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31 mayo 2009 7 31 /05 /mayo /2009 17:50


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31 mayo 2009 7 31 /05 /mayo /2009 17:22

BRONSON PELLETEIR en el papel de JARED

ALEX MERAZ en el papel de PAUL

 

 BILLY BURKE en el papel de CHARLIE SWAN


EDI GATHEGI en el papel de LAURENTE

RACHELLE LEFEVRE en el papel de VICTORIA



                                                                                                                       

JUSTINE WACHBERGER en el papel de GIANNA



NUEVOS PERSONAJES Y ACTORES

Además de todos los actores que participaron en Crepúsculo, ahora se unen muchos más porque aparecen nuevos personajes. Edward Cullen no aparecerá tanto porque solo saldrá al principio y al final del film; la pareja que cobra más protagonismo es la de Bella y Jacob, además de los hombres lobo que conoceremos y la vampiresa Victoria, que intentará matar a Bella para vengarse. También descubrimos otra familia de vampiros italianos: los vulturis, que son los jefes de todos.


 

Los Vulturis son una familia que vive en Italia y son los jefes de todos los vampiros; cada uno tiene un poder específico pero muy poderoso, y solo aceptan a gente a su familia que tenga un don muy valioso. Viven en un castillo al que se accede por alcantarillas y conviven con humanos, que saben qué son. Se alimentan de personas y tienen un reglamento específico para aquellos que inclumplen las normas.

-DEMETRI es… el actor Charlie Bewley

-CAIUS es…  el actor Jaime Campbell

-FÉLIX es… el actor Daniel Cudmore

-MARCUS es… el actor Christopher Heyerdahl

-JANE es… la joven actriz Dakota Fanning

-ALEC es el actor …Cameron Bright

-HEIDI es… la actriz Noot Seear

-ARO es el acttor  Michael Seen

LOS QUILEUTE

Son los enemigos directos de los vampiros, en especial de los Cullen. Ambos tienen un pacto para proteger a las personas que viven en La Push y en Forks; si alguien lo incumple, tendrá que morir. Estos hombres se convierten en hombres lobo cuando están furiosos o alterados y, a diferencia de los Cullen, su temperatura de calor es muy elevada, tanto que podrían derretir cualquier cosa.

 

-HARRY es interpretado por.....…Graham Greene

-EMILY es…interpretado por..... Tinsen Korey

-SAM ULEY es…interpretado por...Chaske Spencer

-JARED es… interpretado por.....Bronson Pelletier

-PAUL es… interretado por.......Alex Meraz

-EMBRY CARD es…interpretado por.Kiowa Gordon

 



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31 mayo 2009 7 31 /05 /mayo /2009 16:44

ROBERT PANTTISON en el papel de EDWARD CULLEN

 

KRISTEN STEWAR en el papel de BELLA SWAN


TAYLOR LAUTHER en el papel de JACOB BLACK

ASHLEY GRENNE en el papel de ALICE

PETER FACINELLI en el papel de CARLISE CULLEN

ELISABHET REASER en el papel de ESME CULLEN

KELLAN LUTZ en el papel de EMMETT CULLEN

NIKKI REDD en el papel de ROSALIE HALE

JACKSON RATHBONE  en el papel de JASPER HALE



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31 mayo 2009 7 31 /05 /mayo /2009 16:35

 

 

'Luna Nueva' está protagonizada nuevamente por Robert Pattinson y Kristen Stewart. El estreno de 'Luna Nueva' se espera para el 21 de noviembre de 2009.

 


Luna Nueva de Crepúsculo es la esperada segunda entrega de la mega taquillera saga vampírica surgida de la imaginación de Stephanie Meyer, que arrasa entre el público juvenil de todo el mundo.

 


Luna Nueva, con Robert Pattinson, Kristen Stewart y Taylor Lautner a la cabeza, debutará en cines el próximo 20 de noviembre de 2009. Todas las noticias surgidas a raíz de su rodaje, así como las incidencias de sus protagonistas, son seguidas por miles de fans de todo el mundo que no pierden detalle de la misma.

Luna Nueva está dirigida por el cineasta Chris Weitz, que no repetirá en el puesto para la tercera parte (titulada Eclipse), ya que el nombre del británico David Slade ya está confirmado para el puesto desde hace unos meses.

 



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26 mayo 2009 2 26 /05 /mayo /2009 07:57

FOTOS DE CREPUSCULO


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BANNERS DE CREPUSCULO(codigos)


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FELICITACIONES CON LA IMAGEN DE CREPUSCULO

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22 mayo 2009 5 22 /05 /mayo /2009 05:02
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LOS PUNTOS NEGROS QUE SE LOGRAN VER EN SU CUERPO SON PARA QUE LUEGO PUEDAN HACERLOS BRILLAR CON EFECTOS ESPECIALES COMO LO EXIGE SU PERSONAJE (EDWARD CULLEN) 




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19 mayo 2009 2 19 /05 /mayo /2009 18:19
                                     

























                                                         MEA CULPA,  POST  MORTEM

Es necesaria una última palabra. A lo largo de este documento, he intentado ser verídico con las fuentes existentes, pero las últimas horas de la cadena significaron un terrible desafío a mis esfuerzos. Lo que sabemos con certeza es lo siguiente: cincuenta y cuatro personas fallecieron en el incendio de la calle Oeste, entre las cuales se encontraban algunos de los nombres más famosos de la historia de los informativos de la televisión, incluidos Austen Trotta, Robert Prince, Skipper Blant, Nina Vaargtimmen y Bob Rogers. Solamente Sam Dambles sobrevivió, aunque sufrió terribles quemaduras y, hasta hoy, no se ha mostrado dispuesto a hablar de ese asunto. Varios productores y editores encontraron también su final, al igual que gran parte del personal de apoyo. Una cifra mayor que la de los muertos corresponde a los desaparecidos, entre los cuales la principal es Evangeline Harker. El informe del coronel lo confirma: no se ha encontrado ni rastro de esa extraordinaria mujer.

A pesar de todo, mentiría si dijera que mi versión de los últimos momentos de La hora es un mero acto de mi imaginación. Antes de confiar esos últimos pensamientos al papel, pasé una noche en blanco, de pie en el porche trasero de mi casa de Connecticut, imbuyéndome con el canto de los grillos, observando las estrellas, escuchando los latidos del corazón de mi esposa y de mis hijos dentro de los finos muros de sus cuerpos. En esa oscuridad, Evangeline Harker se presentó y me hizo su revelación: ya fuera porque nuestro vinculo se ha mantenido a pesar de la pérdida y el desastre, o porque mi estado mental estaba afectado. No lo sé. Fuera cual fuese el caso, su testimonio en estas memorias debe ser considerado como la transcripción de una última conversación. La responsabilidad por cualquier defecto que pueda existir en esta narración es exclusivamente mía. El instrumento es imperfecto, el mensaje, vago, y yo sigo los susurros en las sombras.

 

 

 

                                                           FIN

 



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19 mayo 2009 2 19 /05 /mayo /2009 18:17

LIBRO 15
Una reunión de águilas

                                                        CUARENTA Y SEIS

Ha llegado el lunes por la mañana y estoy reuniendo estas últimas notas. No sé por qué, pero estoy segura de que deberán ser completadas por alguien más. Si, en algún momento en el futuro, la historia de La hora se cuenta por fin, sólo puedo esperar que mis apuntes ofrezcan alguna comprensión de la verdad. Mi letra resulta, normalmente, ilegible, pero ésta es la menor de mis preocupaciones. Quiero que se me crea, y eso requerirá a un intérprete muy especial que sepa evitar los escollos de lo aparente, lo obvio y lo prosaico. Me digo a mí misma que un intérprete así existe, y que él o ella me rescatarán en algún momento del futuro, pero sé muy bien que eso es irrelevante en mis circunstancias inmediatas. Tengo preocupaciones más importantes.

Voy a dejar estas notas encima de la cama. Cubren todo lo sucedido desde mi primera noche en Rumania hasta el momento presente. Si tengo un momento, en el trabajo, escribiré una rápida adenda. Si no, si no se me presenta la oportunidad, quizá mi supuesto salvador lo hará.

Después de mi conversación con Austen, Julia y Sally, mis opciones estaban claras. Por un lado, podía, simplemente, marcharme. Desde el primer momento en que volví a Nueva York, mi padre quiso que abandonara la ciudad. Él estaría contento de proveerme el traslado a pastos más verdes donde yo podría empezar de nuevo, alejada de este desastre, confiando en que Torgu no fuera otra cosa que un gigantesco y repugnante criminal que no tuviera nada que ver conmigo. De todas maneras, si ésa fuera una opción posible, hace tiempo que la habría tomado. Por desgracia, la verdad de todo este asunto se encuentra en mi sangre, en mi piel, detrás de mi mente consciente. No puedo separarme ni escapar de mí misma a no ser, por supuesto, que me quite la vida, cosa que se me ha pasado por la cabeza más de una vez como la solución lógica, suponiendo que alguna parte de este problema tenga alguna lógica. Me quitaría la vida si no fuera porque sé lo que me esperaría si lo hiciera. Ese acto violento sería el primer paso hacia una eternidad hambrienta de sangre entre millones de otros. La verdad es que si quiero convertirme en la esclava y sirvienta de Torgu, el suicidio es el camino más rápido. Pero antes me convertiría en la dueña de su casa.

Y por eso, solamente me queda una opción plausible. A pesar del deseo de Austen, debo asistir a la reunión. No me importa en absoluto el destino de Bob Rogers; hace años que debería haberse retirado. Antes de que yo desapareciera él casi ni sabía que yo existía. Pero esa reunión tiene muy poca cosa, o no tiene nada, que ver con él. El verdadero objetivo, no premeditado, consiste en facilitar una matanza. He visto los ojos de Torgu. Se había impuesto la tarea de cortarle la garganta a Austen y estuvo a punto de probar esa bebida, pero le fue negada y ahora siente la necesidad febril de alimentarse. En algún lugar de la planta, esperando a que llegue ese momento, aguarda a que el personal se reúna como un rebaño conducido a los establos del matadero. Y más allá de él, a su alrededor, se congrega la masa de bebedores, esperando a ser escuchados.

Él va a venir. Y va a actuar.

Salgo por la puerta.

 

Julia y Sally entraron en el edificio con las llaves de seguridad. Antes del amanecer, y antes de que llegara Miggison, subieron a la planta veinte y se sintieron aliviadas al darse cuenta de que habían calculado bien el tiempo: Menard había abandonado su puesto para abrir las puertas de las oficinas de todos los pasillos. Pasaron de largo del puesto de seguridad y se dirigieron a la zona de edición. Julia notó el terror en cuanto llegaron al callejón del magreo y se alegró de que Sally llevara su Enfield. Después del incidente durante el visionado de la historia de ese gurú de la salud, ella no había ido a trabajar sin él en ningún momento. Pasaron por delante de la cámara de seguridad donde se guardaban las cintas grabadas recientemente y Julia echó un ansioso vistazo a la puerta. Después del ataque de Remschneider, habían colocado los explosivos en el estante superior de la pared del fondo de la cámara, donde no era probable que alguien las encontrara. No había habido otra alternativa. Julia no había querido arriesgarse a sacar del edificio los C-4: no había querido arriesgarse a que Menard los descubriera. La cámara de seguridad era el lugar menos inseguro, pero tenía grandes desventajas, la peor de las cuales era Claude Miggison. La habitación no se podría abrir hasta que Miggison llegara porque él tenía la única llave. Se dirigieron a la oficina de Julia.

Sally se detuvo un momento en la puerta con una expresión de arrepentimiento en el rostro.

—Detesto haberle hecho eso al Pedigüeño —dijo—. Me consiguió un Emmy, era un buen editor, realmente bueno. Pero me parece que se pasó de la raya.

—¿Tú crees?

Julia puso la mano en el pomo de la puerta. Se miraron la una a la otra y Sally levantó la punta de la bayoneta.

—Dijiste que querías ver mi arma —dijo—. ¿Te gusta?

—Excelente —dijo Julia—. Sólo desearía que hubiéramos llevado al Pedigüeño a la incineradora. Sólo para asegurarnos.

Sally hizo una mueca de repulsión: eso era algo horrible. Las palabras de Julia la llenaron de asco. Ella todavía era una madre y aún tenía corazón para los pobres y los vagabundos. Pero la voz que sentía en su interior se alegraba ante una espléndida matanza.

Julia introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta de su oficina. El cuerpo no estaba, y cerró la puerta de un portazo. ¿Alguien había trasladado el cuerpo? ¿O, de alguna forma, el cuerpo se había ido por sí mismo? ¿Era posible que aún estuviera vivo? Si era así, ¿dónde estaba? Esos pensamientos inundaron el aire de tensión alrededor de las dos mujeres, pero ninguna de las dos dijo ni una palabra. Se miraron la una a la otra, y echaron un vistazo a las dos puertas cerradas que había en la oficina. ¿Dónde estaban los demás editores? Sally tomó la delantera y recorrieron el pasillo en dirección a la cámara de seguridad. Esperaron a que Miggison apareciera. Sally se apoyó en la pared y soltó el arma.

Miggison apareció, refunfuñando como siempre. Sacó las llaves, miró a las mujeres y paseó los ojos alrededor de Sally para asimilar la visión del arma.

—Buenos días, señoras —dijo, en un tono de desenfado malicioso.

La puerta de la cámara de seguridad se abrió y Miggison siguió su camino no sin antes echar otro vistazo al arma y suspirar ante tantos años de experiencia:

—No he visto nada.

Julia encontró la caja y contó las barras de C-4. Estaban tal y como las había dejado, intactas. Todavía faltaba una hora más o menos antes de que la planta empezara a llenarse de gente, antes de que los hijos de Bob Rogers llegaran para oír el parte. Sally montaba guardia en la intersección del callejón del magreo y la zona de edición. Apoyada contra la pared, entre las sombras, observaba los movimientos en todas direcciones. Julia le había comunicado el plan de ataque y ella no tenía ninguna objeción al respecto: había visto y oído lo suficiente. Sujetaba el arma debajo del chal. Julia se agachó ante la entrada al callejón del magreo y se puso a trabajar.

Lo hizo en parte de memoria y en parte siguiendo un manual. Amasó una de las barras de explosivo hasta que quedó delgado como una cuerda. Luego amasó una segunda barra y la unió a la primera, formando una única tira. Pero dos barras no eran suficientes para lo que necesitaba. Amasó una tercera barra y la unió a las demás. Extendió la tira de explosivo alrededor del perímetro de dos de las cajas. Tres barras serían suficientes para provocar un buen jaleo: nadie resultaría herido. Todos se encontrarían en la reunión al otro extremo de las oficinas. Ella se quedaría en una habitación de las oficinas adyacentes y vigilaría. Si aparecía alguien, esperaría a que se fuera. Solamente entonces, cuando la reunión hubiera empezado y cuando no hubiera nadie a la vista, prendería la mecha.

Cuando hubo terminado de extender el lazo de explosivos, se volvió hacia Sally.

—Vete ahora. Llévate el arma. Cuéntalo todo durante la reunión. Si Austen habla, apóyale. Yo estaré bien.

—¿Seguro?

—Vete.

—Ten cuidado.

—Tú también.

Sally se alejó, escondiendo casi por completo el Enfield debajo del chal. Julia se alegró: la soledad la ayudaba a concentrarse. Lo principal era no olvidar nada. En otros tiempos ella había sido extremadamente centrada, pero eso fue antes de tener niños, trabajo y una vida normal. Se recordaba constantemente a sí misma que debía prestar atención: «Aquí están las mechas, aquí las cerillas, aquí está la caja con el resto de explosivos. Aquí tengo el bolso». No había tanto que tener en cuenta. Esperaría a que eso explotara y luego se marcharía a casa. Lo consideraría su discurso de dimisión.

El resto de C-4 se podría entregar al Departamento de Policía de Nueva York para disipar los miedos que pudieran suscitarse acerca de posibles actividades terroristas. Si era necesario, lo haría ella misma y lo confesaría todo. Esa idea la hizo detenerse en seco: no había pensado mucho en ese tema. Si la policía la retenía, aunque fuera por un breve lapso hasta que los hechos se aclararan, la etiquetarían de terrorista. Aparecerían sus antecedentes criminales; podía ir a prisión. Luchó contra el pánico. Sus hijos no lo comprenderían nunca. No podrían reconocer a esa mujer, su propia madre, una terrorista. Su esposo, un antiguo radical, se sentiría horrorizado. «¡Pero si renunciamos a la violencia», le gritaría. A pesar de todo, se sentía impelida a hacerlo. La amenaza que se cernía sobre el programa no le dejaba otra alternativa. Repitió esa fórmula: «La amenaza sobre el programa, la amenaza sobre el programa». Pero era mentira. Deseaba matar a alguien y ese deseo pasaba por encima de cualquier otra cosa. Sally Benchborn también lo tenía. Remschneider había estimulado ese apetito: había llegado el momento de quitarle la vida a alguien. Julia sacó unos guantes de látex y miró por encima del hombro. Se sentía observada, pero no podía localizar de dónde provenía esa sensación. No había ninguna cámara de seguridad por los alrededores. No había nadie. Quizá se trataba de alguno de esos editores convertidos en zombis. Quizá Remschneider se había recuperado de su herida, aunque no parecía probable. Miró el reloj otra vez: la reunión iba a empezar al cabo de dos horas. Unió una mecha a un extremo de la tira de explosivo y la extendió por detrás de las cajas, a lo largo de la pared posterior. No pensaba dejar el material desatendido: sería demasiado arriesgado. Si alguien pasaba por allí y lo veía, ¿qué diría? Mucha gente en la planta entendía de explosivos. Tenía que continuar vigilando un rato, dejar que el día avanzara. «Como un guardián —pensó— en una torre de vigilancia.»

25 de mayo

Como si las cosas no se hubieran puesto bastante difíciles, ¿quién tenía que aparecer a las ocho de la mañana, antes que nadie? Bob Rogers, por supuesto.

Había empezado a tomarme tranquilamente el café y a leer el Times cuando él entró precipitadamente por la puerta. No se sentó. Se quedó allí de pie, con las manos en los bolsillos, balanceándose sobre los pies, esperando a que yo levantara la vista del periódico. Yo no quería complacerle. No hizo ningún comentario sobre las muletas ni sobre las vendas: no quería saber nada.

—¿Podemos hablar con franqueza? —preguntó—. ¿De todo?

Yo doblé el periódico. No parecía tan abatido como yo hubiera esperado, dadas las circunstancias. Llevaba una camisa de color azul claro, con el cuello desabrochado, debajo de una ligera chaqueta de verano. Sonreía. Yo le había visto enfurruñado durante semanas y semanas en otras batallas, más exitosas, contra la empresa, así que esperaba verle sumido en la melancolía en las horas previas a su renuncia. Pero, por el contrario, parecía jubiloso.

—¿Cuánto tiempo hace que trabajamos juntos, Austen?

Otras conversaciones habían empezado de esa forma. Habían sido muy largas.

—No necesitamos hacer esto, Bob. Es lo que es.

Él negó con el dedo.

—No. Ese es precisamente el tema. No lo es.

—Dime.

—No soy demasiado viejo para este trabajo, y tampoco lo eres tú. Ésa es una falacia fomentada por gente que quiere adueñarse de nuestro puesto de trabajo. Pero ambos sabemos la verdad. Cuando nos hayamos ido, no volverá a haber otro programa como éste.

Tenía cierta razón y se la concedí.

—No. No lo habrá.

—¿No te entristece verlo desaparecer?

—¿Y de qué serviría que lo estuviera, Bob? Mi tristeza es cosa mía.

—Lo comprendo. Y lo respeto, y te admiro. De toda la gente aquí, tú eres en quien más confío. Tú nunca sacarías ventaja de tus emociones ni jugarías sucio con nuestro legado.

—Nunca lo he hecho.

—No, desde luego que no.

—¿Entonces?

Se acercó a un lado del escritorio —un hábito irritante y de larga tradición—, apoyó una mano morena sobre sí mismo y dijo:

—He tomado una decisión muy importante y quiero asegurarme de que me apoyarás.

Bob era Bob. Nadie podía esperar otra cosa. Si le estaban tirando por la ventana, él tenía todo el derecho de continuar siendo él mismo aunque estuviera cayendo al vacío.

—Eso depende. ¿Cuál es esa decisión?

—Posiblemente podrías adivinarlo, pero no puedo decírtelo porque parecería una conspiración. Te estoy pidiendo que me extiendas un cheque en blanco, Austen.

—No he extendido ninguno en mi vida. No sé ni cómo se hace.

—Tonterías.

Miré el reloj. Dentro de muy poco Robert se encontraría ante su gente y anunciaría la noticia. No había tiempo de sonsacarle qué quería decir. Además, yo necesitaba su ayuda.

Cuando llegara el momento, le necesitaría en mis filas. Intenté sacar a colación un tema difícil.

—¿Se te ha ocurrido pensar que esto, el problema que tenemos, estos problemas técnicos y demás, quizá no tengan nada que ver con la cadena?¿Qué quizás estemos siendo atacados por un flanco completamente distinto?

—¿Cómo cuál?

Esperó. A esa pregunta yo no podía responder, no sin parecer un absoluto tonto a sus ojos.

—No, Austen. No me voy a dejar engañar otra vez. A la cadena le encantaría que yo creyera que son inocentes. A la cadena le gustaría que yo gastara mis energías persiguiendo sombras. Pero soy Bob Rogers, no lo olvides. Quizá no sea el tipo más brillante de este edificio, pero tampoco soy un maldito estúpido. Ya hace un año que esos capullos han estado manteniendo una guerra en este negocio, creyendo que yo pondría el grito en el cielo y me marcharía. Ahora creen que han ganado. Creen que estoy a punto de rendirme. —Le brillaban los ojos—. ¿Qué sucede cuando un cartucho de dinamita explota en el culo de un caballo?

No servía de nada. Él creía más en esa batalla de lo que creía en el programa o en sí mismo. La batalla lo era todo.

—No van a echarme de aquí sin pelear, ¿está claro? Tengo intención de morir batallando. —Bajó la voz—. ¿Morirás conmigo?

—Lo que tú quieras, Bob.

Me puso una mano en la cabeza, se inclinó y me dio un beso en la mejilla, el primero.

—Eso es lo que pienso de ti, Austen Trotta —dijo, y salió precipitadamente por la puerta.

 

—¡Evangeline! —gritó alguien.

Entré en la sala de visionado, pasé por delante de los rostros sorprendidos de corresponsales, productores, equipos de cámaras y productores asociados. Aplaudieron.

—¡Mirad el pelo! —gritó alguien con verdadero entusiasmo.

Pensé con afecto en Ian. Fui hasta mi lugar habitual en una cómoda silla cercana al monitor de vídeo gigante y esperé. Skipper Blant se sobresaltó y saltó de su silla: le incomodaba la idea de establecer contacto humano.

Yo le asustaba un poco. Me rodeó con los brazos y los demás se unieron también, y no solamente los vivos. Un mar gris inundó la habitación como una marea, aunque nadie más lo vio.

—¡Qué gran augurio! —prorrumpió Skipper, traicionando la ansiedad que sentía.

A mí me pareció verle por primera vez: no era un bravucón ni un sádico, como había creído yo cuando trató tan mal al pobre Ian. Por lo menos, no era solamente eso. En sus ojos enrojecidos vi un voraz odio contra sí mismo. Vi a un refugiado de un terror que rivalizaba con Torgu.

—No deberías haber venido —me susurró Sally Benchborn al oído, como si mi estado de salud fuera delicado. Le hice un gesto indicándole que hablaríamos tan pronto como tuviéramos la oportunidad. Dios sabía lo que Julia o Austen me dirían. Les busqué entre la multitud. ¿Dónde podían estar? El momento se acercaba. Mientras Sally se alejaba, vi que la culata de un rifle le sobresalía por debajo del chal.

Sam Dambles, siempre cortés, se me acercó y me ofreció sus condolencias por mis sufrimientos y me pidió que me pasara por su oficina para charlar. Los hombres y mujeres de La hora se pusieron en fila como los invitados de una boda. Me abrazaron, me besaron y me preguntaron por Robert. Alabaron mi aspecto. Todo el mundo quería invitarme a comer.

Vi a Stimson: tenía el labio hinchado y la boca cerrada. Sujetaba un portátil en el regazo y clavaba la vista en el teclado, evitando mi mirada. No había seguido mi consejo: no había huido. Miré a mi alrededor y conté a la gente. La mayor parte de los empleados, excepto los editores, habían venido. ¿Cuánta de la gente que había en la habitación pertenecía a Torgu? Como si me hubiera leído la mente, un productor dijo en voz alta:

—¿En qué anda Remschneider? ¿Alguien le ha visto esta mañana?

Bob Rogers entró en la habitación y las ovaciones aumentaron. La sala de visionados estaba abarrotada de gente. Olía a salchichas y a camarones. Alguien destapó una botella de champán. El calor del día envolvía los muros exteriores del edificio, pero la planta veinte estaba fresca. Los ventiladores imponían su ritmo. Las voces de la masa gris, atronantes y confusas, llamaban a Torgu. Rogers levantó las manos para silenciar a la multitud: tenía algo que decir.

Señor: Transcribo textualmente. La reunión empieza justo a la hora. Bob Rogers dice lo siguiente: «Chicos, sois fenomenales. Vosotros me habéis hecho ser lo que soy hoy, así que soy yo quien debería aplaudir. Esto es por vosotros». Aplaude. Otro aplauso de la multitud sigue al suyo, una multitud que describiré como el rostro ecléctico del programa, el mejor rostro; una colección de veteranos y de recién llegados, hombres y mujeres, blancos y negros; pero más allá de eso, un sorprendente gabinete de personalidades dispares reunidas a lo largo de décadas por Rogers para que le ofrezcan el programa semanal: cámaras que han rodado con Trotta y con Dambles en Vietnam, editores que han montado las películas recién llegadas de las calles amotinadas, mujeres que han roto las barreras de género en el periodismo internacional, herederas y radicales, gourmets y adictos al sexo, gente destrozada por los nervios, alcohólicos y vaqueros; una colección de verdaderas vidas humanas en toda su gloriosa vanidad, los elegidos de la profesión del periodismo televisivo a quienes se les ha dado la oportunidad de dar la vuelta al mundo para ir en busca de las mayores, más extrañas y candentes historias de la actualidad, gente que ha sobornado, ha jodido, ha mentido y que ha estado a punto de morir en el empeño por traerle a Bob Rogers su banquete de locura puntera, sus amadas imágenes. Pero me estoy desviando. Rogers dice: «Seré breve: he tomado una decisión importante. No os estoy pidiendo que me apoyéis, y no me sentiré decepcionado si no lo hacéis. No soy un niño». Se puede oír a una mosca. En este momento de silencio, yo le oigo a usted. Oigo su melodía. Se está acercando, tal y como usted prometió. Pero también hay otro tipo de tensión en el aire. «Allá va. —Da una palmada—. ¡A la mierda esos capullos, no me voy a ir!» Se oye una exclamación de sorpresa contenida antes de que una fuerte ovación de aprobación se levante. «Yo he creado este programa, con vuestra ayuda. Lo he mantenido durante tres décadas, con vuestra ayuda. ¡Y no me lo van a quitar de las manos hasta que éstas no estén jodidamente frías!» La gente grita. Le levantan sobre los hombros. «¡Estoy contigo, Bob!», grita Sam Dambles. «¡Viva la revolución!», le sigue Skipper Blant. «¡Motín!», les apoya Nina Vargtimmen, con su minifalda y sus tacones altos, y le da un gran beso en los labios a Bob, y todo el mundo canta Porque es un chico excelente y parece que una nueva era dorada acaba de nacer para todos a los que nos preocupa La hora. Presiento en el aire una gloriosa posibilidad: basta de consentir a las inteligencias más estrechas, a los vulgares ángeles de nuestra especie, basta de historias acerca de celebridades que han hecho tres películas decentes, basta de tragar la mierda de los inversores, los inconfesados culpables de nuestra tragedia, los despreciables accionistas que sólo nos han animado a corrompernos. Y en este momento de alegría, yo soy uno de ellos. El pasado está borrado. No he probado la sangre, y estoy llorando, señor, de felicidad. De repente, veo una expresión de preocupación en el rostro de Rogers. Él pide que le dejen en el suelo. Señala a Sally Benchborn. «¿Qué haces con esa arma, linda?» Ella no siente mi felicidad. No está feliz y no aplaude. Dios Santo. Rogers tiene razón. Ella tiene un rifle con bayoneta, y dice: «¿Por qué no cortas el rollo y nos dices qué está sucediendo de verdad, Bob?». En ese momento, la puerta de la sala de visionado se abre de golpe y se oye un chillido. Austen Trotta entra tambaleándose y cubierto de sangre de la cabeza a los pies.

Austen se me acercó tambaleante; tenía el cuerpo lleno de heridas.

—Evangeline...—dijo.

Sus ojos me imploraron. Cayó encima de mí, absolutamente acabado.

Se hizo el silencio en la habitación, del mismo tipo aunque mucho más terrorífico que el silencio que siempre sigue al visionado de una pieza mala de periodismo televisivo. Normalmente, en esa misma habitación, un silencio como ése es previo a la voz de Bob Rogers diciendo: «Esta mierda no va a aparecer en mi programa». Pero Rogers se había quedado sin habla, también. En los ojos se le veía que su cabeza no paraba. Parecía estar formándose alguna idea. Austen y yo estábamos de pie en medio de la habitación, en el punto en que había estado él. La gente empezó a murmurar.

—¡Dínoslo, Bob! —volvió a gritar Sally. Dio un paso hacia delante, separándose de la masa de gente de pie, apoyada o sentada contra las cuatro paredes—. ¿O es que no lo sabes?

—No lo sabe —dije yo. Todo el mundo me miró—. Él no sabe nada.

—Escuchadla —dijo Austen con voz débil—. Por dios, no queda mucho tiempo.

Tan pronto como hubo dicho esto, se produjo un cambio en la habitación, como si hubiera entrado más gente. De hecho, así había sido. En la sala de visionado había dos puertas, cada una de las cuales conducía a un pasillo distinto, y por esas puertas entraron una fila de editores grises como la ceniza conducidos por Remschneider, que tenía el aspecto de un fallecido. Atravesaron la multitud hasta llegar al centro de la habitación y se quedaron de pie, apiñados, con los ojos fijos en la alfombra. Al final de la última fila, completamente desnudo, con barba gris, murmurando entre dientes, se encontraba Edward Prince.

—¿Qué coño pasa? —preguntó alguien—. ¿Ese es Ed?

Sally disparó al aire. Un trozo de yeso se desprendió del techo y un olor a pólvora se extendió con el humo. El pánico asaltó a todos en la habitación: los músculos de todo el mundo se tensaron.

—¡Compañeros! —gritó ella—. ¡Nos están atacando! ¡Preguntad a Evangeline! ¡Ella lo sabe! ¡Ella es la única que lo sabe de verdad!

Nuestros colegas miraron a Sally y me miraron a mí. Trotta se inclinó hacia delante con el rostro demacrado.

—Torgu está ahí fuera —dijo, más para mí que para ningún otro—. Perdóname. Debí haberte hecho caso.

Me puso una mano en el hombro y yo sentí una tristeza profesional y personal, un dolor especial que nunca había experimentado antes. Estaba perdiendo a mi corresponsal.

—Sally Benchborn tiene razón —dijo Austen en voz alta con un temblor en su amada voz, la misma que yo conocía desde la infancia; él había sido un espíritu amigo en el televisor de la guarida de mis padres hace mucho, mucho tiempo.

Se desplomó en mis brazos. Es increíble el efecto que una visión como ésa, la del cuerpo maltratado de un hombre muy conocido, puede tener en las personas. En ese momento, en la sala de visionado, el equilibrio de la situación se decantó a mi favor, y yo sentí el primer aliento de lo que podría calificar de coraje en el pecho. Los empleados de La hora, esa gente encantadora, imposible y vana, se sumieron en un silencio comprensivo. Hacía meses que eso se estaba aproximando y ahora estaba ahí, el objeto de sus terrores ocultos, la fuente de sus pesadillas. Podían verlo. O así me pareció por un instante. Pero no podían evitarlo: sus instintos superaban la sensatez. Yo todavía era solamente una productora asociada que no llegaba a las seis cifras al año. Se volvieron hacia Bob otra vez, como si él pudiera ayudarles.

—¿Austen? —Solamente Rogers parecía capaz de intuir su propia ignorancia—. ¿Qué es esto? —Me miró, suplicante, como si solamente yo pudiera hacerle revivir. Todo el mundo miró a Bob—. ¿Es esto la mierda que me imagino que es? Han hecho, finalmente, lo que siempre sospeché que harían.

Austen se ahogaba y no podía hablar. Yo no sabía de qué estaba hablando Rogers, ni tampoco los demás. Se acercó a Austen, que contaba las respiraciones una a una y parecía agradecido de poder hacerlo.

Bob se dirigió al resto de nosotros. Parecía descubrir la verdad mientras la pronunciaba:

—Ellos han hecho esto.

—¿Ellos? —Miré la fila de editores medio en coma. Miré a Edward Prince.

—Los jodidos ejecutivos.

Austen expresó su estupor en voz ronca:

—Oh, dios, no, Bob, te estás equivocando...

—Van a echarnos a todos.

Creo que, por un instante, unos cuantos le creyeron. La mayoría eran demasiado buenos en su trabajo. Pero sólo tuvieron que echar una mirada a sus colegas, y a Prince, y supieron que eso estaba más allá de la política. Por todos lados, a mi alrededor, esas presencias habían aumentado y las líneas que separan las cosas se habían afinado, tal y como Ian había predicho. Quizá fuera la nube de pólvora del arma de Sally, o quizá fuera mi imaginación, pero las cuatro paredes de la sala de visionados, detrás de los ejércitos de Bob Rogers, se disolvieron ante mis ojos, como si no hubieran sido otra cosa que bancos de niebla. Los espacios entre esas paredes empezaron a abrirse en distancias infinitas. Parecía que nos encontráramos en el punto más elevado de una llanura en la cual las naciones en batalla se hubieran concentrado. Vi a Clementine Spence. Se encontraba en el campamento, era una sombra entre un millón, una molécula de una nube, pero para mí era visible. Las voces de las naciones eran atronadoras. El recuerdo de la raza apareció. Los muertos cantaron. Levantaron los brazos por encima de las cabezas, en un gesto de desafío o de súplica. Habían venido por Torgu, por mí, por todos nosotros. Estaban hambrientos. Estaban tristes. Yo me sentí hambrienta, y triste. Me miraban con esas caras pálidas y yo empecé a comprender. Querían algo, en especial, de mí. Sabían de qué tenía hambre yo. Conocían la existencia del cubo y del cuchillo. También sabían lo que le sucedía a mi cuerpo; sabían que yo tenía las marcas del poder.

Nadie más lo vio. Los empleados de La hora miraban a Bob Rogers. Buddy Gomez, que siempre llevaba su cámara a todas partes, se la colocó al hombro.

—A la mierda —dijo—. Mi trabajo es filmar. No pienso perderme esto.

—Tonterías —gritó Sally Benchborn—. O bajas eso hasta que hayamos arreglado esto o te atravieso.

—¡Me gustaría verte intentarlo, zorra!

Sally se levantó un extremo del chal por encima del hombro y apuntó al cámara.

—Dame un motivo, pendejo.

Stimson Beevers saltó en medio de los dos. Sally bajó el rifle. Stim sonreía.

—¡Vosotros dos, despertaos! ¡Que todo el mundo despierte! —Su voz tenía el tono exuberante de un predicador. Ninguno de los que estábamos allí le habíamos visto tan animado nunca—. Estáis todos a punto de morir, y no podéis hacer nada.

—¿Tú formas parte de esto, rata? —Sally le empujó con la bayoneta.

—No lo comprendes. Es hermoso. Es conocimiento, sabiduría. Estáis a punto de ser reclutados. Yo también tenía miedo, y dudaba, pero he recuperado el sentido común. Y ahora él está aquí. —Stim hizo una pausa, levantó una mano y señaló hacia una de las entradas de la sala de visionado—. ¡Y todo va a ir bien!

Torgu entró. Enfurecido y salvaje, irrumpió desde la oscuridad con su inmensa cabeza, con su largo cuchillo como un hacha dentro del cubo. Caminó hasta el centro de todos nosotros y los puntales de las paredes se estremecieron. Bob Rogers vio solamente a un enemigo, a un demonio procedente del infierno del centro de la cadena en la calle Hudson. Sus labios dibujaron una mueca. Señaló con el dedo.

—¡La cadena! —gritó.

Stim se rio. Sally Benchborn bajó la bayoneta y los demás se apiñaron detrás de ella. Yo me dejé caer de rodillas con Austen. Las hordas de los muertos cantaban la cercanía del triunfo. Stimson Beevers se colocó delante de la bayoneta de Sally Benchborn, todavía divertido. ¿Tenía intención de defender a Torgu? Ella le clavó la bayoneta en el vientre. Hubo un momento de silenciosa conmoción. Sally soltó el arma y Stim se tambaleó hacia delante y hacia atrás, sorprendido. Torgu se acercó a él con una calma majestuosa, como un impresionante y compasivo rey de los muertos. Se oyó el ruido del cuchillo dentro del cubo. El rey levantó el brazo, alto, por encima de la cabeza y el filo del cuchillo se precipitó hacia abajo y cortó a Stim, penetrando entre su hombro y su cuello y llevándose su cabeza calva, que voló hasta el tumulto de los sedientos de sangre. Torgu tiró el cuchillo, sujetó el cuerpo de Stim por los hombros y llevó los labios hasta el lugar donde había estado su cabeza. Finalmente los muertos vinieron a la vida, su canción se elevó como desde un coro de catedral. Los editores levantaron la cabeza y miraron a sus colegas. Edward Prince se reía socarronamente.

A mi lado, Austen abrió los ojos.

—Hazlo —me susurró.

—No puedo.

—Muéstrate.

Torgu, que se encontraba cerca de nosotros, nos oyó. Dejó que el cuerpo de Stim cayera al suelo, en un horrible gesto final de la relación entre dueño y esclavo. El jugo humano le bajaba por la barbilla. Me vio, y sus ojos mostraron una emoción de gran ferocidad. Él conocía mi secreto. Él sabía que los muertos se habían enamorado de mí, que se habían vuelto contra él. A nuestro alrededor, los vivos notaron la sobrecogedora fuerza de un poder maligno y sucumbieron, se dejaron caer, uno a uno, de rodillas. Vi a los muertos de la guerra de Secesión devorar la mente de Sally Benchborn con expresión de exquisito placer; su chal volaba como si fuera la bandera de un ejército derrotado y acabó cayendo sobre su propia bayoneta. Sam Dambles participó en su propio linchamiento: las piernas le temblaron, colgado de una soga, sus manos habían hecho el nudo. Nina Vargtimmen quemó a brujas y gritó en Salem, arrastrada hasta las llamas. Skipper Blant se sentó en el suelo, tranquilo y frío como un Buda, y se sacó las uñas sin emitir ni un grito. El resto también estaban perdidos, cada uno en su propia pesadilla de muerte privada.

Torgu ya no se preocupó de ellos. Se acercó a mí con una mirada de desolación, pero su poder se había debilitado. No dio ninguna orden. Por el contrario, buscaba algo de mí. Hablaba. La verdad apareció entre nosotros sin que mediara una palabra. Esas personas, mis colegas, no eran para él. Eran ofrendas. Me los estaba ofreciendo a mí. Yo asentí con la cabeza. Él asintió con la cabeza. Ese intercambio hizo estremecer de placer a los ejércitos de muertos. Torgu quería darme esa carga, pero no podía hacerlo por voluntad propia. Tenía que serle arrebatada.

Dejé a Austen en el suelo y me levanté. Torgu me tomó de la mano. Tuvimos un momento de conexión pura y verdadera. Las paredes hicieron un ruido sordo, el suelo se movió, una oleada de poder me atravesó y me hizo caer al suelo.

 

Julia Barnes había encendido la octava mecha de la mañana. La había visto encenderse y apagarse. El sobrino de Flerkis le había vendido una porquería. Y si las mechas eran malas, el explosivo también debía de serlo. Qué tonta. Años atrás, ella nunca habría cometido ese error. Volvió a la caja e introdujo un dedo en la tira de C-4 que rodeaba las dos cajas. Sacó las últimas dos mechas. Daba igual, pensó. Nadie podía acusarla de abandonar. Después, eso era exactamente lo que iba a hacer. Abandonaría. ¿Por qué había tardado tanto en darse cuenta? Dejar el programa sería lo mejor. Diez años en ese sitio y allí estaba, encendiendo mechas. El trabajo se había vuelto difícil. La hora se había encontrado con su creador. Tres décadas y pico eran lo máximo que uno aguantaba en el negocio de los medios. Se había acabado.

Unió dos mechas al C-4 y las alargó por encima de la alfombra hasta su sitio en las habitaciones del otro lado del pasillo. Ya no le preocupaban los resultados. Empezaba a pensar que tenía que ir a comprar filetes para sus hijos. Esa cosa no iba a prender. Sacó la caja de cerillas, extrajo dos, las encendió y las llevó hasta la mecha. Ambas se encendieron, pero una se apagó. La otra recorrió su camino. ¿Y eso? Ella lo observó con orgullo y sorpresa que las chispas salían de la habitación, giraban por la puerta y corrían por encima de la alfombra hacia las cajas. Algo se movía entre ellas. Oh, dios, había alguien allí.

—¡Sal de ahí! —gritó—. ¡Es una bomba!

De forma instintiva, agarró el bolso. Localizó el contenedor de las mechas y alargó la mano para coger la caja que contenía las otras barras de C-4. No estaba allí. Ella buscó en la alfombra por todos lados, como si buscara una lente de contacto que se le acabara de caer.

—Oh, mierda —exclamó sin darse cuenta.

Las otras barras estaban en la caja, al lado de la caja grande: las había dejado allí por accidente. Sus hijos adolescentes levantarían los ojos al cielo, típico de mamá. En el último segundo, se enroscó en el suelo. Rezó pidiendo seguridad, felicidad y salud para su familia. La explosión la envolvió como una aparición sagrada, una brillante última visión de la gloria de su juventud.

 

Después de un momento de silencio, todos gritaron, conmocionados por los tormentos. Yo me encontraba de cara a Torgu, que también había caído. Estaba descentrado. El terror le atenazaba la mente, y no era miedo de mí. Vi en sus ojos el pánico a una traición inesperada.

Siseó en la oscuridad como un gato sorprendido:

—¡Evangeline!

Se levantó del suelo y se alejó corriendo, abandonándome en la ruina de esa vasta catástrofe, en medio de sus consecuencias. Austen gemía. En la semioscuridad, los muertos sin ojos parpadeaban. Habían esperado y observado. Sabían cuál era mi intención y la impaciencia crecía en su corazón.

Yo pensaba seguir a Torgu y acabar con él, pero primero estaba mi responsabilidad con mis colegas. El olor de cordita impregnaba las salas. La fuerza de la explosión había derrumbado la pared del fondo de la sala de visionados y la alfombra estaba encendida. El humo lo llenaba todo. La gente se desgañitaba tosiendo. Se arrastraban a gatas sobre la alfombra, huyendo del fuego. En el lado de la habitación que no había sido dañado, las estructuras que soportaban el peso estaban intactas y la gente gritaba, animándose a evacuar. Austen no llegaría muy lejos, el dolor era demasiado grande. Había perdido demasiada sangre. Pidió que le llevara a su oficina. Levanté al viejo en brazos y lo llevé a su habitación, donde el cuerpo desnudo y frío de Edward Prince se encontraba tumbado encima del escritorio de su ayudante. Había conseguido llegar hasta su oficina, pero no más allá. En su cara vi una paz eterna. Dejé a Austen en el sofá y fui a buscar su diario. Le limpié la sangre de la cara con algunos papeles de su escritorio y le dejé allí, querido viejo amigo, y volví a la carnicería de la sala de visionado.



                                                                 EPILOGO

Evangeline Marker, antes de volver a su trabajo, fue capaz de localizar este documento permitiéndome, asi, realizar esta última inserción antes de que mi fuerza se rinda. Debe ser un descargo de responsabilidad. Como medida de seguridad, voy a dejarlo en la caja fuerte de debajo de mi escritorio. Si algún daño me alcanzara en esta oficina, esto quedará como testimonio de mis sospechas y de nada más. Permítanme que sea claro al respecto. Aunque parezca lo contrario, continúo manteniendo que nos encontramos con un terrorista que tiene acceso a armas biológicas y químicas. También es bueno con el cuchillo, lo cual sugiere que ha recibido algún tipo de entrenamiento militar, o quizá sea una habilidad natural. Dicen que los chechenos son especialmente hábiles con los cuchillos, así que quizá sea uno de ellos. Todo el resto es un acto de guerra psicológica dirigida por un enemigo muy sofisticado. Por un momento consiguió embaucarme, pero al final lo veo claro. Semper fidelis, Austen Trotta, 24 de mayo.

 

Sam Dambles, lejos de sus perseguidores, ayudó a la gente a salir de la planta, apremiando a todo el mundo para que escapara del edificio. La mayoría se encontraba paralizada por el miedo, incapaz de salir de la planta. Yo me abrí paso al lado de ellos y ellos contemplaron mis movimientos con una mezcla de pesar, horror e incredulidad. Encontré el cuchillo y el cubo de Torgu no muy lejos del destrozado cuerpo de Sally Benchborn, todavía empalada con su bayoneta. Le cerré los ojos y me concentré en mi trabajo. El hecho de que hubiera abandonado sus objetos era una muestra de su desorganización. Los reclamé y seguí el rastro. Sabía dónde estaba Torgu; sólo le quedaba un lugar adonde huir. Los pasillos de la planta veinte estaban arrasados por el fuego. Los aspersores entraron en funcionamiento demasiado tarde. Las luces se habían apagado. El humo se hizo más denso y me llenaba los pulmones, haciendo que me doblara hacia delante. Continué. Los ascensores estaban inutilizables, su maquinaria se había colapsado, y las ventanas se habían roto a causa de la explosión. El viento entraba, avivando el calor. El fuego quemaría deprisa. Habría poco tiempo para escapar. ¿Quién había hecho eso? ¿Habíamos sido nosotros, Torgu y yo, cuando unimos las manos? No lo creía.

Encontré a Torgu al principio del callejón del magreo, llorando y esperándome, en el lugar donde antes estaban sus cajas.

—Tú no has hecho esto —dijo.

—No.

—Otra mujer —dijo.

—Julia Barnes.

—Era una loca. Ha volado mis objetos preciosos.

—Ella te ha detenido.

Él negó con la cabeza, me miró y sonrió.

—Pero tú no.

—Ella ha hecho volar tus cosas —dije yo—, pero ¿por qué hacer tanto destrozo? No lo comprendo.

Me di cuenta. Sus cosas no eran meros objetos. Eran recipientes. Las hordas grises vivían en esos recipientes, en sus piedras, cascotes, tubos, restos de tumbas, pero no podían volver, no podían renovar sus votos a Torgu. Julia se había ocupado de ello. El C-4 había quemado su energía. La destrucción de la planta veinte llevaba siglos gestándose. Torgu se lamentaba. No quedaba ni rastro de la conquista. Me miró con nostalgia; la sangre de Stim todavía le goteaba de la barbilla. Emitió sus sonidos, como si todavía tuviera el poder de seducir. Pronunció los nombres: Vorkuta, Treblinka, Gomorra. Sus labios murmuraban, pero las palabras ya no tenían sonido. Yo llevaba el cubo en la mano; el cuchillo hacía ruido en él. Con la otra mano le sujeté por las solapas de la chaqueta y le conduje hacia el pasillo en llamas. Mis músculos se habían fortalecido. Sentía las caderas fuertes, las venas calientes. Yo era el fuego en persona. Él iba a consumirse en mi calor, tal y como deseaba. Yo necesitaba un espacio con la intimidad suficiente para llevar a cabo ese rito de destrucción. Le conduje allí y los muertos nos siguieron. No había necesidad de insistir. Caminé por el pasillo mientras me iba quitando la ropa. Di una patada a un zapato, me quité los restos del pantalón. El fuego no podía tocarme. Yo quemaba con una fuerza mayor, estaba protegida. De vez en cuando los aspersores me enfriaban. El contemplaba el deslumbrante instrumento de su destrucción y lloriqueaba, pero no había ningún motivo para la melancolía. Observé con pena cómo se aproximaba, temeroso, un viejo espíritu necrófago de la tierra mortificado y redimido por el insoportable espectáculo de la carne humana. Lloriqueaba al ver la perfección de ese diseño, de esa realidad rosada y membranosa. Se oyó el ruido del cuchillo en el cubo.

Estábamos de pie en el pasillo delante de mi oficina. Yo no sabía qué sucedería cuando él muriera, cuando su privilegio fuera el mío. No sabía si eso sería doloroso o agradable, pero sí sabía que este lugar de la Tierra nunca quedaría libre de dolor. Ningún lugar lo está. Su mayor secreto, ahora el mío, era evidente. Solamente hay una lista. Los nombres que los muertos pronuncian son los nombres de todos los lugares de la Tierra. No existe ningún pueblo, ciudad, valle ni colina donde la raza humana no haya dejado a sus fantasmas masacrados. Ese conocimiento, que ahora había obtenido, no iba a abandonarme nunca. Yo no subiría al Cielo, no vería a los ángeles. Clementine había llamado a Torgu el Ab, Ausencia de Dios, pero yo no podía hacer nada con ese concepto. No me resultaba de ayuda. Dios no me había ayudado. Mi objetivo era la oscuridad.

¿Debía volver a bailar para él? La última vez había sido casi imposible hacerlo, cuando yo estaba desesperada de miedo y no imaginaba cuáles serían los efectos, en ese momento en que cada movimiento significaba la diferencia entre la vida y la muerte. Esta vez yo me sentiría segura y fluida; la mía sería la actuación de una amante perfecta. Lo haría con calma. Lo atraería hasta que él se arrastrara hacia el recinto de mi oficina, que se convertiría en su tumba. La puerta había desaparecido. La explosión había hecho volar las ventanas, junto con el bolso Kate Spade. El fuego se elevaba mucho en los espacios vacíos que se habían formado a causa del derrumbe de paredes y suelos. La conflagración se lo acabaría llevando todo. Todos íbamos a morir. Por la ventana vi el destello de otras oficinas en el extremo opuesto del agujero. El tiempo transcurría fuera. Había llegado la noche. Oí las sirenas sonar a lo lejos. Venían a por nosotros, igual que habían hecho antes.

Torgu estaba a mis pies. Yo permanecí allí mucho rato, permitiéndole que observara mi cuerpo, que contara los símbolos en mi cintura, en el interior de mis muslos, que observara esa piel nueva que él me había dado, esa relación escrita del terror por todo mi cuerpo. Unas lágrimas le surcaron las mejillas. Farfullaba, presa del deseo. Pero yo no iba a bailar para él. Lo decidí allí mismo, en ese momento. Había llegado su turno de desnudarse. Dejé el cubo con el cuchillo en el suelo.

El fuego le había prendido las ropas. Se las arranqué del cuerpo, y fue como arrancar tiras de piel humana. Él aulló, sorprendido y humillado. ¿Era ésa su recompensa? Sabía lo que yo tenía en la cabeza e intentó escaparse a rastras: una ridícula derrota. Arranqué la última tira de tejido y conocí otro de los horrorosos secretos de la existencia de esa criatura.

Su físico no era otra cosa que la suma total de su colección de objetos destruidos, violados: sus hombros eran pilas de yeso; sus costillas una serie de horquillas rotas; sus piernas, tubos; su piel era una sucesión de capa sobre capa de inscripciones y símbolos, un ejército de protozoos lingüísticos tatuados en su piel Se sentó delante de mí, como yo. «Un día —pensé—, yo seré esto.»

Los muertos esperaban. Durante un rato, no me moví. Él alargó la mano hacia mí, lamiéndose los labios, contoneándose, intentando atraerme a sus labios. Pero yo me aparté y tomé el cubo con el cuchillo. El momento de la transformación había llegado. Sentí un respeto religioso. Podía ver hacia atrás en el tiempo de una forma inimaginable: nuestra historia era un océano de sangre, un océano incendiado igual que ese edificio.

Me arrodillé delante de Torgu, le miré y dejé el cubo en el suelo. Le puse una mano en el hombro para tranquilizarle y le dije la verdad en un susurro:

—Éste es un acto de compasión.

A espaldas de Torgu se veían las luces de Manhattan, que se apagaban, por fin el apagón. Saqué el cuchillo del cubo y noté su crueldad. Él hubiera querido verme levantar los brazos por encima de la cabeza, izar mis rizos al aire, contonear mis caderas hasta que el humo de su destrucción le manara por los poros. Así es como Torgu había imaginado su propio fin, y la pérdida de ese sueño le resultaba insoportable. Las lágrimas se deslizaban por su rostro arruinado y por las cicatrices de su cuerpo. Si hubiera sabido cuál era mi intención, me habría matado.

Le agarro por la oreja y apunto el cuchillo sobre su cuello. Quedamos muy cerca, como dos amantes. Él es muy viejo. Yo, muy joven. Los susurros de agradecimiento se mezclan con el ruido de las sirenas, el estruendo de otra explosión. Sus piernas son puro hueso. Los muertos han perdido la paciencia. Están a punto de salir de él volando hacia mí. Me tiembla la mano y, en ese momento de indecisión, él se da cuenta, y yo sé lo que tiene en la mente. Comprendo cuál es mi verdadero deseo. Me siento atraída por las hordas grises. Ellas son mi futuro hogar y mi futuro esposo. Pero deseo otras cosas, también. Quiero la vida que me ha sido robada. Quiero lo que es verdaderamente y solamente mío.

Dejo caer el cuchillo. Sujeto el derrocado monumento en que se ha convertido la cabeza de Torgu con ambas manos y le doy un beso con todas mis fuerzas. Deposito mi saliva en sus fauces, le doy un beso que nadie podría comprender. Al final, antes de que el último rastro de sus labios quede reducido a cenizas, mientras todavía subsiste el temblor de mi beso y mis manos encuentran el vacío, oigo susurrar los nombres: los nombres de los lugares de los muertos aletean como mariposas, ascienden a un cielo de humo y de sueño. Antes de que nos abandonen, Torgu desaparece de este mundo y, como regalo de despedida, me agacho encima de las llamas, desnuda como la primera mujer, coloco las manos en el suelo y dejo que la carne se queme, como despedida, en esa pira funeraria de la monstruosidad de la historia.

—Adiós —le digo, les digo a todos ellos.

Pero él, ellos, se han marchado. Y yo me quedo sola con el recuerdo de Clementine Spence.






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19 mayo 2009 2 19 /05 /mayo /2009 18:06
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LIBRO 13
Fantasma

                                                        CUARENTA Y CUATRO

                                 

Es mi primer día de vuelta al trabajo y estoy sentada de espaldas a la vista, a las ventanas que dan al punto donde se encontraba el World Trade Center, pensando que el mundo cambia en el momento en que uno cambia, y no antes. Lucho contra él con todas mis fuerzas, pero estoy perdiendo.

Hace nueve meses, esta ventana enmarcaba un vacío. Al otro lado del cristal solamente había cielo. Ahora este cielo arde de furia. Siento la densidad de ahí fuera, en mi espalda, sobre mis hombros. Si me doy la vuelta y miro, veo la violencia en sus ojos. Pero no debo darme la vuelta, lo sé. Si miras a los ojos de Torgu solamente una vez, los muertos te devuelven la mirada. Torgu dice que les va a abrir la puerta, que ellos nos van a abrir la mente, que se van a meter dentro de nosotros y que eso va a ser algo terrorífico y bello. Eso me hace sentir unos profundos escalofríos, pero también cierta emoción, no lo puedo negar. Yo misma lo he visto.

Un verano fui a un campamento católico de verano y una monja me dijo que Dios toca a una persona con un dedo cuando quiere que esta persona despierte y lo vea. Lo mismo hacen los muertos. Sus incontables dedos me están tocando, pero me he resistido hasta ahora.

Después de los ataques, La hora se trasladó temporalmente al centro de la cadena en la calle Hudson. Cuando volvimos a trasladarnos a este edificio, pedí una oficina sin ventana. Pero muchos productores hicieron la misma petición y estaban por encima de mí, así que volví a este espacio restaurado y tuve que lidiar con un enorme panel de cristal traslúcido y tintado que daba al agujero. «Muy bien —pensé—, esquivaré el tema.» Los de mantenimiento colgaron unos estores y la pared se convirtió en un espacio vacío. El televisor y el ordenador se colocaron delante de mí, al igual que las estanterías, el sofá y las lámparas. Detrás de mí no había nada. Otra gente hablaba de que estaban alucinados por lo macabro que resultaba encontrarse en una oficina que anteriormente había estado de moda y recargada. Yo detestaba esas conversaciones. Había acabado el día y no necesitaba ningún refrito.

Pero ahora pienso en esa mañana de septiembre y comprendo algo con absoluta claridad: ese día supuso mi introducción a Transilvania. Ese día fue cuando de verdad empezaron los susurros en mi cabeza.

Antes de que eso sucediera, yo era feliz. Mi poco recomendable y dañino romance con mi jefe de Omni Media, el señor O'Malley, había terminado gracias a mi determinación. Robert y yo nos habíamos conocido en el bar de Maritime y empezábamos a ser muy amigos. Yo había llegado al trabajo después de recorrer veinte manzanas caminando desde su apartamento. Seis meses antes, gracias a la ayuda del señor O'Malley, había conseguido el trabajo con Austen Trotta, había perdido cuatro kilos y medio con la dieta Atkins y tenía un aspecto verdaderamente fantástico, el mejor que había tenido desde la universidad.

Una hora después de llegar al trabajo, esa chica bendita murió para siempre. Me doy cuenta de eso ahora. Oí la primera explosión y me imaginé que era un ataque terrorista, aunque no pensé en un avión. Ninguno de nosotros sabía que era eso. Pero un tío mío que se encontraba en el World Trade Center durante el atentado de 1993 me había descrito vívidamente el descenso de los veinte pisos a través del humo. Yo reuní a mis amigos y les obligué a cerrar los ordenadores y a colgar los teléfonos. No me habían nombrado capitán de bomberos, pero les aparté de los ascensores y les empujé hacia las salidas de emergencia, fuera del edificio. Fui yo quien hizo todas esas cosas. Me sentía absolutamente tranquila. Cuando estuvimos fuera empezamos a movernos más deprisa, y bajamos la calle Liberty hacia la calle Church. Todo a nuestro alrededor, en el mundo exterior, era un caos: los policías corrían, nadie sabía nada, y la torre norte se escondía a nuestros ojos detrás de la torre sur, que tenía su habitual aspecto azul brillante. Arriba veíamos el humo, y sabíamos que era horrible; éramos periodistas y ese tipo de cosas forman parte de nuestra vida. Pero entonces le llegó el turno a la torre sur, y yo no estaba preparada para ello. Ian gritó: «¡No mires!», pero yo trabajo para la televisión. Nosotros siempre miramos, y eso hice, y algo me inundó. Estaban saltando. Algunos de ellos ya habían caído a la plaza, en medio del fuego. Levanté la mirada, esa chica que había empezado ese día levantó la mirada, y fue su último instante. Me sentí dentro de ese cuerpo, sentí su miedo, su dolor, su confusión, sus recuerdos y su sorpresa. Creo que en ese instante mi interior, o como quieran llamarlo, se derrumbó. Pero eso no fue todo. Cometí el pecado de mirar y lo pagué viendo todavía más cosas. Mientras me encontraba allí de pie, contemplando la forma que cobraba mi nueva vida, el segundo avión se estrelló contra la segunda torre.

Ian me ayudó a alejarme; querido Ian. Me guió y, con Stimson y unos cuantos más, corrimos por la calle Church y atravesamos el distrito financiero en dirección al puente de Brooklyn.

Subimos al puente cogidos de las manos, los unos a los otros, e intentamos ponernos en contacto con nuestra gente por el móvil, sin dejar de mirar atrás. Fue allí, yo estaba allí, encima del puente, cuando la primera torre se desplomó con una tormenta de polvo. Los edificios repitieron aquello que ya había sucedido en mi interior. No necesité oír los cuentos de miedo, ni los análisis de nuestro traumatizado país, no necesité dar vueltas a nada relacionado a ese asunto, ni siquiera en nuestro primer día de vuelta a las oficinas en que caminé hasta la calle Liberty y me dirigí a la boca del metro recién abierta. Me ocupé de mi trabajo. Lockyear me hizo el favor de no proponer historias relacionadas con los ataques. Yo me ocupé de mi trabajo, me hice una reputación en La hora, y me prometí. Esa fue mi ONG particular.

 

Estoy sentada ante mi escritorio escribiendo estas lastimosas notas mientras me embarga un fuerte anhelo: quiero estar en otra parte, deseo ser alguien distinto. Esta sensación es un alivio ante la agudización de la enfermedad, un debilitamiento de esa energía que siento a mis espaldas. Me reduce el deseo de sangre, pero las imágenes no me abandonan. Soy esa chica, soy un millar de chicas y noto su calor. Estoy atrapada en ellas. Estoy en una de las plantas de esas torres y el suelo se mueve. Soy Clemmie, y ella se encuentra ante una ventana mientras la temperatura sube. Parece que el mundo tangible se está desvaneciendo. El ruido del infierno ensordece. En Rumania noté la presencia de unos asesinatos acaecidos cincuenta, cien, doscientos años atrás como si hubieran tenido lugar el día anterior. Resplandecían con una vitalidad lúgubre. Aquí, en este lugar, oigo el rugido de un mar gris.

No es extraño que Torgu tenga ese aspecto. El puro conocimiento que posee destruiría a la mayor parte de la gente; el saber provoca una corrosión física que sólo se puede aliviar vertiendo sangre. Se supone que la gente no debe tener este conocimiento. Yo no debería. Me tranquilizo y observo mi oficina: esta visión me centra por unos momentos. El bolso de la marca Kate Spade, ribeteado con los colores del arco iris, cuelga del tirador de la puerta y parece proceder de un país en el cual nunca nadie ha llorado. Lo compré el último día de trabajo antes de mi viaje a Ruma-nía. Me gasté lo que gano en una semana, pero no lo había utilizado hasta ahora.

Los cactus de encima del armario archivador han muerto. Mientras estuve fuera otras personas utilizaron mi espacio, pero no regaron las plantas. Parecen pulgares marchitos. Hay una fotografía de Robert y yo que nos hicimos uno o dos meses antes de prometernos en la cual mostramos una felicidad altanera. Ésa es una parte de mí, es lo único que puedo pensar. Es la parte de mí que está menguando; debe de haber otras. Mi madre siempre me había dicho que yo me convertí en una persona completamente distinta a la edad de seis años. Recuerdo mi pelo largo y negro que ocultó sus rizos, igual que un capullo oculta a la mariposa. Contemplo la misma vestimenta que he llevado hasta ahora, el pantalón azul oscuro y la blusa. Contemplo esos ojos de un marrón chocolate, pero en ellos ahora hay un fantasma. Antes Robert me besaba en los labios. Ahora me toma la mano y me besa los nudillos. ¿Adónde se ha ido su amada?

Noto a Torgu en esta planta. No le he vuelto a ver, pero las cajas lo delatan. Se ha traído su museo, ese montón de chatarra procedente de mundos destruidos. ¿Cómo lo llamó? ¿Su «avenida de la paz eterna»? También dijo que eran su fuerza: no es capaz de conjurar a los muertos sin esos objetos. O quizás es solamente un tema de comodidad. Me aventuré en ese pasillo atraída de forma instintiva hacia sus posesiones, deseando saber más, empujada por el tumulto auditivo en mi cabeza. Los muertos le han seguido hasta esta planta. ¿O quizá ya estaban aquí y son ellos quienes le han atraído desde el otro lado del mar? Él no podría resistirse a la llamada de tantos muertos. ¿Sabe él que yo también estoy aquí? Creo que sí. Nos encontramos en la cúspide de una gran comunión, él y yo. Él va a necesitar beber de una copa muy honda.

Me quedé de pie delante de las cajas y puse las manos sobre la fría madera. Los objetos empezaron a zumbar, me pareció, a hablarme, y yo comprendí lo que querían decir. Esas cosas tienen su propia melodía, su propia voz; son como unos receptores. Antes de que pudieran susurrarme sus secretos, alguien interrumpió: Julia Barnes.

Dije algo desafortunado, pero pareció que ella tuvo un presentimiento de lo quise decir. Quiso hablar conmigo, pero yo intenté escabullirme. ¿Cómo podría decirle lo que tengo en la cabeza? Soy una asesina. Incluso aunque ella crea que lo sabe, no es posible que comprenda lo que eso implica.

De repente, dijo algo que me sobresaltó:

—¿Torgu es su nombre de verdad? —preguntó en el momento en que yo salía del pasillo.

—No sé qué quieres decir.

Ella se interpuso en mi camino.

—Puedes decírmelo. —Pronunció esas palabras con demasiada rapidez: estaba asustada—. Quizá yo pueda decirte cosas que no sabes. Quizá nos podamos ayudar la una a la otra.

Me obligué a caminar despacio. Si salía corriendo, ella sospecharía. Pero ¿sospecharía qué? Ella me siguió hasta la zona de edición y estuvimos a punto de chocar con Bob Rogers. Éste ni siquiera nos miró, no pareció darse cuenta de que yo había vuelto, y de forma precipitada soltó un «hola, chicas» antes de desaparecer en la oscuridad que había a nuestras espaldas.

—Estamos bajo asedio —dijo Julia Barnes en voz baja para que nadie pudiera oírnos—. Necesitamos tu ayuda.

Yo me la saqué de encima.

 

Echaba de menos a Ian. Si Ian estuviera vivo, lo comprendería. Se sentiría horrorizado ante mi carnalidad y mi violencia, pero en el buen sentido. Él sabría encontrar el humor en esta broma enferma. ¿Qué podría haber ocurrido? ¿Qué absurda oscuridad? Fui a su oficina, que había pasado a manos de otro productor, y me quedé allí un rato pensando en mi amigo, pensando en la última vez que nos vimos. Stim estaba allí. Ian había estado enfermo.

Miré a izquierda y derecha. No había nadie por los alrededores: la planta veinte rebosaba del vacío propio de finales de primavera, viva con una vida invisible. Ayer Austen me llamó a casa y me habló de la reunión con Bob Rogers, me dijo que los empleados de La hora iban a volver de sus distintas misiones y aventuras por todo el globo para oír las grandes noticias, pero en ese momento el silencio caía, denso, en todos los rincones. Se oía el aire de los aparatos de aire acondicionado, que batallaban contra el enorme calor que nos ahogaba en ese mes de mayo en la ciudad de Nueva York.

Ian y yo nos conocimos durante mi primer día de trabajo como productora asociada con Lockyear. Yo todavía no había comprendido lo difícil que era ese hombre que iba a ser mi jefe y me encontraba en mi oficina. Me sentía feliz y orgullosa mientras desempaquetaba unas cuantas cosas cuando Ian entró sin ser invitado y sin anunciarse. Se puso cómodo en el sofá y dijo:

—De verdad que te compadezco.

Ese recuerdo me hizo sonreír.

—¿Te conozco? —le pregunté.

—Piensa en mí como en un observador de las Naciones Unidas. Si se comete alguna violación contra tus derechos, soy el chico a quien recurrir. Lo cierto es que no tengo capacidad ni de ayudarte ni de rescatarte, pero puedo tirarte unos cuantos paquetes con comida. Y, por supuesto, voy a emitir tu dolor y tu sufrimiento al resto de la oficina.

Más tarde tuve muchas ocasiones de recordar esas palabras, pero en esos momentos él las dijo con una sonrisa burlona en el rostro y lo único que pude hacer fue reírme de su exageración.

—Ian —dijo, ofreciéndome la mano.

Yo no se la estreché.

—Las Naciones Unidas no tiene jurisdicción aquí —le dije—. Y es una institución corrupta.

—Dios ama a los corruptos. Sin ellos, seríamos como los tiburones o los lobos, que se comen a otros animales pero no les joden primero. Si quieres mi ayuda, tienes que hacer exactamente lo que te diga: dejarás que te invite a algunas copas y que te acose a preguntas sobre tu jefe y su jefe. Así es como funciona. A cambio, trabajaré a favor de tus intereses para minar a tus perseguidores. Básicamente, eso se encuentra en una página del manual de la mafia.

—Quizá te parezca naif, pero me siento afortunada de tener un trabajo aquí.

Él meneó la cabeza y sonrió con amabilidad:

—¿«El trabajo os hará libres» es tu lema?

—Si tú lo dices.

—Lo digo.

—¿Por qué me has escogido a mí, si te lo puedo preguntar?

—Por dos razones. Por una, en realidad. Eres bastante atractiva.

Yo me sentí lo bastante complacida como para aceptar su compañía un rato más. Le pregunté qué era lo que hacía en el programa y me informó de que, en verdad, era, técnicamente, un extremo izquierda de uno de los productores de Skipper Blant, pero que Blant le había dado la oportunidad de producir y él la había aprovechado —sus propias palabras— y tenía muchas esperanzas de convertirse en un productor hecho y derecho con una paga de verdad en cuanto un puesto quedara libre, es decir, en cuanto alguno de los productores de Blant fuera despedido o renunciara a causa de la frustración.

—Sólo quiero que sepas —dijo, en conclusión— dónde has ido a parar. Esto no es una oficina: es un país. En el mapa de las Naciones Unidas es conocido como Tierra de Vampiros y para obtener un pasaporte sólo necesitas una cosa: tener la capacidad de sufrir en vano por todo. Felicidades. Me parece que vas a ser muy feliz aquí.

Nuestra conversación terminó igual que había empezado. Él se levantó del sofá, volvió a proponerme que desolláramos a Lockyear mientras tomábamos unas copas y se fue. Al cabo del tiempo se convirtió en productor, y nos hicimos amigos.

Su oficina se encontraba en un cruce entre la luz y la oscuridad, en un lugar donde todavía llegaba la luz natural del sol sobre el río, pero cerca del punto donde comenzaba uno de los cavernosos pasillos centrales. La oficina tenía una ventana que daba sobre las aguas. Desde allí no se veía el World Trade Center, y por eso me gustaba. Cuando nos trasladamos de nuevo a la planta veinte, empecé a pasar mucho tiempo allí. Era natural para mí entrar en su oficina y encontrarle vivo. Nuestras oficinas se habían vaciado al mismo tiempo. Me vino una idea egoísta: él había renunciado a su vida para cuidar de la mía. Querido Ian. El debería haber dirigido La hora, era lo mejor que La hora tenía. Levanté la mano para llamar, pero dudé. Desde la izquierda y la derecha llegaba la luz del sol que entraba por las otras oficinas y la planta tenía un aspecto luminoso, como si flotara encima de una brillante nube.

Llamé. No respondió nadie, pero la puerta se abrió un poco. Acerqué la oreja y no oí nada excepto la máquina de interferencias. Las voces de mi cabeza parecieron remitir un momento, o las noté menos.

Era posible que entrar en su oficina me hiciera daño. Quizá me haría más daño de lo que yo imaginaba. ¿Y si no había ni rastro de ese hombre que yo había conocido y a quien había querido? Hacía meses que había otro productor sentado en su silla. Escuché el ritmo de la máquina de interferencias. Ian nunca había tenido una máquina de interferencias: las encontraba ridículas.

Abrí la puerta. Había un hombre sentado ante el escritorio, de cara a la pantalla del ordenador.

—Lo siento mucho —tartamudeé—. No pensaba que encontraría a alguien.

Él se dio la vuelta y se levantó.

—¡Line!

La conmoción me dejó clavada en el suelo. Iba vestido como siempre, con una camisa blanca almidonada, una corbata roja, una chaqueta azul y tirantes. Llevaba el pelo castaño peinado hacia atrás. Qué alegría de hombre. Hacía sonreír a todo el mundo con sólo mirarle, era un gallo benevolente. No había ninguna crueldad en su vanidad, ésa era la clave, el hoyuelo de la barbilla delataba que no tenía ningún falso sentido de la rectitud. Se reía de sí mismo.

Yo hacía broma y le decía que se lo había hecho con cirugía plástica, y él respondía que mis grandes ojos sólo podían ser el resultado de una inseminación alienígena en un laboratorio gubernamental de Nevada.

Y allí estaba, con su elegante chaqueta.

—Oh, Ian —dije.

—Dame un abrazo, Line.

Solamente Ian me llamaba de esa forma. Tuve una absurda sensación de que mis brazos le atravesarían, como si estuviera hecho de aire, pero le abracé y tenía consistencia. Sentí una gran felicidad. Él me condujo hasta el sofá y me hizo sentar.

—Te has vuelto una mujer de pelo rizado —dijo—. No digo que sea algo malo, pero es sorprendente. Siempre has sido la mujer de pelo menos rizado de la planta. Tu carencia de rizos era casi extraña.

—Eres muy raro, pero gracias.

—De nada. Dios, es fantástico verte, Line. Line, Line.

—Llámame por mi nombre de verdad por una vez.

Él sonrió.

—Dios, no. Tus absolutamente agnósticos padres deberían ser ejecutados por ponerte ese nombre. Y ni siquiera es por como se pronuncia el nombre en la canción.

Y cantó, igual que había hecho tantas otras veces: «¡Evangeline, la del Maritime, se está volviendo loca poco a poco!». Habíamos tenido esa misma conversación muchas noches, borrachos, en muchos bares del centro de la ciudad.

—Lo hecho, hecho está, Ian.

—¿Es eso lo que dijiste después de matar a tu amiga?

Esas palabras me atravesaron. Quería responder. Tartamudeé.

—Tú, tú sabes...

—Por supuesto. Pero nos estamos saliendo del tema. Estos rizos nuevos tuyos son muy atractivos, muy sexy. ¿Le molan a tu cocinerito?

Esa pregunta no era insustancial. Sonaba insustancial, pero no lo era. En cuanto yo me pusiera seria, él también lo haría. Así era él.

—Él no está muy bien, Ian.

Se oyó un suspiro, como el del aire acondicionado. Me puso una mano en el hombro.

—Lo vi —dijo—. Vi lo que le hicieron. Yo estaba allí.

—¿Le hicieron? —Ese fruto de mi imaginación me estaba ofendiendo profundamente—. Intentó suicidarse. Deja de ser mezquino.

Me dirigió una mirada que me hizo saber que yo estaba equivocada.

—Ellos son como tú. Le sangraron, Line. Pero no le mataron.

Se me quedó la mente en blanco.

—¿Quiénes?

—Tus amigos —dijo Ian.

Miré un largo rato a ese fantasma y dije:

—¿Sabes lo que me sucedió, Ian?

—Lo he oído decir —dijo—. Te llama La puta de Babilonia, como si fuera un predicador de los viejos tiempos.

—¿Sabes lo que hice?

Su rostro adquirió una expresión triste. Un cierto alivio me atemperó la rabia. Alguien más lo sabía, aunque fuera solamente en mi cabeza. Él se señaló el pecho con un dedo.

—Me rompe el corazón.

—Me gustaría que no te hubieras ido.

Él sonrió con dulzura.

—No me he ido.

Me incliné y me llevé las manos a los ojos. Lloré en sus brazos mientras él me acariciaba la nuca. Por una vez, habló en voz baja.

—Cuando la gente hablaba de escapar de sus vidas, yo no lo comprendía de verdad. Yo quería penetrar más. Nunca quise salir, ni por un minuto. Es un escándalo enorme que esté muerto.

El dolor me embargó.

—Pero tú también has cambiado, Line. Tú también has muerto.

—¿Sí?

—Absolutamente. Más de una vez.

—¿Soy un fantasma, entonces?

—Diablos, no. Algo peor.

—¿¡Qué!? —grité. De verdad quería saberlo.

—Eres aquello que antes llamaban una diosa, en el sentido más temible.

Esas palabras calaron en mí. Me tranquilizaron; eran muy propias de Ian. No tenía ninguna razón para creerle, pero me permití creer que él existía y que tenía una sabiduría especial. Me senté y él me ofreció el puño de su camisa para que me secara los ojos.

—Tengo que preguntarte una cosa, Ian.

Él asintió con la cabeza, como si por fin hubiéramos llegado al tema de toda esa conversación.

—¿Me están esperando, verdad?

Él asintió.

—Son como gatos. Una vez les has dado de comer, nunca más se van. Siempre están ahí. —Se señaló el pecho—. Estarán ahí hasta el último minuto del último día. ¿No lo sabías? La planta veinte es su casa.

—El reino de Torgu.

—Él está utilizando sus deseos, y utiliza los deseos de todos aquellos que han sido destruidos. Está utilizando su deseo de ser escuchados. Todos los muertos quieren hablar, y él lo sabe. Conoce el terror que le tienen al silencio.

—Sé cómo destruirle, Ian.

—Sé que lo sabes.

—Pero quiero otra cosa.

—Ya.

—¿Eso está mal?

—Es horrible.

—Pero ¿está mal, si eso lo que soy?

—Ahora eres una asesina. ¿Qué te importa?

—Respóndeme.

—Es una elección. O te vuelves como él o dejas a los muertos con su tristeza.

Pensé en Clemmie, otro fantasma con quien había mantenido una conversación, aunque «fantasma» parecía una palabra grosera e inútil. Comprendía por qué ella había venido a mí. Yo fui su amante y su asesina. Albergaba agravios. ¿Por qué hablaba Ian? Yo no había bebido su sangre. Quizás otras leyes gobernaban a los muertos. Volví a hablar:

—Una vez le dije a un amigo que los muros entre las cosas se habían vuelto muy delgados, que yo podía alargar la mano y entrar en una nueva realidad. Y eso es lo que he hecho, ¿verdad? He salido de una realidad y he entrado en otra en la cual tú todavía estás vivo. He atravesado un muro.

—Has atravesado varios.

Comprendí que la voz de mi cabeza, las imágenes de mi mente, habían desaparecido. Eso me hizo sentir suspicaz.

—¿Cómo es que estás hablando conmigo? ¿Eres uno de los de Torgu?

—En esta planta todo se mueve de un pasillo a otro. Los muros se han desvanecido. Los muertos caminan al lado de los vivos, y los vivos lo notan, lo oyen, lo perciben, lo absorben, aunque todavía no puedan verlo. Pero lo harán. Todo está confluyendo. Es por eso que has llegado aquí con tanta facilidad, Line. Es el desmoronamiento fundamental. Esta es tu oportunidad. Destruye a Torgu y dejarás a los muertos solos con ellos mismos. Estarás liberada. Síguele y te perderás por completo. Te convertirás en él. Serás peor: la reina de los condenados.

Se pasó una mano por el pelo: la primera señal de ansiedad.

—Él ha venido aquí por ellos. La muerte atrae a la muerte, ése fue el impulso original. Pero tú también le atrajiste. Le incitaste, diría. He oído la historia: él se la cuenta a los muertos como si fuera un cuento infantil para dormir. Dice que utilizaste tu carne para hacer una obscenidad contra su dignidad, y que eso no podía perdonarse. Esa historia aterroriza a quienes la escuchan. Él se ha vuelto un poco loco después de siglos de soledad, de mínimas ganancias allí en la cima de su montaña. Es un verdadero quejica. Yo le oigo por la noche, cuando la oficina está vacía. Las montañas se han despoblado y él estaba cansado de esperar. Así que ha venido aquí, con tu ayuda, ha venido a un lugar donde puede sentirse realmente cómodo, un lugar que se encuentra aliado de un gran agujero en el suelo donde murieron miles de personas. Es un lugar repleto de muertos, y él quiere utilizarlo para traer sus ejércitos al mundo. Quiere traer sus historias a la existencia. Sería más sencillo pensar en él como en el más extraño aspirante a famoso del mundo. Rumania era un mercado demasiado pequeño, un segmento de mercado, así que se ha trasladado y ahora se afana en conseguir tanta atención como sea posible. Y cuando lo consiga, los muertos habitarán en nosotros para que podamos conocer su violencia. Entre nosotros existe un dicho: «Después de la última palabra llega la tormenta. Ahora es el momento de la última palabra».

—Pero ¿qué pasará, Ian, si vienen? ¿Será tan malo?

Él me clavó una mirada de advertencia terrible: era la primera vez que le veía verdaderamente enojado conmigo.

—Si vienen, la carrera ha terminado. Perderemos la única bendición que tenemos, nuestra capacidad animal de olvidar. Aquellos que viven para los muertos, no importa lo que te digan, se convierten en muertos. Los últimos supervivientes, sumidos en el recuerdo de la sangre, se desmembrarán los unos a los otros.

Me salió una objeción inesperada.

—Dios me perdone, Ian, pero ¿no hay algo profundamente hermoso en eso?

Él sonrió sin alegría.

—La exquisita belleza de un edificio en llamas.

Yo empezaba a despertar, o bien él empezaba a estar listo para marcharse. Alargó una mano hacia mí, invitándome a levantarme.

—¿En qué personas puedo confiar? —Le estaba perdiendo, como se pierde una voz que se difumina en el zumbido de la línea telefónica.

—Nadie puede ayudarte. Austen Trotta ha hecho unas cuantas cosas inteligentes durante estos años, pero esto está fuera de su terreno. Aunque le contaras lo que sabes, no te creería. ¿Me comprendes?

—¿Stim?

Los ojos de Ian se mostraban tristes y exasperados al mismo tiempo.

—Él es como tú.

Mi dolor comprendió la verdad. La furia me inundó.

—Él atacó a Robert.

—Torgu va a asesinar a todas las personas de esta planta. Va a cortar todas las gargantas. Y luego abrirá la puerta y dejará entrar a los muertos. Ha llegado el momento de ser decididos. De hacer lo adecuado, ¿me oyes? —Ian abrió la puerta para salir. Yo me quedé dentro, como si algún peligro acechara fuera.

—No voy a hacerlo otra vez, Ian. No voy a bailar para él.

Él desapareció en la luz del sol. Yo me quedé sola en la oficina.

 

Señor: He tenido un encuentro alarmante, y será mejor que usted lo sepa. Ha sucedido hace media hora. Después de haber acordado la reunión con Trotta me he dedicado a mis tareas habituales, guardar cintas, ordenar los archivos y solicitar licencias, aunque debo decir que a finales de mayo todo es lento e incluso los productores asociados se encuentran con la falta de actividad. De todas formas, tenía un par de cosas que hacer en la lista del año que viene, así que he continuado. He colocado un lector de vídeo en mi escritorio y he empezado a visionar cintas de los Juegos Olímpicos de 1972 en Múnich. Entonces ha sido cuando ella se ha presentado, Evangeline Harker. Ha sido un ataque. Ha empezado a tirar las cintas de vídeo por todas partes, dando manotazos al material como si fueran moscas, y ha montado un follón increíble. Nadie ha venido a rescatarme. Los pasillos estaban vacíos. Se ha quedado aquí, mirándome con los ojos encendidos. Sigue siendo muy guapa. Le he dicho que tuviera cuidado con las cintas y que si había dañado algún rollo, yo no podía hacerme responsable. Esa observación ha detonado algo en ella. Ha alargado la mano hasta el vídeo, ha apretado el botón de expulsión, ha sacado la cinta y ha estampado la máquina contra la pared. Quiero decir que literalmente ha levantado a peso la máquina, por encima de su cabeza, y la ha lanzado con toda su fuerza contra la pared de enfrente. Era el turno de que me encendiera yo.

—Pero ¿qué te pasa? —he gritado, con la esperanza de hacer suficiente ruido para terminar inmediatamente con ese encuentro, pero tal y como le he dicho, la mitad del personal no va a volver hasta mañana, y no ha venido ni un alma. Voy a citarla textualmente. Ha dicho:

—¿Por qué?

En ningún momento me he sentido en la obligación de contestar, pero ella se ha negado a marcharse. Después de haber destruido el reproductor de vídeo, se ha dirigido hacia el televisor. Lo ha levantado y lo ha tirado al suelo. La pantalla se ha roto. Ha cogido las cintas de encima de mi escritorio y me las ha tirado a la cabeza. Nunca la había visto de esa manera. Los restos de mi antiguo sentido de la responsabilidad se han reafirmado, me avergüenzo de decirlo, y me he puesto emotivo.

Me gustaría detenerme un momento y defenderme un poco. Se lo estoy contando todo porque sé que usted me lo va a sacar de todas maneras, pero también quiero recordarle mi absoluta lealtad hacia usted. No tengo por qué contar nada. Podría hacer que se esforzara por sacármelo, pero no es eso lo que está sucediendo. Estoy ofreciendo esta información de forma voluntaria. Ella me ha abofeteado y ha estallado en lágrimas.

—Mira tus dientes, Stim. ¿Los has visto? Se están volviendo del mismo color que los de él.

Yo le he respondido lo que era evidente:

—¿Y tú, Evangeline? ¿Qué me dices de ti?

Ella ha dejado de provocar destrozos.

—¿De qué estás hablando?

Yo me he secado los ojos y no he contestado. Si hubiera tenido el cuchillo, las cosas habrían sido distintas, pero no lo tenía.

—¿No recibiste mi correo electrónico, verdad? —le he preguntado.

Ella ha juntado las manos sobre el pecho y ha cerrado los ojos, más guapa de lo que la había visto nunca.

—Dios, Stim —dijo.

Yo he visto mi oportunidad, y va a sentirse usted orgulloso de mí.

—Pero él no está tan mal, ¿verdad? Nuestro hombre. Quiero decir que resulta bastante fascinante, ¿no te parece?

Ella ha alargado una mano hasta mi rostro, me ha puesto un dedo en el mentón como si yo fuera un niño pequeño y ha dicho:

—Es una masacre sangrienta, y tú lo sabes.

Yo he puesto las cartas sobre la mesa.

—Yo te amaba y hubiera hecho cualquier cosa por ti. Eso es lo que te decía en mi correo electrónico. Si lo hubieras recibido, comprenderías cómo ha llegado a suceder.

Ella es cruel.

—Lo hubiera borrado, Stim.

Yo me he sentido demasiado herido por su sinceridad. Lo hubiera borrado. Usted me avisó. He dejado caer la cabeza sobre el escritorio y he llorado de humillación, hasta que las lágrimas han inundado el escritorio. Dudo que nadie en La hora haya llorado nunca tanto rato ni con tantas ganas como yo. ¿Por qué hubiera borrado mi correo electrónico? ¿Por qué? Le he dicho que se fuera, pero ella ha empezado a acosarme.

—Tienes que decirme dónde está, Stimson. Tienes que contarme todo lo que sabes.

Por última vez, quiero ofrecer una explicación por mi momento de debilidad. He tenido una oportunidad, hubiera podido decirle que se fuera a la mierda, pero no lo he hecho. Todavía posee cierta influencia en mi corazón. Dígame qué tengo que hacer, y lo haré. Ordene, y se hará. ¿Quiere que ella muera? Pronuncie una palabra. Pero en ese instante, he cedido. Me he derrumbado y le he contado lo que sabía. Pero ¿en qué consiste eso, exactamente? ¿Se da cuenta? No sé tanto.

—¿Dónde se esconde? —me ha preguntado.

—Ni idea —he respondido, con sinceridad—, pero siempre está en los pasillos centrales después de medianoche. Pasea, canta y desempaqueta sus cosas.

Le he dicho todo eso, lo lamento, de verdad que sí.

—¿Qué está haciendo aquí? ¿Te lo ha dicho?

Ha sido un momento afortunado para mí. Una cosa es tener preguntas, y otra muy distinta es saber cuál es la pregunta correcta, y ella no lo sabía.

—Está haciendo lo que hace siempre. Escucha. Canta.

Su siguiente pregunta se ha acercado más a la cuestión.

—Pero ¿dónde consigue la sangre, Stim? Ellos no acuden a él si él no bebe sangre. ¿Entonces?

Yo no he dicho ni una palabra. Mi rostro no ha delatado ningún detalle. Pero ella ha comprendido.

—Has matado para él, desdichado.

He asentido con la cabeza, y ella ha temblado de indignación. He estado a punto de decirle lo orgulloso que me sentía, pero ella me ha agarrado la cabeza y me la ha estrellado contra el escritorio, rompiéndome un diente.

—Esto es por Robert —ha dicho—. Si creyera que es importante, te mataría yo misma. Pero ése es su trabajo. Al final, te cortará la garganta de oreja a oreja. No puede evitarlo. Será mejor que huyas.

Como humillación final, se ha acercado mucho a mí y ha cometido un acto infame que hubiera horrorizado a la antigua Evangeline: me ha introducido su cálida lengua en la oreja y ha susurrado un lascivo mensaje:

—Dile algo que ya sabe. Dile que la danza de la vida es más poderosa que la melodía de la muerte. Díselo.

Así pues, le comunico este mensaje ridículo junto con su ruego. Comprenda mi confusión. Usted me dijo que nunca se había encontrado con ella. Se lo digo con todos los respetos, aunque es una convención burguesa, pero parece que usted me ha mentido, y, tal y como prueba este mensaje electrónico, yo no soy culpable de la misma falta. Usted mintió por razones que son de su incumbencia, sin duda, y yo he sido educado según el protocolo y me doy cuenta de que ciertas decisiones deben tomarse independientemente de los límites convencionales, pero eso me parece una traición de la confianza y, teniendo en cuenta que siempre he considerado que éramos amigos, le pido que tenga en cuenta mis sentimientos heridos cuando juzgue este caso. Verdaderamente suyo, Stim.

Stimson: Ésta, ay, es nuestra última comunicación. Siga el consejo de la concubina: huya de este lugar. Porque si alguna vez le encuentro, no se pronunciará ni se admitirá ninguna disculpa. Yo.

A la mierda con Evangeline Harker, decidió Julia Barnes. Ha llegado el momento de ponerse seria. El momento de buscar ayuda. Hacía treinta y cinco años, por lo menos, que no pensaba en su antiguo suministrador de armas, Flerkis. En aquella época, tenía un trato casi regular con ese hombre, y él nunca había dado el nombre de ella a las autoridades, ni siquiera había estado vigilado por los federales, por lo que ella sabía; tan a ras de suelo trabajaba. Había existido una sociedad entera de estadounidenses del mismo tipo, que habían formado un verdadero mundo clandestino, un universo alternativo de bancos, tiendas, panaderías y posadas para personas cuyo idealismo les había conducido a oponerse al gobierno de Estados Unidos. Vista en retrospectiva, parecía una forma ridícula de vivir la vida, pero Julia lo había hecho durante tres años, instalada en algún rincón perdido de un par de ciudades del cinturón fabril del país —Jersey, Utica, Bethlehem—, mientras esperaba a que sonara el teléfono y la mandaran a alguna otra ciudad menos marcada por el capitalismo donde se llevaría a cabo alguna acción, como colocar una bomba en algún edificio por la noche o alguna cosa parecida. Nunca habían asesinado a nadie, pero habían reducido una gran cantidad de espacio de oficina. Durante esos días se había movido en unos círculos que sus colegas de La hora o bien desdeñarían con un profundo desprecio o bien encontrarían extrañamente divertidos; para ellos era un tipo de vida absolutamente banal. O eso, o eran demasiado jóvenes para conocerlo. ¿Era Weather Underground una página web dedicada al tiempo atmosférico? A Julia no le importaba. Cuando recordaba esa época lo hacía, en el mejor de los casos, con sentimientos encontrados. Pero, en las tres últimas décadas, nunca había sentido con tanta fuerza la necesidad de activar una parte de ese pasado para sus propios fines.

Flerkis vivía en un apartamento al lado de Grand Concourse en el Bronx y pasaba sus días trabajando de conductor de autobús para las escuelas de Nueva York. Nunca se había asociado con los Panteras, ni con radicales ni con gente parecida, y ese día el sur del Bronx estaba repleto de gente variopinta: acupuntores que adoraban a Ho Chi Minh, predicadores con armas de fuego, veteranos del Vietnam que practicaban el budismo... viejos amigos de Julia, pero gente odiosa según Flerkis. El conducía el autobús durante el día y, por la noche, llevaba una operación paralela relacionada con la compraventa de explosivos y armas de fuego. Tenía cuatro hijos con una chica jamaicana que se llamaba Daisy y debía de mantenerlos de alguna forma. Julia le consideraba «auténtico», un inevitable miembro de la realidad humana a quien los poderes oscuros querían ignorar o evitar, y era una de las razones clave, además del conocimiento que Julia tenía de la edición de películas, por las que ella había sido tan valorada por los pesos pesados del movimiento. «Hay que ir a por cigarrillos», le decían cuando llegaba el momento. Flerkis era el nombre de guerra, evidentemente falso, de ese hombre negro de ascendencia africana.

Pero en esa mañana de finales de mayo, haciendo novillos del trabajo y bajo la parrilla de un sol furioso —los aparatos de aire acondicionado de las casas destrozadas goteaban y temblaban, frenéticos— Julia no encontró ni rastro de su antiguo proveedor. Preguntó por ahí. Un par de señoras recordaban al caballero africano y a su esposa, Daisy, aunque el nombre de Flerkis no les decía nada. No era el nombre de verdad, claro, como tampoco lo era el suyo; alias Flerkis hubiera buscado en vano a alias Susan Kittenplan.

El día terminaba. Sus hijos iban a llegar a casa desde sus distintas actividades. Su esposo se preguntaría qué pasaba con la cena y con su presencia. No podía quedarse para siempre en el Bronx persiguiendo a un fantasma. Al final le pareció que la búsqueda era inútil. Necesitaba animarse, y Flerkis hubiera resultado de ayuda. Él le hubiera permitido recordar la época de su vida en que ella había tomado medidas drásticas para curar sus amargas heridas. Volvió a la estación de tren desmoralizada. A las siete de la tarde, cerca de Grand Concourse, la temperatura llegaba a los 35 °C. «Qué planeta tan lamentable —pensó—. Nos va a matar, de todas formas.» Los mendigos se desintegraban ante sus ojos. Los susurros de las voces flotaban y se mezclaban con los pitidos, los golpes, las bocinas y los zumbidos de ese ruidoso final del día. El tren llegó traqueteando sobre los raíles. Julia parpadeó con un movimiento rápido. Cada vez más, cuando cerraba los ojos, veía cosas terribles, así que mantenía los ojos abiertos el máximo tiempo posible. El tren se detuvo ante la estación, las puertas se abrieron, Julia se frotó los ojos y alguien le dio unos golpecitos en el hombro.

—¿Susan? —preguntó un caballero mayor afroamericano.

 

22 de mayo,

diez y cuarto de la mañana

Torgu va a llegar pronto, así que tengo que escribir estas ideas tan deprisa como sea posible.

No puedo quitarme de encima la sensación de que ésta va a ser mi última mañana en la Tierra. Es absurdo. Cuando era un niño, a menudo tenía los mismos presentimientos falsos. Se lo contaba a mi madre y ella culpaba a un profesor de la escuela por animar mi lúgubre tendencia a leer libros sobre vidas infelices. De alguna forma, lo superé. Más tarde, en Vietnam, tuve un falso momento de clarividencia y supe cuál sería la hora y el minuto de mi muerte. Captaba los signos, igual que hacía una de mis tías solteras, y la sensación de claridad de mi cabeza desaparecía como encendida en llamas. Iba a morir en el bosque. Moriría un viernes. Nunca más volvería a ver a esta o aquella mujer. Entonces, igual que otras veces, el juego de las adivinanzas perdió su base. Pero ahora ha vuelto, con un sentimiento de venganza, así que voy a dejar el testamento y la última voluntad revisados.

Mi testamento real existe, por supuesto, y se lo dejo todo —vino, libros y obras de arte— a mi ex esposa e hijos. Mi abogado es un amigo y ha preparado un documento legal perfectamente ordenado, así que no tengo ningún miedo de que este diario pueda reemplazarlo, excepto en un sentido psicológico. Mi familia va a tener una impresión de mí que les resultará difícil de comprender, una última impresión final, y eso les va a hacer sentir infelices durante un tiempo. Se quedarán con el temor de que yo tenía un delirio incipiente, y esa idea me hiere. Mi cuerpo se ha debilitado, pero no mi mente, y odio la idea de que quede un legado basado en el fraude y en la falta de información. Sería más fácil quemar este diario por completo y dejarlo todo en el silencio, pero esa táctica sería una violación a mi probidad periodística. Así que la gente a la que quiero tendrá que sufrir. Pero, si soy sincero, este último testimonio de mi estado mental previo al encuentro con ese tipo extraño —he decidido seguir el plan aconsejado por Julia Barnes— no está destinado a mi familia. Tampoco está dedicado a la gran cantidad de personas que me han visto en televisión durante las últimas cuatro décadas, una en un noticiario de televisión y tres en La hora. Está destinado al puñado de amigos y confidentes que han formado mi círculo social en esta ciudad y durante esta vida. Y quizá pueda resultar de utilidad a unos cuantos más, a los esnobs y los excéntricos de esta ciudad a quienes nunca les he gustado mucho y que continúan teniendo una mala opinión de mí a causa del medio que he elegido, a pesar de que nunca he cedido a los escarnios de una manera de hacer que ha sido de utilidad para mí y para la población. Al leer esto, van a disponer de una buena cantidad de munición para terminar con mi reputación y enterrarla, con el recuerdo de mi trabajo, bajo un montón de escombros de crítica. Pero les desafío a que lo hagan. Escupo en la cara de esa banda de provincianos de la gran ciudad.

A continuación, he aquí de lo que quiero que quede constancia. Entre finales de verano y principio de otoño del año pasado, una de mis productoras asociadas, la señorita Evangeline Harker, desapareció en Rumania, en una región al este de los Alpes transilvanos. Tengo razones para creer que fue raptada y que, de alguna manera, sufrió abusos por parte de una figura del crimen conocido como Ion Torgu. Torgu, que afirma tener información privilegiada sobre los gobiernos de la época de la Guerra Fría y que también dice estar huyendo de unos asesinos contratados por las agencias de inteligencia del antiguo bloque del Este, parece tener acceso a un armamento químico y/o biológico y psicológico de un tipo que yo nunca he conocido. También parece albergar algún tipo de animosidad hacia nuestro programa, la naturaleza de la cual intentaré determinar en breve. Dimos a Evangeline Harker por muerta. Para nuestra sorpresa y alegría, ella apareció seis meses después, con vida, aunque desde entonces no ha sido capaz de hablar de ese período de desaparición. Mis especulaciones sobre un encuentro entre ella y Torgu están basadas en un presentimiento, y nada más, pero es un presentimiento abrumador. Más o menos en el momento de su desaparición, la cadena recibió un envío de cintas de origen desconocido desde Rumania. Esas cintas no contenían ninguna información visual y habían llegado sin haber sido solicitadas. No habían sido filmadas por ningún equipo del programa y no formaban parte de ningún segmento de La hora. Ningún productor las ha reclamado. De todas formas, por motivos que todavía no consigo comprender, un editor digitalizó esas cintas, introduciendo, así, ese material extraño en el sistema tecnológico compartido por toda la oficina y contaminando, por medios todavía desconocidos, todo nuestro sistema de edición y de grabación con algún tipo de virus auditivo. Además, esas cintas parece que tuvieron un extraño efecto colateral en aquellas personas que las visionaron: provocaron una letargía degenerativa que se ha expandido como una enfermedad contagiosa entre los editores y unos cuantos empleados más de la planta veinte. También existen motivos para creer que esas cintas han provocado violencia. Yo mismo he experimentado varios episodios de furia ciega y uno de ellos acabó casi con la muerte de mi perra. Por otro lado he sabido del «suicidio» de, al menos, un empleado, en extrañas circunstancias. Unas personas desconocidas llevaron a cabo un ataque casi fatal contra el prometido de Evangeline Harker. Para mi vergüenza y frustración, ningún médico ha sido capaz de diagnosticar esta enfermedad colectiva y nuestra maravillosa e indispensable gente se ha visto obligada a defenderse por sus propios medios de esta fuerza que está más allá de nuestra capacidad de comprensión. Soy de la sincera opinión de que estos hombres y mujeres han sido progresivamente envenenados por un arma química y/o biológica que se ha inoculado a través de esas cintas. En este momento en que escribo, según Julia Barnes, por lo menos una docena de editores no se han presentado en el trabajo.

Estas acusaciones ya serían, de por sí, bastante siniestras. Pero es mucho peor. A principios de este año, no mucho después del apagón durante la tormenta en invierno, mi estimado colega Edward Prince vino a verme con la noticia de que tenía una entrevista en exclusiva nada menos que con Ion Torgu. En aquel momento, oír ese nombre me alarmó, pero Prince me aseguró que dicha entrevista pondría a ese hombre entre rejas para siempre. En lugar de llamar a la policía —lo cual hubiera arruinado su oportunidad de ofrecer una gran historia en primicia—, no hice caso de mi sentido común y esperé a ver los resultados. Resultó que la entrevista con Ion Torgu tuvo lugar de forma muy distinta a cómo mi colega había esperado. Prince es ahora prácticamente un prisionero en su propia oficina y se ha convertido en un lunático perdido, y ambas cosas se deben a Torgu, quien, a través de un repugnante intermediario, ha solicitado tener una entrevista conmigo. Por ese motivo he contado mis sospechas. No tengo ninguna esperanza de salir con cordura de esa entrevista. Quiero dejar constancia de que no he llamado a la policía porque no tenía esperanzas de que creyeran mi historia. Soy periodista y, por tanto, conozco la diferencia entre una queja creíble y plausible y una teoría de la conspiración sin pruebas. Después de haber dicho esto, continúo convencido de que estamos sufriendo un ataque y de que nuestro asaltante tiene intención de destruirnos y llevar a cabo algún plan ulterior del cual soy totalmente ignorante. De una forma u otra, tomo la completa responsabilidad de la decisión de enfrentarme a este hombre y de las consecuencias que ello pueda provocar. Que el dios de mis padres me perdone si fallo en este empeño; nadie más lo hará.

 

Julia llegó a casa y preparó el pollo que tanto les gustaba a sus hijos. Había llegado a las cinco y había ido directamente a la cocina. Después de preparar el pollo y de meterlo en el horno, bajó al sótano y se quedó mirando la caja de cartón que guardaba en el suelo de piedra del edificio con una ansiedad horrible. De joven, le gustaban mucho las bombas; tenía que admitirlo. A otros jóvenes les gustaban las bengalas, pero a ella siempre le habían gustado las cosas grandes. En la caja había seis barras de C-4 de un metro ochenta de largo envueltas en papel marrón. En un saco que se encontraba al lado de la caja había un surtido de mechas.

Flerkis la había puesto en contacto con un hombre más joven que él, un sobrino, que resultó que tenía un equipo de C-4 disponibles para situaciones urgentes. No era algo hecho expresamente para ella, y eso no le gustaba, pero tendría que ser suficiente. Julia ya había superado su época de admiración por el C-4. Todos los veteranos de Vietnam a quienes había conocido adoraban los C-4 y los utilizaban para todo: para calentar la comida, para tumbar árboles, para hacer volar las minas.

En esa maniobra en su lugar de trabajo, que todavía estaba a medio formarse en su mente, Julia pensaba colocar una barra, quizá dos, encender la mecha y correr. No le contó nada acerca de sus planes al sobrino de Flerkis, y él lo prefería de esa manera. Era el juego de siempre. Él no garantizó nada, pero le dedicó una esperanzadora sonrisa. Julia le ofreció la mitad del precio; él quería sacar eso de su casa. Salió el tema del almacenamiento. Ella no quería tenerlo en el mismo edificio en que se encontraban sus hijos. El parque que había al otro lado de la calle sería suficiente, a no ser que un vagabundo tropezara con los explosivos y los hiciera desaparecer o los hiciera estallar. Ninguno de sus antiguos amigos radicales la ayudaría. Hacía mucho tiempo que las redes clandestinas habían dejado de ser operativas.

Después de esa insólita conversación con Evangeline Harker en el pasillo, no había mucho más que decir. Era obvio que la chica había sido violada por su mutuo enemigo y que el trauma la había dejado sin capacidad de hablar. No sería adecuado que una mujer en ese estado guardara unos explosivos.

Julia tendría que dejarlos en la oficina. Se puso unos guantes y colocó el paquete al fondo de una bolsa de la compra. Echó encima una camiseta de color naranja y un pantalón de deporte, como si fuera una mamá de la ciudad que se iba al trabajo a hacer unas horas extras. En el último minuto, dejó la bolsa en el vestíbulo del edificio de su casa, ante los ojos vigilantes del portero, y corrió escaleras arriba a apagar el horno. Luego volvió a bajar, recogió la bolsa, se puso unas gafas de sol compradas allá por 1975 y salió al calor de la tarde.


LIBRO 14
Lección de historia

                                                      CUARENTA Y CINCO

22 de mayo,

medianoche

El personal médico ha venido y se ha ido. Las puertas y las ventanas están cerradas. Todavía estoy vivo. He bebido demasiado vino tinto.

Pero debo tranquilizarme y ordenar las ideas. Me he reunido con el hombre.

Llegó la hora. Un denso silencio cayó sobre la planta veinte. Yo le había dado la mañana libre a Peach y envié a los ayudantes de la oficina de recepción a realizar varios recados. La mayoría de productores y corresponsales que se encontraban al otro lado del Atlántico todavía no habían vuelto para la gran reunión. El resto se sentían demasiado incómodos con la atmósfera que había en la planta y con la sensación de que se aproximaban malas noticias por parte de la cadena, así que se mantenían a distancia. Francamente, yo había subestimado la importancia del malestar. Esperaba que hubiera más gente allí.

Cinco minutos después de las once, la puerta de la oficina de Prince se abrió un poco. Oí el sonido de una prolongada respiración y creí que vería a mi viejo amigo que, finalmente, habría recuperado la razón. Pero no era Edward Prince. Era otro hombre, el más extraño que haya visto nunca. ¿Qué era lo que lo hacía tan extraño? Antes de responder esta pregunta, debo dejar claro que su profunda fealdad era la menor de sus cualidades objetables. Su fealdad le hacía humano. Tenía los dientes negros como el carbón, pequeños, como los guijarros sobre un mar de lava que vi una vez en Catania, metidos en unas fauces que mostraban unas encías visiblemente hinchadas y de un color gris yeso. Si uno se imagina ese negro mar de lava poblado de restos de peces muertos, se hace a la idea del efecto que tenía. Su cabeza era gruesa, mejor dicho, densa. Era una cabeza enorme encima de un cuerpo pequeñísimo. Pero no era una cabeza hinchada, ni regordeta, ni abotargada. Era enorme y reposaba sobre un tronco que se reducía hasta la nada. Tenía los ojos enrojecidos, pero ¿y qué? Los míos también lo están. Su vestimenta me desconcertó: una chaqueta deportiva pasada de moda, si se puede llamar así, demasiado pequeña a la altura de los puños y de los dobladillos, sobre una camisa azul oscuro; una ropa incongruente que parecía arrancada del cuerpo de otro ser humano. El pelo, ralo, rubio y rizado, coronaba ese cráneo que parecía una roca. En los tobillos llevaba unos calcetines de color azul oscuro.

Cuando entró en mi oficina sentí que me embargaba una tristeza íntima que casi me hizo caer de rodillas. Me es muy difícil explicar la naturaleza de este efecto, pero lo puedo describir con precisión. No había forma de confundirlo.

Trajo con él la atmósfera de mi propia y peor historia; entró —¿cómo podría definirlo?— como en un limbo de dolor plagado de torturas y asesinatos que se me hizo inmediatamente accesible, completamente tangible, como si yo pudiera alargar la mano y tocarlo, como si él llevara puesto un caro abrigo confeccionado con la piel de seres humanos torturados. Y cuando abrió la boca, supe que iba a ser peor. Le corté con una pregunta directa:

—¿Dónde está Edward Prince? ¿Qué ha hecho con él?

Me incliné hacia delante, sobre mi escritorio, no del todo seguro de si sería capaz de soportar lo que él pudiera decirme. Él tembló, como si hubiera sentido una punzada en el corazón, buscó apoyo en la pared y señaló hacia la puerta de la oficina de Prince.

—Véalo usted mismo.

Alarmado, me levanté rápidamente de la silla y pasé por su lado hacia la puerta de su despacho. Al llegar a él me detuve en seco ante una visión tan propia de una pesadilla que, en comparación, hacía que Torgu pareciera estar en su sano juicio. Prince no estaba muerto. Por lo menos, no estaba inmóvil. Deseé que lo hubiera estado. Estaba vivo, pero estaba desnudo y arrodillado en el suelo delante de tres monitores de vídeo colocados sobre unos carritos, y no dejaba de manosear los mandos y los botones con una agitación salvaje. Yo no podía ver las imágenes de las pantallas, pero la habitación estaba completamente a oscuras y sí pude ver el reflejo de una pantalla estática en la piel de su espalda desnuda. Le había crecido mucho la barba. La piel marchita y flácida reflejaba el brillo de las pantallas. Al verme casi no pareció reconocerme, pero sí habló:

—Oh, dios, el hijo de puta, el traidor, el asqueroso hijo de puta del universo traiciona nuestro acuerdo... Mira esto... por dios... por el amor de dios... ¿vas a mirar?

Esta última palabra fue pronunciada con un énfasis especial. No era una sandez. Prince quería, de verdad, que yo mirara las imágenes de los monitores y, aunque yo nunca había deseado más darme la vuelta y marcharme —nunca he creído aquello de que somos los guardianes de nuestros hermanos—, di un paso hacia la oscuridad y me aproximé, centímetro a centímetro, vigilando un posible asalto o ataque por parte de una persona que, era evidente, había perdido la cabeza. Llegué a un punto que me ofrecía un ángulo adecuado para ver, lateralmente, uno de los tres monitores. Él acarició con los dedos las tres pantallas y yo vi qué era lo que le provocaba ese diabólico delirio. Ya no me quedaron más dudas acerca de su salud mental. Edward Prince, mi rival y amigo sólo en los buenos momentos, se había perdido en sus sueños y nunca volvería. En la pantalla se veía una escena habitual de la sala universal: dos sillas desocupadas, dos botellas de agua a su lado, sin cámaras a la vista, y una librería falsa de fondo. No había audio, o él lo había apagado, y yo no tenía ninguna intención de pedirle que lo pusiera. Me quedé mirando un rato. Finalmente, le hice la pregunta:

—¿Qué es, Ed? ¿Qué es tan terrible?

Él giró la cabeza hacia mí y me miró con la boca abierta. Sus dientes también habían adquirido un tono azulado, como los de Stimson Beevers. Yo fruncí el ceño, intentando extraer algún significado.

—¿Que qué es tan terrible?—chilló—. ¿Que qué es tan jodidamente terrible? Que no estoy ahí, vieja víbora atrofiada.

Yo no le comprendí, y ya había tenido bastante, así que empecé a darme la vuelta pero, mientras lo hacía, vi en la pantalla una cosa que me he negado a creer hasta este momento. Me digo a mí mismo que ese fenómeno fue una sugestión que me provocó el mismo Prince y que me pareció real a causa del extraño comportamiento de Torgu, pero ahora intento dejar constancia de todo eso tal y como lo experimenté. En resumen, vi en la pantalla el movimiento de una de las botellas de agua, desde el suelo de la sala universal, que subía por el aire y que volvía a bajar. Alguien bebía de esa botella. Esa persona no había sido registrada por la lente de la cámara. Esa persona, creí —lo sé—, era Edward Prince. Salí corriendo del despacho, tapándome los ojos con las manos, y entré en mi oficina, donde Torgu había ocupado el sofá.

—La vida es una decepción —murmuró—. La muerte no es diferente.

Sentí el impulso de golpearle, pero perdí el valor. Tuve miedo de que él empezara a hablar otra vez y, en mi debi

lidad, no pudiera soportar el sonido de su voz. Además, parecía que la cabeza de ese hombre creciera ante mis ojos, como una planta que se alimentara de sangre. No sé por qué. No puedo explicar una percepción como ésa si no es diciendo que sucedió de verdad, que parecía que su siguiente actuación requiriera una ampliación de los límites físicos de su enorme cráneo.

—¿Qué ha hecho?

—No he hecho nada. Él está molesto por los términos del acuerdo que él mismo propuso.

Yo me encontraba a un metro y medio de distancia, pero su nauseabundo aliento me asaltó. Y cada vez sentía con más fuerza otro efecto de su presencia. Me pareció, a pesar de que no había evidencias visibles de ese hecho, que ya no estábamos solos en esa oficina. Si uno ha estado alguna vez en una habitación en un día cálido y ventoso, con las ventanas abiertas y los papeles volando por todas partes empujados por la brisa, entonces puede hacerse la idea. Pero estábamos en la planta veinte y mi ventana, un panel de tres metros y medio de plexiglás, no se podía abrir. En esa habitación no podían entrar ni el viento ni la lluvia y, a pesar de todo, algo había entrado. El estaba sentado en el sofá, en medio del torbellino. Entonces me di cuenta de que había traído un pequeño cubo, un balde metálico, y que de dentro del mismo sobresalía el mango de algún instrumento. Ese cubo se encontraba a sus pies.

Me acerqué tambaleándome al escritorio y me apoyé en él, como si eso pudiera ayudarme.

—¿Qué acuerdo?

—Le dije que viviría eternamente si bebía la sangre que es mi ofrenda, y él entendió la inmortalidad en un sentido muy distinto y se imaginó a sí mismo en la pantalla para siempre. No puedo imaginar una forma menos edificante y menos valiosa de inmortalidad, así que no me molesté en hablarle del efecto secundario.

Confieso que en ese momento empecé a comprender qué quería decir, y creí en esa explicación. Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta de lo ridículo y absurdo que fue hacerle esa proposición, pero voy a dejar testimonio de ello en aras del rigor periodístico.

—El efecto secundario. —Repetí sus palabras para darme valor.

—Nosotros, quienes reunimos las historias, no podemos ser captados por ninguna tecnología conocida por los hombres.

En el cajón a mi derecha tenía guardado un abrecartas. Ya no podía permitir que continuara vivo.

—Por una cámara, quiere decir.

—Nunca más —susurró Torgu—. Para él, eso ha terminado. Para usted también. Usted está a punto de empezar a informar de una historia mucho más grande que cualquiera de las que haya informado antes. ¿Sabe usted que Stalin mandó a la muerte a trece mil de sus propios soldados en Estalingrado durante el asedio de esa gran ciudad? Tendrá acceso a ellos. Confío en que usted asumirá esta responsabilidad con mayor dignidad que su colega.

Me empezaron a temblar las piernas. Le creí, lo confieso. La idea de realizar esas entrevistas de verdad me seducía. Me peleé con el cajón: él no debía volver a abrir la boca. Me daba cuenta de que si lo hacía, eso significaría mi muerte. Agarré el abrecartas: un punzón de acero. Pero era demasiado tarde. Él habló. Lo que dijo me dejó helado.

—Por cierto, he hablado con su tía abuela.

—¿Con quién?

—Esther, Frau Von Trotta. He visto a Esther.

El abrecartas se convirtió en un pedazo de hielo: me mordía los dedos, así que lo dejé caer sobre el escritorio, donde golpeó un vaso de plástico con café y el café manchó todos los papeles. Miré hacia atrás, al otro lado de la ventana de mi oficina, buscando a Peach, a Bob Rogers, a cualquiera que pudiera confirmar que eso estaba sucediendo de verdad. Esther, mi tía abuela Esther, muerta hacía más de sesenta años, desde julio de 1942, para ser exactos, año en que ella y sus cuatro hijos, incluido un bebé, fueron ejecutados por unos miembros de la primera compañía del batallón 101 de la policía de reserva alemana. Mi hermana había conseguido obtener unos documentos de ese batallón que pertenecían a un historiador, un viejo amigo de la familia, y ambos leímos, con aguda incredulidad, los testimonios en primera persona de los participantes en la matanza. Por supuesto, no sabíamos con seguridad cómo Esther había encontrado su muerte. Su nombre no se mencionó. Pero ella y su familia se encontraban entre los mil ochocientos judíos que vivían en el pueblo, y nadie había visto ningún documento con su nombre nunca más. Su esposo, mi tío abuelo Jozef murió en el campo de concentración de Belzec. Eso sí lo sabíamos, pero nada más.

Lo que sigue es un insulto al sentido común, lo confieso de antemano. Pero este testimonio no tendría ningún valor si yo falseara la relación de sucesos. Ese hombre, en mi oficina, empezó a llenar las lagunas de la historia, y juraré hasta el fin de mis días que lo hizo con voz de mujer, de una mujer a quien yo nunca había conocido.

Yo intenté evitarlo:

—Es un canalla —le dije con la mandíbula apretada.

—Estaría mal que no le contara lo que ella me dijo.

—Cierre la boca.

—No es mi boca —murmuró—, sino la de ella, y usted es el único miembro de la familia vivo con quien ella ha tenido ocasión de conversar.

Me quedé de brazos caídos escuchando ese testimonio, aunque me temo que la emoción y el respeto que siento por los muertos no me permiten ofrecer ni siquiera unos retazos de lo que él contó en su largo e ininterrumpido discurso. Aquí debo detener mi deber de información periodística. Solamente puedo decir que era una narración verdadera de una madre que había presenciado la muerte de cada uno de sus hijos antes de que le llegara la suya. Solamente puedo decir eso. Narraciones como ésa vienen a nosotros en cantidades enormes; se encuentran en los archivos y en las pantallas. Ella suplicó por sus vidas en alemán. Suplicó por su propia vida en alemán. Se le permitió vivir el tiempo suficiente para presenciar la agonía de muerte de su hija mayor. Alguien se había quedado sin munición. Esto me lo dijo una voz al oído, y la voz vibraba con dos notas contradictorias: por un lado, imploraba mi atención; por otro lado, estaba tan atrapada en su propio horror que no me hacía ningún caso. Eso es lo que ofrece el monstruo. Esa es la naturaleza de ese ataque químico y biológico, una forma de conocimiento que es más devastadora que una dosis de gas sarin. Al final, mi tía abuela creyó que estaba soñando.

No sé cuánto hace que ese sacrilegio terminó. Lo peor de todo era que yo deseaba tener esos testimonios. Yo deseaba oírlos. Deseaba saber. Quizás él esperaba que yo caería a sus pies y le rogaría piedad. Yo estaba enfermo, es verdad, me daba cuenta de que la tensión me había subido y mi espalda había vuelto a provocarme la vieja agonía. Iba a morir en esa oficina, como tantas veces había jurado que haría, pero no de la forma en que lo había imaginado. Moriría a causa de la conmoción de conocer la insoportable historia de mi propia familia. Que así fuera. Pero mi furia excluía la posibilidad de estar incapacitado. A pesar del estado en que me encontraba, esa apropiación de la muerte de mi tía me imbuyó con la fría determinación de acabar con él. Agarré el mango del abrecartas y esperé a que se me pusiera al alcance.

—Hay otros —dijo él, levantándose—, pero los oirá después, los oirá por usted mismo. Ya no es un trabajo exclusivamente mío el comunicar esta información, gracias al cielo. Vamos a cambiar el mundo.

El aire soplaba con una extraordinaria fuerza. Quizá surgiera desde mi escritorio, como si le abriera camino. Su cabeza se resistía contra esa tempestad. Pareció que sus pupilas se achicaban y que sus órbitas brillaban con un blanco vivido. A pesar de su inmenso poder, el hombre parecía estar seriamente enfermo, pero no me refiero a la forma en que algunas personalidades monstruosas a menudo parecen sufrir alguna enfermedad. No, Torgu tenía una aspecto enfebrecido e inestable que asocio con la falta de descanso o con la convalecencia después de una enfermedad que ha hecho estragos. Además, el tejido de su traje estaba manchado a causa de Dios sabía qué horribles prácticas y delataba un estado de pereza degenerativa, como si ese hombre ya no fuera capaz de cuidar de sí mismo. Padecía una enfermedad contagiosa que iba a contagiar al resto de la especie. Dio la vuelta a mi escritorio, como un acólito del mesmerismo, llevando el cubo que contenía ese instrumento, que yo sabía que era un cuchillo. Pero él estaba repleto, hinchado con la energía de sus seguidores. Se me encaró: casi un gigante, ¿o es que yo estaba menguando? Se me acercó hasta casi menos de un metro de distancia. Yo le clavé el abrecartas en la garganta, pero él volvió a hablar con el acero clavado en la tráquea.

—Estoy seguro de que va a soportar usted muy bien la violencia —dijo con voz rasposa—. Yo, por mi parte, necesito unos momentos. No importa las muchas eras que hayan pasado, nunca me acostumbro a este tipo de cosas.

Los dientes negros flotaban en la espuma de sus encías grises. Los labios dibujaron una sonrisa lánguida. Un dolor horroroso se me instaló en la base de la espalda y tuve que dejarme caer sobre la silla. Él se sacó el abrecartas de la garganta y la sangre manó hacia el suelo. El cuchillo no dejaba de hacer un ruido metálico contra el cubo. Él se acercó un paso hacia mí, levantó el abrecartas y me lo clavó en el muslo, atravesándomelo hasta la silla.

Me tapó la boca con una mano y empezó a prepararse para la carnicería. Colocó el cubo en el suelo. Se arrodilló con cierto esfuerzo delante de mí. Fuera de ese edificio, el sol calentaba el Hudson. Yo sabía que los edificios brillaban. Sabía que las chicas llevaban falda corta, que los helicópteros que vigilaban el tráfico sobrevolaban la ciudad, y que las barcazas navegaban. Pero en mi oficina se estaban llevando a cabo los últimos preparativos para realizar una carnicería.

Él me agarró por el cuello de la camisa.

—Treblinka —murmuró—. Vorkuta. Gomorra. Estos son nombres de un poema infinito. Medina. Masada. Ba-laklava. Si tiene usted el más mínimo conocimiento sobre mí, sabrá de mi integridad por lo que se refiere a una ofrenda que se me hizo por la maldición de un padre y que ha durado incontables siglos de dolor. Sabrá lo poco que tolero la falta de respeto. Sabrá que soy un firme defensor de los muertos ofendidos.

Él se dio cuenta de que yo quería decir algo y apartó la mano de mi boca.

—¿Cree usted que este mundo necesita su monstruosa lección de historia?—dije con voz ronca.

—Una lección de historia —repitió él—. Veo que comprende mi intención.

—Pero es una mentira.

—Los nombres no mienten. No pueden hacerlo.

Encontré suficiente energía para oponerme a él con mis palabras, aunque no tenían ningún poder de salvarme.

—Los más profundos recuerdos de la humanidad no necesitan nombres. Nosotros vimos las estrellas antes de que supiéramos cómo se llamaban. Un ser humano tocó a otro antes de que pudieran pronunciar ni una sílaba. Las mujeres parían a los hijos con unos quejidos que eran anteriores al lenguaje. Los nombres son como su cubo. Sólo contienen sangre.

Yo estaba a punto de ser destripado, y esa inútil muerte de cerdo que me esperaba me había vuelto insolente. Me sentí extraordinariamente contento conmigo mismo, hubiera sido una buena conferencia, pero esa sensación pasó. Volvió a asaltarme el dolor en la espalda. Su aliento mataba las plantas. Él me sometía con algo horrible, con un recuerdo mío. Habíamos tropezado con una plantación de árboles del caucho en Vietnam, y los cuerpos estaban por todas partes, los de soldados del Vietcong y del sur del Vietnam que habían muerto hacía días y habían sido abandonados allí para que se pudrieran. Parecían plantas cortadas a hachazos y abandonadas en el campo. No grabamos esos rostros. Pedí a mi equipo que los dejara, por respeto, pero esa imagen había permanecido en mi mente y Torgu había hecho que aparecieran en esa habitación. Yo estaba perdiendo fuerza. Las presencias en el aire ganaban poder.

Él empezó a decir dos cosas a la vez, de su boca surgían dos conversaciones completamente distintas. En una, él pronunciaba los nombres de lugares y yo empezaba a visualizar esas palabras como envueltas en llamas, cayendo, flotando y, dentro, imágenes de las atrocidades más variadas. No podía defenderme de Esther, de los vietnamitas ni de ese otro campo en Argelia, ni de la franja de la muerte en Berlín. Yo había visto mucho de la muerte. Por algún motivo, me sorprendió. No me había dado cuenta. Al mismo tiempo, de sus labios salía una propuesta: no iba a cortarme la garganta, me dijo. Iba a cortarse él la muñeca y yo bebería de él. Él quería mi alianza. Torgu cerró los ojos:

—Pido su bendición en esto.

Yo agarré el abrecartas que tenía clavado en el muslo y me lo arranqué. Él entendió eso como una negativa y me clavó el cuchillo en la cabeza, en la oreja. Con la pierna que tenía bien, yo le di una patada que le hizo caer al suelo y, con las últimas fuerzas que me quedaban, atravesé la puerta cojeando y sangrando. Él me siguió inmediatamente.

Estuve a punto de chocar contra Peach, que dejó caer una caja de pizza que llevaba y chilló. Torgu acababa de agarrarme por el abrigo cuando Evangeline Harker apareció ante nosotros como una visión de un sueño. Yo sentí que el suelo, debajo de mí, desaparecía. Oí un tumulto de gritos que se levantaba y se alejaba. Todo se volvió oscuro.

Cuando me desperté, me encontré aquí, en el dormitorio de mi casa. Me he negado a ir al hospital. Una enfermera intentó quitarme la botella de las manos y yo la despedí. Ahora debo dormir.

 

Por un instante, le vi otra vez, estuvimos cara a cara, y él me vio. «Evangeline.» Oigo su susurro en mi cabeza.

Se había deteriorado horriblemente. El cuerpo le había menguado, la cabeza le había crecido, como una garrapata que llevara demasiado tiempo enganchada a un perro. Fue solamente cuestión de segundos, pero pareció que el mundo se detenía y en esos ojos vi el cansancio, el hambre, el miedo. No fue en absoluto como antes. Él no lo pudo soportar: pasó de largo a mi lado precipitadamente, y de Peach Carnahan, que no dejaba de chillar, levantando aire a su paso. Austen cayó sobre la alfombra, sobre el charco de su propia sangre. Mis instintos transilvanos se despertaron. Me arranqué un trozo de camiseta y la coloqué como un torniquete alrededor de la pierna de Austen. Oí un rugido de indignación. Ordené a Peach que llamara al servicio privado de ambulancias del programa. Por un momento, mientras estaba de rodillas al lado de Austen, miré por la puerta abierta de la oficina de Edward Prince y vi algo inexplicable, una sombra que se escabullía entre tres brillantes pantallas, pero la puerta se cerró antes de que pudiera identificarlo. No tenía tiempo de dilucidar ese misterio. Austen había perdido la conciencia. Torgu se había ido.

23 de mayo

La enfermera me dio otra botella de Percocet. Lo utilizo demasiado. Me resisto a esa botella. El fin de semana ha llegado. Doy vueltas por aquí en muletas. Fuera, el día ha amanecido con un calor brutal. La temperatura ha subido a unos niveles récord esta noche. Ed, el preso, nos advierte de una sobrecarga y pide a los buenos ciudadanos que conserven la energía siempre que sea posible. Si yo no fuera un hombre sensato, diría que Torgu está utilizando el sol contra nosotros. He salido a la calle a comprar el periódico, pero no volveré a salir.

Señor: Un profundo suspiro en este domingo derretido. Sé que no va a hablar conmigo. Sé que me desea un destino horrible. Sé también que tiene usted planeado vengarse por mi reconocido fallo. Mis remordimientos no pueden ser exagerados. Pero me niego a abandonar. Debe usted saber lo que va a suceder pasado mañana. Todos los productores y todos los corresponsales de este programa han vuelto de donde estuvieran para ofrecer sus respetos a su líder, Bob Rogers, el fundador, que va a apearse después de más de tres décadas como productor ejecutivo. Es un momento histórico en los anales de la televisión. Nunca ha habido un programa como La hora, y nunca ha existido un productor ejecutivo como Bob Rogers. Pero lo que debe interesarle a usted son las cifras. Es una situación excepcional que todos los empleados del programa se encuentren reunidos bajo el mismo techo. Es una situación propia sólo de las ocasiones más graves. Para usted, representa una oportunidad que no volverá a repetirse. En cuestión de cuarenta y ocho horas va usted a tener a su disposición casi cien cuerpos, algunos viejos y decrépitos; otros, flexibles y fuertes. Entre los miembros más jóvenes y los más viejos de este programa hay cinco décadas, medio siglo. Piénselo. Son la gente que comunicará la información que es su especialidad a la masa de estadounidenses. El resto servirá de vehículo, por supuesto.

He aquí el orden del día: La gente llegará hacia las diez. Habrá un bufet de desayuno en la sala de visionado a las once, y éstos acostumbran a ser bastante buenos, con salmón y panecillos de Zabars, camarones fritos y una especie de cerditos en miniatura que no he visto en ningún otro lugar. Trotta pensaba que era inteligente esperar a la reunión para hablarles de usted a todos. Él creía que sí se daba una reunión con un gran número de gente, influiría en la habilidad que tiene usted de hablar. Pensaba intimidarle con esta maniobra. Pero me he enterado de las fantásticas noticias. Él ha experimentado la maravilla de usted. Ahora tiene un mayor conocimiento. Es posible que usted se sienta complacido con esta información. Es posible que me perdone si le traigo cien almas arrogantes, con talento y maleables a nuestra fiesta. Que Dios le acompañe. Stimson.

He tenido la menstruación por primera vez en meses. Me senté en el suelo del baño de mi apartamento y observé el reguero de sangre entre mis piernas. Toqué la sangre con la punta de los dedos. Me llevé los dedos a los ojos. ¿Qué es esta cosa, en verdad? Fue como si no lo hubiera visto nunca antes.

Sé lo que he hecho. Veo su rostro cada minuto de vigilia. No tengo idea de en qué me estoy convirtiendo.

Austen me ha llamado. Quiere que vaya a su casa, quiere hablar de la reunión del lunes. No tiene ni idea, creo, de lo cerca que estuvo. Si Torgu no se hubiera visto sorprendido por mi presencia, ahora estaría muerto. Pero el cabrón escapó, y yo pude sacar a Austen del edificio y meterlo en una ambulancia. Peach me ayudó. Conseguimos, de milagro, no acercarnos a la policía.

Después de llevar a Austen a casa y después de que llegaran los médicos, fui a ver a Robert. Era más de medianoche y no habíamos hablado en todo el día. Fui caminando desde East Side hasta el West Village y entré en el apartamento con mi llave. Él estaba dormido. Me preparé una taza de café, fui al dormitorio y le contemplé mientras el pecho le subía y le bajaba debajo de las sábanas. Quedaba una última cosa por hacer. Él ha intentado liberarse de su trauma con mucha fuerza, ha sido muy paciente. Hemos tenido intimidad solamente una vez, esa vez que me puse la pieza exótica de Ámsterdam y casi le devoré, pero él dice que la boda continuará hacia delante. Ha vuelto al trabajo y está deseando continuar con su vida.

Me desabroché la blusa blanca de algodón manchada de sudor con lazos en los hombros y me quité el pantalón caqui y las zapatillas de deporte. Era una hora demasiado avanzada para un ultimátum, pero no siempre podemos escoger en qué momento tomamos las decisiones. Robert ha conseguido muchos favores y cree que todavía podrá conseguir nuestra iglesia y nuestro restaurante favorito, además de un grupo de country para el Día del Trabajador. Voy a dejarle que prepare el pastel de boda, como ha querido desde el principio. Tiene prisa, está un poco obsesionado, pero no puedo culparle. También está un poco cruzado conmigo por mostrar menos entusiasmo que el que mostré anteriormente con nuestros planes de boda. Le he dicho que tengo pensado convertirme en productora ahora. Le he dicho que quizá dirija el programa algún día, y él lo atribuye a los horrores desconocidos que debí de haber soportado en Rumania. Yo no contradigo esa línea de pensamiento, aunque sé que es deshonesto.

Me senté a horcajadas sobre él, mientras pensaba contra mi voluntad en Clemmie, y esperé. Observé su rostro, ansiosa por ver qué haría cuando abriera los ojos. No me preocupé de ponerme ninguna otra pieza de Ámsterdam. Necesitaba verme desnuda. Necesitaba comprender lo que estaba ocurriendo. Yo solamente llevaba puesto el sujetador negro que me había salvado la vida. Él no estaba del todo despierto, pero comprobé, por debajo de la sábana, que la parte de él que me era necesaria estaba en estado de sublevación. Ordené las palabras mentalmente para ofrecerle una breve explicación. Pasaron los minutos y cada explicación me descubría un nivel mayor de error. El calor nos envolvía a pesar del aire acondicionado. Recorrí su cuerpo con las manos. Él debía ver en qué me había convertido. Debía verme y entonces yo se lo contaría, y todo estaría bien.

Él empezó a gemir con el contacto de mis manos, pero no abrió los ojos.

—Es la hora, mi amor —le dije.

Vi, al mismo tiempo que sentía un alarmante despertar del hambre, el circuito de la sangre en su cuello y sus brazos. Las enfermeras nunca habían tenido ningún problema para encontrarle la vena correcta. Mis venas son pequeñas y dan problemas para encontrarlas con la aguja. Sentía sus venas bajo mis manos, su latido y su grosor. Él no me miraba. Las palabras para despertar ya no eran adecuadas para nuestra forma de comunicarnos.

Me quité el sujetador.

—Abre los ojos, Robert —le dije.

Lo hizo y me vio. Se le entreabrieron los labios y observó mi vientre pálido y mis pechos, que tan bien había amado y por encima de los cuales, desde que escapé de Transilvania, habían ido creciendo día a día esos signos: como pequeñas pecas al principio, como rasguños de algún arañazo, tan pequeños que yo me negaba a reconocer lo que eran y lo que significaban. Pero sus ojos me dijeron todo lo que yo necesitaba saber. Los había visto antes, ¿verdad? Eso no era suficiente para mí, yo no quería creerlo. Hacía meses que no me ponía delante de un espejo. Ahora me había colocado ante el espejo de sus ojos, que miraban las miles de diminutas incisiones sobre mi piel, un aterrador defecto que ninguna reducción de vientre podría destruir, una vía láctea de esvásticas, martillos y hoces, cruces, lunas crecientes, estrellas, rayas, las banderas de todas las naciones del mundo desde el principio de los tiempos se extendían por encima de mi piel, alrededor de los pezones, me subían por el cuello. Me había convertido en el papel encima del cual los muertos dibujaban sus diseños. Aparté las manos de su piel. ¿Lo había soñado? Deseaba creerlo. Deseaba creer que Ion Torgu, un criminal brutal, me había estado violando durante un período de días y que, durante mi encarcelamiento, yo había creado una extraña versión de los sucesos en la cual yo salía victoriosa. Era un cuento de hadas. Una criatura procedente de los tiempos más remotos había aparecido entre nosotros, bebía sangre humana y atraía a los asesinados como las moscas al azúcar. Las almas perdidas hablaban a esa criatura, la tocaban, la infectaban, y la criatura, a su vez, pasaba la infección a otros, contagiaba el peso de millones y millones de pequeñas historias de salvajismo a seres humanos cuyas mentes no estaban preparadas para aceptar esa carga. Yo sabía eso, y mis colegas no. Eso se lo concedo. Pero ellos habían visto los signos, tenían pruebas de que existía una realidad más amplia, una realidad que ellos negaban. Lo mismo hizo Robert. Él rechazó la transformación de mis extremidades. Me rechazaba a mí, de hecho, aunque él nunca podría decir algo así y a pesar de que no sabía cómo era posible que sintiera esa profunda repulsión. Yo lo sabía. Yo le acosaba a un nivel celular. Mi mente, mi piel, mis cicatrices, me alejaban más de sus semejantes a cada día que pasaba.

Bajé de la cama. Me senté al lado de la dulzura de su cuerpo. Él miraba al frente, como si yo continuara sentada encima de él. Le besé en los labios. Quizás en esa otra realidad, en la cual Ian caminaba y hablaba, nosotros nos habíamos casado y yo estaba embarazada y feliz. Lo deseaba. Pero en esta vida, habíamos acabado. Me puse la ropa y abandoné el apartamento.

 

A Julia le desagradaba estar en la oficina un domingo por la tarde. Siempre le había desagradado. Si uno iba a la oficina un domingo, eso significaba que se había producido un desastre u otro. Significaba que la pieza necesitaba una cirugía de última hora, o bien que había ocurrido una calamidad de importancia en alguna parte del mundo y que uno debía elaborar unas breves líneas acerca de esa desgracia, a toda prisa.

Ese domingo en especial, fue una calamidad todavía peor la que la llevó a la planta veinte. Salió del ascensor. Directamente delante de ella, sonriente y sorprendido de verla, se encontraba Menard Griffiths.

—¿Qué? ¿Haciendo unas cuantas horas extras? —comentó ella, antes de que él tuviera tiempo de preguntar nada.

Él asintió con la cabeza.

—Habrás oído las noticias, seguro. Todo el mundo va a volver mañana. Algunos de ellos ya están aquí ahora.

—¿De verdad? ¿En la planta? —Julia continuó caminando.

—Y tanto. Eh, eh. Tengo que mirar la bolsa.

—Me tomas el pelo.

—Ojalá, pero, ya sabes, con todas esas cosas raras y toda la gente a punto de llegar, quieren la máxima seguridad. Todas las bolsas deben ser registradas. Tráela aquí.

Eso era tener mala suerte. Menard nunca le había registrado la bolsa antes. Ella había amontonado algo de comida y una muda de ropa encima de la bolsa de cerillas y del cuchillo para cortar las mechas.

Ya había guardado los C-4 en el suelo, gracias a dios, porque si no, hubiera tenido graves problemas. Tendría que contestar sus preguntas acerca de las cerillas y el cuchillo, pero podía manejarlo. La comida atrajo su interés.

—Oh, oh, ¿qué hay aquí?

Ella no respondió, al principio. Contemplaba a Menard y pensaba que sería mejor para él si descubría sus planes. Sería mejor para él y para ella. Si sucedía lo peor y alguien resultaba herido por la explosión, ese amable hombre después cargaría con la culpa de su negligencia. Los guardas de seguridad siempre eran considerados responsables de algo así, y ella era una mujer amante de la paz que hacía mucho tiempo que había renunciado a la violencia como vía de acción política. Él sacó la comida y la olió con expresión de decepción.

—Ensalada de pollo.

La dejó a un lado con desdén y volvió a introducir la mano en la bolsa, por entre la ropa, y se detuvo. Sacó las cerillas y el cuchillo. La miró.

—¿Utilizas esto, Julia? —preguntó, perplejo ante esos objetos—. ¿Para tu trabajo?

—Sí, Menard.

A él no le importó. No pensó ni por un momento que ella podía ser un problema.

—Vale. Sólo estoy comprobando.

Metió los objetos de nuevo dentro de la bolsa. Ella le observó con una repentina sensación de agotamiento. Deseó que llegara el día de mañana y que la lucha hubiera terminado. Menard pareció percibir su abatimiento. Insistió en salir de detrás de su mesa y en darle un abrazo. Antes de que ella tuviera tiempo de decirle que no y alejarse, él la abrazó. Luego le dio un apretón en los hombros y miró la bolsa.

—Nos vemos —le dijo ella.

—Costillas —pidió él—. La próxima vez tráeme costillas.

—No puedo comerlas.

—Un buen rollito de langosta, entonces, o...

Él se quedó murmurando solo a pesar de que ella ya se había alejado y no podía oírle. Cuando hubo entrado en su oficina, cerró la puerta, sacó la comida y las ropas y dejó la bolsa debajo del sofá, al lado de la caja de artillería. Sacó la caja, quitó la tapa y echó un vistazo. Allí estaban, seis barras envueltas en papel de embalar. La idea era sencilla. Quería hacer volar esa mierda. No, no era eso. Ella creía que Austen iba a necesitar un poco de ayuda para convencer a los demás de su historia. Desenvolvió una de las barras y le pareció suave y fría al tacto, un explosivo de treinta centímetros de largo de color crema. Le pareció oír unos pasos al otro lado de la puerta. Se quedó inmóvil. Era posible que hubiera gente por allí. Menard había dicho que una parte de los empleados que venían desde el otro lado del Atlántico ya se encontraban en la planta. Sally Benchborn había vuelto de Japón. Le había dejado un par de mensajes a Julia en el buzón de voz en los que le preguntaba acerca del progreso de la película, pero Julia no le había devuelto las llamadas. ¿Estaba Sally merodeando al otro lado de la puerta? Ese momento de alarma pasó. Julia envolvió otra vez el C-4 y lo volvió a colocar en la caja. Volvió a concentrarse en su plan, repasó los detalles. Para ella, una pequeña explosión en el callejón del magreo, programada para la hora en que iba a realizarse la reunión, podría aminorar la amenaza. Sería una pequeña mentira, se dijo, que reafirmaría una gran verdad. Si resultaba que la explosión destrozaba esas cajas, tanto mejor. Julia sabía que las cajas eran parte del peligro. Había visto cómo Evangeline Harker las miraba. Recordaba muy bien la noche en que había visto algo en ese pasillo. Casi esperaba que su enemigo se encontrara durmiendo en una de esas cajas. Esa idea la hacía estremecer y la apartó de su mente mientras tapaba la caja.

Se oyeron unos golpes rápidos en la puerta. Sally era implacable. Era domingo, por dios. La manecilla de la puerta giró y Julia se alegró de haber cerrado la puerta. Seguramente su productora había visto la caja y quería saber qué contenía. Nada se le escapaba nunca a Sally Benchborn. Hubo una larga pausa y luego se oyó un golpe de llamada menos urgente. Fuera quien fuese, no estaba dispuesto a irse. Julia deslizó la caja debajo del sofá y dijo:

—Un segundo.

Se colocó bien el pantalón y se preparó a decir la verdad acerca de la cantidad de trabajo que había hecho sobre la historia de Japón, que era nada. Abrió la puerta del todo.

Remschneider, un metro ochenta y tres, noventa kilos, la fulminó con la mirada. Sus labios estaban flácidos, húmedos y oscuros. Tenía un cuchillo en la mano.

Señor: Todavía ni una palabra de su parte. De acuerdo. Es domingo y, ante mi sorpresa, los productores han empezado a dejarse ver en la casa. Sally Benchborn está aquí, no deja de quejarse y gimotear, lleva algo en una maleta grande, probablemente sus preciosas cintas. He oído algunas conversaciones. Ya han intuido que ha llegado el momento de que el viejo guardián dimita. Doug Vass y las mujeres se marcharán también. Expresan una rabia superficial y una profunda curiosidad. Vilipendian a la dirección y especulan acerca de los motivos. Apuestan qué palabras se pronunciarán durante el discurso y predicen recortes en el trabajo y cosas peores. Los índices de audiencia caerán en picado. La calidad decrecerá. Pero quizá sea lo mejor, susurran en secreto. Están tan ciegos como solamente pueden estarlo los periodistas de éxito. Su gran historia, para ellos, para lo que han sido siempre y lo que serán, la tienen justo aquí delante, y a pesar de ello creen que lo único que está en juego es una reorganización profesional. Así es como caen los grandes imperios. Así que deme órdenes. Ansío recibir órdenes. Mientras tanto, mientras no se me diga lo contrario, permaneceré sentado en la esquina de la sala de visualización, justo al lado de Bob Rogers, y tomaré notas en mi portátil. Stimson.

Julia dio un puñetazo en la nariz a Remschneider, pero él se agachó a pesar de su estatura y consiguió atravesar la puerta como una tambaleante masa de carne. Ella se apoyó en una esquina de la habitación y le tiró cintas a la cabeza. Aprovechó un momento en que él tropezó para arañarle las mejillas e intentar escapar por uno de los costados de él; se impulsó, falló y cayó a sus pies. La caja de explosivos de debajo del sofá quedó a la altura de sus ojos. Se arrastró hacia ella, alargó la mano y agarró una barra. Antes de que tuviera tiempo de hacer nada con ella, Remschneider la sujetó por el cuello y la izó con ambas manos. La apartó de la puerta y la empujó contra la pared del fondo. Ese hombre apestaba a todas las excrecencias posibles. Había asesinado a sus colegas. Movía los labios, estaba hablando, en voz baja, en un susurro. «Un ritual —pensó ella—. Va a cortarme la garganta.» Oyó «Lubyanka, Vorkuta» y el resto de palabras. Luchó contra él, le empujó, pero él hizo fuerza como un zombi y la forzó contra la pared. Ella intentó agarrar el cuchillo. Él aumentó la presión en su garganta. Él era demasiado grande y ella sintió que le fallaban las fuerzas, que se quedaba sin aire en los pulmones. Él se estremeció, perplejo, y abrió mucho los ojos. El cuchillo le cayó de la mano, la presión sobre el cuello de ella aminoró y él cayó hacia delante, como en un intento de sujetarla con todo su cuerpo. Abrió la boca esforzándose por respirar, escupió saliva, la boca se le abrió en un rictus de sorpresa. Vomitó sangre. Sally Benchborn apareció en el alféizar de la puerta con el chal rosa y el Einfeld auténtico de la guerra de secesión entre los brazos, la bayoneta manchada de sangre.

24 de mayo,

a última hora de la tarde

Evangeline apareció ante mi puerta a las ocho, colorada a causa de alguna emoción. Tenía el ceño fruncido. Yo quería hablar con ella acerca de la reunión de mañana e intentaba que me diera su consejo. Pero nada más. Ella estaba mucho más perjudicada de lo que yo había imaginado.

—Tengo que decirte una cosa ahora mismo —dijo—. No puedo esperar ni un minuto más.

Era evidente que había caminado ochenta manzanas de la ciudad. Yo le dije que ella estaba todavía demasiado débil para realizar ese tipo de esfuerzos y me dirigió una mirada poco amistosa. En retrospectiva, comprendo por qué. Quizás estuviera trastornada, pero no era en absoluto frágil.

Le dije que esperaríamos a Julia Barnes, que también estaba invitada, mientras le servía un vaso de whisky escocés como medicina, a pesar de que ella lo miró con un desagrado evidente. Pero vació el vaso de un trago y pidió otro. Se negó a quitarse el abrigo.

—¿Cómo está Robert?

Se encogió de hombros: una respuesta inquietante. Julia Barnes llegó y, con ella, Sally Benchborn, a quien yo nunca he conocido bien. Algo había ocurrido, era evidente. Entre ellas se hizo un silencio cargado de significado. Le pregunté a Julia si todo iba bien y ella asintió con la cabeza. Les serví a ambas un whisky irlandés.

Evangeline nos increpó:

—¿Estamos listos, ahora?

Las mujeres no habían tenido tiempo de sentarse.

—¿Qué sucede?—preguntó Julia, obviamente sorprendida de ver a la chica Harker en mi casa. Entonces vio mis muletas y mis vendas: no se había enterado. Le expliqué rápidamente que yo me había reunido con nuestro enemigo y que mi estado era la consecuencia de ello. Le prometí que le contaría más, pero que lo aplazaba a causa de la urgencia de Evangeline.

Hice un gesto hacia Evangeline y ella nos pidió que nos sentáramos. Empezó a hablar. Al cabo de una hora, Julia, Sally y yo todavía estábamos sentados, contemplando el icono ruso que tengo sobre la chimenea. Nos habíamos bebido casi todo el whisky y fui a buscar una botella de oporto; hacía falta algo más dulce. Yo me sentía como si hubiera recibido un golpe de hacha, mis esperanzas se habían desvanecido. El tiempo no serviría para curar a esa chica y no habría forma de tener éxito. Julia Barnes y Sally Benchborn contemplaban el Andrei Rubliov, como si le imploraran. Ellas habían esperado quizás encontrarse con una conversación referente a las tácticas, no con una revelación de asesinatos y violaciones que superaba sus peores pesadillas. Yo no me creí ni una palabra de la historia de la chica, ni una palabra en sentido literal, quiero decir, pero intuía los actos inefables que debía de haber soportado para haber elaborado una fantasía tan inmunda.

Me pareció que el mismo pensamiento pasaba por las cabezas de los demás. Nos habíamos quedado sin palabras. No podíamos mirarla.

—No me creéis en absoluto, ¿verdad? Ian dijo que no valdríais la pena.

—No es eso, querida —empecé a decir yo.

—¡No soy tu querida! —gritó—. ¡Soy esto!

Se abrió la camisa de un tirón y mostró el pecho y el estómago desnudos. No supe qué decir: nunca había visto nada parecido. Tenía cientos, miles, de cortes y arañazos por toda la piel, y parecían formar una especie de diseño. La habían torturado. Me llevé la mano a la boca y me dejé caer en la silla.

—Él te hizo eso. —A Julia le temblaban los labios de rabia. La Benchborn no quiso mirar.

Yo miré a la editora y levanté la mano. No tenía sentido continuar con esa conversación. Ambos la habíamos oído mencionar a su amigo muerto como si hubieran estado hablando recientemente.

—¿Ian? —le pregunté, esperando que se daría cuenta de la posición en que nos había colocado—. ¿No te referirás a nuestro Ian, querida?

Las cosas se pusieron desagradables, entonces. Ella caminaba de un lado a otro y gritaba, diciendo que era una estupidez que intentáramos burlar a esa criatura imaginaria, a esa mantícora con quien se había enfrentado en Rumania. Confieso una total confusión. Yo había visto a ese hombre y me había dado cuenta de que era un monstruo, no tenía que convencerme de ese horror. Pero lo que decía no tenía sentido. Por un lado, se quejaba de haberse convertido en alguien como él, de haber asesinado a alguien y haber profanado su cuerpo. Por otro lado, parecía que tenía intención de destruirle con algún inconfesado acto de seducción. No entré a investigar esas contradicciones, había demasiadas. Al final, cayó de rodillas sobre la alfombra, a mis pies, y dijo, en un tono que tenía una clara connotación sexual, que haría cualquier cosa que yo quisiera si la escuchaba. Intenté levantarla del suelo y Julia probó a utilizar su influencia como mujer. Pero todo terminó en un giro desafortunado: Evangeline salió precipitadamente de mi casa, hacia la noche. No pude detenerla y, francamente, no deseaba hacerlo.

Ella no nos es de ninguna utilidad, me temo. Tengo una sincera duda ética acerca de si es razonable que repita en este diario los detalles de lo que ella nos contó acerca de su interacción con Torgu. Si, tal y como he dejado claro antes, estas páginas deben ser consideradas como un testamento, entonces sus revelaciones formarían parte de ese cuerpo de documentos. Soy de la opinión de que no deberían serlo. Lo que ella tenga que decir, debe ser dicho en el terreno de la mayor confidencialidad. Estoy seguro de que ha falseado su narración, y tengo la fuerte intuición de que aquello que ella ha afirmado haber ofrecido por propia voluntad como arma le fue arrebatado por pura fuerza. ¿Lo sabe su prometido?

Julia Barnes, Sally Benchborn y yo nos quedamos como último reducto.

 



                                                           


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19 mayo 2009 2 19 /05 /mayo /2009 17:59
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                                                                TREINTA Y NUEVE

Treinta y nueve

Robert insistió en que celebráramos una cena y yo pensé que era una idea sensata. Invitó a cuatro parejas: dos de sus mejores amigos y sus esposas y a dos de mis mejores amigas y a sus compañeros. Hacía meses que no les veía. Sacó la vajilla Lenox de su madre. Tres años antes había comprado vino en primeur en el sur de Francia y todavía no lo había abierto, se trataba de un burdeos que satisfacía su gusto por lo caro y lo absurdo y cuyo bouquet, se suponía, contenía trazas de grasa de cerdo. Insistió en abrir tres botellas. Hubo cigarros, arreglos florales primaverales de Simpsons y él preparó su especialidad: tarte aux HYPERLINK "http://pomm.es"pommes.

Llegaron los amigos. Al otro lado de las ventanas, esa noche de finales de abril era fría y nos hacía apreciar ese perfecto ambiente acogedor típico de Nueva York: gente sentada alrededor de una mesa en un apartamento del segundo piso del West Village. Pasamos la noche charlando.

Cuando íbamos por la tercera botella de vino, la esposa de uno de los amigos de Robert formuló una pregunta sorprendente. Ella formaba parte de un club de lectura cuya última elección había sido una biografía de la familia Gotti. Era evidente que no conocía las circunstancias relacionadas con sus anfitriones: nadie se las había explicado. Además, estaba un poco borracha.

—¿Habéis conocido alguna vez a alguien que haya sido asesinado? —preguntó, como si eso no fuera posible.

Robert levantó la vista hacia mí. Hacía muy poco que se había quitado las vendas de las muñecas. Apretó los labios y me miró pidiéndome paciencia.

—¿Has oído hablar del incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist? —le pregunté.

Ella negó con la cabeza.

—Sucedió no muy lejos de aquí, hacia el sur, en 1905. Ciento veintisiete personas murieron y yo siento como si las conociera a cada una de ellas. Me siento como si los hubiera visto quemarse vivos.

—Querida —interrumpió Robert.

—¿Eso cuenta? —le pregunté a esa imbécil.

Ella parpadeó, sorprendida. Tenía un trozo de pastel en el labio superior.

—Hay otra cosa que me atormenta un poco —continué—: ¿Conoces el tema ese del 11 de septiembre?

—Lo siento —dijo en tono suplicante—. He sido una idiota...

—Y eso fue solamente la punta del mismo iceberg que hundió al Ti tank...

—Evangeline —cortó Robert.

Me llenó la copa hasta el borde.

—Justo debajo de este edificio, debajo de los cimientos, en el lecho de roca, hay cinco nativos abenaki que fueron estrangulados mientras dormían después de haber ganado a las cartas. Estaban borrachos mientras los estrangularon. Tenían a sus mujeres río arriba. Uno de ellos había abrazado en secreto a Jesús como su señor y salvador, pero los asesinos no lo sabían. Quizás eso los hubiera detenido, no lo sé.

—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó la imbécil con voz temblorosa.

Yo deseé cortarle el cuello.



                                                   CUARENTA

Hacía dos semanas que Robert se había quitado las vendas. Estábamos a punto de meternos en la cama. Había sido la primera noche cálida de primavera y las ventanas estaban abiertas. La brisa se arremolinaba en nuestra habitación.

Robert había vuelto de la cocina de uno de los restaurantes y olía deliciosamente, como a carne asada. Se sentó en la cama vestido con su bata y se puso a leer los periódicos del día, tal y como hacía a menudo. Sin llamar la atención, fui al fondo del vestidor y saqué la caja de Ámsterdam. Me preguntaba si él se habría olvidado de ella. Era un buen chico judío, demasiado educado para volver a hablar de ese asunto, especialmente ahora con la nueva situación. Me metí en el baño y desenvolví la pieza más exótica, la que estaba hecha de cuero negro. Tenía unos agujeros en los puntos críticos que estaban cubiertos por unas pequeñas cortinitas de bolitas metálicas; me convertí en una casa cuyos puntos de entrada importantes se escondían tras unas cortinas de acero.

Me sentía hambrienta y, mientras me envolvía con las correas, me excité. Me gustaba lo que Robert había imaginado. Me cubrí con un albornoz.

Le llamé desde el lavabo.

—Enciende la luz y cierra las cortinas.

Aunque un poco sorprendido y vacilante, él hizo ambas cosas.

—Cierra los ojos —le dije.

Cuando entré en la habitación vi que había cruzado los brazos sobre el pecho y que tenía los ojos cerrados.

Me quité la bata.

—Ábrelos.

En ese momento tuvimos una gran oportunidad. Su rostro adoptó una expresión como de gratitud, como si yo hubiera cumplido una promesa que él hacía tiempo que se reprochaba haberme obligado a hacer. Pero no duró mucho: la oportunidad murió al instante. Su rostro adquirió la misma palidez que había tenido durante los primeros días después de mi vuelta. En ese instante supe que había cometido un error catastrófico, pero también supe otra cosa. Su rostro se puso rojo. Le temblaba la cabeza, casi de forma involuntaria. Apretaba con fuerza el periódico que tenía entre las manos.

—Quítate esa mierda.

La cálida brisa le revolvió el pelo. Las cicatrices de sus muñecas brillaron a la luz del día. Yo avancé hacia él.



                                                            CUARENTA Y UNO

Cuarenta y uno

Todo fue un preámbulo. Continué dando mis paseos, pero ya no recorría el barrio de Robert. Deambulaba más al sur y me acercaba cada vez más al agujero en el suelo. Comía palomas en la oscuridad. Una noche, mucho después de que anocheciera, llegué a la valla que rodeaba ese lugar y apreté el rostro contra el frío acero de la misma. No podía ver gran cosa allí abajo, pero noté el espacio que abarcaba. Nunca antes había ido a la zona cero. No había querido hacerlo. Dejé que la oscuridad de ese agujero me embargara hasta que cobró forma ante mis ojos. Me di cuenta de que no era una oscuridad vacía, en absoluto.

No había pasado mucho rato cuando me di cuenta de que había otra presencia allí. Yo me encontraba de pie a unos noventa metros de uno de los extremos del agujero, en una intersección entre dos calles. Otra valla se juntaba con la mía perpendicularmente y justo allí, a unos noventa metros o así de la calle adyacente, había alguien que también miraba hacia dentro. Éramos almas gemelas, pero yo tenía hambre. Estaba harta de palomas. Él o ella estaba de pie delante de la valla, era un punto más oscuro entre las sombras, una borrosa figura humana, pero no me importaba en absoluto su identidad. No me importaban ni la raza, ni la religión ni el sexo. Aceleré el paso. Recorrí el perímetro de la valla y llegué a la esquina de la calle. Observé los postes blancos de señalización en la penumbra: los nombres de las calles ya no tenían ningún sentido. Giré a la derecha y miré calle abajo hacia donde ésta terminaba en la autopista del West Side. Justo allí, en la esquina, se levantaba mi edificio. Cerca de mí, todavía, delante de la valla, había un ser humano de pie, un contenedor de carne y de sangre. Vi que un coche de la policía recorría despacio la calle en dirección a mí. Yo no tenía nada que temer, pero no quería que me vieran allí. Di un paso hacia atrás, hacia las sombras, justo en el momento en que enfocaban con las luces al otro visitante. Los rayos le recorrieron el cuerpo desde los pies hasta la cabeza, que era enorme.

Estuve a punto de gritar su nombre. Las luces mostraron el rostro, era él mismo, mirando hacia abajo, al agujero, imbuyéndose de esa visión del vacío igual que había hecho yo. Entonces, mientras el coche pasaba de largo, empezó a girarse hacia mí. Yo me alejé, tropezando, de la esquina. Empecé a correr hacia el sur, hacia la punta de la isla, y no miré hacia atrás hasta que hube llegado a las inquietas aguas del extremo del parque. Me quedé en Battery Park hasta el amanecer, esperando a que apareciera en cualquier momento.


LIBRO 11
La planta veinte


                                                          CUARENTA Y DOS

Señor: el Terror ha penetrado en este lugar. Vuestro terror, quiero decir, un tipo de terror que nadie, aquí, parece haber experimentado antes. Como sabe usted bien, estoy acostumbrado a la sensación de que los amos de este lugar estén por encima de estas emociones, que tienen tan mala reputación. El terror es cosa de siervos. Ni siquiera aquel día en que tuvimos que desalojar porque el cielo se nos caía encima, no recuerdo haber sentido verdadero pánico. Ahora, tras vuestra aparición, veo a esta gente tal y como son: unas marionetas en manos del miedo. Vaya una revelación. Personas que cobran unos sueldos de siete cifras se sobresaltan ante su propia sombra. Sus inferiores han empezado a sentirse enfermos de lo que llaman «la enfermedad mortificante». Ha habido otro «suicidio». Cuentan chistes malos acerca de problemas con el audio y cuando se encuentran en los lavabos, se preguntan los unos a los otros si los conductos de ventilación no han dicho nada. Y sin saberlo, han empezado a meter frases de vuestra canción de la misma forma en que los adolescentes del país utilizan el «como si»: igual que pancartas de bienvenida a unas ideas a punto de cobrar forma.

Yo tengo mi propio miedo, también, que debo manejar. Ése es el precio. Al ver que Edward Prince se ha encerrado en su oficina y ha corrido las cortinas, tengo miedo de que las cosas hayan llegado a un punto peligroso, de que gente de fuera se entere de que suceden cosas raras en el programa y vengan a destrozar nuestro proyecto. Prince es algo más que una simple celebridad de la televisión. Es un icono americano respaldado por tres generaciones de dólares del mundo de la empresa, y si se filtra la noticia a los periódicos de esta ciudad de que, de alguna manera, sufre una enfermedad mental o algo peor, que rechaza todo tratamiento y no habla con nadie, si una cosa así llega a la prensa local, eso se va a convertir en noticia nacional e internacional en cuestión de minutos, y recibiremos un tipo de visitas que a usted no le gustarían en absoluto.

Usted pensó en otra posibilidad, estoy seguro, y ha llegado a suceder. Lo diré sin rodeos: la mujer a quien usted imitó con tanta habilidad —y con buenas razones— en nuestro intercambio de correos electrónicos, Evangeline Harker, va a volver al trabajo. Recordará usted que hace unas cuantas semanas mencioné que existía esa posibilidad, a pesar de que en ese momento yo no disponía de fuentes fiables que respaldaran ese rumor. Ahora sí. Ella me lo contó todo durante una serie de mensajes de voz todavía más desesperados. Yo no los he respondido y no lo voy a hacer. Está desesperada por tener compañía humana. Insiste en volver a la planta veinte a pesar de todos los esfuerzos por disuadirla de ello. Se le ofreció un paquete de compensaciones extravagantemente generosas, pero ella no quiere ni hablar de ello. O, mejor dicho, lo aceptaría como un ascenso, pero no como un «soborno» para marcharse. Por alguna razón quiere recuperar su viejo trabajo. Pero Evangeline Harker detestaba su trabajo. Hubiera dado cualquier cosa por irse. Justo antes de que se marchara a Rumania, se había prometido y me dijo que ya daría noticias cuando se hubiera casado. Ese cambio debe de significar algo.

Me doy cuenta de que Austen Trotta, en particular, está complacido por la noticia. Quizá quiera acostarse con ella. Pero si se me permite especular al respecto, creo que se trata de otra cosa: más bien parece que Trotta sabe que todo ha cambiado en la planta veinte y que ese cambio tiene que ver con esta mujer y, para serle sincero, con usted. Usted nunca me ha dejado claro el alcance de la interacción que hubo entre usted y Evangeline Harker en su país. Percibo su incomodidad ante este asunto y me he resistido a la tentación de insistir en ello. Pero si ha habido algún momento adecuado para comunicar la verdad, es éste, para que yo pueda saberlo y resultar de alguna ayuda.

Trotta pasa mucha parte de su tiempo al teléfono, arrinconado en su habitación, dando la espalda a la puerta para que nadie le oiga. ¿Con quién habla?, me pregunto. ¿Con ella? ¿Qué le dice ella? ¿Está usted completamente seguro de que no se reunió con esta mujer en Rumania? Realizó usted una imitación de ella tan brillante para ganarse mi confianza que, por supuesto, no puedo evitar preguntármelo. Pero si no es así, vuelva a decirme cómo consiguió acceder a su cuenta de correo electrónico. Es importante saberlo, por ejemplo, por si se da la poco probable situación de que ella le vea, por si ella pudiera identificarle. Y si ella pudiera hacerlo, ¿qué tipo de ideas le cruzarían por la mente? ¿Es ella uno de los nuestros, en algún sentido? No es que esté siendo nacionalista, ni etnicista ni exclusivista, en este asunto, pero si supiera que ella ha oído su voz, yo me quedaría más tranquilo. Nada debe obstaculizar este último tramo del negocio. Stimson.

Stimson, usted ha oído sin escuchar. Ha mirado sin ver nada. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puedo hacerle comprender? Me atosiga a preguntas, preguntas, preguntas acerca de pequeñeces sin importancia. Lleva usted un libro de cuentas de nimiedades y, cada día, me asalta con ellas. Cuando habla usted de mi canción, ¿la comprende? ¿Comprende quién la canta? ¿A quién escucho yo? Permítame que se lo explique como a un niño que acaba de tomar conciencia de que existen unos antepasados muertos. Porque ésta es la respuesta a su pregunta: yo escucho a sus antepasados. ¿Sabe usted quiénes son? ¿Debo nombrarle a unos cuantos de ellos, a una pequeña parte, para que pueda usted reconocer sus rostros cuando vengan a por usted desde las sombras? ¿Conoce usted la ciudad romana de Tesalónica? En el siglo IV d.C, el emperador Teodosio masacró a siete mil ciudadanos en el hipódromo, los hizo cortar a trozos con cuchillos y hachas. Ochocientos años más tarde, los mercenarios sicilianos asesinaron a la misma cantidad de personas, y novecientos años después de eso, los invasores alemanes acabaron con siete veces esa cifra, cuarenta y cinco mil judíos que fueron esclavizados, deportados o asesinados. Levantaron el enorme cementerio de los judíos y obligaron a que los vivos suplicaran por los cuerpos de sus seres queridos. Y yo he hablado con todas esas personas en mi momento. ¿Lo comprende? ¿Se da cuenta? ¿No es eso suficiente? ¿Conoce usted el canal de Panamá, esa enorme tumba que se tragó a decenas de miles de jamaicanos que fueron transportados en tres trenes de la muerte desde un día de distancia desde sus chabolas hasta ese terreno de tumbas llamado Monkey Hill, un agujero que fue excavado por veinte de cada cien, por un tercio de ese ejército que cavó su propia tumba en el suelo? ¿Conoce usted sus nombres? ¿Ha visto sus rostros? ¿Ha escuchado usted sus historias? Yo sí, y usted lo hará. Están viniendo. Les tengo en mi corazón, y bebo y les oigo. ¿Sabe usted algo de los ocho millones de muertos en el Congo, del millón de armenios masacrados? En este último siglo, joven amigo, ciento ochenta y siete millones de personas han sido destruidas a manos de seres humanos, más que en los siglos previos de asesinatos, una décima parte de la población del mundo, y ha sucedido en todas partes. Para usted, ésta sea, quizás, una cifra asombrosa. Para mí es mucho más. Yo sé sus nombres y conozco sus rostros. He heredado ese don. Ellos vienen a mí, uno a uno, en una sucesión interminable, y su dolor no cesa. Su dolor me inunda, y debo escucharles. Y pronto, usted también escuchará. Usted y los demás, la raza entera, compartirán este peso insoportable conmigo.

Si no comprende usted esto, entonces permítame que responda, como usted, sin rodeos. Debo pedirle por última vez que no vuelva a hacerme esa pregunta acerca de esa mujer. Si Evangeline Harker vuelve y se convierte en un problema, ese problema será manejado igual que se han manejado los otros. Mientras tanto, usted tiene solamente una tarea, y sabe cuál es.

¿Tenemos ya una reunión con Von Trotta?

Señor: no la tenemos, de momento.

Esto es inaceptable.

Señor: lo estoy intentando.

Stimson: Seguro que sabe usted el poco significado que esta frase tiene para mí: «lo estoy intentando». No me importa que lo haya intentado. Intentarlo no es nada. Necesitamos a Von Trotta. El resto de esta gran variedad de vagos profesionales llegará a comprenderlo demasiado tarde. Solamente este hombre parece haber intuido algo que le inquieta hasta un punto que es apropiado para el asunto que tenemos entre manos. Pero si hablamos, estoy seguro de que su mente atormentada descansará. Cuando haya oído lo que usted ha oído, cuando conozca la verdad sobre las voces y las visiones de su mente, podrá traer a los demás. Se convertirá en un defensor. Me he dado cuenta de que, con muy pocas excepciones, mi voz es el mejor medio para ganar la opinión positiva de los demás. Von Trotta, de entre toda la gente, ese viejo sabio judío, hijo de viejos sabios judíos, escuchará y será dominado. Y yo sé exactamente cómo presentarle el tema. A pesar de todo, es cosa suya el abrir la posibilidad de que tengamos una conversación. Eso no lo puedo hacer yo.

Señor: No tenía ni idea de que tantas personas murieran por causa de los seres humanos en el siglo XX. Estoy asombrado. Lo comprendo. Me siento fortalecido por lo que me ha contado. Quiero oír lo que usted oye. Quiero compartir el peso. Me encargaré de que se celebre esa reunión, tal y como me ha pedido.

Diario de terapia de Austen Trotta

20 de mayo

Ya no puedo tomar decisiones. Casi no soy capaz de enlazar una idea detrás de otra: he perdido esa capacidad. En cuanto cierro los ojos, esas cosas innombrables vuelven a aparecer. Esta mañana he apaleado a mi perra casi hasta matarla. Pobrecita. No dejaba de gimotear pidiendo agua, así que fui hasta donde estaba y le clavé la bota en las costillas una y otra vez hasta que se calló. La criada me encontró acunando al animal y llamó al veterinario. Luego el veterinario me llamó y me dijo que había avisado a la Asociación Protectora de Animales y que lo que había sucedido era una atrocidad. Yo no podía decirles la verdad, que no le había dado patadas a un perro sino que se las había dado a un judío. En mi mente, yo di patadas a un judío que me había estado suplicando por el cuerpo de su esposa. Dios, dios, dios. Prince continúa llamándome por teléfono. Está en la oficina de al lado. No tiene ningún sentido. Él podría venir aquí, o yo podría ir allá, pero tiene las cortinas echadas y la puerta está cerrada, y si no sale, debe de ser por alguna razón y yo ya no quiero saber cuál es. Algo le ha ocurrido, ha sufrido alguna conmoción que no es capaz de explicar por sí mismo. No quiere hablar ni con los amigos íntimos ni con la familia; es un estado preocupante en un hombre que nunca se ha encontrado sin saber qué decir. Dice que solamente quiere hablar conmigo, y solamente por teléfono, pero cuando hablamos, todo es un sinsentido, nombres de lugares en los que ha estado o a los que le gustaría ir, todo eso mezclado con un intento de advertirme de algún oscuro destino. Aun así, sus tonterías parecen cernirse sobre mis pesadillas. Esta mañana empezó a hablar de Salónica, Salónica, Salónica, no se callaba ni un momento, y yo no le dije ni una palabra, pero ése es el mismo lugar donde yo le daba patadas al judío, el cementerio de Salónica. No me pregunte cómo lo sé, pero lo veo tan claro como veo el Hudson al otro lado de la ventana, tan claro como el hecho de que existe ese maldito cráter al lado de nuestro edificio. Y hablando del cráter, se me ha ocurrido pensar, aunque no se lo he dicho a nadie, que el desastre de septiembre se encuentra en las raíces de todo esto, que aquí en la planta veinte hemos empezado a experimentar una alucinación colectiva aplazada relacionada con el trauma de ese día. Después de todo, nuestro edificio fue casi destruido por la torre sur. Todo el mundo salió vivo, pero fue solamente cuestión de minutos. Estábamos muy cerca cuando se derrumbó, oímos el avión chocar contra el lateral del primer edificio, vimos los restos de la gente mientras corríamos fuera. Después de evacuar, no volvimos a este lugar durante dos años. Felizmente, nos quedamos en el bunker del centro de la emisora en la calle Hudson, y yo no quería volver aquí y así se lo dije a la empresa, y no era el único. Pero Bob Rogers y Edward Prince insistieron. Bob Rogers y Edward Prince no se dejarían amedrentar por los terroristas. No se dejarían espantar. Fueron Rogers y Prince, los bastardos, quienes quisieron volver aquí, a pesar de que este lugar era una colosal ruina abrasada, a pesar de que una mujer había muerto en el derrumbamiento, a pesar de que algunos cuerpos habían aterrizado sobre el tejado abuhardillado. ¡Qué locos! ¿Es extraño que Prince haya perdido la cabeza? Probablemente, la enfermedad empezó en cuanto nos trasladamos a este lugar. Ahora me doy cuenta. Todo fue mal a partir del momento en que volvimos aquí. El joven Ian murió. Evangeline tuvo esos problemas. Los aparatos técnicos se estropearon. Esa horrorosa mañana nos persigue, pero Prince no me deja que se lo explique y cada vez que le amenazo con llamar al médico, o a cualquiera, me dice que va a hacer algo drástico. Se refiere al suicidio, ¿debo creerle? Estoy confundido. Hace varios días que está allí metido, aunque sospecho que sale por la noche y a veces me parece oír otra voz al teléfono, pero no podría jurarlo.

Dejando a un lado las especulaciones sobre el 11 de septiembre, cada vez tengo una conciencia más profunda acerca de la naturaleza de este problema. No diré que lo comprendo, sería mentira. Pero tengo una serie de pistas a partir de las cuales empezar a trabajar, y todas ellas apuntan en dirección a ese hombre, Ion Torgu, a quien Prince afirma haber hecho una entrevista a pesar de que no ha sido visto y quien, según los registros del Departamento de Estado, no ha entrado en el país, o al menos no lo ha hecho legalmente. Esto tiene sentido. Si es una figura del hampa, no cruzaría la frontera del país con un pasaporte legal. Pero todavía no puedo imaginar cómo Prince ha conseguido que esta entrevista se realice. He mantenido discretas conversaciones con cada uno de sus productores y ninguno de ellos sabía nada de la entrevista. Por el contrario, se sintieron consternados de que su corresponsal no les hubiera ido con la historia a ninguno de ellos. Cuando mencioné que Stimson Beevers era su ayudante, o se rieron o soltaron una maldición.

Y, a pesar de todo, no puedo culpar a la entrevista de todo esto. Eso sucedió hace meses, y aunque observé en Prince un comportamiento extraño, éste desapareció durante un tiempo. Se fue a Rusia para realizar un reportaje y se reunió con un par de celebridades en la costa Oeste. La siguiente vez que le puse los ojos encima, que debió de ser en marzo, se le veía cansado y pensé que su estado mental había empeorado mucho durante el viaje. La vida puede desgastar a un hombre, y creo que ha agotado a Prince por completo. Pero nadie, incluyéndome a mí mismo, quiere decirle que su estado es terminal: su estado de ser humano vivo. Nadie quiere darle la mala noticia de que incluso las amadas figuras televisivas deben enfrentarse a un tiempo que se encuentra lejos de las cámaras.

Y a pesar de ello, aquí estoy, oscilando alocadamente en mis juicios, esperando otra de esas aterrorizantes y susurrantes llamadas telefónicas, pensando que no tiene nada que ver con su edad ni con su estado de salud mental.

Dios, el teléfono otra vez.

20 de mayo,

más tarde ese mismo día

He intentado transcribir la conversación, que fue delirante, y aquí está lo que he podido hacer.

—¿Austen?

—Sí, Edward.

—Gracias a dios que todavía estás aquí.

—¿Adónde podría haber ido?

Sigue un largo silencio.

—¿Hay alguien en la habitación contigo?

—Nadie.

—Gracias a dios. No deben oírnos.

Sigue otro silencio.

—¿Por qué no quieres salir, Ed?

—Es completamente imposible. Imposible.

—Sólo cinco minutos...

—Mierda, Trotta, ¿estás con él ahora?

—¿Con quién?

—Viejo y jodido judío. Lo sabía.

—¿Quién, Bob? Por dios...

Se hizo otro silencio, aunque no duró mucho.

—¿Te dije que vi a dieciocho hombres que volaron hechos pedazos a causa de un arma de 150 mm en Guadalcanal?

—Tú no has estado en Guadalcanal, Ed.

—Eso lo dices tú. Veo sus rostros. Oigo sus voces justo en este mismo instante.

Aquí yo me callé un momento, asaltado por una intuición.

—¿Los ves y los oyes de forma literal?

Él no respondió.

—Esto es muy importante, Ed, porque tú me dijiste que estuviste destinado en Hanford, Washington, durante todo tu período de guerra en calidad de ingeniero del Proyecto Manhattan.

—Era marine.

—No lo eras, Ed. Los rostros que ves, las voces que oyes, son mentira. Alguien te está haciendo ver esas cosas.

Tosió de una manera extraña, como si intentara disimular algo mucho más explosivo.

—Lo siguiente que me vas a decir es que no sobreviví al desastre de Indianápolis.

—No lo hiciste, Ed.

Colgó el teléfono con un golpe fuerte.

Ahora que pienso en esta conversación, en retrospectiva, tengo una sensación de certeza en la boca del estómago, en las tripas. Se trata de ese encuentro con el criminal. En esos momentos, él me dijo que ese hombre le había hecho una oferta, aunque no me dijo cuál. Me he pasado todas las noches en vela desde ese día preguntándome qué oferta podría ser. Lo admito: no estoy intrigado solamente a causa de Prince. También me lo pregunto por mí. ¿Qué puede tener este hombre para ofrecerle a Edward Prince? Y, más importante, ¿aceptó Prince? El corazón me dice que sí lo hizo, aunque es pura especulación y, por tanto, mal periodismo y, por tanto, una vergüenza moral. Y a pesar de todo, creo que Prince aceptó y que lo ha estado pagando desde ese momento. Pero ¿qué es lo que aceptó? Se lo pregunto una y otra vez, pero él no responde nunca. Ignora la cuestión. El teléfono otra vez.

21 de mayo,

nueve de la mañana

Es temprano y tengo la agenda del día muy ocupada, lo cual es bueno. Me he vuelto demasiado distraído por estos estrambóticos fenómenos locales. Al otro lado de la ventana, el sol brilla con fuerza sobre el Hudson. Ha llegado un tiempo cálido, extraño para la época en que estamos, que ha puesto a prueba los millones de aires acondicionados de la ciudad. Es agobiante, el cielo parece estar demasiado bajo. A pesar de todo, nuestras oficinas están frescas, por lo cual me siento agradecido, y sumidas en la penumbra, como si estuviéramos al fondo de unas rocas. La temporada está terminando; sólo quedan dos programas para acabar el año y la mitad de los segmentos de esos programas son repeticiones. Es un momento del ciclo muy agradable, especialmente porque he alcanzado mi cuota y mis productores ya han empezado a filmar las piezas para la próxima temporada. Puedo irme de vacaciones con el pleno convencimiento de que, después de agosto, a mi vuelta, me sumergiré en el trabajo del año siguiente como en una piscina, sin tener ni la más mínima sensación de intranquilidad ni de incomodidad. Y lo que todavía es mejor, empezaré la próxima temporada con un placer inesperado. Nuestra señora Harker va a volver hoy, o eso me han dicho, para retomar sus tareas. Ya ha reservado un viaje a Montana para primeros de junio, con el fin de reunirse con un par de posibles personajes para la historia de los neonazis en prisión, la primera como productora. Para sorpresa general, le he dado el trabajo de William Lockyear y he despedido a su sustituto temporal.

Si dejo a un lado a Prince, y unas cuantas extrañezas persistentes más —la enfermedad que parece haberse extendido por los editores, los suicidios, los problemas técnicos que no parece que se puedan reparar por mucho dinero que la cadena les destine—, puedo decir con honestidad que me siento mejor de lo que me he sentido en un año. El regreso de esa chica me ha renovado. Incluso mi dolor de espalda ha mejorado. Dentro de un mes estaré en el sur de Francia, y todo este año miserable parecerá, en retrospectiva, uno de esos anni horribili que se dan tan a menudo. Otro elemento de irritación. El chico Beevers ha obligado a Peach a que me obligue a mantener una conversación. Estoy seguro de que quiere hablar sobre el trabajo de productor asociado para trabajar con Evangeline, pero él no es de mi agrado. En primer lugar, me parece que las mujeres siempre son mejores productoras asociadas. Y en segundo lugar, ese chico tiene el frío aire del cine. Tengo la sensación de que ha mirado más celuloide en la oscuridad de lo que es adecuado y decente para un ser humano. A pesar de todo, para estar a la altura de este brillante nuevo día, le escucharé.

21 de mayo,

dos de la madrugada

Con cuánta rapidez las sombras engullen la luz del sol. Desearía no haber dejado entrar nunca a esa criatura en mi oficina. Y poco después de que se marchara, por supuesto, sonó el teléfono y era Prince otra vez, que tartamudeaba de forma más alterada que nunca al decirme que yo iba a traicionarle, que no debía traicionarle, que la oferta se la había hecho a él solamente y que si yo la aceptaba, él se lo tomaría como una afrenta personal. Esta vez fui yo quien le colgó.

Desearía que Evangeline llegara. Verla me restablecería el equilibrio. Nunca falla. Un día comimos juntos, no mucho después de su regreso de Rumania, y tenía un aspecto melancólico y escarmentado que yo no recordaba haberle visto. Pero allí estaba, delante de mí; una prueba de que los milagros pueden ocurrir. Incluso con la circunstancia de la enfermedad de su prometido, había conseguido sobrellevarlo, y mientras estábamos sentados en el Café Sabarsky y nos comíamos nuestra crema de salmón ahumado con alcaparras, me informó, con un eco de su vieja ingenuidad, de que la boda iba a celebrarse, por supuesto, pero que la fecha todavía no se había fijado.

Desde esa comida he visto dos veces a Evangeline, y ambas su proximidad ha tenido un efecto saludable en mí. Si no tuviera sentido común, definiría este sentimiento como amor; quizás es más parecido al que siente el padre por su hija. Hoy ella se ha retrasado por algún motivo y he tenido que enfrentarme yo solo con ese pesado mocoso de Beevers. Pero no debo ser desagradable. Ahora, todas las cosas suceden por una razón. Estamos atrapados en una pauta de catástrofes diseñada por alguien que nos desea mal. Bob Rogers cree que es la cadena, pero está equivocado. Esto va más allá de los chanchullos de la cadena, ésa es mi convicción. Las peroratas de Prince no son solamente inquietantes: representan el avance del plan del enemigo y deben contener alguna pista sobre la naturaleza de lo que está ocurriendo. Lo mismo parece con respecto a la conversación que acabo de mantener con Beevers. Y, al repasarla, empiezo a ver el primer esbozo de una cosa que me ha estado acosando desde que el prometido de Evangeline intentó suicidarse: Beevers no me cae bien, pero a pesar de ello le debo el haber iluminado un aspecto de mi inquietud. Se trata de los nombres. La enfermedad se contagia a través de los nombres. Pero me estoy adelantando.

Apareció ante mí a las once de la mañana. Yo levanté la mirada, exasperado, y vi que se encontraba allí, en la puerta, en un punto donde no estaba unos segundos antes. En ese preciso momento, Peach me informó de que Evangeline Harker iba a llegar tarde. Tenía que hacer una repentina visita al médico relacionada con su futuro esposo.

Menciono esto porque esta noticia provocó una transformación en mi visitante. Beevers se aceleró; ésta es la única palabra que encuentro para describirlo. Su habitual gesto de perezosa afectación intelectual —la barriga protuberante debajo de la camiseta, las rodillas prácticamente juntas en su tambaleo característico— adquirió un innegable aspecto de esqueleto humano. Esa babosa tiene huesos, después de todo.

—¿Qué puedo hacer por ti, joven?

Se sentó en mi sofá; hubiera podido quedarse de pie delante de mi escritorio con las manos juntas, pero en lugar de ello prefirió cruzar las piernas, como si tuviera pensado quedarse un rato. Esa decisión, junto con mi repentina sensación de que había un motivo añadido al del empleo, me despertó unos nuevos sentimientos de antipatía hacia él. Sacó el tema de Evangeline.

—Éramos buenos amigos, ya lo sabe.

—Me parece muy poco probable.

—Oh, los mejores. Ian, ella y yo éramos inseparables. Ian, por supuesto, ya no está con nosotros.

Yo rechacé esa broma como si devolviera una botella de vino en mal estado: sin comentarios.

Él estaba visiblemente incómodo. Yo esperé. No iba a aliviarle su sufrimiento. Finalmente, reunió el valor suficiente para hacer una pregunta muy extraña:

—¿Conoce usted, señor Trotta, la cifra de seres humanos que han muerto a manos de otros seres humanos durante este último siglo?

—No le sigo.

—Creo que sí me sigue.

No era una pregunta, en absoluto, sino una amenaza de parte del criminal a través de ese hombre.

—Decenas de millones, diría yo. ¿Por qué lo pregunta?

—Ciento ochenta y siete millones, para ser exactos.

—Es usted un estudiante de historia.

—Pronto.

—¿Es esto de lo que quería hablar?

—Tiene que ver. —Descruzó las piernas—. Una persona quiere tener una reunión con usted —dijo el productor asociado mientras se levantaba y cerraba la puerta de mi oficina.

Desde su escritorio, Peach me miraba con una expresión seria y dubitativa, como si Stimson Beevers pudiera explotar como una granada y hacernos pedazos a todos.

—¿Ah, sí?

—No necesito decir su nombre. Su colega se lo ha dicho. Quizás Evangeline Harker se lo haya dicho también.

—No tengo ni idea de qué está hablando.

Su sonrisa me alarmó de una forma que no puedo expresar con palabras. Constituía una pista física de lo impensable. Él siempre había sido un hombre pálido, de una palidez como el reflejo de la luna en un charco bajo un container de basura; era calvo a una edad demasiado temprana y tenía unos ojos que me parecían como de pez, alunados, inadecuados para la luz natural. Pero todo eso no eran más que unas características humanas normales provocadas por una herencia genética poco afortunada. Lo que me sorprendió durante nuestra conversación fue algo mucho menos habitual. De hecho, superficialmente, sus rasgos habían mejorado. Parecía más robusto, estar más alerta, menos afligido, pero al mirarle con detenimiento, vi los cambios. Para empezar, las venas de las sienes le sobresalían de una manera que yo no recordaba haber visto antes: se veían crestas y cantos en ellas, formaban mesetas. Los ojos, antes bulbosos, se veían hundidos e inyectados en sangre, como si hiciera semanas que no durmiera. Y lo más abyecto de todo, y menos explicable, era que sus dientes habían empezado a ennegrecerse. Al principio pensé en envenenamiento por plomo; una vez realicé una historia sobre unos problemas de contaminación de aguas en una ciudad de Maryland, y los hijos de los habitantes tenían los dientes veteados. Pero esto era mucho peor. El marfil de la boca se le había empezado a poner de un azul agrisado.

—No voy a abusar de su tiempo —me dijo—, pero me tomaré unos minutos para explicarle la situación. Mi superior le está pidiendo un único...

—Bob Rogers.

Él me dedicó una espantosa sonrisa agrisada.

—No, señor.

—¿Quién, entonces? Dime su nombre.

Los ojos diminutos se entrecerraron todavía más.

—No es el nombre lo que importa. Son los otros nombres, los nombres que él pronuncia, los nombres que usted ha oído.

Eso resultó descarado... y revelador.

—Continúa.

—Su colega del otro lado de la puerta se ha encontrado con mi amigo y está cosechando unos frutos que usted no puede ni imaginar.

Me reí de él.

—Te refieres a la locura, supongo. Aunque él ya cosechó ese fruto desde el nacimiento.

—Me gustaba su sentido del humor durante la década de los setenta y los ochenta, cuando el programa todavía tenía unas cifras de audiencia aceptables, pero veo en sus ojos que usted ha oído las noticias verdaderas. Ha oído la voz. Ahora hace meses que está susurrando en esta planta. Usted la ha oído y quiere oírla más. Y yo conozco al hombre que puede hacer que esto ocurra. Soy su agente.

Recordé un gesto arcaico que había sido, mucho tiempo atrás, característico de mi padre: él escupía al oír mencionar a ciertas personas; me vino a la cabeza el senador Burton K. Wheeler. Tuve ganas de escupir, pero hubiera parecido una marranada, así que me contuve.

—No me interesa —le dije.

Stimson Beevers se levantó del sofá.

—Todo se está preparando. Dentro de unos días se va a dar usted cuenta de que ha hecho una elección. Ha tenido la oportunidad de ser un beneficiario o de ser un vehículo. Ser un beneficiario significa ver el mundo por primera vez tal y como es. Pero usted ha hecho otra elección, la de ser un vehículo, y ser un vehículo es... bueno... convertirse en algo meramente funcional para nuestra visión.

Al final había empezado a darme lo que yo necesitaba: información sobre las intenciones de ese hombre.

—Su jefe —dije—, debe de ser un hombre muy seguro de sí mismo, para haber hecho lo que ha hecho.

—No tiene usted ni idea.

—La tengo, lo cierto es que sí la tengo. —Vi que el aplomo del chico empezaba a derrumbarse—. Tiene tanta confianza en sí mismo que me envía a la persona menos creíble de toda la planta como emisario a mi oficina, tanta confianza que dota a su emisario del poder de comunicar unas amenazas y unos insultos en su nombre sin siquiera permitir que ese nombre sea pronunciado. Esto es tener unos huevos importantes, ¿no te parece? ¿O es que es solamente el hombre más necio que ha caminado nunca por la Tierra? Uno de esos desdichado gigolós de Europa del Este, henchidos de pecho y mal vestidos. Francamente, me siento tentado a llamar a la policía y hacer que te arresten.

Un brillo de alarma destelló en esos ojos cenicientos.

—¿Qué les diría, señor Trotta? ¿Que está oyendo cosas? ¿Que sospecha de la presencia de un criminal pero que no tiene ninguna prueba de su existencia? No tiene nada, ¿no?

Descolgué el teléfono con un gesto brusco.

—Vamos a averiguarlo. —Marqué un número sin dejar de mirarle.

—Deténgase, por favor.

Yo bajé el auricular.

—Deprisa, ahora.

—Señor Trotta, ya lo he estropeado. Lo que quería decir es lo siguiente: el señor Torgu es un poderoso criminal internacional que quiere entregarse a las autoridades. Ha venido aquí a contar su historia porque varios gobiernos de Europa del Este han enviado a gente para que acaben con él, ya que sabe demasiadas cosas. Él intentó decir esto, y mucho más, a Edward Prince. Intentó explicarle que había trabajado como agente doble para nuestro bando durante la Guerra Fría y que por eso los servicios de inteligencia de los países del Pacto de Varsovia lo quieren muerto. Pero tiene miedo de acudir al gobierno de Estados Unidos a causa de su largo historial de actividades ilegales. La entrevista hubiera sido su manera de alargar la mano. Pero Prince está enfermo, evidentemente, y no es capaz de cumplir su tarea. Así que mi amigo quiere terminarla con usted. Lo único que le pide es que tengan una reunión.

Colgué el teléfono. Algunos elementos de esa historia tenían cierta plausibilidad.

—¿Y qué me dices de todas esas tonterías? ¿Beneficiaros y vehículos?

Él tragó saliva.

—Hace demasiado tiempo que trabajo para ese hombre aterrador y poco razonable, y eso cuesta un precio.

Le escruté detenidamente.

—¿Cómo llegaste a conocerle?

Él alargó la mano hasta el tirador de la puerta.

—Contactos.

—Otra mentira y telefonearé, y tu nuevo amigo tendrá que enfrentarse a las consecuencias. Quizá no le caigas tan bien como ahora. ¿O es que me confundo acerca de la calidez de vuestra relación?

En ese momento, por primera vez en el breve tiempo que hacía que nos conocíamos, vi algo que me hizo sentir pena por ese chico: que era solamente un chaval, que estaba asustado y que se había metido de lleno en algo que casi no comprendía.

—Lo crea o no —me dijo—, me metí en esto por amor, y luego ya fue demasiado tarde dar marcha atrás. Eso es lo único que puedo decirle.

No intenté comprender, pero eso parecía estar más cerca de la verdadera naturaleza de su relación con el tema. En cualquier caso, no era una mentira directa.

—¿Puedo decirle que tendremos una reunión? ¿Tarde, por la noche?

Yo negué con la cabeza.

—Nos encontraremos mañana. A plena luz del día.

Al haber alcanzado su objetivo, recobró la arrogancia.

—Él no tiene miedo de la luz. Está usted cometiendo un comprensible aunque obvio error. A mucha gente le pasa, y eso le enoja enormemente.

Mientras termino esta narración, me doy cuenta de que toda palabra con visos de plausibilidad salida de los labios de ese odioso cineasta contiene algo no verdadero. Me da una historia de espionaje sobre un criminal postsoviético que esconde una información más importante. Pero no me enfrento con un criminal normal, ni siquiera con uno extraordinario. La verdad de este asunto reside en otra cosa, en aspectos que, por accidente, él ha conseguido comunicar a pesar de su intento por ocultarlos. Todo este asunto tiene que ver con los nombres de lugares. ¿Cómo lo llamó él exactamente? La voz. Y la voz susurra nombres de lugares. Y yo conozco los nombres. Esa alimaña pronuncia nombres. Yo he estado oyendo esos nombres durante meses sin haber tenido el discernimiento necesario para hacer lo evidente: escribirlos.

21 de mayo,

más tarde

He aquí una lista parcial. No sé qué significa. No sé si me creo a mí mismo. Pero el instinto me dice que ese gánster trastornado utiliza los nombres de lugares para hacer algún tipo de daño a nuestro lugar de trabajo. Si tuviera que explicarlo, diría que son los restos de un alterado y menospreciado código de la Guerra Fría, una señal muerta que había pertenecido a un servicio de inteligencia remoto ya perecido que ha sido revivido para cumplir un oscuro propósito. Todo este asunto me hace recordar ese viejo chiste sobre unos mensajes subliminales, sobre unas palabras aparentemente pertenecientes al lenguaje común que tienen la intención de persuadir al oyente. Sí, tiene la pinta de un hilarante y exagerado truco de factura de Bloque del Este y, a pesar de ello, tiene algo que consigue deshacer e inquietar. ¿Es esto terrorismo? Si cierro los ojos y escucho con atención cada una de las sílabas, acabo teniendo una cadena de vocales y consonantes que no pueden, en apariencia, tener ninguna relación, pero pueden servir como marcadores de un discreto código. Algunas de ellas son nombres de lugares, si no me equivoco, y otras son más oscuras pero suenan vagamente familiares. Son, más o menos, las siguientes: Persépolis, Nicópolis, Atlantis, Cartago, Chicago, Meca, Hiroshima, Atlanta, Chickamauga, Silo, Lepanto, Constanza, Constantinopla, Kulikovo, Martwa Droga, Poltava, Varna, Mazamuri, Luapula, Salónica, Balaklava, Nagasaki, Hue, Somme, Mame, Tyre, Caporetto, Tuol Sleng, Shenyang, Gaoyao, Congo, Manchuria, Lhasa, Medina, Rúmbala, Nitra, Shanghai, Nankin, Nineveh, Ga-llipoli, Gomorra, Treblinka, Lubyanka, Kotlas-Vorkuta, Cayamarca, Khe-Sanh, Antietam, Blenheim, Dien Bien Phu. Algunos de éstos son lugares de la infamia. Otros son aproximados. Pero ¿por qué? Es el número treinta y ocho de la serie comprensible, Nankin, el que ofrece la primera posible pista del significado del código. El prometido de Evangeline debió de haber oído parte de esta secuencia, también. Debió de haber llegado a la planta veinte y oyó o vio algo, y ellos intentaron matarle, y él quiso decírselo a alguien, pero nadie podía comprenderlo. Intentó contárselo a su madre, ella me lo dijo. La despertó mientras dormía y pronunció una palabra, Nanking, aunque él nunca había estado allí. Prince debe de saberlo, también, el pobre tipo, pero le tienen aterrorizado mortalmente. Y ahora yo estoy asustado. Y no tengo ni idea de cómo continuar. Ese pesado mocoso tiene razón. ¿Qué puedo decirle a la policía? Aparte de recurrir al cuerpo de policía, no tengo ni idea de cómo responder a esta amenaza, aunque quizá sea una buena idea que me ausente durante unos días y me vaya al norte, o me encierre en una casa de campo. Estamos al final de la temporada, podría decir que estoy enfermo. Bajo ninguna circunstancia debo tener esa entrevista con el criminal. Bajo ninguna circunstancia debo encontrarme con ninguna otra persona hasta que tenga más información. A través de la ventana de cristal de mi oficina, veo a un editor, Remschneider, que camina sonámbulo; es uno de los enfermos. Ha oído la voz, no tengo ninguna duda. Está en su mente, al igual que en la mía, pero él ha sucumbido y ahora yo recuerdo una cosa, una conversación que mantuve el otoño pasado con una de nuestras editoras, Julia Barnes, y de repente me vuelve una idea, esa extraña conversación acerca de la herencia genética y sobre Transilvania del pasado otoño. Ella intentó decirme algo, y yo lo convertí en un chiste, y entonces esos editores se pusieron enfermos. Julia Barnes lo sabe. Me lo dicen las tripas. Lo sabe. O lo sabía. Si no se ha contagiado, es una aliada.

P.D. La agitación está a la orden del día. La cadena ahora ha decidido modificar el programa, quizás al notar nuestra vulnerabilidad. Bob Rogers ha convocado una reunión para el próximo lunes. Todos los productores y corresponsales, todo el mundo, debe volver a Nueva York para ser informados acerca del futuro de La hora. Es el fin de la temporada y, si no me equivoco, el fin del camino.

 

LIBRO 12
La alianza


                                                CUARENTA Y TRES

Julia Barnes se había mantenido apartada, lo cual solamente era posible en esos días de final de temporada televisiva gracias a la ausencia del productor y a la dificultad de una historia a la otra orilla del Atlántico. Los días se alargaban al otro lado de la ventana de su dormitorio. A veces caminaba dos docenas de manzanas desde su apartamento de Chelsea siguiendo el curso del brillante Hudson, más allá del agujero en el suelo, hasta el edificio de la calle Oeste. Pudo pasar más tiempo con sus hijos y vio algunas películas. Esa agenda relajada la nutrió de cuerpo y mente y le hizo sentir, como le pasaba siempre en esa época del año, que existía una vida más allá de los muros de su trabajo. Su esposo, un cocinero aceptablemente bueno, preparaba platos propios de la estación. Veían a los viejos amigos. «Sí —pensaba cada mañana mientras daba el paseo al lado del río—, podré sobrevivir un año más.»

Pero algo se estaba acercando. Cada vez que entraba en el vestíbulo del edificio, mostraba la identificación de seguridad y llegaba al rellano de los ascensores, percibía una oscuridad renovada y se resistía a ella. Esa oscuridad le despertaba una sensación de inminente fatalidad, pero eso era lo de menos: su presión arterial se resentía, al igual que su sistema digestivo y su sistema nervioso. Los dolores de cabeza la asaltaban con una fuerza desconocida hasta entonces. Eso era puro estrés, porque a nivel físico estaba envejeciendo bien. Sí, quizá podía perder un poco de peso; por supuesto, podía comer más pescado y hacer más ejercicio; podía acumular esos omega tres y elevar un poco el colesterol bueno. Por supuesto que por supuesto. Su médico se lo había dicho. Pero ésas eran preocupaciones normales en una mujer menopáusica. No había ningún síntoma físico real de decadencia, y a pesar de eso, dentro del edificio, notaba la presencia de ello, un deterioro creciente que ya había afectado a los demás.

Le gustaba alejarse siempre que era posible. Resultaba de gran ayuda el hecho de que pudiera irse del edificio a la hora de comer y tomarse una ensalada griega mientras se deleitaba al sol al lado de ese enorme espacio en construcción donde antes se habían levantado los edificios vecinos. La proximidad con esa horrible herida en el cemento la inquietaba mucho menos que el ambiente de la planta veinte. Los pensamientos sobre la moral, el tiempo, el terrorismo y la seguridad, la política y la fe dejaron de ser temas pesados; por el contrario, en comparación parecían temas saludables y apropiados para la meditación.

El día en que recibió la noticia de la gran reunión —convocada por Bob Rogers para anunciar su retiro y, en consecuencia, para dar paso a un cambio en la pirámide por primera vez en los treinta y cinco años de historia del programa (ése era el rumor)— ella pasó un rato especialmente largo en el espigón de Battery Park. Había rechazado la ensalada griega y, en su lugar, había pedido una hamburguesa con queso y patatas fritas que estaba disfrutando enormemente. La posibilidad de pasar un tiempo más o menos largo en el espigón dependía de la agenda. No podía empezar la pieza siguiente hasta que su productora, Sally, volviera de Japón, y eso no iba a suceder hasta la semana siguiente. La habían llamado antes de tiempo para la gran reunión. Todavía le quedaban tomas por rodar, pero no importaba; esa reunión iba a ser un hito histórico: el futuro del programa de noticias más importante de la televisión estaba en juego. Mientras tanto, el calor subió hasta unos niveles bárbaros, a más de 32 °C. En el centro de la ciudad la gente iba ligera de ropa y los aparatos de aire acondicionado zumbaban como trastos viejos en las ventanas.

Julia se quitó los zapatos y dejó los pies colgando sobre el agua. Los chicos en monopatín pasaban de un lado a otro y la risa de los niños la hacía sentir a gusto. Tiró una patata frita a una ardilla. Por mucho que intentaba apartar esas cosas de su imaginación, no podía. Era un hecho que una gran parte de los editores habían dejado de ir al trabajo. Ella ya no se quedaba en el edificio después de que el sol se hubiera puesto, pero cuando se aproximaba esa hora, notaba la presencia de sus colegas por todas partes y todos ellos eran como una versión de Remschneider, tenían los ojos muertos y helados, los cuerpos pesados, las cabezas llenas de unas insoportables transmisiones auditivas: los susurros de las cintas. Al principio ella se resistía a llamar a las puertas cerradas. No quería encontrarse con ningún otro cuerpo. Pero el silencio podía con ella. A principio de mes se había dedicado a llamar a las puertas del pasillo, pero no respondió nadie. Se quejó de ello a su jefe, pero éste meneó la cabeza y, sin ninguna convicción, respondió:

—Es la época del año. La mitad está de vacaciones.

Él también tenía los ojos muertos, o moribundos. Julia dejó de llamar a las puertas. Esperó a que llamaran a la suya. Su esposo decía que era un extraño resurgimiento de su vieja paranoia de la clandestinidad: los federales iban a aparecer por la noche con órdenes de registro. Sus hijos se reían de ella y decían que mamá había perdido la cabeza.

Pero no la había perdido. La ausencia de los editores no era la única prueba. Los productores también se mantenían apartados. Sabían que algo no funcionaba en la planta veinte. Sabían que los aparatos técnicos tenían fallos y que era necesario mandar las películas a gente subcontratada hasta que la cadena pudiera solucionar el problema. Y lo que era peor: los editores parecían estar enfermando, como si fueran frutos colgados de un árbol enfermo. Los productores sabían que ellos serían los siguientes en el turno, así que hicieron lo que cualquier persona en sus cabales haría: en lugar de pulir sus currículos e ir a cualquier otra parte en busca de trabajo, algo impensable dado que no había ningún otro lugar en el mundo de la televisión, se aseguraron de que sus historias les obligaran a estar de viaje continuamente.

Julia reflexionaba acerca del lujo y de la suerte que suponía tener movilidad. Los productores podían viajar por trabajo, podían moverse, eran libres. Los editores estaban atados a sus sillas, en las sombras, metidos en habitaciones. Eran esclavos.

—¿Puedo sentarme contigo?

Era Austen Trotta, vestido con un chaleco de color caqui y una camisa de cuadros de manga corta. Tenía una ensalada griega entre las manos, pero ella supo al instante que él no se le había acercado para socializar. Había venido a hablar de los problemas con ella. Ese rostro arrugado le pareció increíblemente amable, como el de Dios a un niño de cinco años. Dios no le había dado la espalda.

 

Él abrió la bandeja de plástico de la comida y se quedó mirando con expresión triste los trozos de queso feta y los filetes de anchoa.

—Te lo cambio.

Ella rio:

—No, gracias.

Julia se dio cuenta de que a él le resultaría difícil sentarse en el espigón, así que fue a sentarse a uno de los bancos.

—Quiero disculparme —dijo él.

—¿Por qué motivo?

—El pasado otoño intentaste decirme algo sobre esas cintas de Rumania y yo no quise escucharte.

Ella se había olvidado de eso, habían pasado muchas cosas desde entonces.

—¿Y lo sacas ahora, después de tanto tiempo? —preguntó.

Allí, sentada con él, se sintió menos sola de lo que se había sentido en meses. Sus ojos delataban que él también había oído y visto cosas extrañas y que no tenía a nadie a quién contárselo.

—Algo malo ha sucedido en la planta veinte. Algo terrible.

Ella asintió con la cabeza.

—Sí.

Él se lo contó todo. Ella ya lo sabía, en parte. Se había enterado, igual que todos los demás, de la inminente llegada de Evangeline Harker. Sabía, además, que Edward Prince había empezado a comportarse de forma extraña y que estaba encerrado en su oficina, pero no lo había atribuido a lo que sucedía en la zona de edición. Pero mientras Trotta le hablaba del encuentro con Stimson Beevers, sintió un escalofrío y un temor más profundo de lo que había sentido nunca.

—¿Alguien aparte de Prince ha visto a esa figura del hampa, Torgu? —preguntó ella.

—Debe de haber otros, sí. Se supone que Beevers. La cuestión es si yo debería verle.

Ella percibió la falta de decisión de Trotta. No se le había acercado simplemente para compartir las penas, sino que quería saber qué decisión tomar. Ella le contó todo lo que había visto y oído desde el otoño: los ruidos de las máquinas, la ausencia de los productores y de los editores en los pasillos, las palabras en los visionados, el contagio de la podredumbre.

—Necesito saber una cosa —dijo él.

Julia percibió un brillo de sospecha en su mirada; ella también albergaba las suyas.

—Vale.

—¿Sabes a qué me refiero cuando hablo de la voz?

Ella lo sabía.

—A los nombres.

—¿Quién más lo sabe? ¿Lo sabe alguien?

—Bob Rogers cree que lo sabe. Hace bastante tiempo que le dije que teníamos un problema, pero él me dijo que se trataba de la cadena, y que lo único que se podía hacer era parapetarse y resistir en silencio, como Martin Luther King. Dijo exactamente eso. La verdad es que fui a la cadena, pero a ellos no les importó en absoluto. Esos problemas jugaban a su favor en la cuestión de sacarse de encima a Rogers. Me dijeron que no me preocupara, que realizarían una investigación interna completa. Mientras tanto contratarían a editores externos para montar las piezas.

Julia se dio cuenta de que esas noticias acerca de la cadena interesaban profundamente a Austen. Él tenía sus sospechas.

—¿Cuánto tiempo se suponía que se necesitaría para llevar a cabo esa completa investigación interna?

—Indefinido.

—Lo suficiente para dejar que cavemos nuestra propia tumba. —No había tocado la ensalada—. Estamos dejados de la mano de dios.

Julia no veía otra alternativa:

—Tienes que reunirte con ese tipo, Austen. Reúnete con tus condiciones y hazte una idea más cabal de la amenaza que significa. Y, luego, plantéalo en la gran reunión de la semana que viene. Aclarémoslo todo, veamos qué más saben los demás. La unión hace la fuerza. ¿Sabes a qué me refiero?

Él le dirigió una mirada burlona.

—¿La unión hace la fuerza? ¿Contra esto? ¿De verdad lo crees?

—Sí. Si vas a la policía ahora, tú solo, ¿qué es lo que tienes? Ni siquiera la cadena te va a respaldar. Pero si vamos como una unidad, como los periodistas más respetados de la televisión, conseguiremos que nos escuchen. Mientras tanto, intentemos hacer que ese tipo salga a la luz. Si está en alguna parte de la planta, eso

no debería ser demasiado difícil. Necesitamos tener a ese capullo encerrado bajo llave. Mientras él continúe a sus anchas, no tenemos manera de saber con qué nos estamos enfrentando de verdad.

Él tartamudeó:

—¿Puedo hacer una pregunta ridícula? ¿En completa confianza?

Ella asintió con la cabeza.

—Una vez insinuaste que nos encontrábamos ante algo... ni siquiera puedo nombrarlo. Con algo no del todo normal. ¿Comprendes a qué me refiero?

Julia se lo confirmó.

—Estaba equivocada. Esto no es una historia de fantasmas, Austen. Por primera vez me doy cuenta de ello. Quizá Rogers no esté tan equivocado. O quizá nos estemos enfrentando con alguien que quiere hacer daño al programa. Quizá no sea la cadena, sino alguien que tiene sus propios motivos. Mucha gente nos odia, Austen. Y si tienen acceso a la tecnología adecuada, cualquier cosa es posible. ¿Sabes qué quiero decir?

Trotta no parecía convencido y Julia intentó otra vía:

—De acuerdo. Digamos que estoy equivocada. ¿Tú crees que nos enfrentamos con algo sobrenatural?

Él negó con la cabeza, como distraído con algún pensamiento oscuro.

—Supongo que no.

Ella cambió de tema:

—¿En quién más podemos confiar?

Él la miró de reojo.

—En nadie —dijo—. No dejaré que me tomen por un idiota.

Julia pensó en Sally Benchborn, pero no estaba segura. Después del visionado de la pieza sobre ese gurú de la salud, Sally se había mantenido a distancia.

—¿Y Evangeline Harker?

Trotta rechazó la idea con un gesto vigoroso.

—No la metamos en esto.

Julia percibió cierta emoción: él sabía más de lo que estaba diciendo.

—Ella forma parte de esto, ¿verdad? Ella y su prometido. Tú me lo dijiste.

Trotta desvió la mirada hacia el agua. El calor se había hecho sofocante, incluso a pesar de la brisa.

—¿Existe alguna posibilidad de que Evangeline Harker sepa con qué nos estamos enfrentando?

Trotta se levantó del banco. Ella tuvo otro momento de revelación y siguió su intuición:

—Ese hombre a quien Prince entrevistó debe de tener algo que ver con Rumania, ¿verdad? Tenemos que hacer que ella intervenga en esto, Austen.

—No.

Julia no acababa de creerle.

—¿Te importa si se lo pregunto?

—Casi hice que la mataran una vez, cuando le pedí que fuera a Rumania. No voy a arriesgar su vida por segunda vez. Te estoy pidiendo un favor: no le digas ni una palabra. Te lo imploro.

Se levantó y le dedicó una extraña reverencia antes de alejarse hacia la sombra de los edificios que rodeaban Battery Park. Austen Trotta era de la vieja escuela: utilizaba palabras como «implorar». Él sabía cómo implorar. Pero ella se negaba a acatar esa noción de caballerosidad. Por primera vez empezaba a percibir la posibilidad de una cura a la dolencia que sufrían en la planta. Trotta también lo percibía, pero su conciencia no le permitía llevarla a cabo. Ella no tenía ese tipo de escrúpulos. Iba a encontrar a Evangeline Harker. Iba a descubrir la verdad de todo ese asunto y Evangeline Harker era la clave de ello.

 

Al día siguiente, Julia fue a la oficina casi corriendo: Evangeline tenía que volver al trabajo esa mañana, o eso era lo que le habían dicho. Además, había otras cosas que comentar con Austen. No habían hablado de los detalles del plan. De hecho, se daba cuenta de que Austen no había estado de acuerdo con nada. Julia fue a buscar a Peach, quien le informó de que Austen no iba a llegar hasta media mañana.

—¿Y Evangeline Harker? —preguntó Julia.

—Está por aquí.

—¿La has visto?

—Por supuesto —contestó Peach, como si esa mujer no hubiera desaparecido nunca.

Peach miró la pantalla de su ordenador y se metió un trozo de manzana frita en la boca. No respondía a nadie excepto a Austen. Aún así dijo:

—Mira en su oficina.

Evangeline Harker no estaba en su oficina. Julia preguntó a todas las personas con quienes se cruzó, pero nadie la había visto.

Miggison pareció ofendido: nadie se lo había dicho.

—¿Está viva?

Julia volvió a donde se encontraba Peach.

—¿De verdad que la has visto?

Peach se limpió el azúcar de los dedos con una servilleta.

—La he visto. Tiene buen aspecto, de haber descansado. No diría tanto del aspecto de su pelo. ¿Has mirado en los lavabos de señoras?

Julia se dirigió allí. Evangeline Harker acababa de salir, le dijo una voz desde detrás de una puerta cerrada. Julia siguió esa pista invisible. Llegó al final de uno de los pasillos centrales, hasta el cruce entre la entrada a la zona de edición y el callejón del magreo. Sacó la cabeza hacia las sombras que envolvían las cajas y vio algo.

—¿Evangeline?

Una extraña belleza apareció. Julia no estaba segura, al principio. Esa mujer parecía más alta, tenía un aire más remoto, y era más seria que Evangeline. Se dio cuenta de qué había querido decir Peach con lo del pelo. El cabello de Evangeline siempre había sido liso y ahora era rizado, pero no parecía una permanente de este mundo: los rizos le caían por los hombros en dirección a la cintura. Tenía una mirada más profunda; esos ojos que antes habían mostrado una voluntad alegre, como si cualquier otra cosa hubiera delatado vulnerabilidad, ahora encerraban un violento dolor en los iris. Esos ojos le obligaban a uno a apartar la mirada. Su sentido de la moda había cambiado drásticamente. Llevaba unos vaqueros azules, algo impensable antes, y una camiseta amarilla que revelaba sus pechos de una forma tan directa que Julia se preguntó si Evangeline quería exhibirlos. ¿Se los había levantado? Muchas mujeres neoyorquinas, bajo presión, buscaban refugio en el cirujano plástico, pero Evangeline nunca pareció ser de esa clase de mujeres. Sus mejillas mostraban un brillante color rojo natural. Y en voz baja y densa, dijo:

—Él está en la planta.






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