tengo ni puta idea! ¿Para quién trabajas? ¿Cuál es tu nombre de verdad?

Ella intentó alejarse, pero entonces fui yo quien la sujetó. La agarré por los brazos.

—Dime para quién trabajas. ¿Estás en otra cadena?

Algunas personas se fijaron en nosotras. Miré hacia el mostrador de recepción y vi que el recepcionista hablaba con dos chicas que habían aparecido por la parte trasera. Vi a otra persona cerca de la entrada del vestíbulo; al principio estaba tan quieta que pensé que era un objeto. Sus ojos se dirigían hacia la noche. Pero había oído el alboroto y se había dado la vuelta.

—Déjalo —dijo Clemmie.

Yo me negué. Por el rabillo del ojo observé el avance de ese hombre que me había devuelto la mirada. Venía hacia nosotras. Clemmie no podía verle, pero pareció sentir que se aproximaba.

—Evangeline. —Clemmie me sujetó los brazos con fuerza y acercó los labios a mi oído—. ¿En qué te has metido? —Esperó a que las palabras penetraran en mí antes de continuar—. Eso no va a salir nunca por televisión.

El desconocido, demostrando no tener ningún sentido de la discreción, se dirigió a nosotras en ese inoportuno momento.

—¿Madame Harker?

Había pronunciado mi nombre, pero mostró un interés especial por Clemmie, o eso me pareció. Clemmie se dio cuenta, también. Miró al hombre, que a primera vista resultaba exquisitamente horroroso. Nos separamos. Tuve la clara sensación de que esa persona tenía una relación directa con las palabras que ella acababa de decirme al oído. Estaba segura de que Clemmie lo conocía.

—¿Señor Olestru?—pregunté.

El no hizo ningún ademán de responder a ese nombre.

Élemmie se apartó de mí un paso sin dejar de mirar al hombre. Se dirigió hacia la noche transilvana a través de las puertas de cristal. El brillante coletero elástico de margaritas brilló y se perdió de vista.

El hombre, que resultó ser bastante bajo, me alargó una enorme mano; yo la miré durante un momento. La última mirada en los ojos de Clemmie, esa extraña sensación de saber, volvió a mí. Alguien parecido a ese hombre fue quien se llevó a los niños al lago Malawi: eso era lo que a ella se le pasó por la mente. Esa idea casi me hizo marearme.

Él se aclaró la garganta y levantó la mano en dirección al bar.

—¿Vamos?

 



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18 mayo 2009 1 18 /05 /mayo /2009 16:26


                                                                UNO

¿Cómo empezar esta exposición? Tengo que hacerlo de forma rápida y arbitraria. En vísperas de mi partida hacia Europa del Este, Robert me propuso matrimonio. Nos casaremos a principios de verano del año que viene, en la iglesia de San Ignacio de Loyola, y el convite se realizará en Wave Hill. Tan pronto como llegue a casa tenemos que iniciar una larga campaña para asegurarnos de que el evento se lleva a cabo de forma civilizada. Ninguna de las familias debe acabar sintiéndose desplazada, decepcionada o enojada. Tenemos un problema de número: al haber un máximo de ciento cincuenta plazas para el convite, ya he empezado a mantener hostiles negociaciones acerca de la lista de invitados, siguiendo el principio heredado de mi madre según el cual aquellos que no están casados no deben llevar acompañantes a las bodas. No hay anillo, no hay acompañante, como ella dice.

La música, la comida y el tipo de ceremonia son temas de discusión. Robert quiere clásicos de jazz, yo prefiero a un grupo de honky-tonk de Austin. Este es uno de los momentos en los que el hecho de haberme criado en Texas parece ser una gran molestia, incluso una vergüenza, para él. La mayoría de las veces adopta el punto de vista opuesto y utiliza mi relativamente exótica herencia como hija del petróleo para conseguir un gran efecto en las cenas con los amigos. Por supuesto, la comida será fuente de debate. En calidad de alabado pastelero de una de las mejores cocinas de la ciudad, Robert mantiene minuciosas trifulcas sobre aspectos específicos del pastel de boda y ejerce el despotismo culinario cada vez que intento sacar el tema. Ha descartado la carne ahumada de todo tipo, a pesar de mi deseo de hacernos mandar pechugas y costillas desde mi templo favorito de la barbacoa, el Texas BBQ, para la cena de la víspera de la boda. Incluso en estos momentos, y a 6.400 kilómetros de la ciudad de Nueva York, la cabeza me da vueltas cuando pienso en la cantidad de disputas que tendremos que mantener desde ahora hasta el próximo junio. Su familia, los judíos más laicos que jamás he conocido, se han mostrado repentinamente ofendidos por la perspectiva de una boda por la iglesia, mientras que mi familia, que carece totalmente de fe, se plantea en susurros la conversión. Pero a la luz de mis actuales circunstancias, me quedo con lo bueno. Todo esto es muy bueno; maravilloso, en verdad.

Robert me pilló desprevenida. Habíamos ido al Sammy's Roumanian, el lugar donde nos citamos por primera vez, y le pidió al teclista que tocara San Antonio Rose, dedicado a su novia tejana. El teclista realizó una ardiente interpretación. Nos comimos un grasiento plato de hígado y tomamos esas costillas fritas, de hueso grande y protuberante, que tienen forma de hacha. En general, fue una comida agradable, aunque sí hubo un momento de tensión relacionado con una caja de regalos que me había traído de Ámsterdam hacía poco tiempo. Digamos simplemente que se trataba de un montón de ropa interior de una clase que yo nunca había visto y que nunca hubiera elegido, y que incluía un artilugio fabricado con un material asociado típicamente con la hípica. Expresé una ligera, aunque juguetona, sorpresa por ese giro de la situación, ante lo cual Robert se mostró repentinamente huraño y dijo que devolvería a Ámsterdam el conjunto completo de artículos y que olvidase que me lo había regalado: había sido un error tremendo. Me sentí mal. Dejamos el tema.

Mientras nos tomábamos unos batidos, me preguntó si estaba ansiosa por lo de Rumania. Le dije que había tenido una inquietante pesadilla que tenía que ver con el Informe Price Waterhouse sobre Transilvania. En mi sueño leía una línea tras otra, y cada una de ellas decía lo mismo: «Se informa de desapariciones en las principales ciudades». Él sugirió que quizá yo estaba dando demasiado crédito a los estereotipos nacionales, y yo repuse que no tenía ni idea de qué estereotipo correspondía a Rumania. Como si fuera una respuesta, él sacó una cajita azul.

Yo ya lo sabía, pero ¿podía ser verdad? La abrí, intrigada. El anillo brilló, un diamante cortado y engastado en oro blanco de veinticuatro quilates. Yo le di mi respuesta. Sammy susurró al micrófono: «Un goy, una Eva, un amor». Todo el mundo aplaudió. Robert tenía un coche esperando y volvimos a mi apartamento, donde yo empaqueté unas cuantas cosas, incluido el montón de artículos de Ámsterdam, y luego fuimos al hotel Maritime. Me conoce. No hay nada que me guste más que envolverme, recién bañada, en un albornoz, sacar una botella de vodka Gray Goose del mini bar, abrirla e instalarme a ver una película de Hollywood por el canal de pago. Después de tres años viviendo del escaso salario que me da ser productora asociada de La hora, ésa es mi idea del dulce pecado.

El lunes siguiente, al cabo de setenta y dos horas, volé hasta Rumania. No dormí en el avión por culpa de las turbulencias. Tuve una inusual cantidad de problemas de inventario. De un paquete de cinco blocs, la mitad desapareció por el camino. Pero ¿quién querría robar unos blocs del equipaje? Excepto uno, todos mis bolígrafos se habían secado. Los agité y rasgué toda superficie plana que tenía a mano, y no conseguí nada excepto unas marcas sin tinta. La conexión a Internet del hotel de Budapest funcionaba, pero el modem del portátil de la empresa no arrancó. No me llevé suficientes tampones, y me hubiera venido bien llevar mi propio papel higiénico.

Mi anillo es un consuelo, pero debería haberlo dejado en Estados Unidos. Unos tipos fantasmagóricos merodeaban por el vestíbulo del hotel y por el aeropuerto. Antes de pasar por la aduana, le di la vuelta al anillo de tal forma que la piedra no quedara a la vista, pero el agente de aduanas observó mi dedo como si yo hubiera intentado engañarle. Después de eso, guardé el anillo en el bolsillo delantero del pantalón. Robert me había suplicado que lo dejara en casa, pero no le hice caso. No me gusta admitirlo, pero no soportaba separarme de mi anillo. No puedo evitarlo. Robert se sorprendería de oírme hablar así. El cree que, dado que crecí en un entorno adinerado, el anillo no me impresiona, pero no puede estar más equivocado. Esta joya significa que ahora pertenezco a algo que va más allá de mí misma, a una comunidad de dos, y cuando pienso en eso, todo lo demás pasa a un segundo plano y veo, a través de las generaciones, a las gentes lejanas que llevaron mi sangre, a los venecianos y dublineses de la parte de mi madre y, en especial, a los miembros de la complicada herencia por parte de mi padre. Dos ramas de su familia se pelearon entre sí durante la última revolución de los nativos americanos por la tierra de Estados Unidos. Unos indios creek relacionados con su abuela combatieron contra un grupo de oficiales de Estados Unidos, uno de ellos pariente de su abuelo. Y a pesar de ello, décadas después, aquí están todos reunidos en una familia, en una persona, y veo esa reconciliación en mi anillo, y me pregunto qué viejos y sangrientos secretos de familia, ya resueltos, va a aportar Robert a la mía, y pienso en los niños que vendrán, y en que sus hijos quizás algún día miren hacia atrás, hacia nuestras vidas sencillas. Robert se preocuparía por mí si conociera estos pensamientos íntimos, así que no se los he comunicado. Tal como dice mi padre, lo sabio es guardar silencio acerca de los asuntos importantes de la vida.




                                                              DOS

¿Cómo describir mis primeras impresiones de Rumania? Ése es mi trabajo, de hecho: obtener primeras impresiones. En calidad de productora asociada del programa de actualidad de mayor éxito de la historia de la televisión de Estados Unidos, busco historias que sean adecuadas para ser emitidas y las examino para valorar su sustancia y su posible interés. Uno de mis colegas me llama el azote de las noticias «de sociedad». Utilizo mi juicio como un cuchillo para separar un contenido esencial de una moda pasajera. Es posible que una historia sea cierta, pero si no se puede contar de forma adecuada ante la cámara, me importa poco. En esta ocasión se me pidió que me encontrara con un caballero llamado Ion Torgu, un rumano que parece ser una de las figuras más importantes del crimen organizado de Europa del Este. Se trataba de una misión con tres facetas: confirmar su identidad, evaluar sus afirmaciones y juzgar su interés. Era de gran importancia si hablaba o no hablaba inglés. Al igual que los estadounidenses, mi programa aborrece los subtítulos.

Tenía que ser previsora. Si la historia tuviera gancho, volveríamos muy pronto con el equipo. Tendría que buscar localizaciones: habría que elegir tomas de Rumania, imágenes que se pudieran utilizar para ilustrar ciertos puntos sobre cultura, economía, política y pasado histórico. Mientras se me iba pasando el malestar del desagradable vuelo, fui mirando por la ventanilla del coche. A primera vista, la carretera hubiera podido ser la de cualquier lugar del este de Europa: marcas típicas del comercio internacional, Coca-Cola, Cadbury, Samsung; titulares de publicidad capitalista esparcidos por extensiones de tierra ex soviéticas en proceso de transformación y arraigados sobre terrenos en construcción recientemente despejados y excavados. Un caballo que arrastraba un carro se detuvo delante de un anuncio de Coca-Cola y la visión fue la de una chica sonriente en bikini que levantaba una botella por encima de un hombre barbudo con unas riendas entre las manos que miraba el tráfico con clara inquietud. «Una toma clave —pensé—, el contraste entre la vieja y la nueva Rumania.» Lo taquigrafié en mi bloc de notas.

Eran aproximadamente las diez de la mañana, y los gases de los tubos de escape se arremolinaban en el aire de septiembre. El conductor bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo. La carretera del aeropuerto se desvió hacia un bulevar que corría entre densos macizos de limeros y tilos, entre los cuales vislumbré muros amarillos que rodeaban viejas casas. Vi una cúpula con las ventanas rotas y una hilera de gordos pájaros negros apostados encima de su tejado. Un graffiti con una esvástica de largos brazos se extendía por una pared. Una mujer sacudía una alfombra en una curva y casi la golpeamos con el guardabarros. Insultó al conductor; él le devolvió el insulto. El bulevar entró en una rotonda que giraba bajo una versión del Arco de Triunfo de París; era tres veces más grande que el original, como un champiñón mutante que hubiera crecido en medio del calor. Una manada de perros famélicos erraba a la sombra de la piedra. Taquigrafié otra nota: los animales como imagen del deterioro social. Cada idea requería su imagen. Decir vaca, ver vaca. A través de los árboles que se alzaban delante brilló un metal dorado, las pulidas curvas de las cúpulas de las iglesias ortodoxas, y penetramos en un barrio más agradable de ventanas con macetas y tejados abuhardillados. Rumania había sido considerada tiempo atrás como el París del Este, y en aquella zona se veían tiendas caras y mujeres guapas entrando en ellas. Mi equipo de camarógrafos, compuesto exclusivamente por hombres, apreciaría esa oportunidad y yo recibiría un exceso de documentación gráfica sobre piernas largas y pechos turgentes. Poco después, esas imágenes de la belleza se disolvieron entre el polvo de las construcciones que dejamos atrás. Atravesamos las orillas de cemento de un río y giramos hacia un laberinto de edificios de estética fascista. Cruzamos un sector, recorrimos una curva alrededor de un círculo de cemento desnudo y, de pronto, me quedé impresionada. Me incorporé en mi asiento, creyendo que el cambio horario me hacía tener visiones.

La cosa parecía un espejismo, o uno de esos objetos que se ven distorsionados en el espejo retrovisor. Se trataba del viejo palacio del dictador, inacabado a la hora de su muerte; un rectángulo de mármol gigantesco, asentado en un pegote de tierra. Parecía demasiado monumental para poder ser habitado, era imposible adivinar cuántas habitaciones tendría. Anoté una instrucción para mi equipo: no sería posible captar el tamaño del palacio desde abajo, habría que subir muy arriba, alquilar un maldito helicóptero. En esos momentos era la sede del gobierno rumano democráticamente elegido, pero la misma estructura, de cuatro caras, cada una de ellas igual de ancha y larga que la anterior, eclipsaba cualquier idea de parlamentos, partidos y primeros ministros. Al final de la carretera y delante del palacio, el coche giró por una rotonda hacia un edificio que, si bien mucho más pequeño, aún era enorme. Yo iba a hospedarme al otro lado de la calle, enfrente del palacio.

—Su alojamiento —me explicó mi silencioso chófer al ver cierta expresión de alarma en mis ojos—. Antes era el Ministerio de Defensa.

Unos porteros con uniforme carmesí y galones dorados se encargaron de mis maletas y me guiaron hasta un vestíbulo de mármol que hubiera podido ser el interior del mausoleo más grande del mundo. El techo se abovedaba sobre cuatro pisos, apoyado en unas columnas grandes como casas. Debajo de las columnas había dos escaleras de mármol en espiral que, como cascadas de agua, comunicaban con el segundo y tercer piso, desde donde sonaba la melodía de un piano y el susurro de los huéspedes. Un pequeño ejército de criados, presas del pánico, recorría el vestíbulo tirando y empujando a las personas y los objetos. Otros, vestidos con trajes negros, se mostraban más vigilantes mientras hablaban por unos walkie-talkies al tiempo que recibían respuesta por los auriculares de los oídos. Antes de que pudiera llegar al mostrador de recepción, una mujer joven que llevaba un ajustado vestido rojo con una abertura se me acercó con una bandeja de copas de cortesía que contenían zumo de naranja o champán. Todavía no era mediodía, pero cogí una de champán y la levanté en un gesto de brindis.

Era joven, quizás una adolescente. Los hombres que había en el vestíbulo la seguían con los ojos; me observaban a mí también. Soy una mujer alta, de curvas razonables. Una vez un amigo intentó halagarme diciéndome que tenía un cuerpo como el de la madre Tierra, pero me molestó esa idea, que hacía referencia a las jóvenes hippie's que van sin sujetador debajo de esos vestidos de algodón desteñido. No soy ninguna madre Tierra, pero mi cuerpo hace su función, por decirlo así.

Tengo el pelo oscuro y rizado, y me lo estiro cada mañana, así que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que es rizado. Poseo unos ojos marrones y oscuros que mi madre siempre comparaba con el chocolate, unas pestañas más bien largas y un gran labio superior que antes me molestaba. Todo el mundo me dice que debería intentar conseguir un puesto como corresponsal en directo, que doy muy bien en cámara.

Pero yo no me fío de las cámaras. No me gusta la mirada fija de ninguna cosa, ni de hombre ni de máquina.

La chica del vestido me miró con ojos de pena. Le devolví el vaso. Gracias a Dios, pensé, no iba a estar mucho tiempo en ese lugar.

 

Dormí durante todo el día y por la tarde llamé a mi superior, el productor William Lockyear, para confirmar mi llegada. Le confesé a Lockyear que estaba tensa. Recibió mis palabras con un silencio un tanto divertido y luego dijo:

—Pasa un mes en Irak y luego ya hablaremos.

Debería decir algo sobre este hombre, William Lockyear, mi jefe. Se comporta como si fuera un miembro derrocado de la realeza y yo fuera el único súbdito que le quedara, la criada que nunca consigue reunir el temple necesario para enfrentarse a él. Me considera una niñita rica y sin objetivos que se dedica a matar el tiempo previo a la boda y a los niños.

Me rebelé de una manera tonta.

—¿Quieres que te encuentre una historia en Irak, Bill? ¿Nos encontramos en Bagdad?

—¿Continuarás teniendo un trabajo cuando vuelvas a Nueva York? Son preguntas difíciles.

Dirigí el reproche en otra dirección.

—Stim me tiene paranoica.

Me refería a mi amigo y productor asociado Stimson Beevers, que se había puesto celoso de mi viaje. Stim me riñó antes de partir. Me dijo que yo tenía la piel fina, y que mis sentimientos negativos hacia Lockyear delataban que estaba quemada, y tenía parte de razón: un agotamiento profesional mezclado con la euforia relacionada con mi compromiso matrimonial. Yo había luchado para que me apartaran de esta misión.

La mañana de mi partida, el lunes posterior a la declaración de Robert, le conté mis planes de casarme a Lockyear. Le expliqué que ahora tenía que realizar los preparativos de la boda, que eran numerosos, y le sugerí de forma muy sutil que quizás él podía ir a Rumania en mi lugar. Después de felicitarme, me dijo que mis planes de boda no tenían absolutamente nada que ver con nuestra relación profesional, que no era inteligente por mi parte pedirle que realizara mi trabajo, y que en la oficina había mucha gente joven y sin responsabilidades que estarían más que felices de volar a Rumania de su parte. Estuve a punto de renunciar. Mis dos confidentes, Stim y mi querido amigo Ian, me aconsejaron con sentido común. Ian me recordó que así era el viejo Lockyear y que no debía tomármelo de forma tan personal. Stim me dijo que una historia ubicada en Rumania podría ser la oportunidad de empaparme de la centenaria tradición de los vampiros de las películas. Eso me hizo reír. Stim se alimenta de películas. Piensa que la moral consiste en adorar a Sam Peckinpah y en comer eda-mame salado. Es incapaz de comprender la muerte más allá del celuloide. Cree que no existe ninguna diferencia entre el país real de Rumania y las películas de vampiros ambientadas en Rumania. Yo a veces le llamo Súper Stimulado.

—Espera un minuto.

Lockyear tapó el teléfono con la mano. Obviamente, alguien acababa de entrar en la habitación. Oí un alboroto apagado. Lockyear volvió a ponerse al teléfono.

—Otro de tus pequeños amigos, el chico maravilla, Ian. Se lo he contado todo, y tiene sus reservas acerca de Stimson Beevers. Te lo paso.

Me alegré de oír la voz de Ian.

—Eh, Line.

—Ayúdame, Ian.

—Stim es un completo capullo. No le hagas caso, te irá bien.

—¿De verdad?

—De verdad. Otra cosa: estás en Rumania. Son cachondos y saben divertirse. Piensa en positivo. Deja que ésta sea tu última aventura salvaje antes de acabar con el cocinerito. Tengo que dejarte.

Lockyear volvió a ponerse al teléfono.

—Encuentra al criminal, querida.

No pude dormir. Me levanté mucho antes de que saliera el sol, dispuse una silla y me quedé mirando por la ventana hacia el otro lado de la calle, al palacio. No había luces, que yo viera, pero las paredes brillaban como si estuvieran hechas de fósforo. Llegó el amanecer y mil ventanas me miraron como ojos rosados. No pude soportar seguir en aquella habitación. Me puse los pantalones de color azul marino, la blusa blanca limpia, mis zapatos de tacón bajo y me fui a la agencia de alquiler de coches, que pertenecía al hotel. Esa tarde tenía una cita en el pueblo transilvano de Brasov con un nombre llamado Olestru, mi contacto con el señor del crimen. Quería disponer de mucho tiempo para el viaje.

La oficina de alquiler de coches, sumida en las sombras debajo de las escaleras en espiral, no abría hasta las diez. Subí un piso en ascensor hasta el centro de negocios, desde donde mandé un correo electrónico a Lockyear asegurándole mis aptitudes.

En Nueva York no habría nadie despierto hasta al cabo de ocho horas, así que no tenía ningún sentido llamar. Sentí la tentación de hablar con Robert, pero una llamada de ese tipo daría una impresión de fragilidad y de necesidad. Cuanto antes me fuera de Bucarest y me metiera en el trabajo de verdad, mejor.

Fui a desayunar a una zona del segundo piso que estaba desagradablemente atestada por una multitud de representantes del mundillo de los negocios internacionales. Alemanes con trajes naranjas y malvas que se reían demasiado fuerte; japoneses que hablaban en susurros ante las hojas de cálculo, en una reunión completamente masculina excepto por una solitaria mujer que llevaba una cola de caballo y a quien vi inmediatamente: sólo podía ser norteamericana. Llevaba una camisa rosa de tela oxford y unas sandalias. Le vi las uñas de los pies sin manicura desde la barra del comedor. Parecía tener mi edad, unos treinta años. Hubiera podido ir a la universidad con esa mujer.

Ella me vio también; o mejor, vio mi anillo. Miró el diamante como si éste le hubiera susurrado algo al oído. «Mi nueva mejor amiga», me dije.




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18 mayo 2009 1 18 /05 /mayo /2009 15:53

 

                                                         TIERRA DE VAMPIROS

 

                                                              DE: JOHN MARKS




INDICE

A quien pueda interesar

LIBRO 1. El agente del cambio

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve
Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

LIBRO 2. Susurros en los pasillos

Dieciséis
Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

LIBRO 3. La mente del corresponsal

Veinte

LIBRO 4. The weather underground: la clandestinidad 

Veintiuno

Veintidós
Veintitrés

LIBRO 5. Evangeline, la del Maritime
Veinticuatro

Veinticinco Veintiséis Veintisiete

Veintiocho

Veintinueve

TreintaTreinta y uno

LIBRO 6. Un día en la vida

LIBRO 7. El envío

Treinta y dos

LIBRO 8. La resurrección y la vida 
Treinta y tres

LIBRO 9. El camino para salir del infierno

Treinta y cuatro

Treinta y cinco

Treinta y seis

LIBRO 10. Isla de los muertos

Treinta y siete

Treinta y ocho

Treinta y nueve

Cuarenta

Cuarenta y uno

LIBRO 11. La planta veinte

Cuarenta y dos

LIBRO 12. La alianza

Cuarenta y tres

LIBRO 13. Fantasma

Cuarenta y cuatro

LIBRO 14. Lección de historia

Cuarenta y cinco

LIBRO 15. Una reunión de águilas
cuarenta y seis

Epílogo

Mea culpa, post mortem

A QUIEN PUEDA INTERESAR

En primer lugar, y como feliz preludio de lo que por otra parte tenía una lúgubre perspectiva, debo dar las gracias. Sé que hablo en nombre de todos los miembros del comité al decir que mi gratitud hacia Ed Saxby no tiene límites. Su inquebrantable confianza condujo Omni Corp durante su periodo más difícil en los cuarenta años que llevo haciendo periodismo para la televisión. En una época en que los departamentos de noticias ya no existen tal y como eran antes, nosotros hemos conseguido sobrevivir al derrumbamiento de ese viejo modelo que, Dios lo bendiga, nos ha proporcionado a tantos nuestras residencias de vacaciones, nuestros veranos en Francia y una educación para nuestros hijos. Pagando un coste, hemos sobrevivido. La sagacidad de Ed para reinventar los principios más importantes y su asombrosa sensibilidad para el negocio, aliadas con una visión de futuro en una era en la cual el concepto de «noticias» ya no se corresponde con sus definiciones tradicionales, nos ha permitido continuar adelante mientras un competidor tras otro se doblegaban bajo el peso de las presiones financieras, de los enredos legales y, en el caso de nuestro mayor rival, de unos errores de dirección casi inexplicables. Diría que Ed merece ser felicitado, pero eso me parece calderilla. Se merece un homenaje, y éste es el motivo de que este documento, generado conforme al espíritu del Informe de la Comisión del 11-S sobre los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, tal y como nos pidió, esté dedicado a él.

 

Mi metodología es muy simple. Aunque he trabajado siguiendo el espíritu inquisitivo e independiente del Informe de la Comisión del 11-S, he elegido una estrategia narrativa distinta. Ese informe sigue un argumento lineal y es, verdaderamente, heredero de las grandes novelas realistas del siglo xix, una descripción tolstoiana de la calamidad. Este realismo está basado en una cantidad ingente de documentos y de imágenes que ofrecen un minucioso detalle de los rincones más oscuros de la historia. Yo no he tenido un lujo como ése. A pesar de que disponemos de documentos sobre nuestro caso —unos documentos realmente perturbadores— y a pesar de que, en muchos aspectos, me han parecido relevantes para la exposición de los hechos, en conjunto, las lagunas de nuestro conocimiento son bastante grandes. Para mi tenía mucho más sentido tejer esta historia, si se puede decir así, a partir de retazos de información claros y disponibles que confirieran una sensación de realismo a las circunstancias más generales; fragmentos de los correos electrónicos y diarios, partes de transcripciones y de memorias relevantes. Debo confesar que, con el fin de desvelar lo máximo posible, también he utilizado mi conocimiento personal de las personas y de los lugares. Durante un periodo de la década de 1980 trabajé como productor en La hora, donde conocí a muchas de las personas que, más tarde, acabarían involucradas en la debacle. Concretamente, tuve relación profesional con la señorita Evangeline Harker, a quien contraté durante un año como ayudante personal antes de que Austen Trotta la fichara y se convirtiera en productora asociada de La hora. Los documentos disponibles y estas relaciones personales han sido la base de mi interpretación de los hechos.

 

Al final ustedes deberán sacar sus propias conclusiones acerca del éxito de esta empresa. Pero antes de que lean este documento, y les sugiero que lo hagan inmediatamente, debo ofrecerles mis más profundas y sinceras disculpas por haber tomado una última decisión sin pasar por los canales habituales de consulta y discusión. Siento todavía más que este documento deba ir acompañado por la noticia de esa decisión. Ed, especialmente Ed, se merece otra cosa. Pero después de una larga época de horror y de tristeza, simplemente me agoté. Creo que se darán cuenta de que he realizado las cosas de tal forma con el fin de que sobre Omni no recaiga ningún tipo de mala reputación. Por favor, no se aproximen a mi familia ni para ofrecer ayuda ni para realizar preguntas. Todas sus necesidades materiales han sido resueltas.

Atentamente,

James O'Malley

Vicepresidente de asuntos de empresa,

Omni News & Entertainment Network

 



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10 mayo 2009 7 10 /05 /mayo /2009 02:13

 










TWILIGHT (Crepusculo) Un amor peligroso, de: Stephanie Meyer


La historia gira en torno a una joven de diecisiete años de nombre Isabella, mejor conocida como Bella, la cual se muda a vivir a una pequeña ciudad llamada Forks.

Cuando cree que es la peor decisión que pudo haber tomado, todo comienza a cambiar dramáticamente y una vez que conoce al atractivo Edward, un vampiro de aspecto juvenil poseedor de una belleza sobrehumana, su vida no  sera la misma


"CAPITULOS"-1_Primer encuentro
-2_Libro abierto
-3_El prodigio
-4_Las invitaciones
-5_Grupo sanguíneo
-6_Cuentos de miedo
-7_Pesadilla
-8_Port Angeles
-9_Teoría
-10_Interrogatorios
-11_Complicaciones
-12_Juegos malabares
-13_Confesiones
-14_Mente versus cuerpo
-15_Los Cullen
-16_Carlisle
-17_El partido
-18_La caza
-19_Despedidas
-20_Impaciencia
-21_La llamada
-22_El juego del escondite
-23_El ángel
-24_Punto muerto

 

  para leer  la saga donde pone siguiente:libro de crepusculo

 

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9 mayo 2009 6 09 /05 /mayo /2009 15:22
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8 mayo 2009 5 08 /05 /mayo /2009 16:59


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9 marzo 2009 1 09 /03 /marzo /2009 21:10
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Published by Daniel - en CHAT
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9 marzo 2009 1 09 /03 /marzo /2009 21:04



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20 febrero 2009 5 20 /02 /febrero /2009 13:22


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Published by Daniel - en VAMPIROS
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